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¿Sabes que día es hoy?: el valor documental de un calendario (impreso)

Juan C. Marcos Recio
No lo recuerdo. Ayer fue San Vicente Mártir… Hace ya tres semanas que llegó 2014. Los primeros días eran festivos y no supusieron ningún problema. Pero cada día que pasa se me hace más difícil no tener en mi despacho un calendario. Preciso, un calendario impreso, como los de antes. Supongo que la crisis es quien se ha encargado de acabar también con este producto informativo-documental que tanto adornaba nuestras casas y oficinas. Bancos, agencias de seguros, supermercados, cristalerías… Añadan los negocios que quieran y piensen en aquellos calendarios que nos regalaban.

Mirar lo impreso es apostar por la seguridad. Hay soportes más rápidos, pero no tan visibles, con la tranquilidad de mirar y ver incluso el santo del día o un mensaje breve, tipo recomendación, para cumplir en esa jornada. Los había con frases célebres que nos llevaban a reflexionar durante 24 horas y hasta podríamos comparar la información del mes anterior y del que vendría. Eran una fuente de información que teníamos delante siempre que la necesitábamos.

Los había artísticos, con excelentes reproducciones de bodegones, propios de pollerías y/o fruterías, pero también de otros productos que sin ser tan vistosos acompañaban los insulsos días. Algunos se podían recortar y luego hacer un cuadro con aquellas láminas. Eran especiales los de una compañía llamada Unión Explosivos Riotinto, (ver calendario de 1970), en la que participaron artistas de la talla de Romero de Torres, Francisco Ribera, Cecilio Pla, etc.

Eran ante todo publicitarios. Almanaques que lucen inmensidad de productos, nombres de marcas comerciales, bellas señoritas luciendo su figura, inquietantes animales salvajes y feroces, frutos de la huerta y semillas para plantar. ¿Quién no recuerda esos calendarios subidos de tono de los talleres? y/o los que llevaban en sus camiones los protagonistas de la ruta. Todo ello para sostener números y días, meses adelante y atrás y también el día a día.

Los había de una sola configuración. En una página estaban los doce meses del año y encima una publicidad. Los doce meses con la misma. Otros, preferían poner una imagen comercial cada mes para recordar diversos productos. Algunos, incluso, eran dobles, dos meses con la misma publicidad. Y hasta triples. Tres meses y una bonita publicidad encima. Podríamos decir que las combinaciones eran múltiples, tanto en su formato informativo como en el publicitario.

Pero el calendario por excelencia era el que llevábamos en la cartera del bolsillo, pequeño, cómodo, flexible, muy útil en determinadas circunstancias. Por un lado, imágenes de publicidad, marcas de coches, bares y cafeterías, animales salvajes… Los motivos eran tantos y tan diversos que un coleccionista podría sumar miles y miles de motivos. A su espalda, los meses, ordenados de tal forma que cada uno obtuviera el mismo espacio, excepto febrero en el que la maquetación permitía un espacio más ordenado.

Y hasta algunos relojes que no tenían calendario dentro optaban por colocar uno en la correa. Cada mes cambiaban el calendario y tenían a la vista los días que pasaban como la vida misma. Calendarios grandes de cocina, de baño, de oficina, de clínica y hospital, de lugares públicos y de sitios donde se concretan citas para organizar la vida de cualquiera.

Y el tamaño importaba, la opción siguiente era un calendario de mesa. Casi todos repartidos en seis meses en una cara y el resto en la otra. Y como no uno o varios anuncios de clínicas, de coches, de productos varios acompañando esos días del calendario.

Y de todos ellos, el mas importante, el que más miramos, es el calendario laboral. Fiestas que parecen las mismas pero que cambian de día, según el espacio geográfico. Además vienen, como los domingos en otro color, generalmente rojo destacando que esa jornada será de descanso. En mi caso, por mi profesión de profesor, el escolar, es el que marca mi vida y como la universidad ya no hace versión impresa, obligo a trabajar a mi impresora y lo pongo delante de mi escritorio.

Los calendarios marcaron el ritmo de nuestra vida durante muchos siglos, especialmente estos: Gregoriano, Juliano, Egipcio, Romano. Sin ellos, la vida no tenía un orden, ni una forma de esperar el día del cumpleaños y las fiestas más próximas. Fuera de estos, el calendario lunar y hasta el pagano, el maya y el azteca cuando se nos acababa el mundo, han marcado nuestras vidas con la ilusión de llegar al final, la última hoja que se arranca al calendario para iniciar un año nuevo.

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