12) Cambios.


“Algunos, no es que no vean la solución, es que no ven el problema” G.K. Chesterton (1876 – 1934). ¿No te parece una explicación de plena actualidad?

Seguro que recuerdas que comencé este blog declarando que fundé una empresa porque creo en la investigación básica. Prometí explicártelo. He intentado que mis razones fueran apareciendo poco a poco en cada una de las entradas. Además, pensaba darte una explicación al final. Pero he cambiado de idea. ¿Por qué? Porque los recortes presupuestarios y la emigración de jóvenes investigadores y de jefes de grupo ponen en peligro no solo el futuro de la investigación española, sino que también pueden privarnos de la herramienta más eficaz para el cambio de modelo productivo. Porque si no cambiamos de modelo estamos abocados a que futuras crisis vuelvan a ser tan devastadoras como la actual. Así que creo que es el momento de adelantarte mi explicación.

Me puedo equivocar. ¡Ojalá me equivoque! Pero estoy convencido de que una parte muy importante de los poderes políticos, incluidos los de nuevo cuño, y económicos de este país no creen en la ciencia básica. Nunca han creído y aprovechan la crisis para reducirla en todo lo posible (como otros beneficios del estado del bienestar, dicho sea de paso).

Seguro que te puedes imaginar cómo nos sientan a los investigadores las noticias de los recortes. Y reaccionamos escribiendo artículos de opinión al respecto en revistas nacionales e internacionales y sesudos documentos de análisis. Pero, ¿llegaremos así a la gente? ¿Se interesará la sociedad por nuestros problemas, inmersos como estamos en esta crisis? Es más, ¿se interesaba realmente, en periodos previos de bonanza, por la generación de conocimiento necesaria para desarrollar nuevos medicamentos, nuevos dispositivos tecnológicos, nuevos procesos industriales…? ¡Quizás el cambio de modelo económico requiera también un cambio de modelo cultural!

Pero no son esas mis únicas dudas. También me pregunto si los científicos hemos tenido suficiente consideración con la sociedad a la que pertenecemos y que nos financia. Y no me refiero a la sociedad en abstracto, sino a personas; a personas como los propios científicos que tienen problemas para los que los investigadores podemos y tenemos que aportar soluciones.

Te he ido contando, y seguiré haciéndolo, cómo desarrollando una investigación básica me encontré con la oportunidad de participar yo mismo en el desarrollo de un tratamiento para una enfermedad incurable. ¿De qué manera se demuestra mejor la necesidad y la importancia de la investigación básica? ¿Argumentando con los que nos menosprecian o creando una empresa basada en nuestras investigaciones básicas? Creo que hay que hacer las dos cosas y, además, contarlo a la sociedad.

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11) La montaña rusa (por Flora de Pablo).


Montaña rusa. Frecuentemente nos hemos sentido así durante nuestra aventura emprendedora.

Como ya te he comentado en una entrada previa, el camino que lleva de nuestras investigaciones básicas al desarrollo de un posible tratamiento aplicable en clínica se ha hecho con la contribución de muchas personas. Y creo que darles entrada para que expliquen sus percepciones y sus motivaciones puede ayudar a que tengas una perspectiva más amplia. Así que hoy te dejo con Flora de Pablo. 

Flora de Pablo y Enrique J. de la Rosa durante la recogida de un premio de Retina Navarra a su empresa.

Hoy soy una invitada a este blog. Ya te han contado que hace muchos años, tras terminar mi Tesis doctoral y el MIR, hice las maletas y aterricé en Bethesda, en EE.UU. Quería aprender a investigar de verdad allí, en los Institutos Nacionales de la Salud, donde se hacían las terapias experimentales más novedosas. Entonces no sabía lo que significaba la investigación traslacional, aunque sí entendía que la investigación podía beneficiar a la práctica clínica.

En España, es muy infrecuente que los investigadores en biomedicina hagan el camino de “la bancada del laboratorio a la cama del paciente” (from bench to bed de los anglosajones), salvo alguna excepción fruto de casualidades individuales o de la insistencia de los gestores de política científica. En mi caso, hice el camino inverso: de médico asistencial especialmente interesada en mejorar el tratamiento de mujeres diabéticas embarazadas, para que tuvieran un bebé sano, a estudiar los orígenes de la insulina como hormona, más allá de la generada por el páncreas de vertebrados.

Más de 25 años después, ya en el Centro de Investigaciones Biológicas y trabajando con embriones de pollo y de ratón, Enrique J. de la Rosa me empujó a hacer la vuelta completa del camino. Inicialmente me pareció difícil volver a pensar en la insulina (y en su molécula precursora, la proinsulina) como una herramienta terapéutica. Pero acepté el reto de explorar si la proinsulina podía retrasar la muerte de los fotorreceptores de la retina, y me subí con él a lo que ha sido un pequeño viaje en la “montaña rusa” de la transferencia: pasar de una observación básica al posible desarrollo de un fármaco.

El viaje, ya de varios años, ha tenido subidas empinadas, muy estimulantes, como obtener nuestra primera patente o fundar la pequeña empresa que nos permitiría avanzar en ese desarrollo aplicado. Ha tenido fuertes bajadas, también, cuando el escepticismo del entorno o las dificultades para obtener el dinero necesario para continuar investigando nos han hecho pensar: ¡nos daremos la torta! ¿Tendremos un suave aterrizaje a pesar de todo? ¿Lograremos un tratamiento para la retinosis pigmentaria? Aún no lo sabemos.

Puedo contar, sin embargo, algunas ventajas de haber subido a la montaña rusa. Ha sido hasta ahora un viaje en grata compañía. No creo que en el entorno académico pueda lanzarse nadie a emprender de forma individual. Me ha permitido ver “más allá” un paisaje que no habría vislumbrado si me hubiera quedado tranquilamente sentada en el laboratorio.

¿Desventajas? ¡También! Alguna publicación científica menos habré producido, al estar ocupada con un tema tan nuevo para mí. Y he pasado algún rato con un “agujero en el estómago” ¡al darme cuenta de que no llevo el control de la máquina!

 

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10) Compañeros de camino…sinuoso.


Foto de las siete revueltas, en la Sierra de Guadarrama. El rumbo y las consecuencias futuras de la investigación normalmente no son predecibles, ni siquiera por los propios investigadores.

Espero que el estilo personal del blog no te haya hecho pensar que yo soy el único protagonista de esta historia. El camino del conocimiento a la aplicación es largo y, sobre todo, sinuoso e impredecible. ¿Crees acaso que John Gurdon diseñó sus experimentos con renacuajos pensando en llegar a la medicina regenerativa? ¿O que Sydney Brenner vislumbró la conexión entre sus gusanos y las terapias neuroprotectoras?

Al comienzo de la historia yo aún estaba en la Facultad estudiando Biología. Por su parte, Flora de Pablo, a quien aún no conocía, había terminado las especialidades de Endocrinología y Medicina Interna en Salamanca y defendido su Tesis Doctoral. Como el trabajo de investigación le supo a poco, decidió tomarse un par de años para investigar a tiempo completo, convencida también de que ello redundaría en el mejor tratamiento de sus futuros pacientes. Y se fue a la “Diabetes Branch” de los Institutos Nacionales de la Salud de EE.UU. Un enorme complejo de investigación y asistencia clínica, puntero en investigación biomédica y desarrollo de terapias experimentales.

Y allí, justo en su comienzo, el camino de esta historia dio un primer giro brusco. El tema propuesto a Flora de Pablo por su supervisor, Jesse Roth, no tenía nada que ver con los pacientes de diabetes, ni con el páncreas. Sí tenía que ver con la insulina, pero con la que se producía fuera del páncreas, en sitios tan inesperados como cabezas de mosca, testículos de cobaya o embriones de pollo. Jesse Roth intuía que quedaba mucho por saber de la insulina; quizás entendiendo qué otras funciones podía realizar la insulina se podrían encontrar nuevas formas de tratamiento de la diabetes y sus complicaciones. Los proyectos de secuenciación de genomas y los trabajos de sus seguidores, nuestro grupo entre ellos, han demostrado que la insulina, tanto en la escala evolutiva como en el desarrollo de los invertebrados y los vertebrados, ha sido otras muchas cosas antes que hormona pancreática.

Aunque Jesse Roth estaba en lo cierto, el trabajo realizado posteriormente, siguiendo la línea iniciada por Flora de Pablo en su posdoctoral, aún no ha redundado en un mejor tratamiento de la diabetes. A donde sí nos ha llevado es a estar intentando desarrollar un tratamiento para la retinosis pigmentaria, un rumbo que dudo que Jesse Roth y Flora de Pablo se imaginaran en su comienzo.

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9) Pero, ¿qué es emprender?


Emprender para hacer crecer tus ideas y tus descubrimientos.

En mis entradas previas he intentado ilustrarte sobre el enorme potencial que la investigación básica tiene para generar futuras aplicaciones. Pero es necesario recorrer un camino para llevar el conocimiento a la práctica. Uno de ellos, el que yo elegí y te estoy contando, pasa por la creación de una empresa de base tecnológica; es decir, me metí a emprendedor.

Emprender es uno de esos conceptos, como también investigación aplicada, transferencia del conocimiento, etc., que han ido apareciendo en los documentos de política científica. Y los que veníamos de la investigación básica, al menos yo, ni les prestábamos suficiente atención ni teníamos muy claro lo que significaban. Tanta reiteración de la necesidad de ciencia aplicada solo me había creado una vaga idea de que los investigadores básicos, más aún si somos funcionarios, debíamos de ser cualquier cosa menos emprendedores.

¡Pero no podía hacerme emprendedor sin saber lo que eso podía representar! Los diccionarios dan una cierta idea de “dificultad”, pero poco más.  Emprender 1. tr. Acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro. Emprendedor 1. adj. Que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas. Así que, como ya te comenté, cuando empecé a darle vueltas a crear una empresa, me leí El libro negro del emprendedor.

Y me llevé una gran sorpresa. Según Fernando Trías de Bes, el autor, “emprender es una mirada genuina sobre una idea cualquiera”. No sé si fui objetivo, pero la definición me pareció en completa sintonía con la frase con la que inicié una entrada previa en este blog: “Investigar es ver lo que todo el mundo ha visto, y pensar lo que nadie más ha pensado”. ¿Emprender = Investigar? La verdad, no creo que mi interpretación fuera sesgada. La idea se repite en el libro: “El verdadero emprendedor es aquel a quien lo incierto procura un especial placer”. De nuevo, a mí me parece que transluce el mismo sentimiento que una frase de Judah Folkman que tengo colgada en mi despacho: “Most research is failure. You work for years and years, and then every once in a while there is a tremendous finding, and you realize for the first time in your life that you know something that nobody else in history has ever known.”

Así que, si los investigadores llevamos dentro un emprendedor, ¿qué es lo que habría que hacer para sacarlo a la luz?

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8) Curiosidad.


¿Y por qué…? ¡Lástima que esa curiosidad infantil no dure toda la vida!

Mueve un momento la vista hacia tu mano, la que tienes sobre el ratón del ordenador o la que sostiene la tableta en la que estás leyendo esto. ¿Te has preguntado alguna vez por qué tenemos dedos en la mano? ¿Te has fijado en que no todos los animales tienen dedos individualizados en sus extremidades? ¿Te has preguntado alguna vez cómo se forman los dedos? La curiosidad es la principal motivación para la investigación básica, y la observación, la deducción y la experimentación sus principales herramientas.

Pero, ¿qué pueden tener que ver cualquiera de esas preguntas con que estemos intentando curar un tipo de ceguera genética? ¿O las respuestas que los investigadores básicos han ido dando a dichas preguntas con el desarrollo de medicinas para tratar el cáncer o las enfermedades neurodegenerativas?

En los años 60 del pasado siglo (como el trabajo que te conté de John Gurdon; ¡Ciertamente la década prodigiosa de la Biología del Desarrollo!), Sydney Brenner eligió un gusano, el nematodo Caenorhabditis elegans, para estudiar cómo el conjunto de genes de un organismo determina su forma y apariencia. Quería establecer las relaciones moleculares y celulares entre genotipo y fenotipo. Sus observaciones demostraron que hay un programa de muerte celular codificado en los genes. Es ese programa el que nos permite tener dedos individualizados. Estos trabajos hicieron posible, además, iniciar el estudio de la regulación del proceso de muerte celular programada, que hasta entonces había sido meramente descriptivo.

En el año 2002, Sydney Brenner, Robert Horvitz y John E. Sulston recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina. Sus estudios habían abierto un inmenso campo al conocimiento básico en Genética, Biología Celular y Biología del Desarrollo, lo que con total seguridad fue la principal motivación de Sydney Brenner para iniciarlos. Pero más allá de su función fisiológica, los trabajos posteriores fueron revelando que en numerosas enfermedades se producían procesos patológicos de muerte celular programada. Genes y proteínas, descubiertos gracias a los estudios de Sydney Brenner, sus colaboradores y sus seguidores, son hoy en día dianas de fármacos anticancerígenos, neuroprotectores, etc.

Espero que, tras estas dos últimas entradas, sepas un poco más de sapos y gusanos… y de premios Nobel. Y, lo que es más importante, tengas la mente más abierta para no categorizar la investigación: ¡ni básica, ni aplicada! Cuando empezamos un proyecto, aunque sea por simple curiosidad, es difícil prever hasta dónde nos llevará. Se puede perseguir el tratamiento para una enfermedad y no conseguirlo. Se puede perseguir simplemente el conocimiento, y encontrarse una terapia o, al menos, las bases para desarrollarla. ¡Es lo que a nosotros nos pasó!

 

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7) ¿De dónde surge el conocimiento?


¡Esta rana se merece un Nobel! (Dibujo de Clara de la Rosa del Val). Los experimentos básicos de John Gurdon en Biología Celular y del Desarrollo han acabado siendo esenciales para el posible futuro de la Medicina regenerativa. ¡Quién lo iba a decir hace 50 años!

Cada empresa y cada producto son distintos. Seguro que se te ocurren ejemplos en los que el principal factor del éxito es el diseño, o el precio (bajo o alto, que ambos pueden ser), o una agresiva (o imaginativa) campaña publicitaria. Pero si hablamos de empresas de base tecnológica, ¡con algo habrá que hacer esa base! Con conocimiento científico y tecnológico.

Esta necesidad de conocimiento es más acuciante en el caso del desarrollo de un medicamento. Las empresas farmacéuticas no tendrán opción de intentar convencer de las bondades de su medicina a los médicos o a los potenciales consumidores si antes una agencia gubernamental reguladora (EMA, FDA) no aprueba el producto y autoriza su comercialización. Esa aprobación depende de datos científicos sobre su seguridad y eficacia. Ya he tratado anteriormente los ensayos clínicos y sus requerimientos.

Pero no es siempre evidente de dónde puede surgir ese conocimiento. En el campo de la biomedicina hay numerosos ejemplos de cómo estudios científicos básicos de excelente calidad pero dudosa o nula utilidad en el momento de su realización acaban marcando el camino para importantes avances terapéuticos. Un ejemplo muy ilustrativo ocurrió a principio de los años 60 del pasado siglo. Un británico, biólogo del desarrollo, trabajaba con ranas y sapos como sistema modelo. En un experimento trasplantó el núcleo de una célula de un renacuajo a un óvulo de la misma especie, al que previamente había inactivado su núcleo. A partir de dicho óvulo se formó otro renacuajo, demostrando que en el núcleo de las células adultas se mantiene toda la información necesaria para formar un individuo. Quizás no te sonara este experimento, pero seguro que sí te suena la oveja Dolly, un experimento similar que se realizó unos 35 años más tarde. O quizás sí te sonaba, pues a dicho biólogo, John Gurdon, le concedieron el Premio Nobel de Medicina o Fisiología 2012 (junto con Shinya Yamanaka), al reconocer que sus trabajos, además de responder a una importante cuestión biológica, sentaron las bases del prometedor campo de la Medicina regenerativa.

Hay otro ejemplo que te contaré en la próxima entrada, pues es el que conecta con nuestra línea de investigación. Pero quiero finalizar hoy reconociendo otra cosa que he aprendido “al bajar de mi torre de marfil”. No siempre es nítida la percepción social de cómo el trabajo en los laboratorios de investigación básica repercute en la lucha contra la enfermedad. También sobre eso, como sobre la transferencia del conocimiento, los investigadores tenemos una responsabilidad y debemos asumir un papel activo.

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6) Percepciones.


No ven nuestros ojos, sino nuestro cerebro condicionado por la biología y la experiencia.

Investigar es ver lo que todo el mundo ha visto, y pensar lo que nadie más ha pensado. Albert Szent-Györgyi, Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1937.

Si consultas la palabra “visión en la Wikipedia, en una enciclopedia o en un libro de texto, encontrarás una definición que vincula la luz y el mundo físico que nos rodea con una función cognitiva del cerebro. A través de los ojos, y también de los demás órganos sensoriales, percibimos la realidad física. Pero hay también una realidad subjetiva, personal, que nos diferencia intelectual y emocionalmente a unas personas de otras. Es lo que expresa la frase con la que he iniciado esta entrada que, además, ilustra de una forma muy sencilla la esencia de nuestro trabajo como investigadores. ¡Quizás lo habías imaginado ya! En este blog también intento que conozcas mejor el proceso creativo de la investigación.

Esa frase también sirve para ir un poco más allá en la historia que te estoy contando. En entradas posteriores desarrollaré brevemente la fisiología y la patología de la visión. Son también parte esencial de esta historia. Pero ahora quiero profundizar en los conflictos de percepciones que me he encontrado durante estos años que llevo estudiando la retinosis pigmentaria e intentando desarrollar un tratamiento.

Es muy diferente la percepción de un investigador básico, que quiere comprender cómo se forma y cómo funciona la retina, el tejido donde se inicia la visión, y la de una persona afectada por una degeneración de la retina que, afrontando su ceguera, “ve” las cosas de un modo muy distinto. También existe un conflicto entre la percepción de un investigador básico, que se mueve por curiosidad y afán de conocer, y la que se tiene en ciertos ámbitos económicos, políticos y sociales, en los que no se alcanza a entender la necesidad de generar “más” conocimiento y se aboga por financiar principal o exclusivamente la investigación aplicada. Y, por último, también está enfrentada la percepción de los investigadores que quieren ir más allá de la generación de conocimiento y promueven activamente su transferencia para resolver las necesidades de las personas y de la sociedad, con la de los científicos que justifican el conocimiento por sí mismo y rechazan subordinarlo a demandas sociales o económicas.

Todos estamos discutiendo sobre el mismo proceso, el que lleva desde plantearse una pregunta científicamente relevante hasta contestarla, generando nuevo conocimiento con su potencial de resolver necesidades sociales o desarrollar aplicaciones técnicas. Sin embargo, muchas personas solo perciben como importante una parte del proceso, y tienden a ignorar e, incluso, a despreciar las otras etapas.

Espero que, al menos en un punto, todos podamos sintonizar nuestras percepciones. El conocimiento que subyace a cualquier tipo de aplicación, primero habrá que generarlo, ¿no crees?

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5) Los fríos números.


¡Peligro, estrechamiento que compromete el desarrollo social, tecnológico y económico de España!

Hasta ahora te he hablado de investigación y afán de saber; de enfermedad y necesidad de terapia; y de oportunidad de desarrollar un medicamento. Cuando todo esto se acopla, tenemos un ejemplo de Economía basada en el conocimiento, centrado en nuestro campo de investigación, la biomedicina.

Seguro que has oído hablar sobre la necesidad de impulsar en España la Economía basada en el conocimiento. Y no solo en España. La Estrategia Lisboa 2010 del Consejo Europeo perseguía crear “la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer de manera sostenible con más y mejores empleos y con mayor cohesión social“. ¡Suena irónico en las actuales circunstancias! La crisis financiera se ha llevado por delante muchos de los logros parciales de dicha estrategia en España y en otros países europeos. Pero, también, ha puesto dramáticamente de manifiesto la necesidad de perseverar en el cambio del modelo productivo hacia dicha Economía basada en el conocimiento.

No lo tenemos fácil con los recortes en I + D + i, aunque es mucho más preocupante la falta de cultura emprendedora en España, tanto en el mundo académico como también en el financiero/empresarial. Esto produce, más que un estrechamiento, un estrangulamiento entre la generación del conocimiento y su aplicación. Muchos análisis estadísticos nos ilustran al respecto. Aquí te dejo algunos: La FECYT, Scientific American (más artículo), SCImagojr.

Yo he elegido, empleando los datos de 2010 de la FECYT, comparar nuestro país con uno de los más potentes de nuestro entorno socioeconómico: Alemania. Así evitamos distorsiones introducidas, por ejemplo, por la legislación laboral.

País Documentos científicos publicados por millón de habitantes

(citas/publicación)

Patentes registradas (en Europa) por millón de habitantes
España 1.410 (1,13) 34
Alemania 1.625 (1,34) 299

 

Mires el análisis que mires, el mensaje siempre es el mismo: la producción científica española en publicaciones es acorde al potencial económico del país; más aún, sobresaliente si se considera el bajo porcentaje del PIB que históricamente se ha dedicado a I + D + i en España. Sin embargo, esa relación se quiebra cuando pasamos del conocimiento puro al aplicado. Las patentes (y las exportaciones tecnológicas) están muy por detrás del potencial económico y científico de nuestro país. Está claro: algo no funciona en España en el proceso de transferencia del conocimiento. La duda que me entra tras mi experiencia de estos años es si hay voluntad real de arreglarlo.

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4) Oportunidades perdidas.


Carátula de la patente japonesa que sustenta nuestro desarrollo de un tratamiento para la Retinosis Pigmentaria. Quizás podría ser de otra manera pero, con las regulaciones actuales, el desarrollo eficaz de un medicamento depende de la disponibilidad de títulos de propiedad industrial.

Hay un hecho que me causó una desazón profunda cuando empecé a darle vueltas a cómo continuar nuestro proyecto. A si merecía la pena ir más allá del estudio de la muerte celular fisiológica en el desarrollo de la retina de embrión de pollo; incluso más allá de la atenuación de la muerte celular patológica en ratones con ceguera hereditaria. Cuando no quise conformarme con curar ratones y decidí intentar desarrollar un tratamiento para las personas afectadas, me topé con mi ignorancia del proceso de desarrollo de un medicamento. Pero esto no era el origen de mi desazón. Al fin y al cabo, el pasarse toda la vida aprendiendo es uno de los atractivos de la investigación.

Me explico. Un primer obstáculo, en el que encallan muchos proyectos de posible interés terapéutico, es la falta de propiedad industrial. El desarrollo de un medicamento es un proceso largo, de unos 10-12 años de media, y que requiere decenas o, incluso, cientos de millones de euros de inversión antes de llegar, si todo va bien, a los pacientes. Esto se debe principalmente a que se exigen varias fases de ensayos clínicos tendentes a maximizar la seguridad y a demostrar la eficacia del tratamiento. La financiación de estos estudios, imprescindibles para poder disponer de un nuevo medicamento, depende de una gran inversión con un riesgo considerable. Dicha inversión sólo tendrá lugar si se puede asegurar, mediante títulos de propiedad industrial, la venta del futuro medicamento en exclusiva durante algunos años. No disponer de una patente dificultará enormemente que una buena idea, un buen proyecto o un buen resultado sean llevados a la práctica.

La patente, a pesar de su importancia para la transferencia del conocimiento, apenas es comprendida, salvo excepciones, ni valorada en el mundo académico. La mayoría de las opiniones respecto a la necesidad de patentar, también la mía antes de plantearme el desarrollar un medicamento, se mueven entre el desinterés amable (“Cultivemos la ciencia por sí misma, sin considerar por el momento las aplicaciones. Éstas llegan siempre…”; cita de Ramón y Cajal) y el desprecio a la mercantilización de la ciencia (“Somos algunos los que pensamos que las patentes son un freno al avance de la Ciencia y la Técnica”; comentario en la revista digital Materia).

Mi desazón la causaba el pensar cuántos posibles tratamientos, quizás el nuestro entre ellos, de enfermedades que causan un enorme sufrimiento personal, familiar y social no se han podido desarrollar. Y ello por la simple y triste razón de que los investigadores académicos pensamos en publicar, pero no en patentar. A los investigadores no nos han formado, ni en la Universidad ni durante la vida profesional, para la transferencia del conocimiento. Y además, a pesar del discurso oficial, en España la transferencia no se valora adecuadamente en la carrera profesional.

Afortunadamente nosotros sí disponíamos de una patente y nos pudimos plantear iniciar el desarrollo de un medicamento. Pero con ello solo habíamos sorteado el primer obstáculo.

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3) Motivaciones.


Simulación de la visión en túnel de una persona afectada de Retinosis Pigmentaria. La pérdida de la visión va reduciendo el campo visual, hasta ocasionar una ceguera total. Foto original del “National Eye Institute, EE.UU.”

 

Espero haber sido capaz de dejarte claro que el sentir un desafío científico fue esencial para lanzarme a la aventura empresarial. Necesitaba comprender en suficiente detalle una situación patológica como para ser capaz de enmendarla, de reestablecer un cierto balance fisiológico. Eso es un reto claramente mayor, y por tanto más apasionante, que el de simplemente entender cuando todo funciona bien. Sin embargo, no haría honor a la verdad si no reconociera que hubo otra motivación.

Antes de contártela, déjame hacer un inciso. Hubo un libro que me leí en cuanto empecé a considerar seriamente la posibilidad de crear una empresa: “El libro negro del emprendedor”, de Fernando Trías de Bes. No lo recuerdo como decisivo, pero sí como muy importante para ordenar mis ideas. Por ejemplo, sobre motivos y motivaciones. Según el autor, “el motivo [para crear una empresa] es irrelevante mientras haya motivación”. Esta opinión me facilitó el decidirme, porque no tenía una motivación, sino dos.

Una de ellas, el reto científico. Ya te la he contado, aunque lo seguiré explicando en futuras entradas. La otra surge del contacto con los afectados por diversas formas de ceguera hereditaria que, a día de hoy, son incurables. En el verano del año 2000, siete años antes de fundar la empresa, participé como ponente en un curso de verano de la Fundación Duques de Soria. El tema, “Degeneraciones retinianas: de los genes a la terapéutica”. Mi charla fue la primera del curso, posiblemente porque nuestra investigación era de las más básicas entre las realizadas por los distintos ponentes. Hablé de nuestros estudios sobre muerte celular programada durante el desarrollo de la retina. Y en el turno de preguntas, un asistente me sorprendió (“¡me acorraló!” describe mejor lo que sentí) con una que nunca antes me habían hecho. Era una persona afectada por una degeneración de la retina. Se levantó de su asiento y, tras alabar nuestros trabajos, me preguntó si alguna vez, a lo largo de mis investigaciones, había pensado en los afectados.

Mi respuesta fue larga. Hablé de la necesidad y del valor de las investigaciones básicas. Le expliqué que muchas veces es a partir de investigaciones sin aparente aplicación de donde surgen las mejores ideas para desarrollar una posible terapia. Dije muchas cosas. No sé si le convencí. Lo que sí sé, es que él me convenció a mí. Acabé reconociendo que no, no había pensado en los afectados, y le prometí que empezaría a hacerlo. ¡No he dejado de hacerlo! También por eso fundé una empresa.

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