Cuerpos y campos III

Los cuerpos que somos, ¿cómo estamos formados? 

La solución de la naturaleza es, como tantas otras, un prodigio de construcción. Se utilizan anclajes de partículas que podemos llamar «sólidas» (ya hemos visto que esto de las excitaciones de un campo electrónico o de quarks eterno, ubícuo y no creado es algo que deja bastante que desear)  para fijar «muelles», las interacciones entre las partículas. Los quarks son esencialmente puntos de anclaje de las fuerzas o muelles de tres tipos, electromagnética, fuerte y débil entre ellos, y quarks y muelles forman el protón y el neutrón. El protón y el electrón funcionan como puntos de anclaje de las fuerzas o muelles electromagnéticos que los unen. 

El sistema es elástico, móvil, interactuante, permite enlaces cuasi-permanentes entre distintos cuerpos, y al final, ha permitido la vida, y las mentes humanas. 

Aquí ya los gritos de los físicos ortodoxos, si es que alguno lee esto, llegarán a la Luna, y no me obligarán a arrodillarme ante un Papa porque eso ya no se lleva. 

Hoy se insiste una y otra vez que «el electrón no es una bolita», y no lo será, pero imaginar quadrillones o mayores cantidades de excitaciones eternas de un campo incomprensible, interaccionando entre ellas, es complicado. 

Se insiste también en que hoy ya no hay que imaginar nada, solo seguir las ecuaciones matemáticas. Pero eso es una ciencia muy pobre, porque solo la entiende un puñado de especialistas, y sobre todo porque casi ninguna de esas ecuaciones matemáticas tiene soluciones, y la ciencia es el intento de comprender la naturaleza, no solo de plantear sus leyes.

Debemos asumir cómo principio básico que los campos de fuerza son los conjuntos de las interacciones de los cuerpos entre sí. Los cuerpos aparecen unos a partir de otros, evolucionan y desaparecen como conjuntos organizados de partículas o equivalentemente, excitaciones.   Si utilizamos la cuchilla de Occam esta es la solución más razonable hoy, en 2026.

No tenemos instrumentos para ir más allá de un cierto horizonte finito, y nuestras observaciones del cielo lejano se extienden unos 200 años en realidad (las observaciones) de manera que postular campos de materia de extensión inmensa y eternos, es hacer una hipótesis muy arriesgada, pero válida como hipotésis sin pretensión de realidad, pues en la ciencia debemos validar mediante experimentos u observaciones repetidas las teorías propuestas. Y ¿cómo validar la existencia de un campo eterno?

Deberíamos ser capaces de restringir nuestras elucubraciones a lo que podemos medir y observar directamente.

Al menos esta es la regla más básica de la ciencia. 

 

 

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