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El sistema universitario hoy – II
Las universidades empezaron a crecer: Los profesores tenían puestos fijos y salarios decentes, al menos en Italia, Francia e Inglaterra, pero las enseñanzas básicas eran las teológicas.
En España, en Salamanca se desarrolló una escuela de Economía, precursora con ventaja de la de Edimburgo de Adam Smith, pero no tuvo continuación. El cardenal Cisneros, para la administración de las provincias americanas, creó la Universidad de Alcalá. En ellas no había disciplinas de ciencias, y funcionaron razonablemente para sus objetivos, hasta el siglo XVIII.
Entonces, como el resto de las universidades europeas, degeneraron y dejaron de tener alumnos. Las causas, tanto en las dos universidades inglesas, como en la de París, como en las españolas e italianas, fueron esencialmente las mismas: La enseñanza, los profesores, los curricula, se hicieron controlados por agencias centrales, en España, los obispados o la Inquisición. En España no se podía enseñar la realidad heliocéntrica, ni la mecánica de Newton, porque eran ideas de herejes.
Los alumnos, la ciencia, se desplazo a las escuelas de ingenieros, a las Sociedades (Los caballeritos de Azcoitia), las Reales Academias, los jardines Botánicos, las escuelas de Náutica, de artillería. Las universidades se quedaron obsoletas.
Esto es para decir que hay una posibilidad real de repetir lo que ocurrió hace 300 años.
Las universidades hoy, en todo el mundo, tienen casi listas de espera como los hospitales. Hay una enorme demanda por parte de un alumnado potencial.
Pero ¿qué se enseña en las universidades de hoy?
¿Enseñamos algo que valga la pena a un estudiante pobre del extremo de Escocia peregrinar a Toledo a poder leer una obra perdida de Aristóteles, o algo más moderno de Averroes? O a saltar en 1200 desde Sicilia a Argelia para aprender las obras de Al-Khwarizmi, y poder introducir el «algoritmo» , el sistema decimal posicional, y el álgebra en Europa?
Los curricula de ciencias, de matemáticas, casi de literatura, son los mismos desde Berlín a Bangalore. No producimos nada nuevo, nada que valga la pena que un alumno lo aprenda.
La ciencia se ha dividido en trocitos tan minúsculos, que parece como si un veterinario se hubiese especializado en la oreja izquierda del chihuahua y no supiese nada de la oreja derecha. Los trabajos científicos se leen en ArXiv, en GitHub, o en las revistas de impacto que no mira nadie, pues las publicaciones en ellas se han leído mucho antes en esos repositorios gratis.
Nadie necesita viajar a las instituciones de alguno de los autores para recibir una explicación de que es lo que se ha hecho para llegar a ese descubrimiento, y cual es la importancia del mismo, porque los descubrimientos de verdad se hacen en los laboratorios (de máquinas o de mentes) de las empresas, y se suelen esconder ante una carrera enormemente competitiva.
En el reciente «descubrimiento» de la existencia de una singularidad en un caso muy alejado de la realidad, de las ecuaciones de Navier-Stokes, un alumno que viajase de Bangalore a Nueva York, no encontraría más explicación de como se ha encontrado esa existencia, que «se han puesto a trabajar concurrentemente 10.000 agentes con un modelo denominado Astra»
Está llegando un momento en el cual la Universidad es realmente un instituto de segunda enseñanza, que enseña lo que tenía que haberse enseñado en uno de estos, y deja salir a los alumnos con una formación, quizás suficiente, como para que las empresas los formen de verdad, pero no en el conocimiento, que era la prerrogativa de la Universidad, sino en «la oreja izquierda del Chihuahua».
Si esto es así, ¿para que perder 4o más años, si lo que se aprende en las universidades ni es el conocimiento general, ni el especializado que demandan las empresas? Así empezó el declive de la Universidad en el siglo XVIII.