Muchas veces, los costes de una tecnología suelen ser más evidentes a corto plazo que sus ventajas
Cada gran innovación transforma el mundo dos veces. Primero, de una forma visible y casi siempre incómoda: cambia trabajos, hábitos, instituciones o equilibrios de poder. Después, mucho más despacio, aparecen beneficios que al principio eran difíciles de imaginar. Carlo Cordasco defiende en este artículo en Aeon que con la inteligencia artificial puede estar ocurriendo algo parecido.
El ensayo parte de una comparación histórica. Antes de la anestesia, la cirugía estaba limitada por el dolor que podía soportar un paciente. Cuando llegaron el éter y el cloroformo, muchos médicos los recibieron con desconfianza. Hoy, sin embargo, cuesta imaginar la medicina sin anestesia.
Con la IA vemos muy bien los riesgos inmediatos, como la precarización laboral, los sesgos de los algoritmos, la dependencia tecnológica y la pérdida de control. Lo que todavía no sabemos medir son sus posibles efectos a largo plazo sobre la ciencia, la educación, la productividad o la creatividad.