Balada triste de trompeta (2010) Álex de la Iglesia

Crítica realizada por Francisco Javier González García:

(Este trabajo DESVELA PARTE DE LA TRAMA, las ideas y argumentaciones del mismo pertenecen al autor)

Después del visionado de esta película, del making of y del diario de rodaje, no puedo sino pensar que – pese a la antigua devoción que profeso por su director – ha resultado una obra sobrevalorada, y que el León de Plata a la mejor dirección y el Premio al Mejor Guión de la Mostra de Venecia de 2010 le han sido otorgados inmerecidamente, en base al deficiente desarrollo narrativo del que adolece, más allá de la fuerza y la intensidad de sus imágenes, una historia tan original que merecía cerrar cada punto de su trama de una forma más verosímil.

Y es aquí donde más me duele hacer esta crítica, porque en realidad se podría haber convertido en una gran obra, haciendo del exceso su mejor virtud, con imágenes arrasadoras expuestas en un telón de fondo tan visceral como la Guerra Civil y tan sórdido como la posguerra y el tardo-franquismo. Y sin necesidad de hablar de asesinos a sueldo o de superhéroes con mallas ajustadas, sino de la historia de un amor venenoso entre una bella trapecista y dos payasos, de caracteres opuestos pero con una misma tendencia homicida.
El caso es que existen serios errores en el desarrollo de la trama que hacen que la verosimilitud se pierda, consiguiendo que el espectador – éste que escribe, al menos – desconecte de la historia porque, sencillamente, no es creíble. Y, como ya he dicho, me parece del todo lícito que esta historia sea una concatenación de excesos, pero el punto de partida para que un buen cuento de monstruos, como podría haberse obtenido del planteamiento inicial de Balada Triste de Trompeta, es que el mecanismo interno – por muy fantástico y desaforado que resulte – esté engrasado con aceite de realidad.

De los muchos ejemplos que cuajan la estructura narrativa de esta película, dejaré a un lado los aspectos que aparecen “cogidos con pinzas”, para centrarme en los errores de bulto: en la escena del bar donde cenan los payasos, no podemos pasar por alto el hecho de que toda la troupe – incluso los camareros – dejan tumbada a Natalia, la trapecista, en un rincón, noqueada por la paliza que le ha propinado Sergio, el payaso tonto, después incluso del buen rato en que se desarrolla la cena; ni tampoco que los propietarios cierran el establecimiento sin advertir que en mitad del salón de comidas hay una pareja fornicando. No es verosímil.
Otro aspecto que podríamos añadir es el papel que juega el personaje del turbante y pelo largo que recibe a Javier, el payaso triste, cuando llega a la compañía: parece ser amigo suyo, parece serlo también del violento payaso tonto, advierte a Javier que Natalia “tiene dueño”, pero aún así le insta a que salga con ella a una peligrosa cita en el parque de atracciones… resulta un personaje que desata situaciones, pero cuyas motivaciones no parecen en ningún momento coherentes.
En el parque de atracciones Sergio le da una paliza con un mazo a Javier en el abdomen, tan fuerte que le manda al hospital con una hemorragia interna. Todavía con el gotero y sin que el lapso de tiempo que ha pasado se haya expresado adecuadamente, Javier escapa del hospital. Cuando descubre a Sergio con la trapecista y le destroza la cara, escapa en el momento en que llega la guardia civil – sin que se sepa quién la ha llamado, y cómo ha podido aparecer tan rápido – y, lo peor de todo, se les escapa de entre los dedos: de un plano a otro la distancia se amplía inexplicablemente para permitir escabullirse al payaso. Por otra parte, toda la troupe escapa de la guardia civil a paso de elefante (¿?!) con el cuerpo del payaso tonto, para llevarlo a curar sus heridas. Si toda la compañía escapa, se sigue sin saber quién ha llamado a la Benemérita.
Un indeterminado tiempo después, Sergio aparece como un monstruo desfigurado, mientras que Javier continua escapando por el monte, y el maestro de ceremonias y propietario de la compañía le dice a Natalia que no sabe nada de ninguno de ellos… ¿desde hace cuánto no lo sabe? Es otro salto de tiempo expuesto de forma tramposa y burda.
¿Es posible que Javier salga vivo después de atacar Franco? ¿Es posible que no lo ejecuten en el momento y que además lo encierren a sus anchas en una capilla abarrotada de atrezzo clerical?
A medida que avanza la película, el juego de despropósitos se engrosa más y más, aplicando unas soluciones narrativas toscas y chapuceras. Un ejemplo de esto es el juego que se trae la trapecista, quien, más allá de sus funciones de femme fatale, no termina de aclararse de si le repugnan o le atraen sus desfigurados amantes, ni tampoco en el turno en que lo hacen.
En la escena en que Javier ametralla el coche de Sergio y aparece la Policía – un buen montón de policías, armados hasta los dientes – el domador de perros consigue retener a todos los agentes con una simple pistola, permitiendo al payaso triste escapar.
En el atentado contra Carrero Blanco, Javier deja de perseguir a la trapecista, sólo para dejar la frase graciosa con el comando etarra: “¿vosotros, de qué circo sois?”. Sorprendentemente, acto seguido y sin saber cómo, la lleva secuestrada en la furgoneta de helados. Después de un absurdo interrogatorio de Sergio al motorista, en el que todas las respuestas las da el propio payaso tonto – “una iglesia excavada en la roca” – este consigue saber donde se oculta Javier: en los subterráneos de la iglesia del Valle de los Caídos, acompañado de los artilugios y animales de la compañía circense; pues bien, si Javier acaba de aparecer de su escapada al monte y su peripecia con Franco y el coronel Salcedo… ¿cuándo han pactado llevarse todo eso allí? Porque no ha podido haber contacto, en ningún momento, entre la troupe y el payaso triste.
Pese al tono de pesadilla que a veces trasciende de sus imágenes, no estamos ante la narración de un sueño; en la entrevista que se realiza en el making of al autor, no expresa en ningún momento esa intención. Habla más bien de crear una historia a partir de la imagen-fuerza de un payaso con dos metralletas. Lo mejor es que la imagen referida es muy potente y con muchas posibilidades; el riesgo evidente es que hace falta más que una imagen para cerrar adecuadamente una historia, tal y como se merece el espectador. Y en el caso que nos ocupa no se consigue; la cosa se queda en un guión mal acabado con una epidermis altamente pirotécnica.

 

Francisco Javier González García, noviembre, 2011.

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