El océano se ve a menudo como la última frontera en el planeta con los desconocido y salvaje: un desierto azul vasto y vacío donde gobiernan las olas, las ballenas y los albatros. Esto ya no es verdad. Sin que muchos lo noten, desde hace varias décadas, una nueva revolución industrial se está llevando a cabo en nuestros mares.

Los estados miembros de la ONU no han logrado ponerse de acuerdo sobre el tratado para proteger la alta mar de la explotación incontrolada. El presidente de la conferencia de alta mar de la ONU tendrá que convocar una nueva ronda de negociaciones para cerrar un marco legal de gobernanza en alta mar. Para muchos  el tratado, que establecerá un marco legal para proteger la biodiversidad y gobernar la alta mar, es el acuerdo de protección de los océanos más importante que se promulgará, cuando se pongan de acuerdo los estados, en cuatro décadas.

Las últimas décadas han visto un crecimiento exponencial en las nuevas fromas de explotar los recursos marinos. Esto incluye la expansión de la extracción de petróleo y gas en alta mar, pero también el crecimiento exponencial de las energías renovables en alta mar, como la energía eólica y mareomotriz.

La acuicultura, o agricultura submarina, es uno de los sectores alimentarios de más rápido crecimiento en el mundo. Se pesca en más de la mitad de nuestros océanos. Más de 1 millón de kilómetros de cables de datos submarinos atraviesan la alta mar. Y nuestras carreteras oceánicas por las que transitan cientos de miles de buques transportan alrededor de un 1600 % más de carga en los barcos que en la década de 1980.

Nuevas industrias también se están organizando para unirse a esta economía oceánica en auge: las empresas están compitiendo para comenzar la minería oceánica en el Pacífico; nuevas pesquerías experimentales se centran en el océano profundo que antes se creía imposible de alcanzar; y las empresas de geoingeniería comienzan a trabajar en el océano profundo.

El inicio de esta revolución industrial marina pone en contexto la urgencia de que se finalice el nuevo tratado de la ONU que dictará el futuro de nuestros océanos y nuestro planeta: la alta mar.

Abarcando todas las aguas 200 millas náuticas más allá de las costas de las naciones, la alta mar supone dos tercios de los océanos. Esta vasta extensión nos pertenece a todos.

Desafortunadamente, compartir no ha funcionado bien. Los recursos pesqueros están monopolizados por pocos actores muy ricos aunque parezca lo contrario. Aproximadamente el 97% de la pesca industrial “controlable” en alta mar está dirigida por naciones ricas, el 86% de esta pesca la llevan a cabo solo cinco países. Algunas de nuestras poblaciones de peces de alta mar más lucrativas y nutricionalmente importantes están en declive.

La biodiversidad en alta mar es ecológicamente importante, diversa, única, pero también frágil y cada vez más amenazada por la crecimiento incontrolado de las diversas industrias marinas. Muchas especies de ballenas han estado al borde de la extinción por la acción de industrias pesqueras y marítimas, así como por el resultado de la caza de ballenas. Incluso algunas especies de caracoles oceánicos han sido declarados en peligro de extinción debido a los riesgos que plantea la minería en aguas profundas.

Una región de alta mar en el Pacífico que merece protección alberga una antigua cadena montañosa submarina cuyos picos se elevan desde las profundidades donde están adornados con coronas de corales dorados, algunos con más de 4000 años de antigüedad, y flanqueados por cardúmenes de peces que solo se pueden encontrar en ese ecosistema y no en otro lugar de la Tierra. Esta misma área está amenazada por la pesca de arrastre de fondo y la minería oceánica.

El tratado de la ONU que se estaba negociando en Nueva York brinda la esperanza de crear nuevas herramientas para planificar de manera más inteligente este crecimiento explosivo en la “economía azul” y revertir al menos algunas de estas tendencias negativas. Un elemento histórico del tratado sería la oportunidad de establecer áreas marinas protegidas en alta mar.

Naciones de todo el mundo ya se han unido a científicos para respaldar el compromiso de proteger el 30 % de nuestros océanos para 2030. Desafortunadamente, estamos terriblemente atrasados. En el mejor de los casos, el 8% de los océanos del mundo están protegidos. Para llegar al 30 % y hacer que un sistema de este tipo sea ecológicamente representativo, necesitaremos establecer áreas protegidas en alta mar.

El tratado también es una oportunidad para promover la resiliencia climática. Las redes de áreas protegidas en alta mar podrían servir como trampolín para las especies estresadas por el clima que intentan escapar del calentamiento del océano.

Hoy en día, un mosaico de más de 20 organizaciones tienen diferentes niveles de responsabilidad en nuestra alta mar cada vez más ocupada. En nuestros océanos que se desarrollan rápidamente y al azar, es como si hubiéramos creado departamentos de saneamiento, obras viales y agua, pero nunca llegamos a elegir un alcalde y un ayuntamiento para coordinarlo todo.

A medida que avanza la revolución industrial marina y nuestro océano se vuelve más activo, las soluciones reales para la gestión en alta mar se alejan cada vez más. La inacción significa que la industria decidirá el destino de alta mar para el mundo, y no al revés.

El océano proporciona aproximadamente la mitad del oxígeno del mundo, nutrición para miles de millones de personas y billones de euros en empleos e ingresos: es nuestro destino, más que cualquier otra cosa, lo que está siendo decidido por este tratado.

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