Ensayos



Reseña: Filosofía ciudadana

AUTOR  | César Ullastres | Asociación Española para el Avance de la Ciencia

Este libro ayuda a pensar acerca de las interacciones entre la ciencia, la tecnología, la política y la sociedad, proponiendo una reflexión del mundo que vivimos con las herramientas de la filosofía

El filósofo no tiene otras evidencias que las que están al alcance de los demás ciudadanos. Comparte el mundo con ellos. No tiene mundo propio. No ve más lejos, ni diagnostica mejor. La filosofía no tiene otro objeto que la experiencia compartida y no tiene otro método que el que evita que nos dejemos llevar por diagnósticos precipitados. Miguel Ángel Quintanilla es un filósofo, siempre comprometido y que siempre busca nuevos retos intelectuales que resolver.

Filosofía Ciudadana es un libro de filosofía que habla de la realidad, de las cosas tal y como son. En él desarrolla, alrededor de cuatro temas (filosofía, innovación, cultura científica y política), más de cien píldoras que ayudan a pensar acerca de las interacciones entre la ciencia, la tecnología, la política y la sociedad, proponiendo una reflexión del mundo que vivimos con las herramientas de la filosofía. Miguel Ángel comparte con nosotros su asombro, la afección originaria de la filosofía, a través de su mirada en torno a lo que le preocupa y propone una discusión racional acerca de los temas que configuran un mapa de nuestra realidad, sugiriendo acciones que promueven el pensamiento crítico más allá de objetos particulares, situándose frente a la totalidad de lo que hay, dándole sentido a las cosas y aventurando maneras que nos ayuden a comprender el mundo, a recorrerlo y disfrutarlo haciéndonos inventores de nuestra propia vida.

La filosofía está cerca de los fenómenos concretos de nuestra vida cotidiana. Pretende comprender nuestra experiencia y nuestra percepción. No solo aspira a diseñar modelos mediante los cuales se pueda predecir y controlar los acontecimientos anónimos de la naturaleza o el comportamiento de los seres vivos como nosotros, los humanos. Más bien, se esfuerza por el conocimiento de la realidad y de nuestra experiencia de la realidad.

Filosofía Ciudadana quiere estimular a sus lectores a una reflexión propia. Sin más protección que su capacidad crítica y su sentido de la responsabilidad, el autor pivota en tres ejes (la ciencia, la tecnología y la política) un dialogo con el lector sobre los problemas de nuestro tiempo. Desde los toros hasta la cosmología, pasando por la teoría de colas; la ciencia como elemento de referencia para el conocimiento del mundo,  la tecnología vista desde las personas, sus usuarios y la política, lo que se puede y no se puede hacer desde el poder para que el mundo sea más digno, más justo, dibujan un entorno en el que no solo ha cambiado nuestra forma de vivir, también la forma de pensar en qué consiste nuestra vida.


Las píldoras de Filosofía Ciudadana tienen los principios activos necesarios para estimular la reflexión y organización clara de los propios prejuicios que tenemos sobre cuestiones esenciales del entorno en el que nos ha tocado vivir

Lamento mucho que los ilustrados que intentaron renovar la ciencia española,  a caballo entre los siglos XVII y XVIII, no fueran del agrado de Pepe Botella que prácticamente los laminó, aunque luego se quiso apuntar el tanto de promover la Ilustración en España. Sin duda que ese grupo influyó y mucho, antes de la llegada del primer Bonaparte, cuestionando lo que se sabía hasta entonces. Propiciaron la entrada de la revolución científica del siglo XVII renegando de los escolásticos y defendiendo la experimentación. Es verdad que plantearon novedades, diseñaron modelos y pusieron cimientos pero no hicieron innovación. La innovación es un proceso cuyo resultado lleva inexorablemente a un cambio de conducta como ciudadanos, productores o consumidores y por mucho que sea el ingrediente que ahora se pretende poner en todas las salsas hace falta decisión, método y constancia para llevarla a cabo. Como bien se dice en el libro “para que un invento se integre en el flujo continuo de innovación hace falta que exista el flujo y no solo el invento”

No obstante, celebro que el profesor Quintanilla revindique la Ilustración y ponga en el centro del debate al sujeto del conocimiento, a todos nosotros que como agentes reflexivos que somos dejamos huella. Pensar para saber, saber para poder y poder para hacer debería de ser el único mantra de una sociedad que no trata destruir, sino edificar. Y, efectivamente, donde no hay educación todo falta y donde la hay todo abunda. En todas las sociedades, la educación es la medida común de la prosperidad. Quizá ahora sea el momento de que el humanismo pueda ser, de verdad, una verdadera innovación que nos transforme.

Desde la obsolescencia programada hasta la desesperación que tenemos todos a los centros de atención programada, pasando por la digitalización y los robots son píldoras del capítulo de innovación. En él queda patente la advertencia de lo necesario que es conocer la ciencia y la tecnología, algo que debería servirnos para ayudarnos a entender las posibilidades y las consecuencias de las innovaciones tecnológicas en nuestra vida cotidiana y adoptar una actitud vigilante ante ellas. Tenemos que dominarlas nosotros  y no al revés.

La cultura científica tiene un capítulo aparte aunque es el excipiente común en todas las píldoras del libro. Con la cultura científica se trata de conocer qué pretenden las diversas ramas del saber científico para que podamos enjuiciarlas críticamente, se trata de comprender mejor el mundo en el que vivimos y, en definitiva, fortalecer la democracia generando políticas éticas basadas en evidencias. Como se señala en el libro: “Este debería ser el objetivo principal de la política científica en los nuevos tiempos: conseguir una mayor difusión de la cultura científica entre todos los ciudadanos y una más efectiva movilización en apoyo a la investigación científica” y así debería de ser, la ciencia también es un bien común, uno de los más importantes en estos tiempos que corren.

Poder para hacer, en teoría, ese terreno es al más abonado para la política que es donde se gestiona el bien común. En Filosofía Ciudadana la política ocupa el último capítulo en donde se recogen imágenes para pensar tanto aspectos generales como la desigualdad o la salud de la democracia, como específicos: política universitaria o nacionalismos.

Acaba con una propuesta más democracia, de democracia radical donde la libertad de expresión, la igualdad y el acceso a las oportunidades a los cauces de participación sean universales y la transparencia, de forma que todos puedan acceder a la información relevante para la toma de decisiones colectivas sean las cuatro patas donde se asiente.

Los libros de filosofía tienen la función de promover en sus  los lectores a una reflexión propia. Las píldoras de Filosofía Ciudadana tienen los principios activos necesarios para estimular la reflexión y organización clara de los propios prejuicios que tenemos sobre cuestiones esenciales del entorno en el que nos ha tocado vivir.

Platón afirma que el alma del filósofo se distingue de la del resto de los hombres porque es justa y se encuentra dotada de cultura, memoria, perseverancia  y facilidad para aprender, de tal suerte que el amigo de la sabiduría es también amigo de la verdad, la justicia, la valentía y la moderación. Miguel Ángel Quintanilla es así.


Datos de la publicación:

FILOSOFÍA CIUDADANA. Miguel Ángel Quintanilla (2020). Editorial Trotta, 196 páginas


Reseña: La innovación y sus protagonistas

AUTOR  | César Ullastres. Asociación Española para el Avance de la Ciencia

Gracias a este libro accederán a una revisión acertada de todos los investigadores que han estudiado la innovación y de los modelos que pergeñaron

Hay que felicitar a la editorial Catarata por la iniciativa de la colección ‘¿Qué sabemos de?’ que lanzó el año 2003 y que finalmente financió el CSIC, y hacerlo doblemente por dedicar dos de los 115 títulos a la innovación. Los dos los han escrito los investigadores del CSIC Elena Castro e Ignacio Fernández de Lucio, dos de sus profesionales que más han estudiado las relaciones entre la ciencia y la empresa poniendo su foco en la transferencia de tecnología y la política científica. Los títulos de la colección pretenden mostrar lo que se sabe acerca de temas de interés y actualidad de la práctica de la ciencia y van dirigidos al público en general. Estos dos libros, alrededor de la innovación, parecen más dirigidos a los propios investigadores. Y me parece un acierto, ya que, en gran medida, son ellos los que adolecen de ideas claras respecto a la innovación y reiteradamente se empeñan en mezclarla con su trabajo, hacer ciencia.

“La innovación y sus protagonistas” es, en realidad, la segunda edición actualizada de “El significado de innovar” que apareció en esta colección en 2013. Curiosamente en ella el lector no encontrará protagonistas de la innovación, si es que piensa que los protagonistas del tema son los que la hacen. En “La innovación y sus protagonistas”, por el contrario, accederán a una revisión acertada de todos los investigadores que la han estudiado y de los modelos que pergeñaron. Eso sí, todos ellos lo más cerca de la innovación que han estado ha sido cuando la estudiaban.

Me llama la atención el aumento de veces que sale en internet el término innovación desde que lo consultaron en su libro del 2003 y ahora, en el de 2020. En siete años ha pasado de 70.600.000 a 123.000.000. No deja de ser una constatación de la avalancha de informaciones, imágenes, estudios, libros e intervenciones alrededor de un concepto que, por muchos apellidos que se le ponga, refleja una realidad que resulta siempre más compleja que las teorías tan claramente expuestas en los libros porque las personas que, como bien señalan los autores, son los artífices de la innovación son más complicadas que los modelos teóricos al uso. Esto me da la esperanza de pensar que a pesar del abuso del término no acabaremos con ella, la innovación es algo ineludible en la evolución de nuestra sociedad.

Aunque no está demostrado que la ciencia genere el bienestar de los países, si sabemos que los países que van mejor, invierten en ciencia y que los que hacen ciencia en esos países tienen una relación fluida con la industria, algo que aquí no ocurre. La ciencia tiene sus criterios y la economía los suyos. En mi opinión, cada actividad debería interpretarse como una parte autónoma dentro de un proyecto más amplio.

Con el ser humano aparece en el universo, para bien o para mal, la actividad innovadora. Fue, en efecto, el economista J. A. Schumpeter el que estudiando los ciclos económicos dio carta de naturaleza a la innovación cuando describió hace 100 años la innovación disruptiva, en el libro que nos ocupa se llama radical, como la introducción de una nueva tecnología en el mercado que destruye el orden de las cosas preexistente y da lugar a un nuevo paradigma de uso. En este contexto es obsoleto pensar que la innovación se genera en el mercado, el mercado por sí mismo es difícil que apoye productos o servicios definitivamente innovadores, entre otras cosas, porque no los conoce.


La innovación es un proceso social cuyo resultado lleva inexorablemente a un cambio de conducta como ciudadanos, productores o consumidores

Muchas empresas saben que es en los laboratorios donde trabajan los investigadores el lugar en el que se gesta el conocimiento que mañana les dará de comer. Sin embargo aquí, las relaciones entre el mundo de la ciencia y las empresas dejan mucho que desear. Si estamos predicando por todas partes la importancia económica del capital intelectual de los países, tenemos que afirmarlo con todas sus consecuencias  y, más allá de los modelos al uso, ir todos juntos  hacia una explotación global del conocimiento que, en efecto, es un bien común. Un problema teórico se resuelve cuando se conoce la solución, en cambio un problema práctico no se resuelve cuando la solución se conoce, sino cuando se pone en práctica, que suele ser lo más difícil. Aquí, los prejuicios con los que los investigadores catalogan a las empresas y la legislación vigente envuelven a las relaciones ciencia y empresa, generalmente plagadas de resistencias e imprevisibilidades desconcertantes.

El recorrido que hacen los autores de los modelos de los procesos que generan la innovación,  con mayor o menor fortuna, ha configurado la mayoría de los estudios que hay respecto al tema. Es de agradecer que lejos de acabar, y tal y como se refleja en el libro, estos estudios siguen cuestionándose y cada vez concitan más la atención de los investigadores. Todas las actividades humanas van sedimentándose en una cultura objetiva, que está ahí para todos, en cuya construcción participan todos los ciudadanos. No parece que el método habitual de análisis consistente en identificar las partes de que se compone, medirlas y volverlas a juntar esté dando muchos resultados, quizá sea más conveniente pensar que la innovación persigue cambios y transformaciones y esto es complejo. Para ello, lo mejor es hacer los caminos juntos, compartiendo sin tapujos lo que cada uno sabe para recorrerlos en beneficio de todos.

Ya habrán comprobado que no soy muy partidario de ponerle apellidos a la innovación, ni de las taxonomías diversas con las que se la clasifica, tampoco me resulta atractiva la idea de considerarla un arte, y me aterra la idea de que a los resultados de la innovación se les quiera llamar “novaciones”. La innovación es un proceso social cuyo resultado lleva inexorablemente a un cambio de conducta como ciudadanos, productores o consumidores y por mucho que sea el ingrediente que ahora se pretende poner en todas las salsas hace falta decisión, método y constancia para llevarla a cabo. Como bien se dice en el libro “a lo largo de todo este proceso hay interacciones entre diversas personas y retrocesos para saltar los escollos que se presenten; no es, en absoluto, un proceso secuencial ni previsible”.

Hay una maldición china que dice: “Ojalá vivas en una época interesante”. Pues bien, a nosotros nos ha tocado. No solo es que las TIC hayan convertido todo esto en una maraña de bytes, ceros y unos que forman a nuestro alrededor un entorno que lo ha cambiado todo, nuestra forma de analizar los problemas, de relacionarnos. También sabemos que el sacrosanto mercado es un método eficaz para elevar los niveles de productividad y renta de los países aunque favorezca las desigualdades y que cuando no está sometido a regulaciones tiende a ser suicida. Para colmo, nos rodean aerosoles infecciosos. En todos los casos, los trabajadores de la ciencia siempre han demostrado generosidad, entrega y compromiso con la sociedad, en la que nos beneficiamos del pensamiento crítico y del método científico como la mejor forma conocida para cambiar entornos y a nosotros mismos.

El que necesitemos la ciencia para garantizar un futuro próspero es ya un mensaje tan cierto como amortizado. La ciencia forma parte de un sistema en el que las empresas y los ciudadanos están ahí y también quieren mejorar el mundo con su conocimiento y experiencias.

Que sea una maldición o no, dependerá de nuestra actitud. El libro de Elena Castro e Ignacio Fernández de Lucio suma y ayuda a tener la actitud más adecuada.


Datos de la publicación

La innovación y sus protagonistas. Elena Castro e Ignacio Fernández de Lucio. Ed. CSIC-Los Libros de la Catarata, 144 páginas


Reseña: Especies exóticas invasoras

AUTOR  | José Manuel Viéitez Martín. Catedrático de Zoología (jubilado)

Existe una preocupación global por la problemática asociada a las especies exóticas invasoras, consideradas como la segunda causa en importancia de la pérdida de biodiversidad

El libro Especies Exóticas Invasoras (EEI) nace como consecuencia de la realización de un Seminario sobre el mismo tema que organizó la Cátedra de Parques Nacionales de la Universidad de Alcalá, la cual se desarrolló con mucho éxito; pero también hay una motivación más de fondo y es que en dicho seminario se puso de manifiesto el gran interés que suscita este tema, no solo entre los estudiosos sino también entre la sociedad en general, cada vez más sensible a temas relacionados con la Naturaleza y su conservación.

Efectivamente, existe una preocupación internacional y nacional por la problemática asociada a las EEI; y no es para menos ya que han sido consideradas como la segunda causa en importancia de la pérdida de biodiversidad. Esta preocupación ha sido transmitida a la sociedad por los medios de comunicación, de tal manera que nos son familiares los problemas del mosquito tigre, la avispa velutina, las cotorras argentinas, o el camalote o jacinto de agua; y por supuesto, tienen un importante componente económico; tan sólo en la contención del camalote se llevan invertidos 32 millones de euros. Este libro pretende extender el conocimiento popular sobre estas especies. Si bien muchas de las citadas anteriormente son más o menos conocidas, otras muchas son ignoradas por la mayoría de la población. Poca gente es consciente de las invasiones de especies marinas, de los ailantos que van dominando nuestros caminos y riberas o de los problemas que pueden causar unas simples hormigas.

La primera impresión que se recibe de un libro es la portada, y no cabe duda que la del libro que nos ocupa es auténticamente impactante; supongo que a nadie que la vea le puede dejar indiferente. Pero se trata precisamente de eso, de sorprender y hacer ver como desentonan las especies cuando están fuera de su sitio.

Se trata de una obra colectiva, a cargo de 45 autores, todos ellos reconocidos especialistas en sus respectivos temas. Aquí se puede decir sin miedo aquello de que no están todos los que son pero sí que todos los que están son. Evidentemente, y como indica el Profesor Juan Junoy, editor del libro, no se ha hecho con intención de ser exhaustivo, sino de tratar algunos aspectos que, desde luego, están entre los más importantes; es de carácter divulgativo, pero está escrito con rigor científico. Es por lo tanto apto para todo tipo de lectores y se aprecia que los autores han tenido buen cuidado en no caer en aspectos demagógicos, algo que hubiese sido muy fácil.

Es de resaltar la cuidada labor del editor, que considero muy acertada, no solo por la elección de los autores sino también por el planteamiento de la obra que abre con un prólogo escrito por él mismo, a modo de introducción, en el que se hacen algunas consideraciones sobre lo relativo del término autóctono cuando de seres vivos se trata. Esa buena labor del editor se plasma en la ordenación de los distintos capítulos siguiendo un criterio desde mi punto de vista muy lógico:

1º Conceptos básicos y fundamentos acerca del tema de las especies invasoras.

2º Especies introducidas e invasoras en el medio marino (4 capítulos).

3º Especies invasoras de medios acuáticos epicontinentales, desde invertebrados a peces (2 capítulos).

4º  Flora alóctona continental (2 capítulos).

5º Las especies invasoras en los Parques Nacionales a lo que se dedica aproximadamente 1/3 del libro (7 capítulos).

Así mismo la labor del editor ha evitado en buena medida las repeticiones innecesarias, tanto de conceptos como de ejemplos, y ha introducido una considerable cantidad de citas cruzadas entre los artículos, lo que contribuye a darle un carácter unitario y facilita al lector poder relacionar los distintos temas entre sí.

El libro se cierra con las conclusiones finales a las que se llegó durante la celebración del seminario antes aludido, que el editor recoge en una escueta pero completa síntesis, con propuestas para una mejor gestión del problema de las especies invasoras. ¿Que cuáles son? Les recomiendo vivamente que lean el libro.

También es digna de mención la estupenda labor hecha por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá, que se plasma en una edición impecable del texto, con gran calidad de las fotografías.


Datos de la publicación

Especies exóticas invasoras. Varios autores. Edición: Juan Junoy

Servicio de Publicaciones .Universidad de Alcalá, 2019. 278 páginas.


Reseña: Rosalind Franklin, mucho más que la fotografía 51

AUTOR  | Ángela Bernardo. Periodista científica

Rosalind Franklin fue una mujer de su tiempo, que hizo extraordinarias contribuciones para dilucidar, por ejemplo, la microestructura del carbón, esencial para determinar su clasificación y comportamiento y para mejorar las máscaras antigás

La doble hélice es, posiblemente, la imagen más icónica de la biología. A ella contribuyó de forma crucial una cristalógrafa británica, Rosalind Franklin, que todavía hoy representa la vivencia de muchas mujeres en la historia de la ciencia. Pese a su ingente labor, Rosalind Franklin fue también una de esas investigadoras invisibles y transparentes, cuyo trabajo pasó desapercibido para la opinión pública. Cuando la sociedad conoció la primera versión sobre el descubrimiento de la doble hélice del ADN se encontró con el retrato burlesco, cargado de estereotipos y prejuicios, que de ella hizo James Watson, ganador del Nobel de Medicina en 1962 junto a Francis Crick y Maurice Wilkins.

Fue precisamente este último el que enseñó a James Watson un elemento decisivo para el hallazgo de la estructura del ADN, que, a la larga, les sirvió para ganar el premio Nobel. Sin conocimiento ni autorización previa de Rosalind Franklin, Maurice Wilkins enseñó a su colega la famosa fotografía 51, obtenida por Raymond Gosling, estudiante al que supervisaba la investigadora. El descubrimiento de la doble hélice también se basó en los datos logrados en solitario por Rosalind Franklin entre 1951 y 1953. Sin embargo, en su famoso artículo publicado en la revista Nature, Watson y Crick se limitaron a agradecerle a Rosalind Franklin y Raymond Gosling su ayuda en una nota al pie, pese a que su contribución había resultado decisiva.

Desde entonces, el robo de la fotografía 51 ha acompañado el recuerdo de Rosalind Franklin, que falleció de forma prematura a causa de un cáncer. Pero la investigadora demostró una gran pericia experimental y una enorme capacidad de análisis de los datos que obtenía por difracción de rayos X. Lejos de ser una heroína, Rosalind Franklin fue una mujer de su tiempo, que hizo extraordinarias contribuciones para dilucidar, por ejemplo, la microestructura del carbón, esencial para determinar su clasificación y comportamiento y para mejorar las máscaras antigás. Además de sus aportaciones a la doble hélice del ADN, su trabajo también resultó esencial para desentrañar la estructura de algunos virus de gran interés.


Además de sus aportaciones a la doble hélice del ADN, su trabajo también resultó esencial para desentrañar la estructura de algunos virus de gran interés

Rosalind Franklin fue mucho más que la fotografía 51. Mª Jesús Santesmases, profesora de investigación en el CSIC, y Antonio Calvo Roy, periodista científico, desgranan la historia personal de la investigadora en la biografía publicada por Prisanoticias, dentro de su colección Mujeres en la historia. Su libro permite echar la vista atrás hacia las condiciones y las circunstancias en las que Rosalind Franklin construyó su carrera académica. La investigadora procedía de una familia activista, en la que algunos de sus miembros lucharon a favor del sufragio femenino. Incluso su segundo nombre, Elsie, puede parecernos hoy de actualidad, ya que lo heredó de su tía, que falleció por culpa de la gripe de 1918.

La obra de Mª Jesús Santesmases y Antonio Calvo Roy nos acerca una imagen diferente de la científica, que destacó desde muy temprana edad por su capacidad intelectual. Su libro también repasa la historia más personal e íntima de Rosalind Franklin. La biografía logra ir más allá de la heroína de la fotografía 51, aportando datos y anécdotas que reviven su ingente trabajo en el laboratorio, pero también su pasión por los viajes y por el alpinismo. Tras realizar su doctorado en la Universidad de Cambridge, donde publicó cinco artículos científicos –en tres de ellos, apareció como única autora-, Franklin hizo las maletas con dirección a París, animada por su amiga Adrienne Weill, discípula de Marie Curie. Allí se convirtió en una experta en la técnica de difracción de rayos X, que marcaría para siempre su carrera científica. 

La vida personal de Franklin, en especial su relación con la familia y sus allegados, es tal vez uno de los aspectos más desconocidos de una investigadora brillante. La biografía de Santesmases y Calvo Roy consigue recopilar su historia, donde se entremezclan viajes en coche con amigos por Europa con la asistencia a congresos científicos donde acudía a presentar sus resultados. Franklin fue una investigadora sobresaliente, cuyo recuerdo no puede quedar emborronado por la falsa imagen que dio James Watson en su libro La doble hélice ni por la mala relación que mantuvieron ella y Maurice Wilkins. Y ese quizás es el mayor logro del libro de Mª Jesús Santesmases y Antonio Calvo Roy, ya que consigue reflejar un retrato mucho más cercano y humano de una investigadora excepcional.

Sus logros científicos se vieron súbitamente interrumpidos por el cáncer que le diagnosticaron en 1956, del que falleció solo dos años después. Y es, quizás, en el relato final sobre la enfermedad donde vemos a una Rosalind Franklin más próxima que nunca. Si Santesmases y Calvo Roy consiguen recopilar de forma brillante su extraordinaria vida y carrera académica, la descripción sobre su resistencia al cáncer no se queda atrás. Así conseguimos sumergirnos con emoción en los días en los que Franklin decide contárselo a sus allegados y, pese a los dolores y las visitas al hospital, tratar de seguir con su vida. La lectura de su biografía también nos transmite el cabreo que Rosalind Franklin debió de sentir cuando escuchó el mal pronóstico de su médico, que le dijo que así tendría más tiempo para preparar su alma ante la muerte.

La ciencia, a la que había dedicado parte de su vida, no contaba entonces con armas suficientes para darle más tiempo. Aun así, los treinta y siete años de Rosalind Franklin estuvieron repletos de momentos felices y de un crecimiento personal donde la acompañaron su familia y amigos, junto a los compañeros de trabajo que la quisieron y la apreciaron. Sus contribuciones a la investigación, resumidas en treinta y siete publicaciones científicas, tuvieron una extraordinaria importancia. Y, sin duda, como narran Mª Jesús Santesmases y Antonio Calvo Roy en un libro imprescindible para conocer la historia de la biología, fueron más allá de la icónica fotografía 51.

 

Datos de la publicación:

María Jesús Santesmases y Antonio Calvo Roy.

Madrid. PRISA, 2019 - Colección Mujeres en la Historia, nº 23


Pío del Río Hortega. La neurociencia española más allá de Cajal

AUTOR  | Ignacio Fernández Bayo. Divulga

Aunque la ciencia no le olvidó, su nombre sigue sonando extraño, ajeno. Este libro de Elena Lázaro viene a restituir de manera pública lo que las circunstancias le robaron: el reconocimiento social

Entre la pléyade de libros de divulgación que asoman a las librerías, físicas o virtuales, no es habitual encontrar uno, como en este caso, que vaya más allá del ejercicio de Pigmalión y aborde otros aspectos de los científicos, más delicados, personales, íntimos, pero también trascendentes. Porque si la ciencia está hecha por humanos, nada humano le es ajeno y quien practica la investigación no puede desligar de su tarea las frustraciones de su Mister Hyde, ese otro yo que aparece cuando se despoja de la bata y se despide hasta mañana de la placa Petri, el espectrómetro de masas o el telescopio. La cosa se agudiza para quienes pertenecen a colectivos que sufren alguna discriminación de mayor intensidad, como los de esa amalgama de situaciones dispares que se agrupa hoy como si fuera un colectivo homogéneo bajo las siglas LGTBIQA+.

Esa mezcla de divulgación científica y circunstancias personales, con especial énfasis en estas últimas, es uno de los valores principales de este libro, en el que Elena Lázaro -periodista, responsable de la Unidad de Cultura Científica de la Universidad de Córdoba y presidenta de la Asociación Española de Comunicación Científica- aborda la vida y obra de un neurobiólogo español de primera fila, alumno de Nicolás Achúcarro y miembro de la conocida como escuela de Ramón y Cajal, cuya obra se ha visto oscurecida en parte por la sombra de éste y en parte por su condición homosexual. Hablamos de Pío del Río Hortega.

No se ha afrontado de forma tan directa este problema discriminatorio en el ámbito de la ciencia, donde podría parecer que semejantes prejuicios estarían menos arraigados que en otras esferas, pero puede que ocurra exactamente lo contrario. Según cuenta Lázaro, en muchos casos los afectados salen del armario en su vida privada cotidiana y se encierran de nuevo en él al entrar en su laboratorio. Y no hablamos de tiempos pretéritos.


No se ha afrontado de forma tan directa este problema discriminatorio en el ámbito de la ciencia, donde podría parecer que semejantes prejuicios estarían menos arraigados que en otras esferas, pero puede que ocurra exactamente lo contrario

Si hoy, con la creciente presión social que se manifiesta contra esta discriminación, el problema persiste, es fácil imaginar que sería mucho más grave en el pasado; aunque, de acuerdo con la autora, no necesariamente fue así en aquella época de esplendor (la llamada Edad de Plata de la cultura española) del primer tercio de siglo XX. Pío del Río Hortega compartió vida de forma notoria con Nicolás Gómez del Moral, pero, aunque no fuese una relación clandestina, hay indicios de que la discriminación estaba presente. Uno de ellos es la escasez de datos que se conservan de su pareja. Elena Lázaro rescata los escasos detalles de su existencia que se desprenden de fragmentos de correspondencia, la que el científico mantuvo con diferentes colegas y la que su compañero mantuvo con las hermanas del histólogo. Poco más se sabe de él y ese silencio público es muestra también de un cierto vacío social. Otro indicio es el rechazo de Cajal y su empeño en menospreciar la obra de su discípulo, provocado en parte por la homosexualidad de éste y en parte por los celos profesionales, dadas las valiosas aportaciones que hizo Del Río.

Estas contribuciones, pese al desdén de Ramón y Cajal, fueron esenciales para el avance de la neurociencia de la primera mitad el XX y tuvieron un amplio reconocimiento internacional, hasta el punto de haber estado dos veces nominado al premio Nobel, algo de lo que muy pocos científicos españoles pueden alardear. Pío del Río Hortega arrojó luz sobre uno de los tres tipos de células del sistema nervioso, la neuroglia, rebautizada por él como oligodendroglía; y descubrió y estudió el tercero, la microglía, cuyas células se denominan, en su honor, “células de Hortega”. Al igual que Cajal, buena parte del éxito de sus observaciones venía de la técnica de tinción que utilizó. Nuestro Nobel empleó la desarrollada por el italiano Camilo Golgi, con quien compartió el premio a pesar de la radicalmente diferente interpretación que hicieron de lo que veían. Pío del Río Hortega desarrollo su propia técnica, un notable mérito añadido, para conseguir ver lo que el propio Cajal no pudo y dejó aparcado bajo la denominación de “tercer elemento”.

Lázaro enmarca la trayectoria de Del Río en la situación académica y política de la época que le tocó vivir, desde el esperanzador nacimiento de la Junta de Ampliación de Estudios y los tempranos frutos que produjo hasta las convulsiones políticas de la época, con la dictadura de Primo de Rivera, la república y la guerra civil, cuyo desenlace frustró por largo tiempo el desarrollo de la ciencia española. Pío del Río no fue ajeno a este marco; flirteó con la política desde posiciones de lo que hoy sería centro-derecha, pero claramente republicanas, y llegó a sonar como futuro ministro de Sanidad de un Gobierno de Alejandro Lerroux; posibilidad ya frustrada cuando éste accedió a la presidencia. A los escollos que la dedicación a la ciencia ha tenido que sortear siempre en nuestro país, se sumaban los provocados por la contienda, con numerosos investigadores apartados de sus puestos tras la victoria de los sublevados y, en el caso de Del Río, con el añadido de su condición homosexual. No solo Cajal mostraba su escasa comprensión por ello. También Francisco Tello Muñoz, alumno predilecto de Cajal y sucesor suyo en buena parte de sus cargos, procuró apartarle de su cercanía; por ejemplo, con el traslado del Laboratorio de Histología Normal y Patológica, que Del Rio dirigía, a la Residencia de Estudiantes desde el Laboratorio de Investigaciones Biológicas que dirigía Cajal y, en la sombra, Tello.

El libro repasa también el complicado entramado que otros destacados científicos de la época formaban, como Lorente de No, Castro, Achúcarro, Negrín, y Severo Ochoa, entre otros; además de algunas mujeres menos renombradas, que intentaban ya romper techos cristalinos, como Enriqueta Lewy, su hermana Irene y Manuela Serra. Médicos, fisiólogos, histólogos y bioquímicos prestigiosos que auguraban una edad de oro española en las ciencias de la vida, pese a los celos y enfrentamientos que mantenían entre sí, arrasada antes de nacer por el final de la guerra, que empujó a varios de ellos al exilio. Pio del Rio Hortega fue enviado por el Gobierno republicano a París en 1937 y después a Oxford para proseguir sus investigaciones. Nunca regresaría a España. Acabada la contienda fue desposeído de sus cargos, ejercidos a distancia, y terminó sus días en Buenos Aires, donde falleció en 1945, siempre acompañado por Nicolás Gómez del Moral, tras un cuarto de siglo de convivencia. Seis años antes, en mayo de 1939, la revista The Lancet publicó un extenso artículo suyo bajo el título The Microglia, en el que describía detalladamente lo más importante de su trabajo a lo largo de 20 años, que sigue siendo muy citado en la literatura científica actual de la especialidad. La ciencia no le olvidó, pero su nombre sigue sonando extraño, ajeno. El libro de Elena Lázaro viene a restituir de manera pública lo que las circunstancias le robaron: el reconocimiento social.


Datos de la publicación:

Un científico en el armario. Elena Lázaro. Editorial Next Door. Pamplona, 2020, 176 páginas


Ciencia, y el “Cosmos” del siglo XXI

AUTOR  | Quintín Garrido Garrido. Divulgador de la Ciencia

El libro recoge la semilla de la divulgación plantada por Carl Sagan, pero desde la visión del siglo XXI

Ya tenemos disponible el cuarto libro de la serie, al menos por el comienzo de los títulos, que comenzó en el 2017 con CIENCIA, y además lo entiendo!!!, continuó en 2018 con CIENCIA, y yo quiero ser científico!!!. y en 2019 fue CIENCIA, y un gran paso para la humanidad!!!

Más de medio centenar de científicos recogen el guante lanzado por Alicia Parra y Quintín Garrido para homenajear y actualizar el COSMOS de Carl Sagan en el 40 aniversario del estreno de la serie en televisión y de la publicación del libro.

Este homenaje se plasma siguiendo la línea, estructura, utilizada en el libro original. Los autores participantes, tras la elección de un tema tratado en COSMOS, desarrollan su aportación con un lenguaje claro y riguroso, a modo de continuación del legado divulgativo iniciado por Carl Sagan.

Este libro se presenta bajo Licencia Creative Commons y en formato de archivo pdf para su descarga gratuita. Tanto la descarga como la lectura en línea se realiza a través del blog: https://cienciayelcosmosdelsigloxxi.blogspot.com/

Es de destacar que todo el proyecto gira en torno a la premisa de “sin ánimo de lucro”, ni que decir tiene que ha sido posible gracias a que todos los participantes lo han hecho de manera altruista.

Mención expresa a las introducciones de Inés Pellón González y Jesús Martínez Frías que junto con la contribución especial de Jon Lomberg y del resto de participantes hacen de este libro una auténtica gran obra en la divulgación de este siglo XXI.

No se puede hablar de la serie Cosmos y no mencionar la música que acompañaba las espectaculares imágenes (Vangelis entre otros), en esta ocasión hemos conseguido, para su escucha si se opta por la lectura en línea de nuestro CIENCIA, y el “Cosmos” del siglo XXI, la participación altruista de grandes músicos, todos participan bajo Licencia CC también, mencionar y agradecer a J.J. Machuca, J.A. Caballero, Bert Schellekens, Gabriel de Paco, entre otros muchos.

Y un agradecimiento especial a Carl Sagan por habernos hecho partícipes de la aventura de la Ciencia: “El cosmos es todo lo que es o todo lo que fue o todo lo que será”. Comienzo del capítulo 1 de COSMOS.

Solo queda disfrutar de la lectura de este libro y adentrarnos poco a poco en el vasto océano del conocimiento.

Para más información: http://www.madrimasd.org/blogs/matematicas/2020/07/01/148134

 

Datos de la Publicación:

CIENCIA, y el “Cosmos” del siglo XXI

AA.VV. Parra Ruiz, Alicia y Garrido Garrido, Quintín (Coordinadores).

Licencia Creative Commons.

2020. 278 páginas.


Leer: Una gran Revolución humana basada en la plasticidad cerebral

AUTOR  | Manuel Ángel Vázquez Medel Catedrático de Literatura y Comunicación de la Universidad de Sevilla

Así como nacemos con un cerebro diseñado genéticamente para el lenguaje, para la comunicación oral, esto no ocurre con la lectura, que requiere un proceso de aprendizaje, atención, memoria y entrenamiento que dura años

La publicación de Neuroeducación y lectura: de la emoción a la comprensión de las palabras, del neurocientífico y humanista Francisco Mora, constituye un hito significativo de la comunicación social de la ciencia en nuestro país, en un ámbito de la máxima importancia. Nos pone al día en el avance del conocimiento de los mecanismos neurobiológicos de la lectura y -muy especialmente- de la importancia de la emoción en este complejo proceso.

Francisco Mora es bien conocido tanto por el rigor de sus aportaciones científicas como por su vocación de auténtica divulgación de la ciencia (especialmente la neurociencia, especialidad en la que se doctoró por la Universidad de Oxford), desde el principio de “consiliencia” o unidad del conocimiento. Por ello, Mora es uno de los grandes sabios que promueven el diálogo de las ciencias y las humanidades, así como su aplicación al mundo de la vida, al servicio de la construcción de un mundo mejor basado, muy especialmente, en la cultura y en la educación, desde sólidos fundamentos éticos y estéticos, todos ellos radicados en nuestro cerebro.

Son bien conocidas sus obras anteriores Neurocultura. Una cultura basada en el cerebro (2007) y Neuroeducación. Solo se puede aprender aquello que se ama (comenzada en 2011 y con una nueva edición en 2017), una de las obras que más positivamente ha influido en la transformación educativa en España y América Latina en los últimos años. Pero también se ha interesado en ofrecer al lector no especializado una excelente explicación de ¿Cómo funciona el cerebro? (2017), nos ha advertido de ciertos excesos vulgarizadores de las neurociencias en Mitos y verdades del cerebro (2018) o ha ofrecido una fascinante perspectiva de lo que sucede Cuando el cerebro juega con las ideas (2016), aproximación desde la neurociencia cognitiva a valores y normas esenciales para la humanidad, y con ello a conceptos como educación, libertad, miedo, dignidad, igualdad, nobleza, justicia, verdad, belleza, felicidad.

Francisco Mora tiene todas las grandes virtudes para hacer llegar a los lectores no especializados los grandes hallazgos de la ciencia que más nos concierne: la relativa al funcionamiento del complejo sistema cuerpo-cerebro-entorno, la neurociencia cognitiva, que -aun encontrándose en una fase incipiente de desarrollo- ha ofrecido espectaculares avances en las últimas décadas. Es un científico del más alto nivel, pero posee la vocación de hacer accesibles los logros de las ciencias a la sociedad, a la que se deben los investigadores. Para ello tiene el excepcional don de la palabra creadora, capaz de motivar la lectura incluso de cuestiones muy complejas, de manera agradable y con un ritmo vivo y ágil. Por ello quiero recordar también su precioso librito El bosque de los pensamientos (2009), conjunto de reflexiones breves, a veces casi aforísticas, llenas de belleza, profundidad y sabiduría. La frase inicial del fragmento 8 anticipa una de las claves de la obra que ahora analizamos: “La emoción es el fuego interior que permite seguir vivo”, y en el 9 conecta razón y emoción con intensidad poética: “La emoción es el fuego que enciende la razón y con ello elabora los más excelsos pensamientos. No hay razón sin emoción”.

La emoción y la empatía se encuentran ya en el propio título, y se hacen presentes desde la dedicatoria. Si Mora dedicó Neuroeducación “A los maestros, a los que tanto admiro”, ahora, en Neuroeducación y lectura explicita los motivos de su admiración: “A los maestros, que nos enseñaron a leer y nos abrieron un mundo nuevo de emoción y conocimiento”. Y eso es, precisamente, lo que hace Francisco Mora, auténtico maestro de la ciencia y de la vida, con esta obra: enseñarnos a leer, comprender e interpretar cómo leemos. Y con ello nos proporciona no sólo posibilidades de un conocimiento operativo que puede transformar la realidad, sino una emoción profunda, que hace vibrar desde el prólogo, lleno de sinceridad y de elementos autobiográficos, en relación con la lectura.

En el mismo prólogo, con profundo respeto a los lectores y cortesía (“Déjenme que les cuente algo”, son sus primeras palabras), se nos anticipan las dos ideas básicas de la obra: 1) proporcionar “un conocimiento actualizado y, en la medida de lo posible, accesible sobre la lectura y el cerebro” y 2) “introducir los fundamentos neurobiológicos básicos del papel de la emoción en la lectura” (p. 17). Sin lugar a dudas cumple con ambos propósitos, consiguiendo además “un libro asequible y de interés para muchos lectores de amplia y diversa formación cultural”. Un útil glosario, en parte extraído del Diccionario de neurociencia (2004) de Francisco Mora y Ana María Sanguinetti, facilita la rápida consulta y retención de aquellos términos sin los cuales sería imposible hacer una divulgación rigurosa.

Quiero anticipar que -como el autor afirma- cada lector representa en su cerebro, de manera dinámica y viva (racional y emocionalmente) el contenido de lo que lee, desde su propia arquitectura neurológica, distinta para cada ser humano. Por ello, en mi caso, debo reconocer que esperaba esta obra con expectación muy positiva, dada la garantía que me ofrece su autor y la importancia de su contenido, al que he dedicado buena parte de mi vida académica. En mi caso, pues, tanto la curiosidad como la atención -imprescindibles para una dinámica adecuada de lectura- estaban de antemano garantizadas. Y han sido colmadas y excedidas, por las razones que ahora expondré, y que buscan suscitar en el lector (o lectora) de estas líneas un interés parejo.

Francisco Mora no solo demuestra su dominio del estado de la cuestión sobre neurociencia y lectura en el contenido, en los enunciados de cada capítulo y de la obra en su conjunto, sino en el propio acto de enunciación, en el proceso de escritura de este libro singular. Me explico: en primer lugar, creo que es un acierto la fragmentación de cuestiones tan arduas en capítulos que plantean aspectos fundamentales del tema con autonomía de lectura, pero a la vez con una fuerte interconexión (sintaxis) con los restantes capítulos. Mora conoce lo limitado de nuestros ciclos atencionales, y adapta su escritura a ellos.

En segundo lugar creo que son muy adecuados los resúmenes que encabezan cada sección y anticipan las cuestiones que se abordarán. Ello crea una predisposición por parte del lector, que mantiene y renueva su interés.

También son muy adecuadas las reiteraciones de ideas fundamentales, que adquieren significaciones matizadas en contextos distintos, profundizándose cada vez más, y que nunca son redundantes.

Todo ello -lo admito- ha conseguido que este sea el libro que he leído con más clara conciencia de que lo estaba leyendo, aplicándome en muchas ocasiones en mi propio proceso de lectura, las claves y principios que se formulan en el texto. También ha sido una fuente sólida de confirmaciones de principios formulados desde otros ámbitos disciplinares (lingüística, teoría de la literatura, análisis de textos y del discurso), ahora avalados por la más rigurosa neurociencia.

Desde las primeras páginas, en “Neuroeducación y lectura: La verdadera gran revolución humana”, se deja claro que este no es un tema más. Que, en mucho casos es la clave misma y condición para que podamos hablar de otros temas, ya que el conocimiento humano ha avanzado exponencialmente gracias a la lectura: “Leer es una necesidad nacida hace apenas 6.000 años. Una necesidad perseguida y cumplida que ha revolucionado el mundo en que vivimos (…) es con la lectura, con lo leído como el mundo ha tomado ventaja en la más grande y verdadera revolución humana” (p. 19). Se nos irá aclarando que, así como nacemos con un cerebro diseñado genéticamente para el lenguaje, para la comunicación oral, esto no ocurre con la lectura, que por ello requiere un proceso de aprendizaje, atención, memoria y entrenamiento que dura años.

Ello nos lleva a echar “Una rápida mirada al cerebro”, resultado de un largo proceso evolutivo que ha durado de 2 a 3 millones de años, orientado a la supervivencia del individuo y de la especie. Páginas fascinantes, que es preciso leer y digerir a ritmo más lento, pues ya aquí se relacionan aspectos filogenéticos (el diseño cerebral de nuestra especie, en interacción con su ambiente) con otros ontogenéticos (propios de cada ser humano), y se nos dan las claves de ese prodigio de 80.000 millones de neuronas, dividido en dos hemisferios con importantes diferencias funcionales y con 52 áreas establecidas por Brodmann, con algunas de las cuales nos vamos a familiarizar especialmente para entender el complejo flujo que sigue el procesamiento de las palabras: corteza temporal inferior y área visual de formación de palabras (VWFA), amígdala, donde recibe un significado emocional inconsciente, para pasar a los territorios de Wernicke y de Broca, a su vez profundamente interconectados. Se nos informará de la importancia de “períodos críticos” o “ventanas plásticas” para determinadas funciones cerebrales (por ejemplo, para el lenguaje, que se abre con el nacimiento y se cierra entre los 7 y 12 años), frente a la lectura, que no tiene esa ventana, aunque parece muy conveniente -como se explicará en otros momentos- no forzarla antes de los 6 o 7 años. Otra dimensión de importantes consecuencias pedagógicas es la atención: “Ningún proceso conducente a aprender, memorizar y alcanzar conocimiento consciente se puede realizar sin el paso previo de la activación de los procesos neuronales de la atención” (pp. 38-39).

Inmediatamente se nos ofrece, como pequeña historia, “El largo camino entre el lenguaje y la lectura”, ya que “el lenguaje (base genética) ha sido, andando el tiempo, el que ha permitido la aparición de la lectura (base cultural)” (p. 44). Interesantes experimentos con primates nos hacen ver las importantes diferencias con el lenguaje humano, aunque también la proximidad de casos como el del bonobo Kanzi, que ha demostrado capacidades antes desconocidas en animales no humanos. Nos parece especialmente importante el énfasis que Mora pone en la dimensión social del lenguaje: “el habla no es patrimonio de un hombre único aislado, sino un patrimonio social, un bien común de todos los seres humanos” (p. 49). La adquisición de ese bien ha sido larga y costosa hasta que encontramos ya en el Homo sapiens sapiens, hace aproximadamente 150.000 años, la plena capacidad simbólica del lenguaje, con la implicaciones de las diversas zonas cerebrales que se nos explican con detalle, a partir de los hallazgos, entre otros, de Broca y Wernicke.

Ya estamos preparados para ir “Desgranando la lectura en el cerebro”, uno de los capítulos fundamentales, en el que se nos explica el sustrato neuronal principal de la lectura: el sistema ventral (con la VWFA), el sistema dorsal (territorio de Wernicke) y el sistema anterior (territorio de Broca), especialmente localizadas en el hemisferio izquierdo.

Para todo ello, a fin de entender cómo se pueden utilizar zonas del cerebro no previstas inicialmente para la lectura, es imprescindible el capítulo sobre “Plasticidad cerebral. Caras luchando con palabras”. En él aprenderemos que “La posibilidad de leer y adquirir hábito de lectura se basa, en gran parte, en esas capacidades y propiedades plásticas del cerebro que permiten ocupar o aprovechar redes neuronales dedicadas (por preprogramación genética) a otras funciones como son la visión y el lenguaje” (p. 77), permitiendo así expandir la comunicación humana -desde hace apenas 6000 años- a límites inimaginables, cumpliendo una función adaptativa esencial para la supervivencia social.

Los capítulos siguientes, en el centro mismo de la obra, van desgranando “Los códigos neuronales de la lectura: puntos, líneas, curvas, letras, palabras”, para explicar la arquitectura cerebral que nos lleva “De leer una palabra a entender su significado” y, más allá, “De la palabra a la frase y de esta al texto y su comprensión”. Hemos de destacar la gran utilidad de esquemas y representaciones cerebrales incluidas muy oportunamente a lo largo de las 10 figuras que acompañan al texto, de las cuales la última permite hacerse una idea muy adecuada de este complejo proceso que termina implicando buena parte de nuestro cerebro, por más que algunas zonas sean esenciales.

Y aunque una de las claves de la obra, presente en el título, atraviesa trasversalmente todas sus páginas, Mora ha querido dedicar un capítulo especial a “La emoción de las palabras”, porque “La emoción es uno de los fundamentos biológicos mas profundos de todo ser vivo y, desde luego, de la existencia humana. Por eso la emoción está en el corazón mismo del funcionamiento del cerebro” (p. 110). Y, por supuesto, de la lectura. Aquí también se insistirá en la participación activa del lector en la decodificación (y re-creación) del texto, por lo que “un mismo libro es siempre diferente para cada persona, e incluso para esta misma cuando lo relee algún tiempo después. Y esa diferencia, real, la crea cada lector (p. 114). Nuestro autor viene, pues, a confirmar el “modelo sociosemiótico de la comunicación”, en el que la producción discursiva del emisor del discurso encontrará eco y se transformará a través de la recepción. Y el receptor, el lector, no es un ser pasivo, como ha acreditado desde hace décadas la Poética o Estética de la recepción. Es posible que quien codifica un texto verbal tenga un propósito e intención (intentio auctoris, como recuerda Umberto Eco en Los límites de la interpretación), pero resulta innegable que cada acto de lectura produce en el cerebro del lector efectos y resonancias matizadamente diferentes (intentio lectoris).

Fijadas, pues las claves, queda aún la importante tarea de analizar más a fondo el aprendizaje de la lectura (“Aprendiendo a leer”), que sigue -según Dehaene- tres fases principales: la de las imágenes, la fonológica y la ortográfica, que a su vez inciden y modifican la competencia del lenguaje oral. Mora nos recuerda que puede articularse a través de diversos métodos que vienen a demostrar la versatilidad en el aprendizaje de la lectura y la plasticidad del cerebro del niño en la interacción con su entorno familiar, social y cultural.

Pero desde estos rudimentos, la tarea de aprendizaje lector es larga y se va perfeccionando. Es lo que se nos expone con detalle en “Con un libro en las manos. Leyendo con fluidez”. Y quizás aquí podríamos recordar al gran especialista en Creatividad, Mihály Csíkszentmihályi, quien nos recuerda que Fluir (Flow) es la dinámica clave para la felicidad, también en una lectura que se hace cada vez más rápida y más comprensiva.

El potencial extraordinario -casi mágico- de la lectura, y el éxito de su aprendizaje y perfeccionamiento, no nos deben hacer olvidar las dificultades que plantea, por diversas razones, a algunos seres humanos. Dificultades que también pueden ser superadas, como evidencia Francisco Mora en los capítulos que preceden al final: “¿Cómo lee una persona que no ve? ‘Recableando’ el cerebro”, con interesantes aportaciones sobre la representación táctil del Braille en el cerebro y “¿Qué ocurre en el cerebro de los niños que no leen bien? A la búsqueda de intervenciones plásticas tempranas”, especialmente interesante en lo relativo al tratamiento de la dislexia, que no es una enfermedad, sino síndrome que se manifiesta en la dificultad de la lectura, un problema fonológico y no visual, especialmente relacionado con el territorio de Wernicke, que se puede aliviar, mejorar e incluso revertir.

Una obra tan excelente no podía menos que finalizar recapitulando y a la vez mirando al futuro, correlacionando algunas palabras-clave: “Cerebro, lecturas, internet, educación y belleza”. Se vuelve a lo ya indicado en el primer capítulo: la lectura “ha significado una verdadera revolución cultural en el mundo. Revolución que ha potenciado una comunicación humana universal (…) Y todo ello tiene su sede última en el cerebro (…) todo esto nos ha permitido tomar conciencia de que el ser humano es lo que la educación hace de él” (p. 169). Porque la lectura es el instrumento más poderoso de la comunicación humana, “el mejor medio de construir un puente definitivo entre humanidades y ciencia” (p. 170). Pero Mora, como Edgar Morin, piensa en una Ciencia con conciencia, y nos recuerda que “lectura y ética, son producto, precisamente, de las necesidades de la persona que vive en sociedad” (p. 171). De nuevo la dimensión social, la vida compartida, como constitutiva de lo humano. Y ahora reforzadas por nuestros conocimientos de “Neurocultura” (una cultura basada en el cerebro) y “Neuroeducación”, “donde se encuentran, en base a ese funcionamiento del cerebro, no solo las claves para mejorar los procesos de aprendizaje y memoria y la adquisición de conocimientos, sino el anclaje en ese cerebro (de los niños) de los valores, las normas y los hábitos éticos que deben sostener la conducta de los ciudadanos honestos” (p. 175). Muy interesantes las líneas dedicadas a la comunicación a través de Internet, las transformaciones cerebrales que puede promover y el peligro de provocar un déficit atencional que dificulta la lectura comprensiva.

Y Mora se despide con la humildad de los sabios: “todavía nos quedan muchas preguntas por responder (…) este libro es solo un bosquejo hecho a trazo grueso. El cuadro trazado con pincel fino es la historia todavía por hacer”. Pero este bosquejo, como los caligramas y dibujos orientales está lleno de sabiduría, lleno de la belleza del conocimiento y del conocimiento de la belleza. Y por ello animamos a su lectura.

Autor: Francisco Mora | Reseñador: Manuel Vázquez


Datos de la publicación:

Francisco Mora, Neuroeducación y lectura. De la emoción a la comprensión de las palabras. Madrid, Alianza, 2020. 216 páginas


Fantasmas de la ciencia española

AUTOR  | José Beltrán. Investigador Marie Skłodowska-Curie de la Comisión Europea. Centro Alexandre Koyré de París

Un relato fascinante con el que poder comprender un poco mejor el papel central que la ciencia ha jugado en la historia de nuestro país

Desde la fotografía que ilustra la portada del nuevo libro de Juan Pimentel, un fantasma nos mira, como si nos viera. Su mirada resulta tan hipnótica como lo es aún su biografía. Laborioso histólogo y anatomista, padre de las neurociencias modernas, fotógrafo y dibujante aficionado, culturista en su juventud, el primer español en ganar un premio Nobel científico y, lo más importante para el caso, santo patrón de la ciencia española. Santiago Ramón y Cajal es un muerto viviente, un difunto que sigue vagando por la memoria cultural de nuestro país: sin reposo porque, aunque recordado, su memoria sigue aún hoy sin ser adecuadamente conmemorada – como sabrá quien conozca del polémico e intermitente proyecto del Museo Cajal. En la fotografía, Cajal se detiene en medio de una lección de anatomía, escalpelo en mano, a punto de incrustarlo en el torso de un cadáver. Mientras que los estudiantes que le rodean observan su gesto, Cajal levanta su mirada hacia nosotros: como los fantasmas, parece atravesar los límites del tiempo para interpelarnos en nuestro presente desde su propia época, creando un vínculo sobrenatural entre lo que él representa – la ciencia española del pasado ­­– y nosotros ­– los guardianes, para bien o para mal, de la memoria colectiva de la que él forma parte.

La Clase de disección es una de las ocho imágenes con las que Pimentel, investigador del CSIC, nos lleva por un recorrido de la historia de la ciencia española entre el siglo XVI y nuestros días. En este libro apasionante y exquisitamente ilustrado, Pimentel se sirve de estas imágenes (mapas, pinturas, grabados, dibujos, esquemas y fotografías) para desplegar ocho episodios que nos hablan de la ciencia española del pasado como si de una historia de fantasmas se tratara, un cuento plagado de personajes etéreos y volátiles, objetos espectrales y lugares encantados.

Entre las figuras fantasmagóricas que arrastra sus cadenas por las páginas de este libro encontramos aquellas que habitan las márgenes del relato tradicional del saber, en parte porque ya en vida fueron relegadas a una cierta invisibilidad. Se trata, por ejemplo, de los indios Cueva (capítulo I), cuyos conocimientos sirvieron a Vasco Núñez de Balboa para establecer la existencia del Mar del Sur, el océano Pacífico, en la cultura occidental; o de Antonio de Pereda (capítulo III), un talentoso pintor barroco cuyas vanitas revelan un modo de observar la anatomía humana que nuestra fractura moderna y anacrónica entre ciencia y arte nos impide apreciar como es debido; o de Piedad de la Cierva (capítulo VII), química brillante del período franquista y pionera en el estudio del vidrio óptico, pero apenas recordada – como tantas otras mujeres científicas ­– por una historia de la ciencia que durante demasiado tiempo ha sido escrita como si de un catálogo de grandes hombres se tratara.

Igual de fantasmales parecen en ocasiones los sabios mismos debido a los destinos espectrales de sus obras, que con frecuencia han atravesado los siglos como almas en pena. Es el caso del espectacular atlas osteológico de Crisóstomo Martínez (capítulo III), un “tesoro sumergido” que no fue editado hasta finales del siglo XX. Es el caso también de los inmensos archivos iconográficos sobre la naturaleza americana que resultaron de dos empresas titánicas: la de Francisco Hernández (capítulo II), protomédico de Felipe II y protagonista de la primera gran expedición naturalista europea al Nuevo Mundo, y la de José Celestino Mutis (capítulo IV), el sabio que, lupa y flor en mano, solía adornar el dorso de los billetes de dos mil pesetas. El primer archivo acabó por desaparecer, probablemente en el gran incendio de El Escorial de 1671. El segundo, conocido como la “Flora de Bogotá” (un tesoro que, en palabras de un director del Jardín Botánico, costó “tantos esfuerzos a los sabios y cantidades al erario”), fue visto por pocos en su época y, aunque invocado frecuentemente a lo largo de los siglos por su valor simbólico y político, sigue hoy en día sin publicar en su integralidad.

Encantados parecen también lugares como Madridejos, provincia de Toledo, en donde el ingeniero Carlos Ibáñez e Ibáñez de Íbero llevó a cabo una operación de medición geodésica (capítulo VI) con la que se intentó retratar cartográficamente un país, la España del Regeneracionismo, que soñaba con reinventarse. Para castillo en donde la ciencia vaga cual alma en pena, sin embargo, el edificio Villanueva (capítulo VIII), que hoy alberga el gran templo de la cultura española, el Museo del Pardo, pero que en su día fue concebido como catedral de las ciencias – de ahí que colinde con el Jardín botánico – para alojar el antecesor de nuestro Museo Nacional de Ciencias Naturales y una academia de las ciencias que nunca vio la luz, así como laboratorios y escuelas científicas. El Prado, hoy en el corazón del llamado “Paseo del Arte,” encarna a la perfección la elección que la memoria colectiva de un país hizo de una cultura, la artística, en detrimento de otra, la científica.

Como los que acosaban a Jack Torrance en la novela de El resplandor, los fantasmas conjurados por Pimentel parecen manifestaciones variadas de una sola y misma presencia espectral. El gran fantasma del que nos hablan los ocho episodios de este libro no es tanto la ciencia española en sí – que sigue muy viva, pese a achaques recurrentes por inanición – sino la ciencia pasada como patrimonio cultural nacional. Pimentel nos ofrece no solo un recorrido personal y selectivo a través de cinco siglos de historia del saber en nuestro país, sino también una llamada a cultivar la memoria científica, a cuidar y valorizar el patrimonio científico. Sí hubo ciencia en España, pero la recordamos poco y mal. Para eso está la historia de la ciencia, viene a decirnos Pimentel, una disciplina cuya marginalización académica y pública en España presenta un contraste dramático con respecto a otros países. Y que podría y debería, sin embargo, ayudarnos a entender y defender la ciencia en el presente. Los fantasmas aparecen cuando los vivos no conservan la memoria de los muertos como es debido. Desde la Clase de anatomía, Cajal nos mira, nos interpela, mientras su legado sigue sin musealizar. Mientras esperamos, Fantasmas de la ciencia española nos ofrece un relato fascinante con el que poder comprender un poco mejor el papel central que la ciencia ha jugado en la historia de nuestro país.

Datos de la Publicación:

Fantasmas de la ciencia española.  Pimentel, Juan.

Marcial Pons Historia – Fundación Jorge Juan, Madrid, 2019. 413 páginas.


La ciencia contra las cuerdas. El declive de la cultura científica en la era de las fake news

AUTOR  | Rafael Sala Mayato. Profesor titular de Física Fundamental de la Universidad de La Laguna

La cultura científica no solo como alta cultura, sino como el mejor producto cultural que ha producido la civilización occidental

Un hilo conductor recorre el último libro de Carlos Elías y lo deja claro en su título: la ciencia está contra las cuerdas, entre otros motivos, porque, a juicio del autor, existe un declive de la cultura científica, sobre todo en Occidente, en la actual era de las fake news. Elías, que es catedrático de Periodismo de la Universidad Carlos III de Madrid, pero que también trabajó como científico en el ámbito de la química (y como periodista en medios como Efe o El Mundo), sitúa el emergente problema de las fake news en la propia universidad occidental actual: critica que en las carreras de Humanidades y Ciencias Sociales, de donde procede la mayoría de políticos, cineastas, intelectuales, artistas o periodistas en Occidente, estudien a filósofos postmodernos como Derrida, Feyerabend, Kuhn o Lyotard que sostienen ideas tan anticientíficas como que la ciencia es una narrativa más -en palabras de Lyotard-, (al mismo nivel que un cuento de hadas, según Feyerabend), o que la lógica y la razón pueden ser destructivas, según Derrida y su crítica al “logocentrismo”. También critica a Kuhn y su, a juicio de Elías, errónea idea de su concepto de “paradigma” aplicado a las “ciencias duras”. El autor sitúa el polémico doctorado Honoris Causa que la Universidad de Cambridge otorgó en 1992 a Jacques Derrida como el simbólico punto de inflexión hacia la decadencia de la universidad y de la cultura occidental basada en la ciencia y la razón. En su opinión, tras esta decadencia, comenzó el auge de las fake news.  Ese doctorado Honoris Causa a Derrida, cuya controversia traspasó los muros de Cambridge, evidenció la lucha de los departamentos de filosofía y ciencias puras frente a los de estudios culturales y literarios. Y ganaron estos últimos. Una de las partes más fascinantes del libro es la descripción de cómo los departamentos de estudios culturales, mediáticos o literarios han ido escalando posiciones de poder en las universidades occidentales frente a los de física, química, biología, geología, ingeniarías o matemáticas.  

El libro comienza -como uno anterior suyo (La razón estrangulada) del que éste es heredero y actualizado- con una preocupación que no solo aparece en España sino también en Europa, EEUU o Japón: por qué los jóvenes de países occidentales u occidentalizados no quieren estudiar carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) si hay déficit de estos profesionales en el mercado y, además, su proporción en un país es un síntoma de desarrollo económico y cultural, según los datos que aporta el libro.

La novedad de Science on the Ropes reside en que Elías no responsabiliza de esto a los profesores de ciencia o ingeniería -como sí lo hacen los estudios de los pedagogos- sino a la cultura mediática, a cómo se divulga la ciencia y la profesión de científico en el cine o televisión y, sobre todo, a los profesores de secundaria y universitarios que no son científicos, pero que denigran o cuestionan constantemente a la ciencia y la tecnología entre sus alumnos.  Si estos alumnos estudian letras o ciencias sociales no pueden confrontar, a juicio de Elías, esas ideas erróneas sobre la ciencia que sus profesores de letras de secundaria les han inculcado. Es decir, para Carlos Elías, el problema del declive de vocaciones STEM está en los profesores de letras y sociales, no en los de ciencias, tecnología y matemáticas. Para contrarrestar esta tendencia propone más horas de ciencias en Secundaria (incluyendo a los alumnos de letras) y que las ciencias sean obligatorias en todas las carreras universitarias. 

La reducción de horas de ciencias en un currículo académico es sintomático del retraso cultural. Un claro ejemplo lo tenemos en Canarias, donde vive y enseña quien escribe esta reseña (como profesor de Física en la Universidad de La Laguna y coordinador de las pruebas de Física de la EBAU). Los estudiantes canarios desde hace años reciben una hora menos de Física y Química -y de Biología- a la semana que sus compañeros de otras comunidades autónomas. Y ya no digamos en comparación con otros países desarrollados del mundo. Los profesores canarios de Secundaria intentan, con un sobreesfuerzo y dedicación enormes, paliar esta carencia de tiempo en materias tan básicas para el desarrollo cultural y científico actual. Pero el resultado final es que los jóvenes canarios -y hay que resaltar que Carlos Elías es canario- sean los estudiantes con menos horas de ciencias de España, lo que, a la vista de este libro, casi implica que sean los que menos tienen del mundo desarrollado. Y quizá eso explique, como se menciona en el libro, las precarias condiciones culturales y económicas del Archipiélago. Circunstancia que también afecta, aunque con una hora más, al resto de España.  

Science on the Ropes reúne varios aspectos polémicos, sobre todo, por infrecuentes, entre los profesores universitarios españoles que publican ensayos. Uno de los más novedosos es la apasionada defensa que hace Elías de la cultura científica no solo como alta cultura, sino como el mejor producto cultural con diferencia que ha producido la civilización occidental y el único que, en su opinión, han copiado de Occidente las culturas orientales: “Los chinos aprenden la grafía latina no para leer a los filósofos o escritores occidentales sino para poder formular la química”, afirma en el libro. Sostiene que China, por ejemplo, tuvo -y conserva- una tradición literaria, artística, filosófica o religiosa superior a la europea; pero no la tuvo en física, química y biología. Para Elías, la humillación que sufrió la cultura china en el XIX, como la que padeció España a la que también critica, se debe a que no supieron ver que la enseñanza de la física, la química y la biología a niveles avanzados debe prevalecer entre las materias en las que se forman las élites que producen conocimiento (aunque este sea literario, jurídico, mediático o artístico). Y también entre aquellas que tienen responsabilidades en comprender el mundo y tomar decisiones. Destaca a lo largo del libro, cómo el despegue chino comenzó cuando sus presidentes empezaron a ser ingenieros o científicos (en contraste con Occidente donde, según Elías, suelen ser de derecho o ciencias sociales). Sugiere que España perdió su imperio y su prestigio como cultura cuando, tras la Contrarreforma, la monarquía y, sobre todo la universidad, le dio la espalda a la ciencia. Cuando, como dice el autor, prefirió el misticismo de Santa Teresa (que proporciona literatura o arte) frente al empirismo de Bacon que ofrece datos y ciencia. Lamenta, en este sentido, que el modelo de Salamanca, donde había más catedráticos de derecho que de física, fuera el que se instalara en Hispanoamérica.

La parte más polémica del libro plantea que Occidente -las universidades europeas y americanas- fascinadas por los estudios culturales y por los filósofos postmodernos- critican a la ciencia y la tecnología como lo hacían los jesuitas y el clero español en la época de la Contrarreforma. Sólo la academia china -y también en La India- se librarían en la actualidad de estas críticas a la ciencia. Elías considera que los “estudios culturales” (o las Humanidades) no son tales si no hay materias de termodinámica, astronomía o química orgánica, entre otras. Y se escandaliza de la escasa cultura en química, física y biología que tiene la élite cultural, política o económica europea y occidental. Destaca como, a diferencia de la Selectividad española, donde los alumnos de humanidades y ciencias sociales pueden acceder a la universidad sin examinarse de física, química o biología, China ha transformado su exigente gaokao -la selectividad china- para que todos los alumnos se examinen de ciencias, aunque vayan a estudiar luego letras en la universidad. Justo lo contrario de lo que se hace en España donde todos se tienen que examinar de letras, aunque luego vayan a estudiar ciencias o ingeniería en la universidad. ¿Por qué los de letras no se examinan de ciencias?, se pregunta el autor. Les faltará, a su juicio y parafraseando a Cajal, una rueda importante en el carro de la cultura. 

Elías no desprecia a las Humanidades -aunque sí critica a las ciencias sociales a las que acusa de falta de rigor si se las compara con las naturales- sino al contrario: defiende a las Humanidades como la disciplina que estudia toda la cultura elaborada por el ser humano, entre la que está la literatura o el arte, pero también la física, la química y la biología. El libro abunda en ejemplos de simbiosis entre ciencias y letras, como los avances matemáticos y físicos que posibilitaron las construcciones del Renacimiento -como la cúpula de la catedral de Florencia- o la misma teoría de la perspectiva o la luz. También destaca el viaje contrario: describe como el libro del poeta romano Lucrecio, De rerum natura, fue leído para aprender latín, pero también para conocer la estructura de la materia y fue muy importante en conceptualizar modelos atómicos. Sostiene que carece de sentido la división de las dos culturas de Snow -es decir, que no tiene sentido un bachillerato de letras y otro de ciencias-, pero también critica que un alumno pueda considerarse graduado en Humanidades sin tener amplios conocimientos de física, biología o química; ideas éstas muy inusuales entre los académicos españoles, no solo contemporáneos, sino de siglos pasados donde Elías también rememora el poco aprecio por la ciencia que tuvieron intelectuales como Unamuno con su “que inventen ellos”; o Menéndez Pelayo que defendía la Inquisición como logro cultural (y cuyo nombre, recuerda Elías, lo ostenta aún una universidad española, pero ninguna el de Ramón y Cajal). El libro rescata el escalofriante discurso de inauguración del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en 1940, en pleno siglo XX, donde se apela a una ciencia católica armonizada con la fe y ataca la racionalidad. 

Science on the Ropes aborda cómo esa falta de cultura científica de las élites occidentales -que antes fue solo española pero ahora es generalizada según Elías- favorece que no tengan referentes para luchar contra las fake news o conceptos que también aparecen en el libro como postverdad o “hechos alternativos”. El libro, de 330 páginas, también critica el sistema de producción científica actual que, según el autor, complica enormemente la supervivencia de los científicos jóvenes, del talento disidente o los enfoques rompedores. Aborda también la dificultad de los jóvenes actuales para formarse en ciencias e ingenierías, abundando en problemas como el estereotipo de científico loco en el cine y la televisión o las dificultades que los chavales tienen para captar la atención en un mundo digital donde se estimula la falta de concentración y donde la capacidad de abstracción, tan necesaria para la ciencia y la ingeniería según Elías, no puede desarrollarse en la mayoría de ellos, lo cual les lleva a rechazar las disciplinas STEM por sus dificultades conceptuales y preferir otras más “audiovisuales”. 

El libro de Carlos Elías combina ideas que ya tenía en anteriores como La razón estrangulada o El selfie de Galileo, pero orientadas con una perspectiva menos española y más internacional dado que se publica en inglés y en una editorial con alcance mundial. Science on the Ropes está muy enfocado al despegue económico y científico de China que trata de explicar el autor y, además, lo compara con Hispanoamérica donde, según Elías, debido a que esos países fueron conquistados por España, cuya cultura tuvo escaso aprecio a las ciencias, entre las élites de esos países hay más abogados o economistas que físicos o ingenieros. Esto, según el autor, es una de las causas principales de su retraso económico y social. Hay muchas comparaciones recurrentes con China, que era más pobre que Suramérica en el siglo XX hasta que los líderes chinos empezaron a salir de facultades de ciencias o ingeniería. 

El libro es ameno, muy ágil (con lenguaje divulgativo, aunque con referencias y gráficas) y, sobre todo, valiente y diferente, inusual entre lo que suelen publicar académicos españoles. Es un libro a contracorriente. Elías explica en el texto cómo el proyecto nació de su estancia en la London School of Economics (en 2005 y 2006) pero cómo lo tuvo que actualizar tras su paso por Harvard en 2013 y 2014 donde comprobó que en una universidad como Harvard también existe esta pulsión entre los científicos, cada vez más agobiados con su trabajo, y toda una serie de profesores de humanidades y ciencias sociales que hacen de su crítica a la ciencia y la tecnología su forma de trabajo intelectual para asentarse en sus cátedras. 

Otra idea muy interesante que se plantea en el libro es el debate sobre si es necesaria la libertad política para que exista desarrollo científico. Apuesta por ésta -como periodista que es y cuya profesión defiende a lo largo del texto- pero reivindica sobre todo la libertad científica y aquí plantea algunos interrogantes inquietantes como si China tiene más libertad científica que Occidente al no tener una cultura basada en el Cristianismo y su idea del humano como hijo de Dios, lo que favorecería que en China se pudiera investigar aspectos de la biología prohibidos en Occidente por su ética religiosa. Elías menciona, por ejemplo, a las niñas chinas manipuladas genéticamente para que no se contagien del VIH, investigación que estaría prohibidísima en Occidente. Y se pregunta en el libro si esto no supondrá el liderazgo definitivo de China, como antes lo tuvo la cultura inglesa al no aceptar la Contrarreforma y la idea del papado de obstrucción de la ciencia moderna, tras el juicio a Galileo.  

Science on the Ropes es un libro de obligada lectura para todos los académicos preocupados por la crisis de vocaciones STEM, la historia de la ciencia, de los medios de comunicación o de la cultura con mayúsculas que, como reclama Elías, si no incluye la ciencia, no es cultura como tal. También recomendaría su lectura a cualquier ciudadano interesado por cómo funcionan los canales de difusión de la ciencia y de cómo ésta puede estar padeciendo un retroceso frente a un auge del pensamiento esotérico y de las pseudociencias. La idea es “democratizar” científicamente a la sociedad. Sigue la senda de nuestro único premio Nobel, Ramón y Cajal, quien insistía que al carro de la cultura española le falta la rueda de la ciencia, frase que Cajal, si leyera el libro de Carlos Elías, posiblemente extendería ahora a todo Occidente. Uno de los problemas de la cultura española de letras es que en el extranjero no nos ven como intelectuales, como ensayistas; es decir, a un español le cuesta vender un libro de pensamiento y, en este sentido, que este libro se haya publicado en inglés y en una editorial de impacto mundial como Springer-Nature es un paso muy importante en la academia española del área de conocimiento de letras a la que, aunque defienda la ciencia, pertenece Carlos Elías.
 

Referencia bibliográfica:

La ciencia contra las cuerdas. El declive de la cultura científica en la era de las fake news. Carlos Elías. 340 páginas. Editorial: Springer-Nature, 2019


Usos medicinales del cannabis ¿qué sabemos de sus propiedades curativas?

AUTOR  | Eva de Lago Femia. Profesora Titular de Bioquímica y Biología Molecular. Directora del Instituto Universitario de investigación Neuroquímica de la Universidad Complutense

Es cada más frecuente que algunos pacientes busquen terapias alternativas a sus tratamientos cuando éstos fracasan. Por ello son necesarias fuentes de información fiables y rigurosas

El potencial terapéutico de los cannabinoides ha suscitado gran interés en los últimos años tanto en los medios de comunicación, como para muchos pacientes que buscan solucionar sus problemas utilizando compuestos derivados de la planta cannabis sativa. Pero ¿qué sabemos realmente de las propiedades “curativas” del cannabis?

El número de publicaciones científicas que describen efectos positivos de los cannabinoides en diferentes modelos animales, utilizados para el estudio de diversas enfermedades, es muy numeroso. Es cada más frecuente que determinados pacientes, en los que los tratamientos estándar que reciben fracasan, comiencen una búsqueda de terapias alternativas. En muchas ocasiones estos pacientes buscan información a través de diversos medios sobre todo a través de redes sociales o internet y como resultado de sus indagaciones deciden utilizar preparados cannábicos. Además, el testimonio de personas que explican la mejora en sus patologías o en los síntomas derivados de ellas, al utilizar preparaciones de la planta, llegan cada vez a más personas y refuerzan el interés o la toma de decisión para su utilización. Sin embargo, las fuentes de información consultadas a veces no son lo suficientemente fiables.

Que los pacientes dispongan de un texto que les sirva de referencia, con rigor científico, pero con un lenguaje sencillo es el principal objetivo de este libro del que José Antonio Ramos Atance y Manuel Guzmán Pastor, catedráticos de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), son coordinadores. Este libro, presentado recientemente en la Facultad de Medicina de la UCM, consta de nueve capítulos y se ha publicado con la colaboración del Instituto Universitario de Investigación en Neuroquímica. Además de los coordinadores, todos los autores del libro poseen una amplia trayectoria en el estudio del cannabis y su aplicación terapéutica.

De esta forma, los lectores podrán encontrar en sus páginas información sobre la composición del cannabis, la descripción de un sistema endógeno en el organismo denominado sistema endocannabinoide o los principales antecedentes históricos (existen evidencias del uso del cannabis con aplicaciones curativas ya en China alrededor del año 2600 a.C). Además, la profesora Cristina Sánchez explica las diferentes preparaciones de cannabis medicinal, aporta información útil sobre las vías de obtención los productos cannábicos en España y diversos aspectos sobre su utilización. Es un dato muy interesante conocer el estado actual de la regulación del cannabis medicinal, por lo que Araceli Manjón-Cabeza, profesora de Derecho Penal en la UCM, revisa el marco legal actual y las acciones que serían necesarias para que los pacientes puedan acceder con garantías a tratamientos para su enfermedad o para paliar su dolor.

Elementos centrales en el libro son el análisis de las propiedades terapéuticas en diversas patologías. Así, se dedican dos capítulos a actualizar los datos disponibles sobre los efectos terapéuticos tanto en las enfermedades neurodegenerativas como en cáncer, revisados por el catedrático Javier Fernández Ruiz y por el profesor Guillermo Velasco respectivamente. Es en estas dos áreas, donde la comunidad científica ha avanzado más en el conocimiento de las propiedades terapéuticas de los cannabinoides, como agentes neuroprotectores en diversas enfermedades neurodegenerativas, antitumorales en distintos tipos de cáncer o como agentes paliativos en oncología. Así mismo, el lector interesado podrá descubrir la utilidad de los cannabinoides en diversos tipos de dolor y el posible uso de los cannabinoides en trastornos mentales revisados por Carlos Goicoechea, catedrático de Farmacología de la Universidad Rey Juan Carlos y Luis Felipe Callado, profesor agregado en la Universidad del País Vasco, respectivamente.

Por último, y aunque pueda resultar paradójico, los cannabinoides están demostrando tener mucho que aportar a la medicina pediátrica, de hecho, es en este campo en el que más cerca se encuentran los cannabinoides de dar el salto a la clínica. José Martínez Orgado, jefe de sección de neonatología del Hospital Clínico San Carlos, explica en el libro como los cannabinoides están siendo, ya de hecho, una realidad en el tratamiento, por ejemplo, de tipos concretos de encefalopatías epilépticas, como el síndrome de Dravet.

Sin embargo, aunque la comunidad científica ha avanzado mucho en el conocimiento de las aplicaciones curativas del cannabis en las últimas décadas, y el cannabis es ya una realidad para numerosos pacientes, aún quedan muchas cuestiones por resolver para obtener el máximo rendimiento. Es importante, por lo tanto, contar con fuentes fiables que permitan al paciente conocer la realidad actual del cannabis medicinal. Es precisamente lo que los autores pretenden conseguir con este libro combinándolo, además con diversas actividades de divulgación en colaboración con el Instituto Universitario de Neuroquímica para llegar al máximo público posible. En esta línea, las personas interesadas, tienen a su disposición un documental, de libre acceso, que complementa lo recogido en este libro (más información en la página www.iuin.es).


Datos de la publicación:

José Antonio Ramos Atance y Manuel Guzmán Pastor (coords). 
Libros de la Catarata. 160 páginas 

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