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Autor
Xavier Pujol Gebellí

La encrucijada del xenotrasplante

El xenotrasplante continúa siendo una promesa clínica. La investigación, sin embargo, avanza mucho más lentamente de lo previsto. Como consecuencia, las grandes empresas e instituciones públicas empiezan a mirar hacia otro lado. Sólo unos pocos grupos resisten en el mundo. Uno de ellos, líder en resultados, es español.
El xenotrasplante, o trasplante de órganos entre individuos de distintas especies, ha sido visto siempre como una alternativa real a la escasez de órganos humanos. Mediada la década de los noventa, tras superar el llamado rechazo hiperagudo en modelos experimentales con animales transgénicos, las investigaciones tocaron el cielo mediático. Los científicos que por entonces lideraban los principales ensayos, sostenían que en pocos años distintos órganos de cerdo, el animal que por sus características mejor parece responder a este tipo de práctica, podrían injertarse sin mayor problema en un huésped humano. Incluso se llegó a cifrar el número de trasplantes que se efectuarían: para 2002 estaban previstos ni más ni menos que 20.000 en todo el mundo, según fuentes oficiales.

La realidad, como es sabido, es bien distinta. Hoy por hoy, los ensayos con humanos todavía están lejos de ser planteados. Por otra parte, los índices de supervivencia alcanzados con los modelos experimentales apenas superan los dos meses y continúa manteniéndose la duda sobre la posible transmisión de retrovirus porcinos a eventuales receptores humanos. ¿Falla el modelo experimental? ¿Tal vez falla el concepto? Sea cual sea la respuesta, las grandes empresas farmacéuticas, sobre las que se ha apoyado la investigación a lo largo de la última década, se muestran en franca retirada mientras que las instituciones públicas observan el proceso de reojo. En todo el mundo, unos pocos grupos de investigación, apenas una decena, se mantienen en sus trece mientras ven menguar las inversiones y el apoyo. La gran alternativa a la escasez de órganos humanos amenaza con diluirse por falta de dinero.

"En ciencia también hay modas", resume Rafael Máñez, médico y coordinador del programa de xenotrasplantes en el Hospital Juan Canalejo de A Coruña. Máñez lidera uno de esos pocos grupos en el mundo que mantienen intactas sus esperanzas de transformar en realidad el sueño del trasplante de órganos animales. En la actualidad, es referencia internacional en cuanto a resultados. Es el que más injertos experimentales ha efectuado en todo el mundo de órganos de cerdo transgénico a babuino, el modelo experimental considerado más avanzado. Y es también el que mejores resultados puede ofrecer sobre respuesta humoral al rechazo y control de protocolos inmunosupresores. Pese a ello, subsiste con la ayuda de una fundación privada, la gallega Barrié de la Maza, de lo poco que logra arrancar del sistema público español y de ayudas cada vez más menguadas de la industria. Demasiado poco para el beneficio potencial que se podría obtener. La moda del xenotrasplante parece haber pasado.

CUESTIÓN DE ANTICUERPOS

Las investigaciones de Máñez, corroboradas en la escena internacional, han permitido poner de manifiesto que el gran caballo de batalla del xenotrasplante continúan siendo los anticuerpos, las moléculas del sistema inmunitario a través de las cuales se activa la cascada biológica del complemento. Esta proteína es la que causa la destrucción del órgano injertado cuando el organismo lo reconoce como un cuerpo extraño.

En los trasplantes entre humanos el problema se controla normalmente bien gracias a la administración de fármacos inmunosupresores. Cuando el trasplante se efectúa entre dos animales distantes en la filogenia, los actuales fármacos se muestran incapaces de actuar para frenar el primer rechazo, el llamado hiperagudo, y apenas pueden controlar el agudo. El primero de estos rechaces se ha podido superar gracias a un transgen que sobreexpresa en cerdos la proteína del complemento humano. Eso ocurrió en 1996. Se pensó entonces que el rechazo agudo posterior iba a controlarse, como ocurría ya en humanos, con relativa facilidad.

Pero no. Los experimentos del equipo liderado por Máñez han demostrado que no basta con controlar los anticuerpos naturales, los que se encuentran antes del trasplante, para prevenir el rechazo agudo. En su laboratorio, como han revelado resultados presentados en el reciente Congreso Mundial de Trasplantes celebrado en Washington, se ha podido ver como tras el trasplante se generan nuevos anticuerpos, de carácter inducido, inexistentes previamente. Y lo sorprendente es que con cantidades cercanas a la mitad, es suficiente para rechazar el órgano.

"Podría tratarse del modelo", admitía el investigador recientemente ante un círculo reducido de expertos. ¿Eso qué significaría? "Pues que en humanos podría funcionar mucho mejor", responde. La cuestión es que el cerdo transgénico expresa una proteína humana y que los ensayos se realizan sobre babuinos. A pesar de que existe una gran homología entre ambas especies de primate, el babuino y el ser humano, que se cifra entorno al 93%, la diferencia puede bastar para provocar el fracaso del órgano.

Visto así, ¿debería pensarse en ensayos con humanos? "Todavía no es el momento", razona Máñez. Las supervivencias no son lo suficientemente prolongadas, explica, y la bioseguridad, la posibilidad de que el temido PERV (retrovirus porcino) se active en humanos, todavía no puede ni debe descartarse.

En su opinión, hay que continuar avanzando con cautela. "Sabemos que podemos controlar los anticuerpos naturales de forma crónica y prácticamente inocua", señala. "Ahora se trata de controlar los inducidos", algo que podría lograrse con nuevos protocolos inmunosupresores. Del mismo modo, debe averiguarse porque el transgen que es capaz de superar un rechazo hiperagudo con una altísima presencia de anticuerpos, no es capaz de hacer lo mismo con cantidades mucho menores. Es decir, por qué los animales transgénicos presentan una eficacia sólo temporal.

EN UNA ISLA

"Suena a tópico, pero estamos más cerca que nunca", repite Máñez una y otra vez. No cree, aunque se lo cuestiona a menudo, que el modelo experimental esté agotado, sino que, como en toda investigación, van surgiendo obstáculos que hay que superar "con paciencia e imaginación".

Debería añadir, también, aunque se cuida de no decirlo en voz alta para no herir susceptibilidades, intercambiando información y teniendo acceso a los recursos adecuados. El problema es que hay lo que hay, y no más. En el mundo, como ya hemos dicho, el xenotrasplante ya no está de moda y los grupos con experiencia se cuentan con los dedos de las dos manos. La industria ha cancelado proyectos enteros de investigación y ha menguado sus inversiones hasta dejarlas en cifras prácticamente simbólicas. Y en España, Máñez se las ve y se las desea por encontrar grupos con los que colaborar. Tan solo un equipo del Hospital Virgen de la Arrixaca, en Murcia, puede considerarse que trabaja en el mismo ámbito, aunque cuenta con escasa presencia internacional.

Así las cosas, el investigador, aunque le cuesta admitirlo, se siente como en una isla. Y por si no tuviera suficiente, ahora le toca lidiar con el debate de las células madre, de las que se asegura que acabarán proporcionando órganos para trasplante. "Probablemente sea cierto", dice, "pero habrá que ver cuando". "No pueden levantarse excesivas expectativas para una aplicación que hoy por hoy no deja de ser una promesa". El xenotrasplante, asegura, hoy ya es mucho más que eso. Y su necesidad acuciante: "En Estados Unidos el pasado año el número de donantes vivos superó al de cadavéricos", apunta. Representa, sin duda, un grave dilema ético. Aunque no salte a los medios.

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