Fecha
Autor
Miguel García-Posada

Discurso poético / discurso científico

Las materias científicas atraen cada vez más a mayor número de poetas occidentales, según acreditan las publicaciones al uso. Los poetas han dejado de estar de espaldas, si es que alguna vez lo estuvieron, a los trascendentes asuntos que plantea el vértigo descubridor de la ciencia de nuestra época.
La polémica reavivada por C. P. Snow en los años setenta sobre la existencia e incompatibilidad de las dos culturas, la científica y la humanística, comienza hoy a remitir. La filosofía de la ciencia y el pensamiento filosófico en general empiezan a superar esa visión de la que se quejaba con amargura el gran poeta inglés John Donne de que la mecánica, la nueva ciencia de su época, el siglo XVII, había expulsado del universo toda la constelación de los mitos y las creaciones mitológicas urdidas por el hombre. De donde procedería la figura del poeta que llora por un mundo de fantasías definitivamente perdido.

No es ésta la posición del pensamiento contemporáneo. Sean las afirmaciones del más grande de los científicos del siglo XX, Albert Einstein. «En el pensamiento científico --escribió-- están presentes elementos de poesía. La ciencia y la música actual exigen de un proceso de pensamiento homogéneo». «La matemática pura es, a su manera --dijo también--, la poesía de las ideas lógicas». Fue el mismo Einstein, apologeta de la imaginación como madre común de cualquier discurso cultural y en especial del científico, quien señaló la necesidad de que en la actividad científica exista una empatía con la naturaleza, lejos del puro discurso desencarnado. No es cierto que el científico proceda con la estricta razón y sin ningún componente subjetivo; la física moderna ha puesto de relieve la importancia del observador. Poesía y ciencia tienen en común el rango preeminente que desempeña en ellas la intuición, facultad que permite el movimiento de trascendencia que poseen ambos discursos: la poesía trasciende el horizonte ordinario, alcanza un nuevo horizonte de sentido, la ciencia inventa nuevas imágenes para reescribir el mundo. El lenguaje poético se basa en buena medida en la metaforización; y grandes metáforas sirven de apoyo o introducción a las teorías científicas mayores: teoría de «la relatividad», ley de la «gravedad» o «gravitación». Cuando le preguntaban al poeta inglés Coleridge por qué asistía a las clases de Química de la Royal Institución contestaba: «Para enriquecer mis provisiones de metáfora».

Desde los inicios de la gran tradición literaria de Occidente la materia científica ha seducido a los poetas. Es el caso del gran poeta latino Lucrecio que hace la primera épica científica de la historia en su De rerum natura, que, haciéndose eco del pensamiento de su tiempo, propone una cosmogonía científica del universo, donde resuenan ya no solo los signos de la física materialista sino de la teoría de los «quanta». Más imbuido de los saberes mágicos, astrológicos, el latino Marco Manilio poetizó la astronomía de su tiempo en su poema Astronomicón. Las concepciones astronómicas de su época resplandecen en esa suma de saberes que es La divina comedia.

En la poesía moderna, a partir del XVIII, espejean los avances científicos. Los poetas cantan a los reyes ilustrados y a los protectores de la ciencia, y ya en el siglo XIX son muchos los homenajes que se rinden a las grandes conquistas científicas. Como escribió la gran Rosalía de Castro: «Desde los cuatro puntos cardinales / de nuestro buen planeta / --joven, pese a sus múltiples arrugas--, miles de inteligencias / poderosas y activas / para ensanchar los campos de la ciencia, / tan vastos ya que la razón se pierde / en sus frondas inmensas / acuden a la cita que el progreso / les da desde su templo de cien puertas».

La más alta poesía no se vuelve de espaldas a las conquistas del pensamiento científico. Así el pesimismo de los poetas finiseculares británicos, con Robert Browning a la cabeza, no se explica sin la repercusión de las teorías evolucionistas de Darwin, el cual engendra en la lengua española, por adhesión o por rechazo, más por lo primero, una nada desdeñable cantidad de poemas. Intuiciones inducidas sobre el papel del azar y el significado de la antimateria se encuentran en poemas de Rafael Alberti y Federico García Lorca, mientras Pablo Neruda celebra al átomo, los trabajadores de la ciencia (a quienes también critica), las farmacias, el libro como instrumento de la ciencia, y el nicaragüense Ernesto Cardenal traza una cosmogonía cristiana, en eco de las teorías de Theillard de Chardin, y con perfecto conocimiento de los avances cosmológicos, incluido el big bang, en su Cántico cósmico.

Freud ha sido otra fuente de inspiración, tanto en lo que tuvo como argumento científico para los surrealistas franceses (y occidentales) como en sus huellas más o menos difusas sobre el discurso poético y el papel del sueño, así como en las encontradas reacciones que también en los poetas ha suscitado el discurso freudiano.

La física cuántica ha fecundado también la escritura de numerosos poetas españoles; el más radical de ellos ha sido Gabriel Celaya. También la tecnociencia es fuente de inspiración, inspiración crítica las más de las veces, que se cifra sobre todo en el hongo nuclear --la bomba atómica--, aunque también suscita juicios adversos contra la civilización en ella asentada. Los primeros denostadores de la ciencia fueron los satíricos de los médicos, con Francisco de Quevedo al frente. Pero el auge de la tecnociencia hace comparecer sus últimos progresos: los ordenadores, los programas informáticos, los lenguajes de la civilización cibernética.

Son dos los caminos básicos por los que la poesía se acerca a la ciencia: primero, mediante la «traducción» de las grandes cosmogonías o categorías científicas y el homenaje o crítica a sus grandes descubridores, que incluyen también a los viajeros, exploradores, navegantes y cosmonautas. El segundo camino es el uso del lenguaje científico como metáfora, que abarca muchísimos elementos: categorías y leyes matemáticas, geométricas, de la física, antigua y nueva, denominaciones y conceptos de diversas disciplinas científicas (de «física de la muerte» hablará un poeta), las enfermedades, e incluso se juega a la reproducción, más o menos paródica, del lenguaje científico, y se despliegan las categorías de la lingüística permutatoria y la teoría de la recursividad.

El fenómeno del acercamiento de la poesía a la ciencia es universal. En Europa hay poetas que le han dedicado gran atención, como el alemán Hans Magnus Enzesberger, accesible hoy al lector español, que ha consagrado grandes poemas a cuestiones científicas y a figuras preclaras de la historia de la ciencia. Cabe citar otros nombres, como los del sueco Lars Gustafson, la danesa Inger Christensen, el Nobel de Química Roald Hoffman, autor de un buen libro de poemas, ya traducido al español, el checo Miroslav Hulob. Se trata de una realidad poética riquísima, que es insoslayable para entender el discurso poético de hoy y, de paso, comprobar el enorme impacto de la ciencia en un campo tan «humanístico». Los poetas aman las nubes, «las maravillosas nubes que pasan», como dijo Baudelaire, pero aman igualmente los misterios de la tierra y el cielo, de la materia universal, y están atentos a los mensajes luminosos que lanzan esos Prometeos que son los hombres de ciencia, siempre empeñados en devolver el fuego a las criaturas terrestres y racionales y sufrientes.

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