En los años 70 se descubrió que ciertas bacterias eran capaces de orientarse siguiendo el campo magnético de la Tierra. Se las conoce como bacterias magnetotácticas. Viven en sedimentos acuáticos y utilizan esta capacidad para encontrar zonas con la concentración de oxígeno adecuada.
Estas bacterias contienen estructuras internas llamadas magnetosomas, pequeñas cadenas de cristales de óxidos de hierro que actúan como una brújula. Gracias a ellas, el organismo se alinea físicamente con el campo magnético terrestre y puede desplazarse en la dirección más favorable.
La existencia de estos organismos indica que la capacidad de "sentir" el magnetismo no es exclusiva de animales complejos, como los pájaros, y que puede surgir incluso en organismos unicelulares.
Imagen de portada: Evo-Devo Octavio