El silencio antes de Bach (2007) Pere Portabella

Reseña escrita por Paula Fernández:

(Está crítica DESVELA PARTE DE LA TRAMA, las opiniones pertenecen a la autora del trabajo)

 

Silencio. Un piano teclea unas notas con dedos invisibles, transparentes como la fuerza que lo empuja hacia nosotros.

 

En la película de Portabella, nos deslizamos por un pasillo un poco menos barroco que el de Resnais. Se nos antoja infinito. El piano camina con nosotros en un largo travelling, en el que gira sobre sí mismo, en una aparente irracionalidad limitada por la melodía casi matemática de sus teclas, retratadas con marcas en un papel en blanco. Este sentimiento de controlada demencia  corre paralelo a los metros de celuloide que tenemos en nuestras manos, ya que parece un todo aparentemente desordenado, y sin sentido alguno, siendo realmente un entramado de historias paralelas a la vida y música de Bach. El contraste entre la frialdad de la construcción de un piano, su infraestructura, y el sentimiento de una melodía, una composición que se eleva desde las teclas, hasta nosotros, es una constante en la película. Las notas que se escriben de forma casi automática en una partitura, adquieren cierto grado de humanidad cuando se tocan, y así, lo aparatoso de llevar un piano en un camión de mercancías, armar una grúa para colocarlo en una casa, alcanza todo su sentido vital al ser finalmente transformado en música. Parece algo así como un trámite en el que los medios y el fin son igualmente valorados.

 

Un señor albino y ciego, acompañado por un perro lazarillo, avanza por el pasillo que acabamos de ver. Se dispone a afinar un piano, con toda la destreza que sus manos pueden sentir. Y una vez más, en lo poco que llevamos de cinta nos damos cuenta del propósito, si acaso podemos decirlo así. Cómo la música, pese al entramado de cuerdas, y herramientas, y listones de madera, realmente se siente, es totalmente orgánica. Y es él, el señor ciego, quien nos lo transmite, con el simple hecho de afinar el piano de oído.

 

Los personajes. Las historias paralelas cuyo nexo de unión es Mozart y su música de piano, se tejen cuidadosamente.

 

Por un lado nos presenta al camionero que traslada pianos, con la compañía de su, podemos llamar, aprendiz, quien por cierto, toca una pieza clásica en la armónica. De la misma forma que los coches adelantan continuamente en velocidad al camión, nosotros pasamos de un carril a otro, de una historia a otra, con la misma rapidez.

 

Y pasamos a la historia de Bach, o lo que Portabella nos quiere contar, el verdadero (¿realmente verdadero?), interpretando el preludio en La Menor BWV 543, en el órgano, tras planos extensos de la iglesia en la que se encuentra: la Iglesia de Santo Tomás, en Leipzig. A su vez, podemos ver una alusión a la entrega de las Variaciones Goldberg, obra para teclado compuesta por él mismo. Que, por cierto, esta partitura y su historia, será explicada en voz en off por una guía que emite un barco turístico en dirección a Pillnitz.

 

Seguimos la rutina de una mañana cualquiera de un anciano. Aparentemente todo normal, hasta que se pone ropas un poco estrafalarias, y una peluca de Luis XV. Es un guía turístico de Leipzig, que explica vida y obra de Bach en primera persona, construyendo su alter ego en el compositor alemán, y mostrando a los turistas todo aquel lugar que de una u otra forma estuvo relacionado con él. Creo que podemos intuir un guiño a Godard si es que la imaginación no me traiciona, y sus eternos cafés, cuando el hombre se dispone a colocarse la peluca blanca, y durante unos momentos nos da la espalda en el plano, mientras conversa con el camarero.

 

Las palabras en alemán se van entretejiendo a medida que pasamos de una historia a otra, de la misma forma que cambiamos nuestra manera de desplazarnos por ellas. Hemos estado en un barco turístico hace unos instantes, pues acto seguido, nos metemos por entre la oscuridad tubular de un metro cualquiera, con sus luces a los laterales persiguiéndose en una carrera sin fin, a lo 2046. Y entonces les vemos a ellos. En un travelling complicadísimo, a lo largo del cual no dejé de preguntarme cómo lo había logrado, un montón de chicos y chicas tocan el violonchelo en el metro. El preludio de la Primera Suite para violonchelo solo. Y se vuelven a mezclar la frialdad del bajo tierra de una ciudad cualquiera, con la música que se pega al tren, vacío. No hay parada, salvo para la catarsis. El metro, como la composición, llega a su fin, y todos ellos se van, escaleras arriba, otra vez al mundo que les guarda todavía 53 días de invierno.

 

La silueta de una chica, desnuda, está de pie al lado de la ducha. Ella simboliza las curvas naturales de un violonchelo. Ella es la música bajo el agua. Y ella es la música para él, que la espera con el café recién hecho en la cocina, pese a que no cruzan palabras.

 

El camionero toca el fagot en un motel de carretera, mientras fuera llueve como pocas veces. Como la lluvia, cae un piano al mar, simbolizando la muerte de los músicos judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Y poco a poco se siguen hilando los personajes, cada vez con más relaciones entre sí. Unidos por la música, la misma que integra de repente al camionero que toca una pieza en un piano de la tienda con un montón de niños que le siguen al compás.

 

Así, parece rematarse las conexiones entre ellos al final de la película. Ella, la joven que salía de la ducha, pasa a formar parte de los privilegiados estudiantes que residen en la Escuela de Santo Tomás. Una generación fresca que pasa a formar parte de algún modo de la vida y obra de Bach. Y así, el resto de personajes. Bach parece albergar muchas vidas, muchas historias. Todas ellas hiladas con las notas de sus composiciones. Parece estar presente en cada minúscula anécdota.

 

Un extenso plano que nos aleja muy lentamente de un piano autosuficiente que plasma notas en un papel en blanco, y una vista al detalle y con muchos cortes de los tubos de un órgano, da paso a los créditos que están en silencio. El silencio antes de Bach.

 

Paula Fernández, noviembre 2011.

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