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El Niño de 2026: un gigante en el Pacífico que también puede sentirse en las rías gallegas
Pocas cosas parecen más ajenas a Galicia que una masa de agua anormalmente caliente flotando en el Pacífico, junto al ecuador y a más de 8.000 kilómetros de distancia. Y sin embargo, lo que ocurre allí en 2026 puede terminar influyendo en las lluvias de la Península, en la circulación atmosférica sobre el Atlántico e, indirectamente, en el funcionamiento de las Rías Baixas. La conexión no es directa ni inevitable; es una larga cadena de probabilidades físicas. Pero existe, y conviene entenderla.
El Niño ha vuelto, y con una intensidad poco habitual. A comienzos de septiembre, la Organización Meteorológica Mundial da por firmemente establecido el fenómeno y prevé que siga intensificándose: la probabilidad de que persista hasta febrero de 2027 es prácticamente del 100 %, y los modelos apuntan a un episodio muy fuerte hacia finales de año, con anomalías de temperatura superficial ya por encima de 2 °C en la región central del Pacífico. Todo ello, además, en un planeta que ya es mucho más cálido que hace unas décadas.
Qué es realmente El Niño
El Niño forma parte de una oscilación natural del sistema océano-atmósfera llamada ENSO (El Niño–Oscilación del Sur). En condiciones normales, los vientos alisios empujan las aguas superficiales calientes hacia el Pacífico occidental, y frente a Sudamérica ascienden las aguas profundas, frías y ricas en nutrientes. Durante El Niño los alisios se debilitan, el agua caliente se desplaza hacia el centro y el este, y el afloramiento frente a Perú y Ecuador disminuye.
Lo decisivo no es solo que se caliente el océano, sino que cambien las posiciones de las grandes zonas de lluvias tropicales y, con ellas, el reparto del calor que la atmósfera recibe del mar. Esas perturbaciones se propagan mediante ondas planetarias y modifican, a miles de kilómetros de distancia, las borrascas, los anticiclones y las corrientes en chorro. Es lo que los climatólogos llaman una teleconexión: por eso, El Niño puede favorecer sequías en unas regiones y lluvias torrenciales en otras, sin que el agua caliente del Pacífico se desplace físicamente hasta ellas.
¿El mayor El Niño de los últimos 1.000 años?
En estos días se ha repetido que el episodio de 2026 podría ser «el mayor de los últimos 1.000 años». Conviene matizarlo. No hay termómetros que midieran el Pacífico en el año 1200, pero sí registros naturales: los corales. Un estudio publicado a finales de agosto en Science reconstruyó, a partir de la química de corales actuales y fósiles de las Galápagos, la variabilidad de las temperaturas del Pacífico oriental a lo largo de un milenio.
El resultado es contundente: la variabilidad de ENSO en las últimas cuatro décadas es un 36,5 % mayor que en el periodo preindustrial reconstruido, y el aumento se debe sobre todo a episodios de El Niño más intensos. Los propios autores presentan la comparación con modelos como contexto —no como una demostración cerrada de la causa—, pero el incremento excede la variabilidad natural simulada. No significa que todos los El Niño sean ahora un 36,5 % más fuertes, ni prueba que el de 2026 sea, individualmente, el mayor del milenio. Apunta a algo quizá más importante: el propio comportamiento de ENSO está cambiando en un mundo más caliente.
¿Un 2027 extraordinariamente cálido?
Es probable que El Niño añada calor temporal a la temperatura media global, porque el Pacífico tropical libera enormes cantidades de energía a la atmósfera; por eso, varios récords históricos han coincidido con El Niño o con los meses siguientes. Pero hay que separar dos cosas. El calentamiento por gases de efecto invernadero eleva de forma sostenida el nivel de fondo de la temperatura del planeta; El Niño es una oscilación natural que se superpone a esa tendencia.
Imaginemos una escalera mecánica que sube continuamente —el calentamiento global— sobre la que alguien da de vez en cuando un salto hacia arriba: El Niño. El salto es temporal, pero cada vez se produce desde un escalón más alto. Un gran El Niño actual actúa sobre un planeta que ya acumula mucho más calor que durante los grandes episodios del siglo XX.
¿Y en España?
Aquí empieza lo complicado, y conviene ser honesto: la conexión entre El Niño y el clima europeo es una de las más débiles e inconsistentes de toda esta historia. Entre el Pacífico tropical y nosotros median miles de kilómetros, el Atlántico Norte, la corriente en chorro y la estratosfera. No vale, por tanto, la ecuación «El Niño = invierno lluvioso en España».
Existe, eso sí, una relación estadística entre el ENSO y el invierno europeo. Parte de la señal puede transmitirse a través de la estratosfera y terminar modificando la Oscilación del Atlántico Norte, uno de los grandes reguladores de nuestro invierno; en algunos episodios se favorecen configuraciones que facilitan la entrada de borrascas por el Atlántico oriental. Pero la relación no es lineal: depende de la intensidad y del tipo de
El Niño, del momento del invierno y de lo que ocurra simultáneamente en el Atlántico y en otros océanos.
AEMET prevé para el trimestre septiembre-noviembre temperaturas en el tercil superior en toda España y mayor probabilidad de precipitaciones por encima de lo normal en el noroeste, sobre todo en octubre y noviembre. Copernicus también prevé un otoño más húmedo en el oeste y el sur de Europa. Conviene no confundirse: esa previsión la explican, sobre todo, el Mediterráneo anómalamente cálido, la NAO y otros factores, no El Niño como causa principal. Que coincida con un gran episodio del Pacífico no autoriza atribuirle cada lluvia ni cada ola de calor.
Y llegamos a las rías
Aquí, la pregunta se vuelve interesante porque las rías son sistemas extraordinariamente sensibles a lo que ocurre simultáneamente en la atmósfera, los ríos y el océano. Su enorme productividad no es casualidad. En primavera y verano, los vientos del norte favorecen el afloramiento costero: las aguas superficiales se van mar adentro y las sustituyen aguas profundas, frías y cargadas de nutrientes que fertilizan las Rías Baixas y sostienen una de las mayores zonas mejilloneras y marisqueras de Europa. Cuando dominan los vientos del sur, ocurre lo contrario —el hundimiento o downwelling—y cambia la circulación interna de la ría.
Ahí es donde una alteración de la circulación atmosférica del Atlántico empieza a tener consecuencias biológicas. Si en otoño e invierno aumentasen las lluvias sobre Galicia, crecería el caudal de los ríos, entraría más agua dulce en las rías, bajaría la salinidad superficial y aumentaría la estratificación: una capa ligera sobre aguas marinas más densas. Décadas de oceanografía han demostrado que la interacción entre caudal, viento, afloramiento y hundimiento determina la circulación, los nutrientes, la productividad y hasta qué comunidades de fitoplancton proliferan. Un invierno muy lluvioso no solo llena embalses: cambia la estructura física del ecosistema costero.
¿Y el mejillón y las mareas rojas?
Aquí toca prudencia extrema. No existe una relación sencilla del tipo «El Niño provoca mareas rojas en Galicia». Sí, sabemos que ciertos dinoflagelados potencialmente tóxicos responden con fuerza a la circulación de las rías: el afloramiento aporta nutrientes y las fases de relajación y hundimiento pueden retener y concentrar sus poblaciones en el interior de las Baixas. Algunas especies proliferan preferentemente tras periodos lluviosos que generan esa fina capa superficial cálida y poco salina. Si el episodio de 2026-2027 alterase de forma persistente las lluvias, los vientos y los caudales del noroeste, podría modificar indirectamente el fitoplancton, el intercambio con la plataforma y, con ellos, la producción marisquera. Pero todavía es pronto para predecir en qué sentido.
Lejos del Pacífico, no aislada del planeta
Quizá esta sea la lección. Un calentamiento del océano a más de 8.000 kilómetros de las Cíes puede alterar la convección tropical, generar ondas atmosféricas, modificar la circulación del hemisferio norte y, finalmente, cambiar las probabilidades de lluvia y viento sobre Galicia; después, unos pocos días de viento bastan para alterar la circulación de una ría.
Por eso la pregunta del título tiene trampa. ¿Llegará El Niño a las rías? El agua caliente del Pacífico, evidentemente, no. Lo que puede llegar es su señal atmosférica, muy diluida y nada garantizada. Y si alcanza el Atlántico, serán nuestros vientos, nuestras lluvias y nuestros ríos —no el Pacífico— los que decidan qué ocurre finalmente en las rías. La respuesta honesta hoy es que probablemente notaremos poco, con certeza, y que ni siquiera sabemos cuál es el signo. Reconocerlo no es una debilidad del argumento: es exactamente de lo que trata la ciencia del clima.
Conviene terminar sin alarmismo ni soluciones falsas. A El Niño no se le combate: es un fenómeno planetario que nos supera por completo. Lo que sí está en nuestra mano es lo de siempre, y funciona con El Niño o sin él. Galicia dispone de un sistema de vigilancia del fitoplancton y de las biotoxinas que abre y cierra las zonas de marisqueo según lo que miden las boyas y los laboratorios, no según lo que ocurra en el Pacífico. Ese es nuestro verdadero seguro. Las previsiones estacionales, con toda su incertidumbre, ayudan a planificar, y la experiencia acumulada en las rías permite anticipar cómo responde el sistema ante un invierno más lluvioso o más seco. No es control del clima —eso no existe—, sino la modesta y eficaz costumbre de observar el mar antes de confiarse a él.



