Regeneran plantas que vivían hace 30.000 años (o el mamut del mundo vegetal)

La gran capacidad de las plantas para propagarse vegetativamente y regenerar plantas completas a partir de ciertas partes es un hecho bien conocido y utilizado. Por ejemplo, todos sabemos que a partir de un trozo de tallo de un rosal, plantado y convenientemente cuidado, puede crecer una nueva planta completa en la siguiente estación. Pues bien, esta capacidad de regeneración ha sido aprovechada por un grupo de investigadores de la Academia Rusa de Ciencias para conseguir el sorprendente hecho de crecer plantas que vivieron hace 30.000 años, en plena época de los mamuts.
Silene stenophylla

Silene stenophylla

Hasta ahora el récord lo ostentaba la regeneración de ejemplares de palmera datilera a partir de semillas de 2000 años de antigüedad encontradas en excavaciones cerca del Mar Muerto. En el caso que nos ocupa, los investigadores rusos han sabido buscar restos vegetales en el que es probablemente el lugar más adecuado para conservar restos biológicos: el permafrost. Se trata de una capa de suelo permanentemente congelado, de varios cientos de metros de espesor que ocupa casi el 20% de la superficie sólida del planeta. En él se conocía la existencia de comunidades de organismos como bacterias, algas, levaduras y protozoos pero hasta la fecha no se habían descubierto restos de plantas superiores. Los científicos saben que las semillas se conservan mejor cuanto menor es la temperatura y la humedad del ambiente que las rodea, condiciones que permiten ralentizar los procesos biológicos y que están ambas presentes en el permafrost, donde el hielo ha mantenido las semillas bajo cero y ha retenido la humedad.
El equipo de investigadores rusos encontró restos de distintas especies de plantas en madrigueras de ardillas árticas congeladas a unos 20-40 metros en el permafrost, a orillas del río Kolyma en el noreste de Siberia. Además, en ellas se hallaron también restos de huesos de mamuts, rinocerontes lanudos y otros miembros de la fauna típica del Pleistoceno tardío que han ayudado a datar el material encontrado, junto con medidas directas de la fecha en la que dichos frutos fueron recogidos y almacenados por los roedores. Tras los experimentos preliminares se seleccionaron los frutos inmaduros de la especie Silene stenophylla, en cuyo interior se podían distinguir perfectamente las semillas unidas por un pedúnculo a la placenta, es decir, el tejido del fruto el encargado de producir y distribuir nutrientes a las semillas. Precisamente a partir de la placenta y utilizando métodos establecidos de propagación y regeneración de raíces y de tallos consiguieron obtener primero callos indiferenciados, y mas adelante, plántulas que se desarrollaron normalmente. Tras unas semanas, estas plántulas produjeron individuos adultos que florecieron normalmente y produjeron semillas perfectamente viables.
Sin embargo, las plantas regeneradas que vivieron hace 30.000 años guardaban una gran sorpresa: algunas de sus características morfológicas eran diferentes de las de sus parientes actuales de la misma especie, en concreto, en cuanto al tamaño de sus pétalos o a las características sexuales de las flores. ¿Cuál es la explicación de estas diferencias? Aquí precisamente reside la relevancia de estos hallazgos ya que permitirán entender algunos procesos evolutivos y de adaptación al medio, así como saber más sobre el clima en esta etapa del pleistoceno y su influencia posterior. También representa un avance para mejorar las condiciones de criopreservación de material biológico e inaugura una nueva vía para recuperar genes perdidos durante la selección artificial humana o el acervo genético de plantas extintas. Por otra parte, constituyen también una llamada de atención para todos sobre la necesidad y la importancia de preservar la biodiversidad en todos los entornos del planeta. En esta tarea colaboran de manera esencial los bancos de semillas, como el de Svalbard en Noruega, construido en pleno permafrost para asegurar la refrigeración en caso de fallo eléctrico. Asimismo, no podemos olvidar la gran riqueza que para todos representa el adquirir conocimientos sobre la vida en el planeta ahora y en el pasado.
Sofía Otero y Crisanto Gutierrez (CBMSO)
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