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UCM
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VV.AA

No es soledad, es el síntoma de vivir sin comunidad

En el estudio "Redes para la Vida", realizado por la plataforma de ayuda y asesoramiento a mayores "Emancipatic" y la Universidad Complutense de Madrid, se halló que el porcentaje de personas que experimentan soledad en la antesala de la jubilación era superior al de las personas que ya habían cumplido los 65

Seamos sinceros: no encontrará usted consenso a la hora de definir la soledad. Una perspectiva bastante extendida señala que es la evaluación (por tanto, un juicio, un proceso subjetivo) que hacen las personas de la diferencia que existe entre las relaciones sociales que tiene y la que desearía tener. Cuando la persona siente que tiene menos relaciones sociales de las que le gustaría y esta percepción viene acompañada de sufrimiento y malestar, entonces aparece la soledad (a veces, etiquetada con un "no deseada").

Ese elemento subjetivo significa que se puede mantener contacto y conexión con pocas personas, pero no sentir soledad. A la inversa, se puede estar solo en medio de una agenda pantagruélica de contactos. De hecho, solemos diferenciar soledad (sensación negativa y subjetiva) de aislamiento (una condición objetiva de escasez radical de relaciones sociales).

Algunos autores distinguen entre soledad social (la que se deriva de la insatisfacción con las relaciones sociales que se mantienen) y soledad emocional (la que ocurre al carecer de confidentes, de una relación de intimidad, de máxima confianza).

Por otro lado, la soledad puede ser deseada, buscada, reconfortante: es la solitud que permite el disfrute de la ausencia de otras personas. También puede identificar un sentido trágico del ser humano y, por tanto, definir nuestra existencia. Es, por tanto, compleja.

Y acecha a cualquiera, porque es muy probable que experimentemos la soledad en primera persona en algún momento de la vida. En efecto, sabemos que soledad y edad tienen una relación en forma de U, ya que es frecuente entre las personas jóvenes (incluyendo adolescentes) y entre las personas que superan los 75 años. Pero la forma de esa relación es imperfecta.

En el estudio Redes para la Vida, realizado por la plataforma de ayuda y asesoramiento a mayores Emancipatic y la Universidad Complutense de Madrid (UCM), se halló que el porcentaje de personas que experimentan soledad en la antesala de la jubilación era superior al de las personas que ya habían cumplido los 65. En estas últimas, el porcentaje era del 9 %, mientras que para las personas entre 60 y 64 años era de 16.6 % y para las personas entre 55 y 59 era de casi el 24 %.

No es algo nuevo ni una enfermedad

"La soledad es la nueva pandemia". Seguro que usted ha escuchado y leído esa expresión (o su variante, en forma de epidemia) en numerosas ocasiones, en la televisión, en las noticias, en la radio, en las redes, en las conversaciones con sus amigos y vecinos. Sentimos ir a contracorriente: no es cierto.

Es verdad que la soledad se ha convertido en un problema de salud pública. Como indica la estimación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) (2025), una de cada seis personas en el mundo se ve afectada por ella. En España, el Observatorio de la Soledad no Deseada señala que afecta a una de cada cinco.

Además, la soledad se relaciona con una mayor probabilidad de sufrir diferentes enfermedades, incluidas por supuesto las enfermedades mentales. Por ejemplo, un informe del Joint Research Centre de la Unión Europea señala que las personas mayores que sufren carencias sociales enfrentan un incremento de los riesgos para su salud, incluyendo el riesgo de mortalidad prematura, equivalente a fumar o a la obesidad.

Pero, a pesar de todo ello, insistimos: la soledad no es una nueva pandemia. Y no lo es, al menos, por dos importantes motivos.

En primer lugar, tenga en cuenta que la soledad no es algo nuevo. De hecho, se puede mencionar la obra de Robert S. Weiss titulada Loneliness, publicada en 1973, como el inicio del estudio sistemático de la soledad. Por cierto, ni siquiera tenemos evidencia empírica concluyente de que afecte hoy a más población que hace veinte o treinta años, aunque sospechamos que va a más.

En segundo lugar, le sugerimos que no piense en la soledad como una enfermedad, tampoco como una enfermedad mental. No lo es. No se trata solo de una cuestión de precisión terminológica, sino de evitar desenfocar el análisis, ya que medicalizar el lenguaje de la soledad supone perder de vista su origen y naturaleza: lo social.

Hablamos de un problema social, y entre sus efectos encontramos importantes consecuencias en la salud de las personas que lo experimentan. Buena prueba de ello es que el boom de la soledad es impulsado por una pandemia, esta sí, la de la covid-19. Recuerde que cuando comenzó la pandemia, la única forma de controlarla no fue un fármaco o una tecnología: fueron medidas sociales. Mejor dicho, el fomento de la (a)socialidad, del distanciamiento, de la contención (incluso negación) de las relaciones con los demás. El encierro, la distancia de seguridad, la máscara, el grupo burbuja.

Y fue entonces cuando quebró nuestra sociabilidad, cuando nos percatamos –como individuos y como sociedades– de lo importante que es la soledad en nuestras vidas. Una conclusión se deriva de ello, y no es otra que la convicción de que el reciente descubrimiento de la soledad pone de manifiesto su naturaleza patentemente social.

Un proceso social colectivo

Entonces, la soledad no es una enfermedad, no es una pandemia. Entonces, ¿qué es? Defendemos que se trata de un proceso social, colectivo. Emerge de las grietas que se están extendiendo en el edificio de la comunidad. Consiste en el truncamiento de las interacciones sociales, el debilitamiento de la conexión social. Es la erosión de lo cotidiano y la dificultad para encontrar a quién recurrir en momentos inesperados.

La soledad se deriva de las dificultades crecientes que encontramos para incorporarnos a actividades que cohesionan en torno a un propósito compartido. Este propósito no es necesariamente una empresa de gran vigor, sino que puede ser sencillamente el sentido del día a día.

Si entendemos así la soledad, cobra sentido el debate en torno a si las redes sociales vinculan o aislan, a la perplejidad ante la creciente desaparición de las relaciones en torno al pequeño comercio en los barrios de las ciudades o la participación en entidades vecinales, ONG, asociaciones, etc.

En el estudio Redes para la Vida, antes mencionado, preguntamos si las personas participaban en alguna entidad vecinal, cultural, social (a través de voluntariado, por ejemplo), de gente mayor o parroquial, y analizamos la asociación de esta participación con la soledad: el 12.7 % de las personas que participaban sentía soledad, significativamente por debajo del 17.1 % de individuos que no participaban en ninguna entidad. Compartir espacios y actividades con un significado común nos aleja de la soledad.

La importancia de los amigos

Solo podemos comprender la experiencia subjetiva de la soledad de manera plena si pensamos en las condiciones sociales en las que vivimos. En nuestra línea de investigación en la Universidad Complutense tratamos de identificar los marcadores sociales de la soledad.

Hemos encontrado que el apoyo que los hijos y las hijas dan a sus progenitores que han superado los 65 años puede estar en el origen de la soledad porque las diferencias generacionales incluyen diferentes visiones sobre lo que deben ser las relaciones sociales. Por ello, las relaciones de amistad pueden llegar a ser más importantes que las relaciones paternofiliales durante el proceso de envejecimiento.

También parece bastante claro que el estatus socioeconómico modela la experiencia de la soledad, incrementándola entre aquellas personas con menores ingresos y nivel educativo. Lo mismo cabe decir de las personas con discapacidad y de las personas LGBTIQ+. Un último ejemplo: las personas migrantes, sobre todo las extranjeras, se ven afectadas en mayor proporción por la soledad.

Por todo ello, le invitamos a pensar la soledad como la expresión de la fragmentación social. Por necesidad, la experiencia de las personas nos indica su existencia, pero lo cierto es que su origen está íntimamente ligado al modelo de sociedad en el que nos encontramos y su incapacidad para ofrecer experiencias compartidas.


Autoría: Esteban Sánchez Moreno, Catedrático de Sociología (en excedencia), Universidad Complutense de Madrid y Lorena Patricia Gallardo Peralta, Profesora titular, Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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