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Internet y spam
Se cumple de nuevo y con avaricia, la ley de los rendimientos decrecientes, la curva logística. Hace años nos maravillábamos de la disponibilidad del e-mail, del correo electrónico. Hoy nos pasamos media hora todos los días, tras el desayuno, borrando spam malicioso.
Cada vez que abrimos un correo, aunque sea de alguien conocido, tenemos miedo de si otra persona, o robot habrá falsificado ese nombre para introducirnos un virus destructor, o que capture el número secreto de nuestras cuentas bancarias, o con el mensaje de que con la cámara del ordenador nos han visto hacer el pino en la habitación de trabajo, etc.
Instalamos aplicaciones de seguridad que son violadas casi instantáneamente. Los robos en los museos se están haciendo cada vez más frecuentes e imposibles de resolver, gracias a las rutinas de las cámaras de seguridad capturadas por hackers. En España todavía no, pero en China parece que las 24 horas del día un conjunto gigantesco de ordenadores con reconocimiento facial detectan minuto a minuto lo que hace cada uno de sus 1.400 millones de ciudadanos. En España, ya llegará.
Yo ya he decidido, de las comunicaciones oficiales, por ejemplo, del Ministerio de Hacienda, aceptar solo las que trae la cartera cuando llama al timbre, descolgar el teléfono solo cuando en la pantalla aparece un nombre conocido, abrir un e-mail cuando alguien conocido previamente me ha avisado que me lo manda, tener tapada físicamente la lente de la cámara del ordenador, y varias estrategias adicionales, sabiendo que alguna fallará un día y que quizás me encuentre de repente en la pobreza.
Estas cosas pasaban cuando la comunicación era en papel, pero costaban muchísimo más trabajo. Para robar un museo varias personas del equipo de ladrones tenían que montar guardia algunas semanas, con el riesgo de ser reconocidos. Hoy hackean las clamaras de seguridad y en un par de días, sin presencia física, conocen todas las rutinas que les permiten, en 4 minutos, llevarse piezas de oro que han aguantado enteras 2.500 años y que funden en unos segundos, o joyas históricas con valor de 120 millones que se desmontan y nunca se vuelven a recuperar.
Los mensajes en papel para las estafas exigían cerrar sobres manualmente, ponerles sello, y enviarlos. Se podían enviar algunos miles en un plazo razonable de tiempo. Hoy se envían miles de millones de mensajes sin el menor esfuerzo.
Hoy no se puede llamar a ninguna institución para pedir una cita, o el envío de algún informe. Solo funciona el sistema presencial. Llevaba mandando whatsapps durante 21 días para conseguir el informe de una analítica, pero solo al plantarme físicamente en el Laboratorio lo he conseguido hoy. Llevo un año con el contador automático del Canal puesto al revés, que me ha medido cero metros cúbicos de consumo, (pero el Canal me ha cobrado lo del año anterior al presente, cuando en este he reducido el consumo de manera drástica). He llamado muchas veces, pero solo ayer, al presentarme físicamente con mi esposa en las oficinas, conseguí que a las cuatro de la tarde llegase un operario que dio la vuelta al contador.
¿La ley de los rendimientos decrecientes? El servicio de internet se ha saturado, sobre todo de acciones maliciosas. Las personas que llaman han dejado de ser personas, y se han convertido en voces del sistema «virtual» o «fantasmal» de la red, por lo que no se les hace caso ni se les da cita. Lo que uno envía por los cables, por el campo electromagnético, lo ve todo el que quiere, ya sea la policía, o cualquier hacker, que además guarda el origen del envío y los datos de la persona que lo ha enviado. Un sobre de papel se puede abrir, pero exige personas físicas para ello, es muy caro. Un ordenador bien programado (o el sistema Pegasus) lo hace para miles de millones de envíos, de manera automática y por una cantidad nimia de dinero.
El sistema ha empezado a colapsar, como todos, por su éxito.
Es la ley inescapable de la curva logística.