El invasor que fabrica medio millón de copias por metro cuadrado.

Escribí por primera vez sobre esta alga en enero de 2020. Entonces era un problema del sur: Ceuta, Tarifa, los caladeros de Cádiz diezmados, los ayuntamientos gaditanos pagando camiones para sacar toneladas de biomasa maloliente de sus playas. En 2024 llegó a Galicia. Ya hay nueve poblaciones conocidas en nuestro litoral, seis detectadas en 2024 y tres más en 2025, situadas en las bocas de las rías y cerca de puertos. En algunas, cubre el 100% del fondo. No es un aviso prematuro. Es una invasión en curso.

 Rugulopteryx okamurae es un alga parda originaria de las costas de China, Corea, Japón y Taiwán. En Europa apareció por primera vez en 2002, en una laguna costera de Francia, introducida casi con seguridad mediante ostra japonesa importada para la acuicultura.

Foto: El alga Rugulopteryx okamurae UDC

En España se detectó en Ceuta en 2015, tardó en identificarse porque se parece mucho a algas autóctonas del género Dictyota, y cuando se la reconoció ya había colonizado gran parte del litoral gaditano. Ese error de diagnóstico le dio meses de ventaja. En Galicia, al menos, se identificó rápidamente.

La razón por la que es tan difícil de detener radica en su modo de reproducción. En su hábitat original del Pacífico combina reproducción sexual y asexual. En las poblaciones invasoras del Atlántico europeo, la sexual ha desaparecido casi por completo. Lo que domina durante todo el año es la reproducción vegetativa: fragmentos del talo que se desprenden y generan individuos nuevos. Clones.

Un estudio publicado en 2026 en Marine Pollution Bulletin estima que una población establecida puede generar más de medio millón de nuevos individuos por metro cuadrado y año únicamente por esta vía. Es la razón por la que una zona extraída manualmente puede recolonizarse en pocas semanas. Y también es la razón por la que retirarla mal es peor que no retirarla: si la extracción genera fragmentos y los devuelve al agua, dispersa propágulos viables.

No tiene depredadores eficaces. Produce un compuesto químico que disuade a los peces herbívoros locales. El único animal que la consume con cierta regularidad es el erizo de mar, y resultados publicados en Aquatic Conservation en 2026 muestran que las olas de calor marino, cada vez más frecuentes en las rías gallegas, suprimen incluso esa herbivoría limitada. El cambio climático no solo amplía el territorio disponible para la especie: también elimina el único freno biológico que tiene.

Las cuatro rías gallegas de mayor productividad concentran la mayor densidad de bateas de mejillón del mundo y los bancos marisqueros más activos de Europa. En el área del estrecho de Gibraltar, las capturas de trece especies cayeron entre un 20% y un 48% tras la invasión masiva.

Las artes de pesca sufren daños físicos debido a la acumulación de biomasa en las redes. Y la descomposición del alga en las playas vacía arenales: en Noja, Cantabria, los bañistas cambiaron de destino el verano de 2025.

En el fondo marino, el daño es más silencioso y más duradero: la especie homogeneiza el sustrato y elimina la diversidad de algas autóctonas que sirve de hábitat a docenas de otras especies. Ese cambio, según la experiencia con otras invasiones de macroalgas, es difícil de revertir.

Desde hace años circula la propuesta de consumirla como solución. Tiene una lógica aparente, si vale dinero, la extracción se hace sola, pero tiene tres obstáculos reales. Los análisis de la biomasa recogida en el Estrecho detectan concentraciones de metales pesados por encima de los umbrales legales aplicables a los alimentos. El compuesto que disuade a los herbívoros tiene actividad citotóxica documentada, y faltan estudios toxicológicos específicos para el consumo humano. Y la normativa europea prohíbe comercializar especies invasoras, salvo una excepción específica que actualmente no está vigente.

La valorización de la biomasa, como fertilizante agrícola, como protector de la vid frente al mildiu y como fuente de compuestos para la farmacia y la cosmética, es una dirección sólida, pero todavía nada está maduro para el mercado.

Erradicarla es imposible: ninguna macroalga invasora establecida en un litoral extenso ha sido erradicada jamás. Lo que sí se puede hacer es contener la expansión si se actúa a tiempo.

La detección de ADN ambiental en muestras de agua o sedimento que el proyecto Algasdet de la USC, financiado por la Consellería do Mar, está desarrollando puede identificar nuevas colonizaciones semanas antes de que sean visibles. La extracción manual con los protocolos correctos funciona a escala local, y la ventana más eficaz es la primavera, antes de que la reproducción asexual alcance su máximo estival.

La monitorización por satélite que el CSIC ha desarrollado para el sur peninsular debería extenderse al litoral gallego. No hay razón técnica para que no sea así: solo falta financiación y voluntad de coordinación.

Galicia llegó tarde al Prestige, a la regulación del marisqueo y a la detección de patógenos en bivalvos. En este caso tiene algo que no tuvo entonces: la invasión está en sus fases iniciales, está localizada, y hay grupos de investigación capaces de actuar con las herramientas correctas. El único requisito es que alguien tome la decisión de financiarlos y coordinarlos antes de que el próximo verano añada otra tanda de clones al fondo de las rías.

 

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