Disueltos como aspirinas: así es como la acidificación del océano está acabando con algunos de los seres más antiguos del planeta

Marcos Fontela, investigador en el CCMAR, explica cómo los corales de aguas frías que rodean la Península están muriendo por culpa de las emisiones de CO2

En las profundidades del océano, allá donde ni la luz del sol es capaz de llegar, la destrucción medioambiental del hombre está consiguiendo hacerse un hueco. Casi un tercio de las partículas de CO2 que emiten a la atmósfera las industrias petroleras o los tubos de escape -junto a otras fuentes contaminantes- son absorbidas por el mar. Su presencia cambia sus características químicas, convirtiéndolo en un líquido más ácido que es incompatible con algunas formas de vida.

Como la faz de la Tierra, el lecho marino tiene sus propios árboles: los corales. Los más conocidos son los que acostumbramos a ver en los documentales, que en ocasiones también se pueden observar buceando gracias a que se encuentran muy cerca de la superficie. Se llaman corales tropicales, son muy coloridos y en ellos habitan unas algas que se alimentan a través de la fotosíntesis. Por supuesto, no son los únicos que alberga el vasto océano.

"Hay otros corales que son los grandes desconocidos para el público general y también para la ciencia, que son los corales de profundidad. No hacen fotosíntesis porque están a profundidades de 500, 700, 1.000 o más metros -y no llega la luz solar-. Se encuentran en aguas frías, por eso también se les llama corales de aguas frías", explica Marcos Fontela (Asturias,1987), investigador postdoctoral en el Centro de Ciencias del Mar del Algarve (CCMAR).

Durante los cinco últimos años de su vida, Fontela ha formado parte de un equipo de científicos que lleva desde 1997 investigando cómo los corales de aguas frías que rodean la Península están siendo víctimas de la acidificación del océano. Los resultados de estas dos décadas de trabajo han sido recientemente publicados en la revista Nature. Las conclusiones a las que han llegado son tajantes: si el ser humano no pone freno a las emisiones de CO2, los corales de las profundidades podrían morir en un futuro no tan lejano.

Los cuerpos de los corales, tanto de aguas más superficiales como de aguas más profundas, tienen una especie de esqueleto formado por el mismo material que las conchas: el carbonato de calcio. Son unos de los animales más antiguos del planeta. A lo largo de su existencia han podido desarrollarse en unas aguas que les eran químicamente favorables. Paradójicamente, su equilibrio depende de que haya un “exceso de carbonato” en el agua, pero la acidificación está acabando con él. El matiz es importante: “No se va a acabar el carbonato, se va a acabar el exceso de carbonato”, recalca Fontela.

Cuando el exceso de carbonato deje de existir, ocurrirá lo siguiente: los esqueletos de los corales se corroerán y los de aquellos que ya estén muertos se disolverán como una aspirina en un vaso de agua. Como los corales vivos van creciendo encima de los muertos, se producirán derrumbes cuando estos se diluyan, como un edificio que se viene abajo porque le han quitado los pilares.

Estas criaturas tienen un valor ecológico irremplazable y su destrucción no solo supondría un duro golpe a la biodiversidad, sino que afectaría directamente a nuestros platos de comida. Muchos peces de gran valor comercial “usan los corales de aguas frías como guarderías de los huevos y de peces pequeños [...] Imagínate en un bosque todas las especies que hay asociadas a él. Si quitamos los árboles, estas dejarán de estar ahí”, aclara Fontela.

En el Atlántico Noreste (las aguas que rodean a la Península), la acidificación ya se expande “desde la superficie hasta los 2.500 metros de profundidad”. Los corales que viven en esta región atlántica lo hacen justo en medio de ese intervalo, es decir, en torno a los 1.000 metros de profundidad.

Los gobiernos son los únicos que pueden evitar lo que los oceanógrafos están vaticinando. En función de la determinación con la que actúen, se pueden dar tres escenarios. El más pesimista pasa por que “la concentración atmosférica de CO2 llegue a 700 partes por millón (ahora estamos en 410)”, según recoge el estudio. Entonces, las aguas pasarían a ser “químicamente hostiles”.

Una segunda coyuntura sería que las emisiones evolucionasen al mismo ritmo que lo están haciendo actualmente. Si así fuera, “de aquí a 50 años los arrecifes de coral profundo de nuestra zona estarán en aguas que son químicamente desfavorables”.

El único escenario esperanzador se daría si los gobiernos cumpliesen el Acuerdo de París de 2015. Aquel año, casi 190 gobiernos de todo el planeta acordaron reducir las emisiones de CO2 para que las temperaturas no subieran más de 2 ºC a largo plazo. Solo si cumplen este pacto, “las comunidades de corales de aguas frías seguirán viviendo en aguas químicamente óptimas para su desarrollo”.

Marcos Fontela confía en que las cosas cambien a mejor: “La concienciación del cambio climático estaba muy alta al principio del año. Ahora es obvio que hay otras preocupaciones en el ambiente, pero hay que intentar aprovechar el momento para cumplir los objetivos del Acuerdo de París. De esta forma, mantendríamos la química del agua en buen estado. No nos queda otra que intentar ser optimistas”.

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