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El Prestige no fue el final:
la flota fantasma y el riesgo de otro desastre
El 13 de noviembre de 2002, el petrolero Prestige comenzó a escorar frente a la Costa da Morte. No fue una sorpresa. Era un buque viejo, monocasco, con bandera de conveniencia y propiedad opaca, cargado con 77.000 toneladas de fuel pesado. Sus gemelos habían sido retirados tras inspecciones que advertían de un fallo estructural inminente. El Prestige se partió exactamente donde se había predicho.
Tras varios días de deriva y rechazos por España, Francia y Portugal, el buque se hundió el 19 de noviembre a casi 4.000 metros de profundidad. El hundimiento no cerró la crisis: la prolongó. Más de 63.000 toneladas de fuel acabaron en el mar, contaminando más de 2.000 kilómetros de costa desde Portugal hasta Francia. Fue el mayor desastre ecológico marítimo de la historia de España.
Las consecuencias no se limitaron a las playas ennegrecidas que aún permanecen en la memoria colectiva. El vertido alteró los ecosistemas durante años. Algunas especies bentónicas desaparecieron temporalmente de la Costa da Morte. Las aves marinas cambiaron sus hábitos alimentarios durante casi una década. Estudios científicos detectaron efectos ecológicos persistentes más de diez años después. El coste económico superó ampliamente los mil millones de euros, de los que solo una parte fue cubierta por los fondos internacionales de compensación. El resto lo pagó el Estado y, sobre todo, Galicia.
Veinte años después, el pecio del Prestige sigue en el fondo del Atlántico con fuel en su interior. En 2007 se detectaron fugas activas. Desde entonces no se ha realizado una evaluación científica sistemática de su estado. El símbolo del desastre permanece, literalmente, sin vigilancia.
El Prestige no fue fruto de la mala suerte. Fue el resultado de un sistema: buques envejecidos, banderas de conveniencia, sociedades pantalla sin activos, seguros insuficientes y una normativa incapaz de actuar antes de que el daño fuera irreversible. Ese sistema no desapareció tras el Prestige. Hoy opera de nuevo, a mayor escala.
Desde la invasión de Ucrania en 2022 y las sanciones al petróleo ruso, ha surgido lo que se conoce como la “flota fantasma”: cientos de petroleros que transportan crudo eludiendo los controles internacionales. Muchos son buques antiguos, con estructuras societarias opacas y sin seguros verificables de responsabilidad civil. Algunos utilizan certificados falsos. Otros apagan o manipulan sus sistemas de localización. Todos comparten un rasgo clave: si provocan un vertido, el coste recaerá íntegramente sobre el país afectado.
Los incidentes se acumulan. Colisiones, incendios, explosiones en salas de máquinas. En enero de 2026, un petrolero sancionado quedó a la deriva frente a Almería tras perder la propulsión. España solo pudo escoltarlo fuera de su zona de responsabilidad marítima. No tenía base legal para detenerlo.
España es especialmente vulnerable. El estrecho de Gibraltar es uno de los corredores marítimos más transitados del mundo. Un vertido allí tendría consecuencias devastadoras para la pesca, el turismo y los ecosistemas del sur peninsular. Galicia, por su parte, vuelve a situarse en una ruta clave del tráfico atlántico. Las Islas Canarias son otro punto sensible para buques que evitan controles o realizan transferencias de carga en alta mar.
Es cierto que desde 2002 se han producido avances. Se eliminaron los petroleros monocasco, se reforzó la vigilancia marítima y se creó una agencia europea de seguridad marítima. España dispone hoy de mejores medios de salvamento y lucha contra la contaminación. Pero persisten brechas críticas.
La principal es la legal: no se puede interceptar preventivamente un buque en aguas internacionales, salvo que exista un peligro inminente demostrable. En la práctica, eso significa que la actuación llega cuando el accidente ya ha ocurrido. A ello se suman la ausencia de mecanismos eficaces para hacer cumplir las sanciones en tránsito y la realidad de que muchos de estos buques navegan sin un seguro real que cubra los daños.
La conclusión no es alarmista, es aritmética. Cientos de buques con los mismos factores de riesgo que el Prestige cruzan con regularidad cerca de las costas españolas. No es una cuestión de si habrá otro accidente grave, sino de cuándo.
El Prestige dejó una lección clara: reaccionar no basta. La prevención exige voluntad política, cambios legales y asumir que la seguridad marítima no puede depender de que todo salga bien. España ya sobrevivió a un Prestige. Hacerlo de nuevo tendría un coste económico, ambiental y social que no deberíamos aceptar como inevitable.
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