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La construcción de una nueva ética científica en Europa

En la década de los noventa la ciencia y la tecnología han pegado un acelerón con escasos precedentes en la historia. Los cambios introducidos, pero sobre todo las promesas de un mundo ideal a muy pocos años vista, ha motivado la aparición de voces discordantes que se interrogan acerca de la ideoneidad de los métodos empleados para difundir y promover conocimientos, productos y aplicaciones que, por su mera concepción, están sacudiendo más de una conciencia. La nueva ética de la ciencia que se está construyendo en Europa pretende aportar luz a este debate.
Noëlle Lenoir, presidenta del Grupo de Etica de las Ciencias y las Nuevas Tecnologías de la Comisión Europea, declaraba recientemente en Barcelona la necesidad de abrir el debate de la ética a cuestiones que hasta la fecha formaban parte de otras esferas de discusión. Si en los años setenta y ochenta, cuando empezaron a surgir los primeros comités en Estados Unidos se consideraban aspectos concretos que afectaban al origen y a la muerte de un individuo, señalaba, hoy el foco se ha ampliado a la vida misma, a su desarrollo. Y en esa amplia franja vital lo que interesa no es en absoluto abstracto, sino más bien lo concreto: desde lo que comemos hasta como nos relacionamos, pasando por el modo en que enfermamos y nos curamos.

Las promesas de la biología y la medicina, aseguró, junto con las realidades de la sociedad de la información que empiezan a plasmarse, no sólo afectan nuestras vidas en un plano superior, sino que intervienen de forma directa y a menudo impreceptible en nuestro quehacer diario. De algún modo, concluía, están tan integradas en la sociedad como el aire que respiramos.

La velocidad a la que se cuece el cambio que está experimentando la sociedad occidental, y que afecta por extensión a todo el planeta, es de tal magnitud que introduce efectos perversos. Lenoir, que a su experiencia en la Comisión Europea suma varios años como responsable del Comité de Bioética de la UNESCO, considera que el debate ético carecería de sentido si se centrara sólo en el "cómo nacemos" o en el "cómo morimos". Es decir, deben establecerse normas de conducta consensuadas para decidir si un feto con malformaciones evidentes debe o no nacer o, incluso, para decidir sobre el sexo de un nuevo ser en determinadas circunstancias. También, de qué modo y en qué situaciones debe interrumpirse un tratamiento o administrar un fármaco o aplicar una nueva tecnología.

Pero el avance científico ha propiciado que el centro de la discusión se desplace a cuestiones fundamentales que hoy por hoy carecen de respuestas obvias. Ese es el caso, por ejemplo, de las células madre embrionarias de origen humano, respecto de las cuales se han formulado promesas que nos librarán, al menos en teoría, de las enfermedades cardiovasculares, de las neurodegenerativas, del cáncer o de la diabetes; de la medicina genómica, clave para futuros programas de una sanidad preventiva y regenerativa muy distinta de la actual y que promete fármacos individualizados a partir de nuestro código de letras genético; de la terapia génica o de la clonación terapéutica, de donde debería surgir un mundo libre de enfermedad que aspira a la inmortalidad.

A setos ejemplos habría que añadir las promesas de la biotecnología, con claras derivaciones en una agricultura y una ganadería de "prestaciones superiores", o de la sociedad de la información, en la que las plataformas tecnológicas nos llevan a un mundo interconectado y sin fronteras pero constantemente vigilado.

¿Quién pone control sobre todo ello? O mejor, ¿quien puede decidir cuando la aplicación de un conocimiento es correcto o no?

Para Lenoir, esta es la función de los comités científicos asesores o de los comités de ética. Su papel, en primer lugar, es recopilar información para que los que deban tomar una decisión, esto es, los políticos, tengan todos los elementos necesarios a su alcance. El segundo es emitir una opinión de consenso que reúna todas las posturas posibles y que incorpore todos los matices e intereses, desde los económicos hasta los religiosos y culturales.

Y he aquí la gran dificultad. En un mundo de moral única y donde los poderes religioso y político descansan en un único punto de vista, las decisiones serían más fáciles de tomar, aunque no serían demasiado democráticas. En una sociedad-mosaico como lo es la europea o lo es también ese mundo parcialmente global que forman Estados Unidos, Europa y Japón, los intereses se mezclan: no existe una cultura única ni tampoco un credo exclusivo.

Además, los intereses económicos juegan un papel clave. En opinión de la experta en ética de la Unión Europea, la ciencia actual se mueve al filo de la navaja. Es consciente de que sus resultados básicos están avanzando a suficiente velocidad, pero que no sigue el mismo ritmo su traducción en aplicaciones. Por ello, y para obtener la financiación adecuada, emplea técnicas de márqueting para que empresas y gobiernos accedan a financiar líneas de investigación, laboratorios o centros de grandes dimensiones. Los medios de comunicación, que se prestan al juego, son su instrumento.

El debate de la nueva ética de la ciencia debe incorporar todos estos factores. En la Unión Europea va a proponerse en breve tiempo sumar los grupos asesores de expertos y los dedicados a cuestiones éticas a participar de una única instancia consultiva que descanse, en parte, en los comités éticos o de expertos existentes en cada uno de sus Estados miembro. De este modo podrán considerarse, además, sus particularidades e identidades nacionales. España, lamentablemente, no podrá participar de lleno ni en las consultas ni en la emisión de opiniones. Básicamente, porque en nuestro país, y salvo grupos especializados, no existe ninguna instancia consultiva como la que exige el nuevo modelo europeo. Alguien debería tomar cartas en el asunto.

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