Fecha
Autor
Xavier Pujol Gebellí

Buscando desesperadamente a ET

La existencia de vida más allá de la Tierra ha provocado ríos de tinta entre novelistas más o menos afortunados. Pero también una encendida pasión entre científicos que curiosean en los rincones más recónditos de nuestro planeta o escudriñan el cielo en busca de vida inteligente.
De lo único que tenemos evidencia es que la vida surgió y que lo hizo en la Tierra. La sentencia, en apariencia obvia, corresponde a Stanley Miller, el investigador que formuló la teoría más creíble sobre el origen de la vida, la de la sopa prebiótica, en el ya lejano año 1953. Miller soltó la frase en Barcelona, durante un simposio internacional dedicado a astrobiología, la ciencia que trata de hallar vida más allá de la Tierra, donde coincidió con otros ilustres investigadores como Kenneth Nealson, del Jet Propulsion Lab de la NASA, y Christopher McKay, del AMES Research Center, también de la NASA. Ambos representaban entonces, y continúan representando ahora, la propuesta científica más interesante de cuantas se han desarrollado a lo largo de casi tres décadas de investigación biológica en el espacio.

En esencia, lo que vienen a defender estos dos científicos es que las probabilidades de hallar vida más allá de nuestro planeta son extraordinariamente altas. Tanto que, según argumentan, hay indicios suficientes incluso en nuestro propio sistema solar. Marte, Titán y Europa, además de los cometas que surcan periódicamente el cielo, reúnen, en su opinión, las condiciones que podrían desencadenar la aparición de alguna forma de vida. Esto es, alguna forma de carbón orgánico, agua en estado líquido y un medio ambiente propicio.

El problema para estos y otros investigadores ha sido siempre definir qué debe entenderse como forma de vida. En general, coinciden en que cualquier forma de vida que "haya o hubiera habido" en nuestro sistema solar sería simple, sin demasiado grado de complejidad metabólica. McKay considera, en un artículo reciente, que estas formas podrían estar muy extendidas por los planetas próximos a la Tierra y que, en ningún caso, conformarían lo que se entiende como "vida inteligente".

Nealson, por su parte, considera que debiera entenderse como materia viva cualquier "tipo de estructura capaz de transformar la energía" que recibe del entorno y que disponga de algún mecanismo de autorreplicación. Esas estructuras "toman energía del entorno para transformarla y hacer copias de ellas mismas", aclara. Para encontrarlas debe buscarse en el subsuelo o entre las rocas, pero también como parte de "líquidos y gases en suspensión". "Por lo que hemos aprendido de los organismos que viven en condiciones extremas en la Tierra, basta con identificar qué formas alteran el equilibrio con su entorno". Solo de esa forma, concluye, "evitaremos que la vida pase por delante de nuestras narices sin dejarla escapar".

VIDA INTELIGENTE

¿Quedaría descartada por tanto la existencia de vida inteligente? Para el astrofísico estadounidense Frank Drake, autor de la famosa ecuación que resume el número de planetas capaces de desarrollar vida inteligente en nuestra galaxia, continúa siendo obvio que no. Drake, que participó la semana pasada en unas jornadas sobre origen y evolución de la vida celebradas en Barcelona, ha sido durante casi 30 años responsable del proyecto SETI, al que siguió, mediada la década pasada, el proyecto Phoenix.

Drake ha sido el impulsor, durante años, de proyectos científicos cuya única finalidad era la captación de ondas de radio emitidas por otras civilizaciones. Sin embargo, como admitió en su reciente estancia en la capital catalana, no ha habido hasta la fecha ningún resultado positivo. Probablemente, explicó, porqué por el momento sólo ha sido posible investigar en un pequeño margen de frecuencias (de 1.000 a 3.000 megahercios) en una limitada porción del cielo. Casi, como buscar una aguja en un pajar. Pero de aparecer esa aguja, aventuró, se confirmaría la vieja teoría matemática que calcula el número probable de civilizaciones inteligentes en otros sistemas solares. Una sola señal, indicó, sería suficiente para afirmar que hay miles de mundos habitados.

Esa razón es para Drake motivo más que suficiente para proseguir la búsqueda. Podemos tardar 10 años o incluso cien en detectarla, pero su hallazgo sería el mayor descubrimiento de la historia de la Humanidad. Un descubrimiento que cambiaría, en su opinión, los conceptos del origen de la vida y que podría explicar mucho acerca de nuestro presente y futuro como civilización.

Para realizar la búsqueda de señales extraterrestres, Drake trabaja en la actualidad con dos potentes radiotelescopios de alta sensibilidad situados en los estados norteamericanos de Virginia y Georgia. Cuenta, además, con equipamiento capaz de analizar 56 millones de canales de radio y mecanismos capaces de discriminar entre ondas de radio y ruido espacial.

Estos equipos son capaces de determinar en poco más de 10 minutos cuando una señal es emitida por la Tierra o por alguna nave lanzada al espacio desde nuestro planeta, o cuando ésta procede del espacio. Las señales procedentes de la Tierra llegan en una frecuencia constante porqué el emisor y el receptor se mueven al mismo tiempo. Si proceden del espacio se produce un cambio de frecuencia.

Para el análisis de esta ingente cantidad de datos, investigadores de la universidad de Berkeley han impulsado un proyecto paralelo, Seti@home, que persigue paliar los escasos fondos con que cuentan estos tipos de investigaciones con una propuesta tan singular como atractiva. Dado que el acceso a superordenadores con los que efectuar los cálculos necesarios es prácticamente imposible, los científicos de Berkeley han diseñado lo que aparenta ser un salvapantallas pero que, en realidad, es un programa de cálculo que procesa operaciones matemáticas cuyos resultados se transmiten on-line. El programa se basa en la arquitectura P2P (peer to peer) que algunos expertos informáticos impulsan como sistema alternativo para el desarrollo de proyectos con grandes necesidades de cálculo. En esencia, lo que pretende esta arquitectura es incrementar la potencia de cálculo aprovechando la capacidad de miles de ordenadores conectados a Internet.

Curiosamente, cuanto mayor es el esfuerzo por localizar vida, inteligente o no más allá de nuestro planeta, un libro publicado por Peter Ward y Donald Brownlee, defiende justo lo contrario. Su título, Rare Earth, lo dice prácticamente todo: nuestra Tierra, nuestro sistema solar y nuestra galaxia son tan singulares que no es extraño que no se haya encontrado vida más allá. El texto, criticado por astrobiólogos y planetólogos de todo el mundo, se ha convertido en un éxito de ventas.

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