Compramos ciencia, eliminamos científicos

Esta misma semana, de vacaciones, he leído en The Scientist un artículo sobre los efectos perversos a los que tras la disolución de la URSS ha conducido la aplicación en las antiguas repúblicas soviéticas de políticas muy similares a las defendidas por los recientes gobiernos españoles: recortar la inversión en investigación propia y enfatizar la explotación puramente mercantil de la ciencia que hacen otros. ¿Nos servirá de escarmiento la lección rusa?.

ABC6oct1957

La puesta en órbita de un satélite artificial, el Sputnik, todo un símbolo de la ciencia soviética durante la guerra fría. Bip, bip, bip- un sonido estremecedor cuyos ecos repercutirán por mucho tiempo en el futuro de la humanidad. Diario ABC 6 de octubre de 1957.

 

La I+D es una de las prioridades de este gobierno. Algo así fue la respuesta oficial a una de las ya casi rutinarias cartas que firman los científicos españoles intentando defender su trabajo frente a los recortes de los fondos dedicados a investigación que han impuesto los últimos gobiernos. Creo que por su frecuencia y por la reiteración de sus argumentos, estas cartas empiezan a ser aburridas, pero aún más lo son las respuestas que reciben. Todos los gobernantes jurarán que la investigación es prioritaria, pero lo mismo dirán que lo es la feria de su barrio, al fin y al cabo casi nadie, aparte de los implicados, se preocupa de comprobarlo. La reiteración de esas cartas de los investigadores prueba como poco que la calificación de “prioritaria” en el lenguaje de un político no quiere decir que se invierta con prioridad en ella. No son palabras lo que la ciencia española necesita, como diría Bill Clinton, “¡es economía, estúpido!”.

El artículo que leí en The Scientist se titula “¿Debe venderse la Ciencia?" y es una opinión firmada por Victoria Doronina, nacida en la URSS, como ella dice, y ahora científica postdoctoral en la Universidad de Manchester. Traduzco lo que la autora escribe resaltando algunos fragmentos que para mí tienen especial relevancia:

Volvíamos mi jefe y yo al hotel tras cenar con uno de nuestros colaboradores de otra ciudad del Reino Unido en cuyo grupo también trabajaba un posdoctoral con la misma formación postsoviética que yo. Comentó mi jefe que al parecer hay muchas personas de origen post-soviético como yo trabajando en la ciencia de los países occidentales, y bromeó sobre que estamos a punto de conquistarla. Le dije que no se preocupase, que la cantera de científicos soviéticos se agotó, y nunca se renovará.

En las antiguas repúblicas soviéticas, tras la desaparición de la URSS en 1991, la ciencia perdió la mayor parte de su financiación y como resultado la mayoría de los científicos perdieron sus otrora prestigiosos puestos de trabajo retribuidos con un salario medio. La sociedad decidió que lo que importaba en la vida era ganar dinero. Muchos profesores abandonaron en los laboratorios a los profesores más viejos y a los jóvenes becarios y se cambiaron de trabajo. Privados de sus mentores hubo muchos investigadores jóvenes con gran vocación que se marcharon de sus universidades para trabajar en Occidente.

Avancemos 20 años: en las antiguas Repúblicas Soviéticas la infravaloración de la búsqueda del saber como una meta ha provocado una caída considerable de la calidad de la enseñanza en los institutos, y en consecuencia en el nivel y en la motivación de los estudiantes universitarios. La mayoría de los antiguos profesores soviéticos se ha jubilado y los doctorandos de la época soviética, prácticamente autodidactas, dirigen ahora los laboratorios y dicen que es difícil encontrar buenos licenciados o postdoctorales que trabajen fuera de la jornada de 9 a 5 y a quienes les interese lo que investigan. Los que se matriculan en estudios de postgrado no lo hacen porque la ciencia les entusiasme, sino porque creen que sacarse un título superior será bueno para su carrera. Como resultado tienden a despreciar el trabajo y a falsificar los resultados.

Dispensar dinero sin más a la ya destruida comunidad científica no ha ayudado. Vladimir Putin, el presidente de Rusia, ha admitido hace poco que pese a que la financiación de la ciencia se multiplicó por diez en los últimos diez años y de que el presupuesto total es ahora mayor que el dedicado por el Reino Unido, no se ha producido un aumento en la producción científica. Al contrario, el número de investigadores rusos que publican en revistas occidentales o que solicita patentes está disminuyendo.


Esto no solo pasa en la antigua Unión Soviética. Hasta en el Reino Unido, mi país adoptivo, en donde trabajo como postdoctoral en el campo relativamente sexy de los priones de levaduras, suele darse una falta de consideración general respecto al saber por su propio interés. Cuando les digo lo que hago a mis conocidos profanos y a los estudiantes de instituto no me preguntan qué he descubierto, sino para qué sirve.

Es una lástima que en la ciencia occidental se produzca una tendencia para comercializar los descubrimientos- se anima a los investigadores a que funden empresas derivadas y se incentiva con decisión la investigación aplicada. Resulta muy difícil obtener fondos para investigación básica, la que puede no dar dividendos en 10 o 20 años. Las universidades se gestionan como compañías mercantiles en las que los alumnos son clientes que consiguen un producto (“un título”) y los profesores tienen el mismo valor que la financiación que ingresan sus proyectos. El mercado de trabajo para un científico postgraduado cada vez se parece más al de los trabajadores de las fábricas del siglo diecinueve: se nos considera fáciles de sustituir y por eso, aparte de un contrato temporal, tenemos pocos derechos.

Michael Sandel, filósofo político americano, propone en su libro “Lo que no puede comprar el dinero” que hay cosas, como los órganos humanos, las medallas al valor e incluso las plazas de estudiante en las universidades punteras, que no debieran ponerse a la venta. Según él la mentalidad de que todo se puede comprar perjudica al funcionamiento de la sociedad. Me pregunto si la ciencia básica no debiera estar también incluida en esa lista de cosas que fácilmente se pueden mercantilizar, pero que aún son más fáciles de devaluar. Si todo se vende y si no se valora a las personas que hacen la ciencia entonces la investigación pierde algo que es difícil de definir, pero que es vital para el progreso de la ciencia- tal y como la situación de la antigua Unión Soviética tan claramente ha demostrado.

Hasta aquí el artículo de la doctora Doronina.

Marie_Pierre_Irene_Curie

Una familia de premios Nobel. En la imagen los esposos Curie, Marie y Pierre y su hija Irène, cuatro premios Nobel entre los tres, dos Marie, uno en 1903, compartido con Pierre, y otro individual en 1911. Irène lo recibiría junto son su esposo Jean Frédéric Joliot en 1935.

También en estas vacaciones, puede que sea una coincidencia, he leído un libro de Rosa Montero, “La ridícula idea de no volver a verte” en cuyo mundo intemporal se entrelazan, a veces se amalgaman, sucesos de las vidas de la autora y de Marie Curie, receptora de dos premios Nobel.
Escribe Rosa Montero a propósito de los esposos Marie y Pierre Curie:

El compromiso humanista de Marie y de Pierre ya se había manifestado…, cuando decidieron no patentar su método de extraer el radio. Dice Marie en sus escritos biográficosPierre Curie adoptó una actitud extraordinariamente desinteresada y liberal. De mutuo acuerdo, renunciamos a cualquier provecho material de nuestro descubrimiento, de ahí que no patentásemos nada y que publicáramos, sin reservas, todos los resultados de nuestras investigaciones, así como el procedimiento para preparar el radio”.

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Comentarios

Madame Curie y Pierre Curie fueron una pareja excepcional para la Ciencia. Además de inteligentes y grandes investigadores, poseían una alta cualidad de amor al prójimo. ¡Que Dios los tenga en la gloria¡

Con la caída de la URSS también debieron emigrar muchos artistas, entre ellos músicos de relevancia, que hoy son MAESTROS de nuevas generaciones en infinidad de ciudades de este Planeta. Gracias a ellos, jóvenes músicos reciben un nivel de enseñanza instrumental nunca imaginado. Lo mismo va a suceder con nuestros científicos,que deberán emigrar y dejar todos sus conocimientos y su genialidad en otras latitudes que sí saben valorarles.

Interesantes reflexiones. Por desgracia no parece que la situación de la ciencia española vaya a mejorar a corto plazo.

Me temo que ni a corto ni a medio plazo…

Solo se apuesta, y poco, por la ciencia aplicada. No hay nada de investigación de base.

Es desesperante ver como están desguazando la ciencia española

en este pais se tenia que proivir elegir al pp siempre que entran se cargan la ciencia hasta de vase dan verguenza agena

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