Beltenebros (Pilar Miró, 1991)

Susana Arranz:

 

El 13 de diciembre de 1991 se estrenaba en España Beltenebros, película que suponía el regreso a la dirección de Pilar Miró seis años después del estreno de Werther y tres años después del escándalo que la obligó a dimitir de su puesto de Directora General de Radio Televisión Española[2]. Cómo no podía ser de otra forma la prensa intentó ver en Beltenebros un intento por parte de Miró de vengarse de aquellos que habían juzgado duramente sus acciones al frente de RTVE y, aunque Miró negó en todo momento que el fin de la película fuese la venganza, en una entrevista dada al diario El País[3] declaró que: “Hombre, si hablara de revanchas, lo que me gustaría es pasar a unos cuantos a cuchillo, como en un western”. No obstante, como explicó José Antonio Hurtado en su libro Cine negro, cine de género: “El western devuelve una imagen placentera, mistificadora, irremediablemente perdida en el tiempo, mientras que el cine negro refleja de forma borrosa imágenes inquietantes a las que se supone ancladas en el presente social”.

Más allá de las polémicas que envolvieron a la directora durante varios años, esta afirmó que su único interés era, como había dicho John Ford, hacer películas. Por ello, en la misma entrevista afirmó que: “Lo único que ahora deseo hacer, tras un año de trabajo en la preparación de este proyecto, es un buen trabajo que, quizá sí, es la única manera de poder decir a la opinión pública, que tantas cosas ha oído de mí: aquí estoy y esto es lo que sé hacer”.

Miró vio esa posibilidad de ratificarse como directora en la oferta del productor Andrés Vicente Gómez quién le había brindado la oportunidad de dirigir la adaptación de Beltenebros, novela de Muñoz Molina. Miró declaró sentirse fascinada y atrapada por la novela y sus varias lecturas, lo que le hizo implicarse en el proyecto desde la creación del guion, que escribió a seis manos junto a Juan Antonio Porto y Mario Camus, con el objetivo de mantener la mayor fidelidad posible no solo al libro, sino también a la historia española. Además, el buen trabajo de adaptación y traslación a imágenes del universo de la película les valió la nominación para los Premios Goya.

La historia se centra en el personaje de Darman (Terence Stamp), un militante comunista que vive en la clandestinidad en Inglaterra. Pese a que en un primer momento se muestra reticente, finalmente decide volver al servicio activo y viaja a Madrid dónde habían solicitado sus servicios para eliminar a un topo del Partido Comunista. La investigación en que se embarca y los sentimientos que empieza a tener por Rebecca (Patsy Kensit), una prostituta que resulta ser pareja del infiltrado, le llevan a introducirse en una red de traiciones, engaños y falsedades que no solo pondrá en riesgo su vida, sino que también traerá de vuelta algunos fantasmas del pasado. Y es que en Beltenebros, como buen ejemplo de cine negro, nadie ni nada es lo que parece. Esto podemos observarlo desde el primer momento cuando seguimos, mediante un plano-secuencia de tres minutos, a una pareja (que posteriormente descubrimos que son Rebecca y Darman) en su intento de huída. “Yo no he hecho nada” dice ella, pero esa afirmación chirría dentro de una película con rasgos de cine negro. A lo largo de años de cine de guerra civil y posguerra, nos hemos encontrado con películas que, desde la perspectiva que te da el tener una ideología política, han construido a los personajes de un bando como asesinos inhumanos mientras que los del otro eran poco menos que unos mártires. Sin embargo, la concepción de buenos y malos dentro de la película resulta ambigua y difícil de establecer puesto que, como en la vida real, todos tienen momentos sombríos a sus espaldas en los que han actuado de forma cuestionable. Darman responde a esta pregunta al manifestar que “vino a Madrid a matar a un hombre que no conocía” y es que cuando vives en un mundo corrompido, en un mundo de deslealtades y traiciones, no existen los buenos y los malos, sino las personas y lo que estas hacen para sobrevivir.

No obstante, la frase que pronuncia Darman no sirve solamente para definirse a sí mismo como un personaje ambiguo, sino que se puede extrapolar tanto a la trama en sí, como al resto de personajes. El carácter de Darman, no es fruto de la casualidad, sino que viene determinado por un suceso que aconteció en 1946, cuando fue requerido para la eliminación de otro supuesto topo. Sin embargo, esta persona no era realmente un infiltrado y se encontró matando a un hombre inocente. Darman es ahora un prisionero de su pasado y un escéptico de un presente que se muestra lleno de incertidumbre y oscuridad. Pilar Miró lo resumió perfectamente al declarar que: “Beltenebros cuenta la historia de un personaje muy complejo, que se supone que ha huido y, por una circunstancia determinada, se reencuentra con un mundo que él había querido olvidar y vuelve a vivir una historia que, de alguna forma, ya había vivido antes”.

Es en esta misión paralela dónde Beltenebros logra sus momentos más destacados puesto que le permite construir a su directora un mosaico de contrastes y simetrías entre el Darman joven y el viejo. Era un hombre que hacía aquello que le mandaban sin pensar en las verdaderas intenciones de sus jefes, sin embargo, es ahora, en un momento en que sus ideales están casi derruidos cuando es capaz de ver sus acciones con perspectiva y oír las palabras “es inocente” como si no hiciese casi veinte años que se las dijeron. Estos cambios de rol también se pueden aplicar, aunque de forma inversa, al objeto de deseo del protagonista. Por ello, encontramos grandes diferencias entre la Rebecca de 1946 (Geraldine James) y la de 1962 (Patsy Kensit), ya que mientras la primera es una agente que ayuda, en menor medida, a Darman, la segunda es un bailarina-prostituta que le obstaculiza el camino. Como vemos, en la película la mujer sufre el cambio contrario al de Darman, puesto que este, al notar la podredumbre de la sociedad en la que vive, reacciona alejándose y desentendiéndose de ella, pasando a vivir una vida apática en Inglaterra. Sin embargo, el personaje de Rebecca se adapta perfectamente a esta situación y se vuelve una más de las personas que se han visto atrapadas por esta sociedad, volviéndose más fatal, más equívoca y calculadora. Rebecca se sabe deseada y utiliza esto para sus propio interés, llegando a reinterpretar de forma más explícita el baile de Rita Hayworth en Gilda (Gilda, 1946), de Charles Vidor.

Estos momentos destacan además por las grandes actuaciones de Terence Stamp y Patsy Kensit. Pese a que el universo de la película se centra en la posguerra española, Pilar Miró decidió rodar en inglés usando actores internacionales. Esta decisión fue muy meditada por la directora, puesto que quería realizar una película más internacional. Además afirmó que para la correcta construcción del universo de la obra eran necesarios estos actores internacionales, ya que la novela presenta unos personajes con unas características muy anglosajonas que debían ser llevadas a la pantalla. “El personaje de la novela es totalmente como un inglés y en los años sesenta se pasea por Europa con pasaporte inglés. Por eso era más lógico que lo hiciera un actor inglés”, reiteró la directora.

No obstante, pese a ser un largometraje español con rasgos y características anglosajonas, la construcción que realiza de los órganos de poder podría ser perfectamente transportada a otros lugares del mundo en la misma época. La policía y la autoridad en general muestran una evolución más lineal en la que las apariencias y las mentiras son cada vez más importantes. En estas organizaciones de poder aquellos que dan un paso atrás son tachados de cobardes por personas que, valiéndose de dichas apariencias, sentencian y ejecutan sin salir de sus despachos. Por ello, la construcción que la directora hace de Ugarte y Valdivia, los dos representantes de la autoridad de la película, los retrata como dos personas sin ningún tipo de moral que han propiciado, en gran medida, la situación actual de corrupción de la sociedad. Además, el descubrimiento al final de la obra de la verdadera cara de estas autoridades, como afirma Barry Jordan en su libro Contemporary Spanish Cinema, le sirve a la directora para liberarse de sus propios demonios. Para Jordan el fuego que se produce en el cine y que fusiona la acción con la película puede considerarse “un símbolo de la necesidad de una contienda purificadora que consuma no solo las imágenes clásicas (el pasado), sino también la propia experiencia de Miro de engaños, traiciones e hipocresías”.

En 1972 Paul Schrader publicó “Notes on Film Noir”, un artículo en el que anunciaba el fin del mismo durante la segunda mitad de la década de 1950, coincidiendo con el inicio del cine en color. A su vez Robert Ebert afirmó que el cine negro se trata de un género puramente americano puesto que ninguna otra sociedad estaba tan podrida como para crear un universo movido por semejantes hilos de fatalidad y traición. Pese a esto, y aunque Beltenebros no es puramente un film noir, podemos vislumbrar rasgos de este género que ayuda tanto en la revitalización de un tema ya muy manido como en la construcción de unos personajes caracterizados por unos rasgos de misterio y oscuridad.

Con Beltenebros Pilar Miró regresó al cine más reivindicativo tras seis años de ausencia en los que vivió una de sus épocas más oscuras, pero a la que le supo sacar partido, aprovechando sus vivencias para la creación de unos personajes tan cínicos y descreídos que le hicieron ganar el Oso de Plata de Berlín. Beltenebros es una película por momentos difícil de seguir que se sustenta en un guion bien construido que conecta con el público a través de una serie de temas tan universales como la amistad, la lealtad, la creencia en unas ideas muy determinadas y la lucha por la libertad. Estos elementos o, mejor dicho, la ausencia de los mismos encuentran el marco perfecto dentro del género del cine negro, puesto que permite construir un universo oscuro y asfixiante, en el que nadie es realmente tu amigo y todo el mundo es prescindible en favor del propio beneficio. Y es que como dijo Pilar Miró tanto en la política como en la vida en general “no hay tantos amigos como uno piensa”.

Bibliografía

 

Deleuze, Gilles (1983). La imagen-movimiento. Estudios sobre cine. Barcelona: Paidós.

Heredero, Carlos F. y Santamarina, Antonio (1996). El cine negro. Maduración y crisis de la escritura clásica. Barcelona: Paidós.

Hurtado, José Antonio (2000). Cine negro, cine de género. Valencia: Nau Llibres.

Jordan, Barry; Morgan-Tamosunas, Rikki (1998). Contemporary Spanish Cinema. Manchester: Manchester University Press.

Schrader, Paul. (1972). Notes on Film Noir”. En Film Comment, vol. 8, núm. 1, pp 8-13.

Zecchi, Barbara (2012). Teoría y práctica de la adaptación fílmica. Madrid: Editorial Complutense.

 

 



[1] Adaptación cinematográfica de la novela Johann Wolfgang Goethe que narra el romance entre el joven profesor Werther (Eusebio Poncela) y Carlota (Mercedes Sampietro), madre de un niño muy introvertido al que Werther da clases particulares.

[2] En diciembre de 1988, Pilar Miró fue forzada a dimitir después de que un grupo de políticos del partido popular encabezados por el congresista Luis Ramallo dirigieran una campaña contra los altos gastos de Miró en vestuario con dinero público. Tras su dimisión su puesto pasó a ostentarlo Luis Solana.

[3] Entrevista completa a Pilar Miró: http://elpais.com/diario/1991/01/28/cultura/665017202_850215.html

 

 

Susana Arranz, 2011

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