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Autor
Xavier Pujol Gebellí

La terapia génica entra en el taller

La terapia génica podría definirse como el arte de reparar genes. Expresado así, como dirían algunos médicos e investigadores formados en Estados Unidos, suena como la fórmula más elegante con la que podría armarse la medicina para hacer frente a las enfermedades de origen genético.
Pero la elegancia teórica del concepto parece haber topado, tras una década de claro-oscuros, con el pragmatismo de la realidad. Es como si, de repente, se hubiera caído en la cuenta que, antes de seguir andando, lo mejor era parar ni que sea un momento en el taller de reparaciones. Al fin y al cabo, ni los resultados obtenidos hasta ahora están siendo tan espectaculares ni su campo de operaciones tan extenso como se había previsto.

La terapia génica no será la panacea, declaraba recientemente Ken Culver durante un seminario para especialistas organizado por el Parque Científico de Barcelona. Deberemos decidir qué enfermedades son las más idóneas y cual es la mejor aproximación. La opinión de Culver, especialista que participó en las históricas y exitosas experiencias con los llamados niños burbuja, pequeños a los que una deficiencia genética había provocado la práctica inexistencia de sistema inmunológico y la condena de por vida a residir en burbujas esterilizadas de plástico, cobra especial sentido tras los sonados fracasos de los dos últimos años. Todavía no conocemos con precisión como transferir un gen sano a una célula enferma, señaló. Pero ello no quita que se esté en camino de lograrlo.

Alcanzar una situación óptima, momento que Culver no prevé para antes de una década, pasa por redefinir, a su juicio, algunos de los aspectos clave de la terapia génica. En especial, cómo introducir los genes sanos en células con un comportamiento anormal y qué gen, de entre todo un grupo, podría ser el más adecuado.

En el primer campo, los últimos ensayos se están centrando en el uso de nuevos vectores, algo así como vehículos de transporte, para la introducción del gen en la célula dañada. Hasta la fecha, los más usados son adenovirus atenuados, cápsulas virales en las que se ha sustituido la carga genética original por una nueva que contiene el gen reparador. Los trabajos más espectaculares, destinados al tratamiento de enfermedades como el cáncer, diabetes, hemofilia, Parkinson o Alzheimer, se basan en el uso de virus del sida modificados genéticamente. Inder Verma, director del Laboratorio de Genética del Instituto Salk de la Jolla, California, comentaba recientemente también en Barcelona su esperanza de que este tipo de vectores ofreciera mejores resultados que los precedentes, mayoritariamente basados en virus de la gripe modificados.

La segunda gran cuestión es definir perfectamente qué enfermedad y qué gen deben estar considerados en cualquier terapia génica. Muchas de las enfermedades de origen genético no se deben al mal funcionamiento de un único gen, sino de varios. En este caso, es esencial dar con el primero de la cadena o con aquel cuya inactivación permita obtener la curación de una enfermedad. Aquí, dice Culver, es donde entra el proyecto Genoma Humano, en la identificación de los genes y sus funciones. Alcanzado este punto, concluye, deberá comprobarse si la introducción de un nuevo gen es más beneficiosa que el uso de nuevos fármacos u otras alternativas terapéuticas.

Sea cual sea el caso, no obstante, queda una tercera y a la postre gran cuestión por elucidar. Hasta la fecha, los procedimientos empleados para administrar genes reparadores distan de ser mínimamente seguros. Como reconocían hace poco más de un año los Institutos Nacionales de Salud (NIH, en sus siglas inglesas), entre el 80% y el 90% de las incidencias registradas durante experimentaciones con humanos no suelen comunicarse a la administración sanitaria. Como mucho, según un informe publicado en febrero de 2.000 a raíz del escándalo provocado por la ocultación de varias muertes tras diversos experimentos, las incidencias se comunican a la FDA (Food and Drug Administration), de quien depende la aprobación de nuevos fármacos o nuevas tecnologías médicas.

¿Por qué? Básicamente porque el número de fracasos, pese a las expectativas, supera todavía en mucho al número de éxitos. Y, también, porque precisamente por las expectativas y el convencimiento generalizado de que no se trata de una cuestión de concepto sino tecnológica, la terapia génica va a convertirse en un procedimiento de rutina en la práctica médica. De algún modo, reconocía abiertamente una voz anónima, hay que proteger las inversiones, estimadas en miles de millones de dólares sólo en Estados Unidos, país que está liderando la mayoría de experiencias.

Las estrategias de futuro pasan, a juicio de los expertos, en no dejarse llevar por el todo, sino en tratar de asegurar al máximo la diana. De alguna manera, vistos los fiascos, que superarían el millar según fuentes de la NIH, hay que volver a empezar centrándose sobre todo en el conocimiento de los mecanismos moleculares que tienen lugar en el proceso de transferencia génica en lugar de desarrollar la aplicación en tiempo récord como hasta ahora.

Ello supone retrasar el desarrollo de soluciones a cambio de incrementar el conocimiento básico, pero también ofrecer mayor seguridad y crecer en expectativas, aunque inicialmente en unos pocos campos. Supone, también, frenar el ímpetu de las grandes biotecs norteamericanas, hoy por hoy las abanderadas de la investigación en este campo.

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