POCO ES MUCHO, POCO ES CIENCIA

Ese puede ser el sentir del fisioterapeuta ante situaciones repentinas de complicación del estado de salud de un paciente, un vecino, un familiar o uno mismo.

Julio, mucho calor, tanto que al más testarudo negacionista del cambio climático le asalta la duda. Un temerario ciudadano se atreve con un copioso potaje, caliente, como debe ser si es genuino, desatendiendo las llamada a la frugalidad alimenticia en tales condiciones de temperatura. Sale a la calle, con prisas, tiene una reunión postrera antes de las vacaciones, es por la tarde, después del potaje.

La reunión se prolonga, se mira a un lado y otro, alternativamente al orador y a la pantalla. El tipo se empieza a sentir mal, un sibilino mareo, un sutil sudor. Sale de la sala, se disculpa, no se le pasa, empiezan las náuseas y una desagradable sensación de inestabilidad. Puede ser cualquier cosa, banal o grave, quién sabe. Emesis repentina y huida al calor del hogar, nunca mejor dicho, es julio, de los nuevos más calurosos julios. La noche tranquiliza todos los síntomas. El día siguiente persisten rescoldos de inestabilidad, sensación raruna. Vamos a urgencia, no vaya a ser algo serio.

En urgencias análisis, electrocardiograma, sueroterapia, exploración física. Nada alarmante, sugestivo de algo grave o que requiera mayores indagaciones. Uf, menos mal, más tranquilo. La visita a urgencias es terapéutica, aunque no te hayan hecho nada, aunque ha sido mucho.

Algo no va bien. Al día siguiente se esfuerza montando una tienda, se ha ido de acampada. Aquella inestabilidad del primer día se mantiene, cefalea añadida. ¿Es mejor volver a urgencias? Puede ser cualquier cosa, no vaya a ser algo serio.

Exploración física básica, orientación espaciotemporal, coordinación, equilibrio, reflejos, sensibilidad. Todo correcto. Sencillo, rápido, barato, incluso suficiente. Tal vez sea un vértigo posicional paroxístico. Maniobras específicas de diagnóstico. Sencillas, rápidas, baratas. Y, tras ellas, curiosa recuperación espontánea, sensación de estabilidad, tranquilidad, confianza en los profesionales. 

Esta historia está basada en realidades cotidianas. Sentirse mal, inespecíficamente, es común. Y muchas veces nos lleva a servicios de urgencia. Es razonable, el miedo, la angustia, la incertidumbre del «puede ser algo serio» demanda atención. Aunque sature los servicios de urgencia. Porque sólo la intención de acudir a ellos, el camino nos proporciona una percepción de ayuda posible, inmediata. Pero, y esto incumbe a otros profesionales como los fisioterapeutas, si antes alguien nos ve, interroga, explora y nos suscita confianza puede ser un lenitivo, pero también terapéutico. Si el profesional es competente nos derivará al servicio de urgencias o a otro profesional. 

En gran cantidad se situaciones una exploración simple pero rigurosa, el conocimiento de signos y síntomas de alarma o de urgencia pueden resolver muchos problemas y evitar demandas de atención finalmente innecesarias. En este caso maniobras como Dix-Hallpike o McClure sirven para diagnosticar o descartar el vertigo posicional paroxístico. 

En multitud de ocasiones lo simple es extremadamente útil. Los fisioterapeutas, profesionales asentados en la comunidad y de primera intención y atención, pueden ser un recurso valioso para detectar o descartar problemas de salud, desde livianos a serios, o para derivar a profesionales más adecuados en otros casos. Eso sí, con ciencia.

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