Pío del Río Hortega. La neurociencia española más allá de Cajal

AUTOR  | Ignacio Fernández Bayo. Divulga

Aunque la ciencia no le olvidó, su nombre sigue sonando extraño, ajeno. Este libro de Elena Lázaro viene a restituir de manera pública lo que las circunstancias le robaron: el reconocimiento social

Entre la pléyade de libros de divulgación que asoman a las librerías, físicas o virtuales, no es habitual encontrar uno, como en este caso, que vaya más allá del ejercicio de Pigmalión y aborde otros aspectos de los científicos, más delicados, personales, íntimos, pero también trascendentes. Porque si la ciencia está hecha por humanos, nada humano le es ajeno y quien practica la investigación no puede desligar de su tarea las frustraciones de su Mister Hyde, ese otro yo que aparece cuando se despoja de la bata y se despide hasta mañana de la placa Petri, el espectrómetro de masas o el telescopio. La cosa se agudiza para quienes pertenecen a colectivos que sufren alguna discriminación de mayor intensidad, como los de esa amalgama de situaciones dispares que se agrupa hoy como si fuera un colectivo homogéneo bajo las siglas LGTBIQA+.

Esa mezcla de divulgación científica y circunstancias personales, con especial énfasis en estas últimas, es uno de los valores principales de este libro, en el que Elena Lázaro -periodista, responsable de la Unidad de Cultura Científica de la Universidad de Córdoba y presidenta de la Asociación Española de Comunicación Científica- aborda la vida y obra de un neurobiólogo español de primera fila, alumno de Nicolás Achúcarro y miembro de la conocida como escuela de Ramón y Cajal, cuya obra se ha visto oscurecida en parte por la sombra de éste y en parte por su condición homosexual. Hablamos de Pío del Río Hortega.

No se ha afrontado de forma tan directa este problema discriminatorio en el ámbito de la ciencia, donde podría parecer que semejantes prejuicios estarían menos arraigados que en otras esferas, pero puede que ocurra exactamente lo contrario. Según cuenta Lázaro, en muchos casos los afectados salen del armario en su vida privada cotidiana y se encierran de nuevo en él al entrar en su laboratorio. Y no hablamos de tiempos pretéritos.


No se ha afrontado de forma tan directa este problema discriminatorio en el ámbito de la ciencia, donde podría parecer que semejantes prejuicios estarían menos arraigados que en otras esferas, pero puede que ocurra exactamente lo contrario

Si hoy, con la creciente presión social que se manifiesta contra esta discriminación, el problema persiste, es fácil imaginar que sería mucho más grave en el pasado; aunque, de acuerdo con la autora, no necesariamente fue así en aquella época de esplendor (la llamada Edad de Plata de la cultura española) del primer tercio de siglo XX. Pío del Río Hortega compartió vida de forma notoria con Nicolás Gómez del Moral, pero, aunque no fuese una relación clandestina, hay indicios de que la discriminación estaba presente. Uno de ellos es la escasez de datos que se conservan de su pareja. Elena Lázaro rescata los escasos detalles de su existencia que se desprenden de fragmentos de correspondencia, la que el científico mantuvo con diferentes colegas y la que su compañero mantuvo con las hermanas del histólogo. Poco más se sabe de él y ese silencio público es muestra también de un cierto vacío social. Otro indicio es el rechazo de Cajal y su empeño en menospreciar la obra de su discípulo, provocado en parte por la homosexualidad de éste y en parte por los celos profesionales, dadas las valiosas aportaciones que hizo Del Río.

Estas contribuciones, pese al desdén de Ramón y Cajal, fueron esenciales para el avance de la neurociencia de la primera mitad el XX y tuvieron un amplio reconocimiento internacional, hasta el punto de haber estado dos veces nominado al premio Nobel, algo de lo que muy pocos científicos españoles pueden alardear. Pío del Río Hortega arrojó luz sobre uno de los tres tipos de células del sistema nervioso, la neuroglia, rebautizada por él como oligodendroglía; y descubrió y estudió el tercero, la microglía, cuyas células se denominan, en su honor, “células de Hortega”. Al igual que Cajal, buena parte del éxito de sus observaciones venía de la técnica de tinción que utilizó. Nuestro Nobel empleó la desarrollada por el italiano Camilo Golgi, con quien compartió el premio a pesar de la radicalmente diferente interpretación que hicieron de lo que veían. Pío del Río Hortega desarrollo su propia técnica, un notable mérito añadido, para conseguir ver lo que el propio Cajal no pudo y dejó aparcado bajo la denominación de “tercer elemento”.

Lázaro enmarca la trayectoria de Del Río en la situación académica y política de la época que le tocó vivir, desde el esperanzador nacimiento de la Junta de Ampliación de Estudios y los tempranos frutos que produjo hasta las convulsiones políticas de la época, con la dictadura de Primo de Rivera, la república y la guerra civil, cuyo desenlace frustró por largo tiempo el desarrollo de la ciencia española. Pío del Río no fue ajeno a este marco; flirteó con la política desde posiciones de lo que hoy sería centro-derecha, pero claramente republicanas, y llegó a sonar como futuro ministro de Sanidad de un Gobierno de Alejandro Lerroux; posibilidad ya frustrada cuando éste accedió a la presidencia. A los escollos que la dedicación a la ciencia ha tenido que sortear siempre en nuestro país, se sumaban los provocados por la contienda, con numerosos investigadores apartados de sus puestos tras la victoria de los sublevados y, en el caso de Del Río, con el añadido de su condición homosexual. No solo Cajal mostraba su escasa comprensión por ello. También Francisco Tello Muñoz, alumno predilecto de Cajal y sucesor suyo en buena parte de sus cargos, procuró apartarle de su cercanía; por ejemplo, con el traslado del Laboratorio de Histología Normal y Patológica, que Del Rio dirigía, a la Residencia de Estudiantes desde el Laboratorio de Investigaciones Biológicas que dirigía Cajal y, en la sombra, Tello.

El libro repasa también el complicado entramado que otros destacados científicos de la época formaban, como Lorente de No, Castro, Achúcarro, Negrín, y Severo Ochoa, entre otros; además de algunas mujeres menos renombradas, que intentaban ya romper techos cristalinos, como Enriqueta Lewy, su hermana Irene y Manuela Serra. Médicos, fisiólogos, histólogos y bioquímicos prestigiosos que auguraban una edad de oro española en las ciencias de la vida, pese a los celos y enfrentamientos que mantenían entre sí, arrasada antes de nacer por el final de la guerra, que empujó a varios de ellos al exilio. Pio del Rio Hortega fue enviado por el Gobierno republicano a París en 1937 y después a Oxford para proseguir sus investigaciones. Nunca regresaría a España. Acabada la contienda fue desposeído de sus cargos, ejercidos a distancia, y terminó sus días en Buenos Aires, donde falleció en 1945, siempre acompañado por Nicolás Gómez del Moral, tras un cuarto de siglo de convivencia. Seis años antes, en mayo de 1939, la revista The Lancet publicó un extenso artículo suyo bajo el título The Microglia, en el que describía detalladamente lo más importante de su trabajo a lo largo de 20 años, que sigue siendo muy citado en la literatura científica actual de la especialidad. La ciencia no le olvidó, pero su nombre sigue sonando extraño, ajeno. El libro de Elena Lázaro viene a restituir de manera pública lo que las circunstancias le robaron: el reconocimiento social.


Datos de la publicación:

Un científico en el armario. Elena Lázaro. Editorial Next Door. Pamplona, 2020, 176 páginas

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