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Los héroes de la vacuna

I don’t imagine the annals of history furnish an example of philanthropy so noble, so extensive as this.

(No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este).

Edward Jenner, descubridor de la vacunación, acerca de la “Expedición Balmis”

En España, a juzgar por los nombres que ponemos a las calles, o por a quién dedicamos los monumentos que adornan nuestras plazas y parques, convendremos en admitir que tendemos a homenajear públicamente de modo preferente a la gente de armas y de la política, y detrás de estos, a artistas, principalmente escritores y pintores, y también a toreros y deportistas. Muy, muy por detrás está la gente de ciencia. Y ello a pesar de los grandes beneficios que reporta la actividad científica. Uno de ellos, y no menor, es salvar vidas. La ciencia tiene maravillosos ejemplos de ello, pero resulta que uno de los más importantes, quizá el más importante de estos ejemplos, lo protagonizaron un puñado de españoles y un barco que zarpó de La Coruña hace poco más de dos siglos. ¿No me creen? Déjenme que les cuente esta historia. La que protagonizó un médico militar español, Francisco Javier Balmis, y su Expedición Filantrópica de la Vacuna, una gesta sin precedentes que tuvo lugar alrededor del mundo entre 1803 y 1814. Les aseguro que es la historia que mejor puede ilustrar lo que acabo de decir: la ciencia, aplicada con honradez, generosidad, rigor y sentido del deber, puede salvar millones de vidas.

 

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Placa situada a la entrada del salón de actos de la Escuela Nacional de Sanidad, en Madrid. En 2003 este salón de actos tomó el nombre de “Francisco Xavier Balmis” en conmemoración del bicentenario de la expedición de la vacuna que dirigió el médico alicantino.

Introducción: la lacra de la viruela y la solución de Jenner

En 1979 la OMS declaró oficialmente la viruela erradicada de la Tierra. Este ha sido probablemente el logro más importante de la medicina en toda su historia. Se trataba de la primera enfermedad infecciosa vencida definitivamente por el ser humano. La viruela había sido una gran lacra, una de las enfermedades más devastadoras que ha sufrido la humanidad durante milenios. Causada por el virus variola, no tenía cura, y fallecían hasta un 30% de los que se infectaban, dejando a los supervivientes con importantes secuelas, una de las más típicas era la cara desfigurada por las marcas de las pústulas producidas durante la infección. La viruela se contagiaba muy eficazmente por contacto directo, lo que propagaba la enfermedad muy rápidamente, dando lugar a epidemias de gran magnitud. Se calcula que en Europa, en el siglo XVIII fallecían a causa de la viruela alrededor de 400.000 personas al año [1]. Mayor fue el desastre demográfico que provocó su repetida introducción en América desde el siglo XVI, del que ya hablamos en otro post anterior. La variolización (inoculación deliberada en individuos sanos de preparados de lesiones de enfermos de viruela con el fin de protegerlos frente a esta enfermedad) fue el primer intento de prevención de la viruela. Aunque proporcionaba algunos buenos resultados, era peligrosa pues podía producir viruela en algunos casos. A pesar de ello, a falta de nada mejor, a finales del siglo XVIII esta práctica se había extendido en Europa.

Edward Jenner, ensayando la vacunación por primera vez en el niño James Phipps en 1796.

En estas circunstancias se produjo el fundamental hallazgo del médico inglés Edward Jenner (1749-1823). Éste, que practicaba la variolización (de hecho, él mismo fue variolizado de niño), se dio cuenta que las personas que habían sufrido la viruela de las vacas (o “viruela vacuna”), una infección benigna adquirida por contacto con vacas infectadas, no enfermaban de viruela cuando recibían pus de un enfermo varioloso. En 1796 inoculó pus de una pústula de una mujer que trabajaba como lechera en una granja, y que estaba afectada por viruela vacuna, a un niño, de nombre James Phipps, y 18 días después inoculó a este niño pus de viruela humana. El niño permaneció sano, sin síntoma alguno de la terrible enfermedad. Este fue el primer niño “vacunado”, al cual siguieron 22 más, demostrando en todos ellos la protección conferida por la viruela vacuna (virus “vaccinia“) frente a la viruela humana (virus “variola“). La publicación de estos resultados en 1798 causó gran impacto en Europa y América. Jenner inventó así las vacunas, cuyo nombre deriva del bóvido hospedador del virus de la viruela vacuna, y por ello la práctica de administrar vacunas, generalizada a otras enfermedades con Pasteur, se conoce como vacunación. Pocos hallazgos científicos han producido tanto beneficio a la humanidad como este. Jenner tiene una estatua en los jardines de Kensington, en Londres*.

 El reto: llevar la vacuna a todos los rincones del mundo

Del hallazgo de Jenner a la erradicación final de la viruela median 183 años de vicisitudes, avances y estancamientos, aciertos y fallos. Sin embargo, ningún éxito se hubiera logrado sin antes conseguir extender la vacuna por el mundo, lo cual planteaba desafíos logísticos de primer orden. El primer intento serio y conscientemente planificado de extender la vacuna por amplios territorios abarcando varios continentes partió de España, y fue llevado a cabo con éxito por la “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, o Expedición Balmis, como veremos a continuación. La viruela era un gravísimo problema sanitario en las entonces colonias españolas en ultramar, desde donde se demandaba el fluido vacunal con impaciencia desde 1800. De hecho llegaron fluidos vacunales (conservados entre cristales planos sellados) a América antes de la expedición, pero con desigual acierto en su aplicación. La vacuna, en forma de fluido de vesículas (pústulas) había llegado a España procedente de París en 1800, y ese mismo año se procedió a realizar los primeros ensayos en Cataluña. Rápidamente se extendió su práctica por el país, a la par que se traducían libros acerca de la vacunación. Uno de estos libros, el Traité historique et practique de la vaccine (1801) de Moureau, fue traducido por el médico militar natural de Xátiva, Francisco Javier Balmis (1753-1819), entusiasta de la vacunación.

 

Retrato de Francisco Xavier Balmis y Berenguer
(Imagen de dominio público)

Para lograr distribuir la vacuna por los territorios españoles de ultramar, ésta debía recorrer grandes distancias atravesando océanos. Su conservación en óptimo estado durante toda la singladura era un tema de suma importancia. El mero embalaje entre cristales sellados no garantizaba su conservación tan largo tiempo. En  marzo de 1803 (tan sólo 5 años después de la publicación de los trabajos de Jenner) comienza a gestarse la expedición por iniciativa del Consejo de Indias, que pide informes sobre la viabilidad del proyecto. Se trataba de llevar la vacuna, pero también hacer llegar los medios y la información necesaria para instruir a los médicos locales para que administraran la vacuna de forma efectiva a la población, y crear “Juntas de vacunación” en las capitales para que se encargasen de asegurar la conservación del fluido vacunal activo y su propagación, con el fin de garantizar un suministro estable del mismo. El Rey Carlos IV, cuya hija, la Infanta María Luisa, había padecido viruela, era muy partidario de la vacunación, e hizo lo necesario para respaldar la expedición y a su director, publicando un edicto para atender las necesidades de la expedición en todos los territorios por donde iba a desarrollar su misión, y financiando la misma.

La singladura de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna

En pocos meses se gestó la que una de las mayores contribuciones españolas a la historia de la medicina. El Rey Carlos IV nombra a Balmis director de la expedición, La elección se basaba en su experiencia en la vacunación, que ya practicaba en Madrid, y en haber traducido el libro sobre su correcta práctica (incorporó varios ejemplares de éste a la expedición, para irlos repartiendo durante el trayecto). Además, Balmis tenía cualidades idóneas para llevar la empresa a cabo con éxito: dotes de organización, energía y tenacidad, y conocía bien el continente americano, pues allí había ejercido en diversas misiones. Fue Balmis quien propuso incorporar niños “que no hubieran pasado las viruelas” para vacunarlos sucesivamente durante la travesía y conservar así el fluido vacunal. Balmis igualmente eligió a las personas que tomaron parte en la expedición, compuesta de un subdirector (José Salvany), dos ayudantes, dos practicantes y tres enfermeras, además de los 22 niños, todos varones, de entre 3 y 9 años, procedentes de la Casa de Expósitos de Santiago, que fueron acompañados por la Rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, Isabel Sendales.

Ilustración que representa la corbeta “María Pita”

La expedición debía de llevar la vacuna a los confines del territorio español en ultramar, que abarcaba no solo los dominios americanos, sino también Filipinas. El 30 de noviembre de 1803 partió la expedición del puerto de La Coruña a bordo de la corbeta María Pita, rumbo a las Islas Canarias, dejando allí las primeras vacunas que arribaron a aquellas Islas, realizando numerosas vacunaciones y suministrando los medios y la información para seguir vacunando y asegurando el suministro de fluido vacunal. En cada etapa se procedía de igual manera. Las siguientes etapas fueron: Puerto Rico (6 de enero de 1804) y Venezuela (20 de marzo de 1804). Aquí la expedición se divide en dos: un grupo, encabezado por Salvany, se dirigiría a Perú, Santa Fe y Buenos Aires en el bergantín San Luís, y el otro, dirigido por Balmis, viajaría por Centroamérica.

No quiero hacer más largo este post con detalles del periplo de la expedición (un relato detallado puede encontrarse en [2]), de modo que resumiré las siguientes etapas. Salvany, de salud precaria, siguió con su misión al frente de la expedición que se fue al sur de América, llevando la vacunación a Cartagena de Indias, Santa Fe, Quito, Lima, Arequipa, La Paz, Cochabamba (donde fallece Salvany por enfermedad en 1810), y ya sin Salvany, la expedición continúa al mando de su ayudante Manuel Julián Grajales, a Santiago de Chile, Concepción, Valdivia y San Carlos (Islas Chiloé), donde dan por finalizada su misión en 1812 y vuelven a España. Balmis, por su parte, lleva la expedición a La Habana, y de ahí a Sisal (Yucatán), desde donde recorrerán los territorios que hoy corresponden a Mexico y Guatemala, Abandonan América por Acapulco, rumbo a Manila, el 8 de febrero de 1805, a bordo de una nueva nave, el galeón Magallanes, con 26 niños mexicanos que portarían la vacuna a aquellas tierras por primera vez. Cumplida la misión en Filipinas, Balmis, conocedor de que la vacuna aún no había llegado a  China, decide poner rumbo a la colonia portuguesa de Macao. Un tifón casi hace fracasar el intento. Balmis y los tres niños que le acompañaban se salvan de milagro, y con ellos la vacuna. Fuera de la jurisdicción española por primera vez en todo el viaje, no sería tan sencillo impulsar las vacunaciones, pero Balmis se las apaña para conseguirlo. Desde Macao parte para Cantón desde donde la vacuna entra por primera vez en China, tras varios intentos anteriores desde la India y Malasia, sin éxito. Balmis regresa a Macao para embarcarse en un barco portugués rumbo a Lisboa. En el trayecto, que hacía escala en la isla británica de Santa Elena, consigue convencer a las autoridades británicas para vacunar a la población infantil de esta isla. Tras su llegada a Lisboa, Balmis culmina su gesta alrededor del mundo en el Palacio de San Ildefonso donde es recibido por el Rey Carlos IV el 7 de septiembre de 1806, quien le felicita por el éxito de su empresa.

Mapa que muestra el recorrido de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna

¿Y qué pasó con los niños? En cada puerto se reemplazaban: los que ya habían portado la vacuna desembarcaban, siendo reemplazados por otros. No siempre eran huérfanos. Algunos fueron cedidos por sus familias (recibiendo a cambio una compensación económica), y en uno de los trayectos (La Habana-Sisal) fueron esclavos los que transportaron la vacuna. Sería bonito decir que todos estos niños fueron repatriados, pero no se tiene certeza de su destino final. Balmis solicitó para ellos el compromiso de la Corona de que serían atendidos en cuanto a su cuidado, manutención, educación y empleo, pero al parecer esta petición no fue debidamente atendida.

Los resultados inmediatos y a largo plazo de la expedición Balmis

La expedición Balmis se enmarca dentro de las grandes expediciones científicas de la época de la ilustración, pero con una singularidad, y es que su misión es fundamentalmente sanitaria. Por ello se la considera la primera expedición sanitaria internacional, y es la precursora de la sanidad internacional. En cada lugar que visitaba, la expedición no solo lograba vacunar directamente a miles de personas, sino que instruía al personal sanitario para que pudieran continuar la labor una vez partieran los expedicionarios. Más aún, se establecieron “Juntas de vacunación”, que velarían por que perdurara la práctica correcta de la vacunación en las poblaciones bajo su tutela. La acción que se inició con la expedición fue una profunda y perdurable red de servicios de vacunación. Gracias a ella se sentaron las bases de lo que en un futuro sería la erradicación mundial de la viruela.

 Epílogo

Dos siglos después, y a pesar de su importancia histórica, esta expedición no es conocida como merece en España, no obstante algunos buenos libros publicados, celebraciones de bicentenarios y algunas placas conmemorativas. No quiero ni imaginar qué hubiera sido si los protagonistas de esta historia hubieran sido anglosajones (Spielberg se hubiera frotado las manos), franceses o alemanes. Para intentar remediar al menos en parte esta “amnesia” patria, se ha rodado una miniserie de televisión titulada “22 ángeles“, en la que se rememora la épica expedición Balmis. La miniserie se estrena en TVE mañana 12 de diciembre. Será una buena ocasión no sólo para recordar a aquellos héroes, sino para reflexionar sobre la importancia de las vacunas en la prevención de las enfermedades infecciosas.

Notas

* La estatua de Jenner estuvo originalmente en Trafagar Square, y actualmente existe un movimiento que pide su vuelta a este emplazamiento.

Referencias

[1] Behbehani, A.M. The smallpox story: life and death of an old disease. Microbiol Rev. 1983 47: 455–509. Magnífica revisión histórica sobre la viruela.

[2] Balaguer Perigüell, E. y Ballester Añón, R. (2003). En el nombre de los Niños. Real Expedición Filantrópica de la Vacuna 1803-1806. Serie Monografías de la Asociación Española de Pediatría (disponible gratuitamente online en: http://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/en_el_nombre_de_los_ninos-completo.pdf). Este post debe mucho a esta monografía, que es una fantástica descripción, muy bien documentada, no solo de la expedición Balmis, sino también del contexto histórico y socio-sanitario en que se desarrolló.

 

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Categorias: Viejos virus

Lo que había en una momia enterrada en Siberia hace 300 años ¿era viruela?

Hace unos días pudo leerse en medios de información general una noticia acerca del virus de la viruela. La noticia reflejaba un hallazgo científico publicado en la prestigiosa revista New England Journal of Medicine el pasado 22 de noviembre, en una carta al editor titulada: “Variola virus in a 300-year old Siberian mummy” [1]. El titular predominante en la prensa y medios de divulgación científica (incluido el sitio madri+d que aloja este blog) rezaba así: “La viruela reaparece en unas momias congeladas en Siberia“. La nota publicada en la prensa subraya el hecho de que “la viruela reaparece” en unas momias enterradas en Siberia hace 300 años. Si esto es cierto, es verdaderamente inquietante.

La viruela ha sido una de las plagas más devastadoras que ha sufrido la Humanidad. Fue erradicada a finales de los años ’70 del siglo pasado (el ultimo caso humano ocurrió en 1977; la erradicación mundial fue anunciada oficialmente por la Organización Mundial de la Salud en 1980). Esta erradicación constituye  uno de los mayores logros de toda la historia la medicina.  La gran protagonista de  ese logro fue  la vacuna, cuyo descubrimiento se debe al médico inglés Edward Jenner a finales del siglo XVIII, y que empleada de forma continuada y masiva durante casi dos siglos liberó a la humanidad de una de sus peores lacras. Subsiste el virus solamente en dos laboratorios  custodiados bajo normas de seguridad extremas, uno en la Federación Rusa y el otro en los EE.UU. En su día se consideró la posibilidad de destruir estas ultimas cepas, pero tras un arduo debate se decidió mantenerlas. En esta decisión pesaron argumentos de biodefensa. Una vez erradicada, y cesada la vacunación, la humanidad se encuentra esencialmente desprotegida, por lo que una cepa de viruela es potencialmente una poderosa arma biológica. También puede constituir una base para elaborar estrategias de biodefensa.

Por la misma razón, si algún virus de la viruela hubiera permanecido con su capacidad infectiva intacta, preservado en algún lugar del mundo, por ejemplo en un cadáver de una víctima de la enfermedad, ello constituiría un riesgo de emergencia de esta terrible enfermedad. Sin embargo, afortunadamente, los virus son generalmente muy lábiles y se inactivan rápidamente bajo la acción de distintos agentes ambientales (temperatura, radiación, etc). En este aspecto, el virus de la viruela (que posee una envoltura lipídica que debe mantenerse intacta para que el virus sea viable) es incluso más sensible a la inactivación ambiental, por lo que este riesgo es mínimo. En los laboratorios, los virus se conservan permaneciendo viables durante largo tiempo. Para ello se emplean fundamentalmente dos métodos: la liofilización y la congelación a muy baja temperatura (por debajo de -70ºC) en presencia de agentes conservantes. Estas condiciones difícilmente se pueden alcanzar de forma natural.

Si lo anterior ya hace difícil que pueda tener lugar una recuperación de virus de la viruela de muestras ambientales, digamos que esto se complica mucho más cuanto más tiempo permanece el virus en el medio ambiente. El ADN es una molécula que se degrada con rapidez, una vez la actividad metabólica que mantiene su integridad cesa. En condiciones relativamente favorables se estima en unos 500 años la vida media de los enlaces entre pares de bases nucleotídicas que constituyen las largas moléculas de ADN [2]. Ello significa que en 500 años aproximadamente la mitad de los enlaces se degradan. Esto quiere decir que en un virus como el de la viruela, con una molécula de ADN de alrededor de 186.000 pares de bases, a los 500 años se habrán degradado, de media, 93.000 enlaces entre éstos, es decir, quedará poco ADN reconocible en la muestra. Obviamente esa degradación afecta de forma irreversible a la viabilidad del virus. En condiciones de congelación, posiblemente la tasa de degradación sea menor, pero no despreciable, como veremos.

Entonces ¿es posible que en el estudio mencionado de las momias enterradas en Siberia hace 300 años se haya podido “resucitar” el virus de la viruela? Leyendo el artículo que describe el hallazgo (es siempre recomendable ir a la fuente original), y que es realmente muy corto y asequible, salimos de dudas. Los autores nunca afirman que hayan obtenido un espécimen de las momias del cual hayan podido recuperar el virus viable, infectivo. Es decir: no “aislaron” el virus.  Sin embargo, demostraron que esas personas murieron de una infección por virus de la viruela, que es algo muy distinto. Entre otras pruebas, hicieron análisis por PCR (reacción en cadena de la polimerasa) de 3 regiones cortas de ADN específicas del virus de la viruela, de modo que si estas reacciones salen positivas, se deduce la presencia de ese virus en la muestra. Para confirmar secuenciaron las tres regiones obtenidas (secuenciar es “leer” las secuencias de pares de bases nucleotídicas del ADN), comprobando que en efecto correspondían con las secuencias conocidas del virus de la viruela. En total entre las 3 secuencias obtenidas pudieron leer 718 nucleótidos. Recordemos que el virus posee un genoma de una longitud de 186.000 nucleótidos. Los autores quisieron comprobar el grado de fragmentación del genoma del virus hallado en las muestras, más que nada porque suponía un riesgo para ellos mismos si estaba íntegro. Hicieron una PCR larga (abarcando 2000 pares de bases) con resultado negativo, lo que indicaba que el ADN del virus estaba muy fragmentado, y por tanto los autores “descartan que haya partículas víricas viables” en las muestras.

Considerando todo lo anterior, podemos contestar ya a la pregunta que hemos formulado en el título de este post: lo que había en las momias siberianas no era viruela, sino restos, muy fragmentados, de genoma del virus de la viruela. Esto, unido a otras pruebas encontradas en los cadáveres, en lo que puede considerarse una típica investigación forense, permite a los autores del estudio afirmar que esas personas murieron de viruela. Nada más.

Entonces ¿por qué en los titulares tanto de prensa convencional como de divulgación científica se “sugiere” que se ha resucitado el virus de la viruela de unas momias siberianas? Me temo que, como siempre tratándose de virus, se buscó el “lado oscuro“, ese que evoca en el público el miedo atávico a las pestes, impreso en nuestro acervo colectivo tras milenios de sobrevivir a sus estragos. Ese miedo lógico que hay que evitar que se transforme en pánico inútil cuando llegue una emergencia de verdad. Información veraz sobre los virus, sin sensacionalismo, es lo único que puede evitar ese miedo irracional. Periodistas y divulgadores científicos deben comprometerse en esa tarea y no dejarse llevar por la atención momentánea que se consigue al agitar el tan peligroso como falso  señuelo de la peste mortífera.

 

Al final de este post no quisiera dejar pasar la oportunidad de recordar que nunca se insistirá bastante en los beneficios que ha producido y sigue produciendo a la humanidad el uso de las vacunas. Y ello es más necesario que nunca habida cuenta que en tiempos recientes ha surgido en determinados ámbitos cierta contestación al uso de la vacunación, de forma absolutamente irracional e irreflexiva. La erradicación de la viruela es la historia de un éxito colectivo de la Humanidad, al que deben suceder otros éxitos similares si somos capaces de mantener el rumbo correcto y no apartarnos de la ruta que ha conducido ya a dos erradicaciones mundiales, la viruela y la peste bovina, gracias al uso racional de las vacunas.

Referencias

[1] Biagini, P. et al “Variola virus in a 300-year old Siberian mummy” N. Engl. J. Med 2012; 367:2057-2059. Accesible online: http://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMc1208124.

[2] Allentoft, M. E. et al. Proc. R. Soc. B  (2012) 279: 4724-4733. Accesible online: http://dx.doi.org/10.1098/rspb.2012.1745.

 

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