Ciencia, razón, locura mística.

He estado haciendo un viaje por el sur de Francia. He visitado abadías cistercienses, museos de arte moderno, catedrales góticas, ciudades arrasadas en cruzadas internas a la propia Europa. He vuelto a España, a un país arrasado por los incendios causados por la mala gestión, y a la falta de acuerdos entre unos y otros, y todo esto con el telón de fondo de un intento anticuado de conquista de territorio en Ucrania. 

El ser humano, creador capaz de las grandes obras de arte es también un destructor de las mismas y de la vida. Esto está así representado en unas 400 tablillas pintadas colocadas en los doseles del claustro de la catedral de Frejus, en donde se alternan santos, ángeles, hombres malvados y demonios.

Las personas del Medievo lo tenían claro y su religión consistía en estimular el miedo a los demonios y relatar el premio al bien. Pero en los seres humanos, tras millones de años de huir de los predadores, el miedo domina nítidamente al ansia de recompensas. 

No había explicación racional del mundo, hasta que Galileo, en 1600, descubrió el método de la ciencia.  Empezamos a vislumbrar explicaciones del mundo real, dejando de lado los demonios y los ángeles. El arte se liberó de los monstruos imaginarios del Medievo, y empezó a describir, como hacía dos mil años, la belleza, no de fuera del universo, sino la que hay aquí, en nuestro mundo, en la Tierra. 

Tras diez siglos de guerra y destrucción en Europa, tuvimos 75 años, tres generaciones, sin destrucciones masivas, el periodo más largo de nuestra historia entre 1945 y 2021.

Cientos de miles de años de construcción de la mente humana, de memes culturales tan reales como los genes celulares, empezaron a destruir el pensamiento racional. Los pintores, los músicos, los literatos de finales del siglo XIX y principios del XX empezaron a volver a la irracionalidad, a describir ilusiones, a pintar la fealdad, como volviendo a los años de la miseria medieval. 

Pero no fue solo esto. En la ciencia que había sido la pionera de la razón, en la física, una persona que ganó enorme prestigio y llegó a controlar el comité de los Premios Nobel, Niels Bohr, rechazó la ciencia, e inició una vuelta al misticismo de Agustín, de los cátaros, de los proto-puritanos ingleses, checos y flamencos. Bohr afirmó que había cosas en del mundo que no podíamos conocer y que debíamos aceptar con la fe. Con una fe laica, pero fe. 

Si el arte se dedica a representar lo imaginario (por ejemplo, los demonios) y la ciencia acepta la irrealidad “virtual”, volvemos a un mundo sin explicación donde todo es posible: Las noticias de “ciencia” están hoy llenas de universos paralelos, creaciones del mundo, paraísos con energía ilimitada (hoy [22/07/2022] una joven política habla de vivir sin fatiga ni stress) civilizaciones en otras estrellas (a dos, tres, decenas, cientos, miles de años luz de distancia), de energías y materia invisibles, …, es decir de los mundos que se ven en esas tablillas medievales y en los capiteles y las gárgolas de los templos franceses. 

Beziers es una ciudad del sudeste de Francia, de la Provenza o Languedoc (tiene, aún hoy, una feria de 5 días dedicada a los toros) que fue arrasada por cruzados franceses excitados a la matanza por una orden religiosa  de predicadores católicos que no toleraba las doctrinas cátaras. Murieron 20.000 personas, cátaros y católicos, pues el que ordenó la matanza dijo que exterminaran a todos, ya que su dios sabría distinguir los que eran buenos de aquellos que merecían el infierno. Hoy en Ucrania también se extermina a las personas. 

La razón nos dice que podemos vivir todos juntos, cátaros y católicos, y hoy, rusos y ucranianos, socialistas y  liberales. No pasa nada y se consigue riqueza para todos. 

Pero si el arte se dedica a describir la fealdad (que es destrucción) y la pseudo-ciencia rechaza la razón, es difícil ver cómo la sociedad puede tender a ella.

La catedral de Narbona, cerca de Beziers, se terminó sin añadirle espacio para los fieles. De hecho, las catedrales (recuerdo de niño la de Murcia) dejaban a los fieles fuera de un recinto cerrado con rejas donde estaban los canónigos en el coro y el obispo cerca del altar mayor.  Las misas en las catedrales eran cosas de la jerarquía eclesiástica. (Y lo mismo ocurre hoy en la iglesia ortodoxa, que no ha evolucionado como evolucionó la católica tras el Concilio Vaticano II: el cura dice la misa detrás del iconostasio y los fieles que asisten se tienen que imaginar lo que hace). Visité el museo Matisse en los restos de la ciudad romana de Niza. Matisse, como tantos artistas de su época y de hoy, se dedicaba a buscar los secretos de su arte, no a ilustrar la belleza para los profanos (como los obispos anteriores al Concilio Vaticano II, que no se interesaban nada por los fieles, lo suyo era algo interno de su profesión). Las descripciones de obras musicales  complejas del siglo XX (otra cosa son las sencillísimas canciones populares) es siempre la “búsqueda del significado último del sonido”, cuando el sonido no tiene significado último. Así pintores, escultores,  músicos, danzarines, y literatos, se recluyen en círculos cerrados sin tener como objetivo los fieles, los profanos, sino solo los iniciados. 

Pero lo tremendo es que lo mismo ocurre en muchas partes de la física, donde se escribe para cada minúsculo círculo de iniciados en lenguaje críptico, afirmando “su” realidad, sin el mínimo esquema crítico de lo que se hace, lo que es la esencia de la ciencia.

Leía hace poco un comentario sobre los errores de la física del siglo XIX y cómo los físicos de entonces la consideraban correcta al 100%. Pero el que escribía no podía considerar que la física de los siglos XX y lo que va del XXI puede ser tan errónea como él considera que lo era la del siglo XIX. No había el menor atisbo de crítica, sino una fe agustiniana, calvinista, en “su” física. 

Vivimos de nuevo una etapa humana caracterizada por la fe. Putin tiene fe ciega en que lo que hace en Ucrania es correcto, Trump en las locuras de las dos Américas, otros en el peronismo, o en el madurismo. O en el partido único jesuítico (con ejercicios espirituales incluidos) que gobierna un país capitalista. 

Es bueno darse una vuelta por el sudeste francés, para recordar las locuras humanas, y pensar lo buena que ha sido la etapa racional europea entre 1600 y 2021, sobre todo ella falta de guerras masivas internas en Europa entre 1945 y 2021. Quizás podamos retornar a un arte que describa la belleza, una ciencia para todos y no solo para los iniciados, y dotada de espíritu crítico. 

Pero creo que tardaremos en volver a ello.  

 

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