La locura humana, de nuevo

En el pueblo de Andalucía en donde estoy pasando unas pequeñas vacaciones hay una cadena de supermercados que se hacen propaganda diciendo “Una empresa -totalmente- andaluza”
¿Qué sentido tiene ésto? ¿Es que los andaluces solo deberían comprar productos andaluces?

Cuando parece que estamos entrando, lentamente, pero entrando, en un mundo en el que el “Yo soy más alto que tú” va lentamente desapareciendo, en el que todos podemos competir con todos para comprarnos y vendernos nuestros productos solo por lo que nos gusten (en el gusto está, claro, incluido el precio, tanto el precio bajo como el alto), hay gente que se resiste aún a aceptar la bondad de este nuevo paradigma.

Es como aquellas minúsculas nacionalidades que se empeñan en que la gente debe hablar su minúsculo idioma, para ser distintos de los demás. Lo que esas nacionalidades deberían hacer es ofrecer su idioma y esperar a que, si la oferta es agradable, la gente lo acepte. Lo mismo que la religión. Hubo una época en la que en España todos debían de ser católicos, lo mismo que en Inglaterra anglicanos, en Ginebra calvinistas y en Escocia puritanos. Aún hoy hay islamistas (no todos, menos mal) que querrían que todo el planeta siguiese su religión, y que imponen que en Arabia Saudí, por ejemplo, solo se puedan seguir las ideas de Mahoma. ¿No es mucho mejor que cada uno elija lo que más le guste?

En el mundo del siglo XXI cada uno debería poder elegir, sin que nadie se molestase por ello, la religión, el idioma, el producto que más le apeteciera, de manera totalmente libre y desenfadada. No hay ninguna razón profunda para ello, sino la pura empiria: En Europa, desde que desapareció la obligación de seguir una religión, desde que desaparecieron las fronteras, desde que cada uno de nosotros puede comprar y vender lo que le salga de las mismísimas narices, desde que podemos utilizar el idioma que mejor nos cuadre, vivimos en un mundo años luz más amable, mas tranquilo, más, digamos, felíz, que en la época de los fielatos, de las inquisiciones múltiples, del deseo de imponer idiomas y estructuras diversas unos a otros.

Dejemos, por una vez en nuestra historia de decir “Producto totalmente andaluz, catalán, español, …” y seamos, porque es magnífico, simplemente ciudadanos del mundo.

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Comentarios

:-)

Ya, pero es que los del supermercado han entendido algo que parece consustancial al ser humano, nuestro sentimiento de pertenencia a un clan.

A lo mejor lo tenemos tatuado en nuestro código genético, ya que nos ayudó a sobrevivir, pero lo cierto es que lo tenemos. Y si no, ¿a qué viene tanto aspaviento en una ciudad cuando "su" equipo de fútbol sube a primera división? ¿Por qué nos sentimos identificados con ese ciclista que nadie conocía hace un mes pero que hoy es el ganador del Tour de Francia?

Nos gusta ser de un clan y, aún más, nos gusta ser de un clan ganador.

Es evidente que tenemos, no un gen, sino un meme (un gen cultural, definicion de Richard Dawkins, http://en.wikipedia.org/wiki/Meme), derivado de nuestra etapa tribal por las sabanas.

¿Y qué?

¿No podemos cambiarlo? ¿O es que debido al meme debemos seguir siempre con aduanas, inquisiciones y guerras?

En Europa hemos conseguido detener el meme que nos hacia tener una guerra cada 20 años. ¿No podemos cambiar ese meme?

¿Debemos seguir hasta que desaparezca la especie con ese meme?

Creo, David Ucles, que no has entendido lo que quería decir en mi blog.

Saludos cordiales

(requerido)

(requerido)


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