Durante años se pensó que los microplásticos eran un problema casi exclusivo de océanos y ríos. Pero las mediciones más actuales cuentan otra historia. Los microplásticos también caen del cielo. En zonas remotas, lejos de ciudades o industrias, se han detectado fibras y fragmentos de plástico depositados por la atmósfera.
Estas partículas viajan en suspensión durante días o semanas, impulsadas por el viento, igual que el polvo sahariano. Acaban regresando al suelo con la lluvia, la nieve o simplemente por gravedad. Ropa sintética, envases, neumáticos: el plástico se fragmenta, se eleva y circula por el planeta.
El resultado es inquietante. Respiramos microplásticos. Llueve plástico. Es una contaminación global, persistente y casi invisible, que convierte la atmósfera en un nuevo vector de un problema que ya no entiende de fronteras.