La ciencia contra las cuerdas. El declive de la cultura científica en la era de las fake news

AUTOR  | Rafael Sala Mayato. Profesor titular de Física Fundamental de la Universidad de La Laguna

La cultura científica no solo como alta cultura, sino como el mejor producto cultural que ha producido la civilización occidental

Un hilo conductor recorre el último libro de Carlos Elías y lo deja claro en su título: la ciencia está contra las cuerdas, entre otros motivos, porque, a juicio del autor, existe un declive de la cultura científica, sobre todo en Occidente, en la actual era de las fake news. Elías, que es catedrático de Periodismo de la Universidad Carlos III de Madrid, pero que también trabajó como científico en el ámbito de la química (y como periodista en medios como Efe o El Mundo), sitúa el emergente problema de las fake news en la propia universidad occidental actual: critica que en las carreras de Humanidades y Ciencias Sociales, de donde procede la mayoría de políticos, cineastas, intelectuales, artistas o periodistas en Occidente, estudien a filósofos postmodernos como Derrida, Feyerabend, Kuhn o Lyotard que sostienen ideas tan anticientíficas como que la ciencia es una narrativa más -en palabras de Lyotard-, (al mismo nivel que un cuento de hadas, según Feyerabend), o que la lógica y la razón pueden ser destructivas, según Derrida y su crítica al “logocentrismo”. También critica a Kuhn y su, a juicio de Elías, errónea idea de su concepto de “paradigma” aplicado a las “ciencias duras”. El autor sitúa el polémico doctorado Honoris Causa que la Universidad de Cambridge otorgó en 1992 a Jacques Derrida como el simbólico punto de inflexión hacia la decadencia de la universidad y de la cultura occidental basada en la ciencia y la razón. En su opinión, tras esta decadencia, comenzó el auge de las fake news.  Ese doctorado Honoris Causa a Derrida, cuya controversia traspasó los muros de Cambridge, evidenció la lucha de los departamentos de filosofía y ciencias puras frente a los de estudios culturales y literarios. Y ganaron estos últimos. Una de las partes más fascinantes del libro es la descripción de cómo los departamentos de estudios culturales, mediáticos o literarios han ido escalando posiciones de poder en las universidades occidentales frente a los de física, química, biología, geología, ingeniarías o matemáticas.  

El libro comienza -como uno anterior suyo (La razón estrangulada) del que éste es heredero y actualizado- con una preocupación que no solo aparece en España sino también en Europa, EEUU o Japón: por qué los jóvenes de países occidentales u occidentalizados no quieren estudiar carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) si hay déficit de estos profesionales en el mercado y, además, su proporción en un país es un síntoma de desarrollo económico y cultural, según los datos que aporta el libro.

La novedad de Science on the Ropes reside en que Elías no responsabiliza de esto a los profesores de ciencia o ingeniería -como sí lo hacen los estudios de los pedagogos- sino a la cultura mediática, a cómo se divulga la ciencia y la profesión de científico en el cine o televisión y, sobre todo, a los profesores de secundaria y universitarios que no son científicos, pero que denigran o cuestionan constantemente a la ciencia y la tecnología entre sus alumnos.  Si estos alumnos estudian letras o ciencias sociales no pueden confrontar, a juicio de Elías, esas ideas erróneas sobre la ciencia que sus profesores de letras de secundaria les han inculcado. Es decir, para Carlos Elías, el problema del declive de vocaciones STEM está en los profesores de letras y sociales, no en los de ciencias, tecnología y matemáticas. Para contrarrestar esta tendencia propone más horas de ciencias en Secundaria (incluyendo a los alumnos de letras) y que las ciencias sean obligatorias en todas las carreras universitarias. 

La reducción de horas de ciencias en un currículo académico es sintomático del retraso cultural. Un claro ejemplo lo tenemos en Canarias, donde vive y enseña quien escribe esta reseña (como profesor de Física en la Universidad de La Laguna y coordinador de las pruebas de Física de la EBAU). Los estudiantes canarios desde hace años reciben una hora menos de Física y Química -y de Biología- a la semana que sus compañeros de otras comunidades autónomas. Y ya no digamos en comparación con otros países desarrollados del mundo. Los profesores canarios de Secundaria intentan, con un sobreesfuerzo y dedicación enormes, paliar esta carencia de tiempo en materias tan básicas para el desarrollo cultural y científico actual. Pero el resultado final es que los jóvenes canarios -y hay que resaltar que Carlos Elías es canario- sean los estudiantes con menos horas de ciencias de España, lo que, a la vista de este libro, casi implica que sean los que menos tienen del mundo desarrollado. Y quizá eso explique, como se menciona en el libro, las precarias condiciones culturales y económicas del Archipiélago. Circunstancia que también afecta, aunque con una hora más, al resto de España.  

Science on the Ropes reúne varios aspectos polémicos, sobre todo, por infrecuentes, entre los profesores universitarios españoles que publican ensayos. Uno de los más novedosos es la apasionada defensa que hace Elías de la cultura científica no solo como alta cultura, sino como el mejor producto cultural con diferencia que ha producido la civilización occidental y el único que, en su opinión, han copiado de Occidente las culturas orientales: “Los chinos aprenden la grafía latina no para leer a los filósofos o escritores occidentales sino para poder formular la química”, afirma en el libro. Sostiene que China, por ejemplo, tuvo -y conserva- una tradición literaria, artística, filosófica o religiosa superior a la europea; pero no la tuvo en física, química y biología. Para Elías, la humillación que sufrió la cultura china en el XIX, como la que padeció España a la que también critica, se debe a que no supieron ver que la enseñanza de la física, la química y la biología a niveles avanzados debe prevalecer entre las materias en las que se forman las élites que producen conocimiento (aunque este sea literario, jurídico, mediático o artístico). Y también entre aquellas que tienen responsabilidades en comprender el mundo y tomar decisiones. Destaca a lo largo del libro, cómo el despegue chino comenzó cuando sus presidentes empezaron a ser ingenieros o científicos (en contraste con Occidente donde, según Elías, suelen ser de derecho o ciencias sociales). Sugiere que España perdió su imperio y su prestigio como cultura cuando, tras la Contrarreforma, la monarquía y, sobre todo la universidad, le dio la espalda a la ciencia. Cuando, como dice el autor, prefirió el misticismo de Santa Teresa (que proporciona literatura o arte) frente al empirismo de Bacon que ofrece datos y ciencia. Lamenta, en este sentido, que el modelo de Salamanca, donde había más catedráticos de derecho que de física, fuera el que se instalara en Hispanoamérica.

La parte más polémica del libro plantea que Occidente -las universidades europeas y americanas- fascinadas por los estudios culturales y por los filósofos postmodernos- critican a la ciencia y la tecnología como lo hacían los jesuitas y el clero español en la época de la Contrarreforma. Sólo la academia china -y también en La India- se librarían en la actualidad de estas críticas a la ciencia. Elías considera que los “estudios culturales” (o las Humanidades) no son tales si no hay materias de termodinámica, astronomía o química orgánica, entre otras. Y se escandaliza de la escasa cultura en química, física y biología que tiene la élite cultural, política o económica europea y occidental. Destaca como, a diferencia de la Selectividad española, donde los alumnos de humanidades y ciencias sociales pueden acceder a la universidad sin examinarse de física, química o biología, China ha transformado su exigente gaokao -la selectividad china- para que todos los alumnos se examinen de ciencias, aunque vayan a estudiar luego letras en la universidad. Justo lo contrario de lo que se hace en España donde todos se tienen que examinar de letras, aunque luego vayan a estudiar ciencias o ingeniería en la universidad. ¿Por qué los de letras no se examinan de ciencias?, se pregunta el autor. Les faltará, a su juicio y parafraseando a Cajal, una rueda importante en el carro de la cultura. 

Elías no desprecia a las Humanidades -aunque sí critica a las ciencias sociales a las que acusa de falta de rigor si se las compara con las naturales- sino al contrario: defiende a las Humanidades como la disciplina que estudia toda la cultura elaborada por el ser humano, entre la que está la literatura o el arte, pero también la física, la química y la biología. El libro abunda en ejemplos de simbiosis entre ciencias y letras, como los avances matemáticos y físicos que posibilitaron las construcciones del Renacimiento -como la cúpula de la catedral de Florencia- o la misma teoría de la perspectiva o la luz. También destaca el viaje contrario: describe como el libro del poeta romano Lucrecio, De rerum natura, fue leído para aprender latín, pero también para conocer la estructura de la materia y fue muy importante en conceptualizar modelos atómicos. Sostiene que carece de sentido la división de las dos culturas de Snow -es decir, que no tiene sentido un bachillerato de letras y otro de ciencias-, pero también critica que un alumno pueda considerarse graduado en Humanidades sin tener amplios conocimientos de física, biología o química; ideas éstas muy inusuales entre los académicos españoles, no solo contemporáneos, sino de siglos pasados donde Elías también rememora el poco aprecio por la ciencia que tuvieron intelectuales como Unamuno con su “que inventen ellos”; o Menéndez Pelayo que defendía la Inquisición como logro cultural (y cuyo nombre, recuerda Elías, lo ostenta aún una universidad española, pero ninguna el de Ramón y Cajal). El libro rescata el escalofriante discurso de inauguración del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en 1940, en pleno siglo XX, donde se apela a una ciencia católica armonizada con la fe y ataca la racionalidad. 

Science on the Ropes aborda cómo esa falta de cultura científica de las élites occidentales -que antes fue solo española pero ahora es generalizada según Elías- favorece que no tengan referentes para luchar contra las fake news o conceptos que también aparecen en el libro como postverdad o “hechos alternativos”. El libro, de 330 páginas, también critica el sistema de producción científica actual que, según el autor, complica enormemente la supervivencia de los científicos jóvenes, del talento disidente o los enfoques rompedores. Aborda también la dificultad de los jóvenes actuales para formarse en ciencias e ingenierías, abundando en problemas como el estereotipo de científico loco en el cine y la televisión o las dificultades que los chavales tienen para captar la atención en un mundo digital donde se estimula la falta de concentración y donde la capacidad de abstracción, tan necesaria para la ciencia y la ingeniería según Elías, no puede desarrollarse en la mayoría de ellos, lo cual les lleva a rechazar las disciplinas STEM por sus dificultades conceptuales y preferir otras más “audiovisuales”. 

El libro de Carlos Elías combina ideas que ya tenía en anteriores como La razón estrangulada o El selfie de Galileo, pero orientadas con una perspectiva menos española y más internacional dado que se publica en inglés y en una editorial con alcance mundial. Science on the Ropes está muy enfocado al despegue económico y científico de China que trata de explicar el autor y, además, lo compara con Hispanoamérica donde, según Elías, debido a que esos países fueron conquistados por España, cuya cultura tuvo escaso aprecio a las ciencias, entre las élites de esos países hay más abogados o economistas que físicos o ingenieros. Esto, según el autor, es una de las causas principales de su retraso económico y social. Hay muchas comparaciones recurrentes con China, que era más pobre que Suramérica en el siglo XX hasta que los líderes chinos empezaron a salir de facultades de ciencias o ingeniería. 

El libro es ameno, muy ágil (con lenguaje divulgativo, aunque con referencias y gráficas) y, sobre todo, valiente y diferente, inusual entre lo que suelen publicar académicos españoles. Es un libro a contracorriente. Elías explica en el texto cómo el proyecto nació de su estancia en la London School of Economics (en 2005 y 2006) pero cómo lo tuvo que actualizar tras su paso por Harvard en 2013 y 2014 donde comprobó que en una universidad como Harvard también existe esta pulsión entre los científicos, cada vez más agobiados con su trabajo, y toda una serie de profesores de humanidades y ciencias sociales que hacen de su crítica a la ciencia y la tecnología su forma de trabajo intelectual para asentarse en sus cátedras. 

Otra idea muy interesante que se plantea en el libro es el debate sobre si es necesaria la libertad política para que exista desarrollo científico. Apuesta por ésta -como periodista que es y cuya profesión defiende a lo largo del texto- pero reivindica sobre todo la libertad científica y aquí plantea algunos interrogantes inquietantes como si China tiene más libertad científica que Occidente al no tener una cultura basada en el Cristianismo y su idea del humano como hijo de Dios, lo que favorecería que en China se pudiera investigar aspectos de la biología prohibidos en Occidente por su ética religiosa. Elías menciona, por ejemplo, a las niñas chinas manipuladas genéticamente para que no se contagien del VIH, investigación que estaría prohibidísima en Occidente. Y se pregunta en el libro si esto no supondrá el liderazgo definitivo de China, como antes lo tuvo la cultura inglesa al no aceptar la Contrarreforma y la idea del papado de obstrucción de la ciencia moderna, tras el juicio a Galileo.  

Science on the Ropes es un libro de obligada lectura para todos los académicos preocupados por la crisis de vocaciones STEM, la historia de la ciencia, de los medios de comunicación o de la cultura con mayúsculas que, como reclama Elías, si no incluye la ciencia, no es cultura como tal. También recomendaría su lectura a cualquier ciudadano interesado por cómo funcionan los canales de difusión de la ciencia y de cómo ésta puede estar padeciendo un retroceso frente a un auge del pensamiento esotérico y de las pseudociencias. La idea es “democratizar” científicamente a la sociedad. Sigue la senda de nuestro único premio Nobel, Ramón y Cajal, quien insistía que al carro de la cultura española le falta la rueda de la ciencia, frase que Cajal, si leyera el libro de Carlos Elías, posiblemente extendería ahora a todo Occidente. Uno de los problemas de la cultura española de letras es que en el extranjero no nos ven como intelectuales, como ensayistas; es decir, a un español le cuesta vender un libro de pensamiento y, en este sentido, que este libro se haya publicado en inglés y en una editorial de impacto mundial como Springer-Nature es un paso muy importante en la academia española del área de conocimiento de letras a la que, aunque defienda la ciencia, pertenece Carlos Elías.
 

Referencia bibliográfica:

La ciencia contra las cuerdas. El declive de la cultura científica en la era de las fake news. Carlos Elías. 340 páginas. Editorial: Springer-Nature, 2019

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