Archivo de diciembre 26th, 2013

Crónica de una visita guiada por la restauración del Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE)

Por Sofía Fernández Velasco


La visita realizada al IPCE el viernes 13 de diciembre supuso un importante acercamiento al mundo de la conservación, estudio y tratamiento del Patrimonio.  Desde el comienzo, se intenta concienciar a los alumnos de la importancia de la conservación de aquello que nos pertenece a todos y que forma parte de nuestra historia. Por eso, en la propia presentación nos quisieron aclarar que a pesar de que en la ley se refleja como patrimonio histórico, ellos prefieren usar el término cultural, puesto que este es más amplio y refleja su campo de actuación con mayor veracidad.

La visita fue muy amena y el personal muy cercano en el trato. Además no solo nos proporcionaron conocimientos sobre la conservación o la restauración, sino que dejaron muy clara su opción de apostar por una conservación preventiva que proteja las obras y evite que deban ser restauradas.

Las reflexiones que nos regalaron, son capaces de hacer pensar y de concienciar a cualquiera. Una de ellas fue muy concisa, y a la vez muy real, porque para todos aquellos que piensen que la labor de conservar el patrimonio no es algo de vital importancia se equivocan, pues ¿Quiénes serían Mozart o Beethoven si no conservásemos sus partituras? Además, la música es un arte fugaz y maravilloso y a través de esas partituras se construye para nosotros en el mismo momento que el músico toca esa pieza, y en cuanto para, se acaba.

La importancia de la conservación de nuestro patrimonio es vital, pues todo lo que se escribe, pinta, esculpe, diseña… dentro de una sociedad, es reflejo de ella, y la pérdida de parte de esa cultura, deja a los pueblos indefensos, y provocando que pierdan parte de su identidad. Si el patrimonio no se conserva como es debido, dejaremos a la sociedad en un estado de “Alzheimer”,  haciendo que grandes obras de arte de todo tipo caigan en el olvido.

Conservación preventiva
El IPCE se encarga de restaurar obras públicas de diversos tipos, fotografías, manuscritos… La ley habla de este patrimonio con el término de patrimonio histórico, aunque ellos prefieren llamarlo patrimonio cultural. Esta ley de los años 80, está, según ellos, anticuada; por ejemplo, para que algo pueda ser considerado como patrimonio de interés, debe tener más de 100 años, ellos intentan proteger muchas cosas que no alcanzan tal antigüedad.

No solamente restauran las piezas que vimos en la visita, sino que apuestan por los estudios y planes de “conservación preventiva”, para no tener que llegar a restaurarlos.

En el departamento de documentos y obras, o “departamento de papel”, llevan a cabo una labor fundamental, pues no solo restauran documentos, manuscritos o cartas, sino todo aquello cuyo soporte es el papel, como por ejemplo los grabados, los dibujos, o las acuarelas. Ellos trabajan para archivos, bibliotecas, museos… pero aun así, cada uno de estos suele tener su propio pequeño departamento de conservación y restauración, por lo que a veces encontramos que las obras que llegan al Instituto puede que no sean de un elevado valor, pero sí requieren de una gran labor de restauración y unos buenos medios para ello.

Siempre que se trabaja con una obra hay que ser extremadamente cuidadoso, también hay que diferenciar entre piezas de devoción o religiosas de otro tipo. Podríamos decir que una pieza de museo se puede “modificar” más. Esto nos muestra cómo el mundo de la conservación y la restauración conlleva muchas más cosas de las que pensábamos. La visita nos aportó muchas reflexiones curiosas y ciertamente valiosas.

La escritura es una forma de expresarnos, de plasmar nuestra memoria, desafortunadamente, destruir una biblioteca es dejar a ese pueblo con “Alzheimer”. Se dice que es siempre el vencedor el que escribe la historia. ¿Cuál es por tanto lo que podríamos considerar primera escritura? En la visita, el exponente nos conducía a numerosas conclusiones, el primer soporte que tenemos es la “cueva” y sus dibujos la primera escritura, puesto que el que los hizo quería expresarse y trasmitirnos algo, (ej.: Las cuevas de Altamira). El progreso breve de las escritura y de los soportes tras la pinturas rupestres es el siguiente: La escritura cuneiforme que se realizaba en tablas de barro tierno secado al sol, de las cuales irónicamente se han conservado numerosas de ellas pues tras la quema de muchas bibliotecas ese fuego y el calor hacía que se cocieran y se endurecieran. Después aparece en Egipto el papiro (de origen vegetal), que era pintado a través de pigmentos de carbón principalmente de color negro y rojo. Curiosa es la “anécdota” del nacimiento del siguiente formato. El soberano de la ciudad de Pérgamo quería construir una biblioteca que fuese similar a la de Alejandría y pidió a los egipcios que le suministrasen los papiros. Ante una biblioteca que pudiese hacerles competencia, rechazaron la oferta. Así es como la necesidad de ingenio hizo que naciese el pergamino (de origen animal, mayoritariamente se realizaba con la piel del cordero). Tanto los papiros como los pergaminos se almacenaban en rollos de marfil, muy fáciles de guardar, pero su manejo era muy complicado. Un libro no se componía de un solo rollo (tenían una longitud aproximada de 2-3 metros), sino de varios. Los rollos o volúmenes duran hasta el siglo I, cuando aparece el códex (en la época de Augusto).

Es curioso ver como ya los Coptos en Egipto utilizaban una especie de libros de notas o agendas que llevaban colgando de los cinturones. La primera encuadernación primitiva la hicieron ellos, mediante dos tablas, y unas páginas entre medias, que cosían después entre sí. Como en cualquier arte, y puesto que la encuadernación de las obras se trata de algo ornamental, esa ha ido evolucionando según el gusto de la época: quemando la piel, utilizando pan de oro, etc.

A la hora de restaurar obras en papel apreciamos como por ejemplo, el uso de tinta a base de óxido de hierro que utilizaban en los manuscritos, es una sustancia muy corrosiva para el papel con el paso del tiempo. Por lo que en numerosas ocasiones se deben colocar unos “tisus” (láminas muy finas de papel) en las hojas rotas para que el libro o documento se pueda seguir manejando.

El pergamino, por otro lado, tiene una gran resistencia al paso del tiempo y se conserva muy bien, pero es muy rígido. A través de una máquina de humidificación y tras limpiarlo y asegurar los colores y las tintas, se le puede devolver su flexibilidad.

El papel aparece en el siglo I. Fue un invento chino que se extendió por todo oriente. Este conocimiento se transmitió por el mundo árabe y fue precisamente en España, donde podemos encontrar el primer papel que se conserva de toda Europa, más concretamente en Valencia. El papel se realizaba a través de molinos y cada uno de ellos tenía una marca distintiva. En España fueron los árabes los que trajeron el papel y se considera que Aguilafuente está vinculada a la historia del libro por darle el nombre al primer libro impreso en España, en 1472, el conocido como Sinodal de Aguilafuente, que contiene las actas del Sínodo diocesano celebrado en la villa en los primeros días de junio de ese año. Al no tener ni portada ni título, se le denomina haciendo referencia abreviada a su contenido (en lugar de constituciones sinodales) y al lugar donde tuvo lugar el Sínodo, la villa de Aguilafuente.

Es anecdótico como tras la conquista de América, España poseía el monopolio de mercado, por lo que todos los suministros de papel que recibían se habían fabricado en algún molino español. Todavía hoy en día podemos ver como algunos de los documentos antiguos que encontramos en las bibliotecas o museos de países sobre todo de América Latina, presentan estos sellos distintivos de cada molino.

Curiosamente, la imprenta también fue una idea realizada en china, pero fue desechada puesto que necesitaban que esta presentase más de 3000 caracteres. En la primera mitad del siglo XV (no se conoce una fecha exacta), Gutenberg de origen alemán, inventó la imprenta. Este es el periodo de los libros que conocemos como “Incunables” pues esta palabra procede de “cuna” y se refiere a los libros que constituyen el origen y nacimiento de los libros modernos. Otra pequeña curiosidad es cómo la gente al principio no quería libros de imprenta pues los veía vulgares, quizás la situación de tensión que se está viviendo actualmente entre el libro como tal y el libro digital sea similar.

Su trabajo documental es impresionante. Se guarda todo, en especial los documentos sobre los que se realiza la restauración. Tienen alrededor de 1500 cajas de archivos que documentan su labor, teniendo en cuenta que muchas de ellas son enviadas al archivo nacional de Alcalá de Henares.

También poseen una Fototeca de las obras que han sido restauradas. Este archivo se creó hace 10 años, antes era administrado por los propios conservadores y no por archiveros. Se hacen fotos de las piezas antes, durante el proceso de restauración y una vez finalizado. Que estos archivos se guarden allí, tiene razón de ser puesto que los propios conservadores los consultan.

Un trabajo espectacular es el que están llevando a cabo con todo el fondo documental de la Guerra Civil. Es un proceso de digitalización de archivos de la guerra.

En el año 1936, el Gobierno republicano creó las Juntas Delegadas que tomaban las obra de grandes museos, iglesias, particulares etc., para protegerlas. Su sede fue trasladándose según el transcurso de la guerra, primero estuvo en Madrid, y posteriormente en Valencia, Barcelona y finalmente fueron llevadas a Ginebra. Estos archivos son básicamente documentación administrativa sobre las obras que recogían de carácter artístico. Como por ejemplo aparece en los registros la pertenencia del cuadro “La matanza de los inocentes” a nombre del duque de Almazán.

Por otra parte, en el bando nacional crearon el Servicio de Recuperación artística en el año 1937, para este servicio militarizaron a voluntarios con el fin de guardar las obras de las ciudades tomadas, y crear así unos expedientes de devolución.

Tras la Guerra se hicieron exposiciones para mostrar las obras y poder recuperarlas por sus dueños. En el año 40, y puesto que seguían en posesión de numerosas obras que no habían sido reclamadas, pusieron un plazo de tres meses para poder solicitar la obra, sino se hacía, se daba por hecho que se cedía al Estado. Aún así, hubo numerosas obras que no fueron recogidas.

En la Fototeca del Instituto guardan tanto las fotografías como los negativos, respetando en la medida de lo posible, las condiciones de luz y temperatura. Guardan también las actas de devolución y son expedientes de carácter público. Los investigadores que consultan estos archivos suelen ser estudiantes, profesores o catedráticos de Bellas Artes o de Arquitectura.

El trabajo de la institución es impresionante, y la visita fue una experiencia increíble. Por eso, agradecemos su tiempo, entrega y pasión a todo el equipo del Instituto del Patrimonio Cultural de España, en especial a Blanca Santamarina que nos ayudó en las gestiones y cuido todos los detalles de la visita. Prometemos regresar.

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