‘Opinión’

LA HISTORIA CLÍNICA Y EL ESTUDIANTE

La formación en las carreras sanitarias comprende un extenso número de competencias de carácter técnico-procedimental. Su adquisición se produce en prácticas simuladas o de laboratorio, generalmente en las universidades. Además, como elemento imprescindible para la preparación a un desempeño real, se desarrollan prácticas clínicas como asignatura que, en nuestro entorno, se denomina prácticum.

Volvemos sobre este asunto, en este caso a raíz de la dudas que nos surgen cuando el estudiante se asoma un año más al hospital y se ponen pegas para su acceso a los datos clínicos. El número de estudiantes de Ciencias de la Salud en el ámbito universitario rondan el cuarto de millón (1). Eso supone un esfuerzo considerable para propiciar y financiar su formación en centros sanitarios. Suponemos que la calidad de las prácticas es variable, pero preferimos asumir que se aspira a una consecución de las mismas que suponga un desempeño clínico-asistencial solvente y científico.

La atención sanitaria conlleva el manejo de conocimiento teórico-práctico e información adecuados a cada caso, en un entorno dinámico, cambiante como es la propia biología de la salud. Además, el abordaje suele ser, sobre todo en el ámbito hospitalario, multidisciplinar. Manejamos datos objetivos, impresiones, experiencias, habilidades propias y coordinadas con otros profesionales. Todo eso posee un extraordinario e imprescindible instrumento de compartición que vehicula el flujo de información, la historia clínica electrónica. Hemos escrito previamente del tema en esta bitácora, siempre otorgándole ese papel esencial. Naturalmente, habrá sitios o entornos en los que la historia clínica sea en papel o no estará en red. Incluso habrá sitios donde tenga un desarrollo “testimonial” o ni siquiera exista una parcela en ella  para algunos profesionales. Pero asumimos que eso no es lo correcto, por no decir que no es es lo legal.

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DE VUELTA

Tras el veraneo nos hemos incorporado a nuestro puesto de trabajo en el hospital. Si el lector conoce las entradas previas sabe de algunos detalles de nuestro periplo profesional en los últimos meses. Así, desde la distancia, escudriñamos en los recuerdos. Pensábamos, a la par que se iban relajando las medidas impuestas para impedir la propagación del bicho,  que todo se iría normalizando y que nos quedaríamos con lo bueno que había emergido o se había acelerado por la desgraciada pandemia.

Así, aquella sensación de comunión con los compañeros salvando barreras intraprofesionales; la revalorización de la sanidad pública; el reconocimiento de su valía para todos sin distinción de clases; la necesidad de promover la investigación y la diversificación de nuestra economía; las nuevas formas de reunión, comunicación, formación y difusión del conocimiento; la colaboración trasnacional; el olvido de rencillas intranacionales, etcétera, etcétera.

Sin embargo, nos topamos con un virus resistente al calor, con el descuido intencionado de las medidas de prevención, el desprecio a las recomendaciones científicas, la distinción caótica entre territorios, las contradicciones secuenciales de muchos (ir)responsables políticos, el negacionismo y el resurgimiento de conspiranoias. Los propios profesionales hemos sido aquiescentes, tolerantes o participes de comportamientos poco cautelosos, acaso cansados por tantas minuciosas precauciones de forma tan dilatada.

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PRÁCTICUM…¿Y AHORA QUÉ?

Verano, vacaciones, viajes, pandemia, resaca,…¿nueva ola? Varias palabras que se conectan en un estado de cosas desconocido. Continuamos expectantes ante el futuro inmediato y el mediato. No salimos todavía de la incertidumbre provocada por el coronavirus del 2019 que transformó el 2020.

Vamos, avanzamos con tiento y recelo, reculamos. El bicho nos trae de cabeza, muchas veces por falta precisamente de cabeza. Se habla de “nueva normalidad” aunque lo inestable de la situación no parece que sea nada normal. Seguimos participando de la historia que, con cierta incredulidad, no pensábamos allá por marzo que sería la que está siendo. Todo se ha trastocado, y lo que nos queda.

Podríamos hablar de cualquier cosa, casi todo nos daría pie a especulaciones, lamentaciones, esperanzas o elucubraciones. Pero el título de la entrada nos delata. El prácticum es, para el lector ajeno a estas lides, una asignatura de multitud de titulaciones universitarias que supone la inmersión del alumnado en un entorno laboral y profesional. En el caso de las titulaciones sanitarias como Enfermería o Fisioterapia abarca alrededor de la cuarta parte de las mismas, es decir, como un curso académico de los cuatro que tienen las carreras. Su vocación es la integración de los contenidos teórico-prácticos adquiridos en la universidad con el trabajo de campo, en un entorno real de interacción con compañeros y profesionales que dé sentido totalizador a las habilidades, conocimientos, aptitudes y actitudes que se van imbricando, trabando y conectando en el currículo académico. Claro está, todo relacionado con la práctica asistencial, es decir, con la ineludible relación con los usuarios y pacientes. Esa relación es inmanente en la práctica sanitaria.

La excepcionalidad de la pandemia obligó a soluciones insólitas en el último tercio del curso 2019-20. Miles de estudiantes tuvieron que prescindir parcial o totalmente de la asignatura que, por su naturaleza, podemos considerar la más importante de la carrera. No hace falta discurrir mucho (casi mejor no hacerlo) para atisbar las implicaciones en la formación de muchos estudiantes que hoy ya son profesionales. Habrá enormes huecos en sus capacitaciones que con cierto empeño voluntarista podrán cubrir con los años. Otros aprendizajes netamente experienciales nunca podrán ser adquiridos.

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CORONAVIRUS Y FISIOTERAPIA

Suponemos que a estas alturas, con una situación de alarma y excepcionalidad en todos los ámbitos de la vida de la mayor parte de la población, se han escrito, y se escribirán, miles de artículos en todo el mundo. Escribimos desde la inmediatez, en la etapa álgida de una situación que durará todavía unas semanas.

Domingo por la tarde. En una ciudad española a 18ºC, sol y nubes. No se ve un alma por la calle, no hay vehículos y se oye el trino de los pájaros. Está prohibido moverse por la vía pública si no es por situación de necesidad. Se apela a la responsabilidad individual y colectiva para aminorar el ascenso de nuevos contagios por el coronavirus que aumenten descontroladamente los casos de COVID-19. Debemos evitar el colapso del sistema sanitario. Un panorama apocalíptico, o casi, y la sensación de estar participando de un hecho histórico que esperamos contar a los nietos. No podemos evitar acordarnos de la película Contagio (2011). La aconsejamos, aunque mejor fuera de este contexto.

 

El lector puede estar, como nosotros, en la fase crítica. Ahora mismo podríamos transmitir muchas sensaciones personales y percibidas de otros, aunque el encierro limita nuestra visión del panorama. Por mencionar algunas cosas, sentimos emoción por atisbar desprendimiento, solidaridad, agradecimiento, compromiso. Incluso apertura de miras, comunión con el vecino de barrio, ciudad y país. Claro, la hipercomunicabilidad del móvil nos espeta la irresponsabilidad, el egoísmo que desprecia al otro, la irreverencia de muchos, que nos han conducido a contagios evitables. También nos recuerda que las disputas, los recelos, el afán de protagonismo de muchos políticos no encuentran freno, ni siquiera cuando es políticamente correcto mostrar acuerdo aunque sea fingido. Pero quedémonos con lo bueno, por ahora.

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ME HA TOCADO UNA BECA, ¡LÁSTIMA!

Cualquiera en sus sanos cabales se alegraría de que le concedieran una beca. Es el caso, aunque con un poco de pesar. El pasado 25 de abril se celebró la asamblea general de los fisioterapeutas colegiados en la Comunidad de Madrid. Y en ella es costumbre el sorteo de becas de formación entre los asistentes. Nunca nos ha tocado la lotería, al menos en una cantidad notable, pero sí hemos sido agraciados tres veces con este premio a la asistencia.

Créanos el lector que no hay arreglo para favorecernos. Hemos participado en el Colegio de Fisioterapeutas de Madrid activamente en la elaboración de su revista mensual hace casi veinte años, hemos redactado multitud de artículos para la misma en años posteriores; y hemos disfrutado de la participación y apoyo de la entidad colegial en eventos organizados para la profesión como las cinco Jornadas Interhospitalarias de Fisioterapia y la más reciente Jornada de Prácticum. Pero no, no nos han favorecido en el sorteo. Ha sido una pura cuestión de azar. Desgraciadamente.

Sin ponernos trágicos, decimos desgraciadamente porque ese azar era de probabilidad fácil.  En las distintas asambleas a las que hemos acudido no recordamos haber llegado nunca a la centena de presentes. En esta ocasión dudamos si llegaban a cuarenta. Así cualquiera. Recordamos haber usado la bitácora al menos en otras dos ocasiones para quejarnos de la poca implicación del colectivo en el Colegio. Lo hicimos en una entrada en 2010 y de nuevo al año siguiente. A riesgo de parecer pesados, reiterativos y gruñones no nos hemos querido escapar a la crítica de la “asamblea vaciada”,  haciendo uso de ese adjetivo que se oye últimamente en otros planos reivindicativos. Esa crítica pretende ser constructiva. Si en 2011 parecía haber 7200 razones para no asistir este año debió haber más de 11000.

Entrada del CPFM. La mayoría de sus propietarios no saben ni dónde está.

En el pasado año hubo elecciones para elegir al equipo que gobierna el colegio. La participación fue destacada por muchos, aún sin llegar a 1000 votos, si no recordamos mal. Es decir, ni el 10% de los colegiados. Los números nos delatan. Eso es incuestionable. Tiraremos de expresión hecha: mal de muchos, consuelo de tontos. No creemos que haya mucha diferencia con otros colectivos, sanitarios o no. (más…)

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PARLAMENTEMOS: ENTRE EL RIGORISMO CIENTIFICISTA Y EL CREDULISMO

Durante los últimos meses hemos estado estudiando un poco la historia de una disciplina que consideramos muy cercana a la nuestra, la Psicología. Su actual cerebrocentrismo, el estudio de la conducta, su vinculación con el comportamiento ante lo cotidiano, ante la enfermedad, el estudio de las relaciones humanas, la hacen muy interesante para un fisioterapeuta.

Resulta inevitable establecer nexos entre muchos de los problemas, cuestiones, que circundan el devenir del ejercicio de la Fisioterapia y los asuntos estudiados por la Psicología. También pensar que tiene poco más de un siglo de historia como disciplina reconocible, independiente, en el mundo académico. La Fisioterapia, desde ese criterio, es aún más inexperta. Su identificación como profesión difiere de unos países a otros, en España tiene apenas 60 años, y tan sólo treinta y tantos como disciplina que se estudia en la universidad. Raposo Vidal et al (1) hacen un recorrido por esa historia en 2001 y citan al Boletín Oficial del Estado cuando anuncia que “la experiencia y madurez alcanzada por estas enseñanzas aconsejan su incorporación a la universidad, para ser impartidas en escuelas universitarias”.

Pero no es la historia lo que queremos acometer hoy, sino la reflexión  a raíz de la lectura de  unas líneas sobre la Psicología que bien se pueden extrapolar a la Fisioterapia. Nosotros nos hemos posicionado en relación con la práctica basada en pruebas o basada en “evidencias”. Leímos en su momento partes el libro de Sackett, Medicina Basada en la Evidencia, y lo tratamos de ajustar a nuestro trabajo. Probablemente la opinión que mantenemos haya evolucionado desde entonces. Quizá nos dejamos cautivar en un principio por el parecer de que toda intervención debía basarse en lo probado y mostrado en publicaciones periódicas actualizadas. No lo recordamos, pero creemos que, como muchos, obviamos que los creadores de este paradigma apuntaban que la experiencia del profesional y las preferencias del paciente jugaban también un papel protagónico, sin menoscabo de las “evidencias” aportadas por la literatura científica.

Se escucha en los mentideros fisioterápicos, reales y virtuales, mucha referencia a los estudios, a la sacrosanta evidencia. Es necesario, imprescindible, evidente que fundemos nuestros conocimientos sobre la base de lo estudiado sistemáticamente, con datos, fruto del trabajo experimental o de la observación, con metodología cuantitativa y cualitativa. No ponemos en duda eso. Sin embargo, debemos ser modestos. La investigación no puede recoger la complejidad del contexto en el que se desarrolla una intervención como la fisioterapia. Hay variables difícilmente cuantificables y, a veces, eluden la misma observación. Conceptos como “ojo clínico”, intuición, conocimiento procedimental,  creencias, prejuicios, expectativas, rodean el tratamiento, influyen en el resultado.

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YA SOY CONSULTOR

Tras la convocatoria extraordinaria y la reactivación de la carrera profesional en el Sistema Sanitario de la Comunidad de Madrid los profesionales que forman parte de las instituciones sanitarias públicas pudieron solicitar el acceso al nivel que por antigüedad y méritos les correspondiera. Pasados varios años al fin se abría la posibilidad de ver reconocida la labor desempeñada en distintos ámbitos de nuestra actividad laboral.

El acuerdo que dio origen a la carrera profesional (1) data de 2006 y fue aprobado por el Consejo de Gobierno en enero de 2007 (2). Nosotros expusimos nuestra opinión abiertamente en los albores de esta bitácora (3). Como se puede comprobar, no nos satisfacía por no ser la forma la adecuada para su propósito, es decir,  ”ser un elemento de motivación para los profesionales sanitarios, que muestre y valore el devenir de su vida profesional” (anexo II, 1).

Según la Ley 16/2003, de 28 de mayo, de cohesión y calidad del Sistema Nacional de Salud, la carrera profesional es “el derecho de los profesionales a progresar, de forma individualizada, como reconocimiento a su desarrollo profesional en cuanto a conocimientos, experiencia en las tareas asistenciales, investigación y cumplimiento de los objetivos de la organización en la cual prestan sus servicios” (artículo 41.1). Durante estos 10 años el reconocimiento de nivel inicial es el único que ha tenido efectos económicos, sin duda un elemento motivador básico para cualquier trabajador. La crisis hizo que los sucesivos reconocimientos fruto de convocatorias en los centros no tuvieran repercusión dineraria.

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VACACIONES

Ciertamente no es un título muy original para las fechas que corren. O acabamos de disfrutar de ellas, o estamos en ellas, o paladeamos con antelación esas sensaciones de un cercano tiempo de viaje, ocio, descanso, idas y venidas, o un poco de todo. Los sanitarios no somos una excepción a las vacaciones. Cada uno según sus circunstancias podrá dejar consulta, centro u hospital, con mayor o menor holgura dependiendo de la coyunturas laborales. En cualquiera de los casos, usuarios o pacientes tendrán que prescindir de nuestros servicios.

Como otros veranos, entre cada una de nuestras vacaciones partidas, trabajamos con trasiego de compañeros y pacientes que se van o regresan. Son épocas de cierta languidez hospitalaria, en las que es muy fácil caer en la procrastinación. Ya vendrá septiembre con aire que nos empuje hacia algún proyecto, a retomar algo abandonado o diferido sine die o terminar eso que en junio nos pareció que podía esperar.

Ese clima de flojera, al que ayuda también el otro clima, se deja notar en la dinámica de nuestras unidades. La plantilla disminuye, con ello el número de pacientes y la actividad en general. No es el momento para reuniones, planes, sesiones clínicas o propuestas.

El paciente percibe a buen seguro esa situación. Y la comprende, son momentos del merecido descanso que todos tenemos o deberíamos tener. Ahora, eso no significa la ausencia de inconvenientes. Hemos transitado por estos espacios temporales como usuario de la sanidad, y resultan ciertamente incómodos. El interlocutor habitual deja paso al suplente, percibes la inexperiencia del profesional novicio cuando es el caso, repites una y otra vez la misma historia para poner al día a los nuevos o al recién llegado de vacaciones. Cuando oímos hablar de la humanización, te das cuenta de que a veces es casi imposible casarla con las situaciones inevitables de las estructuras sanitarias.

Y las unidades de fisioterapia no son ajenas a lo anterior. Se dan casos en los que, por mor de las ausencias de los titulares y de las sustituciones o suplencias, un mismo paciente puede ser atendido por tres o cuatro fisioterapeutas durante el verano. Además de la aludida repetición de lo que le pasa se puede llegar a “sufrir” la variación de enfoque con el que se aborda el tratamiento. Hemos hablado en más ocasiones de la variabilidad en la práctica clínica. Es algo habitual en todas las profesiones sanitarias y no tiene por qué producir perjuicio al paciente. Pero entendemos que pueda ser desconcertante cómo el fisioterapeuta anterior “no me tocaba” y “me mandaba ejercicio” y ahora, el nuevo, “me estira, me mueve y me da masaje”. O la situación inversa. Es normal que pueda causar cierta desconfianza ver cómo “mi problema” se aborda de manera tan diferente.

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CARRERA TERMINADA, ¿FORMACIÓN COMPLETADA?

La formación del profesional es un contínuum, algo inacabado por su propia naturaleza. Ni todo se sabe, ni el conocimiento sobre una materia es abarcable en su totalidad por su constante dinamismo, por la aportación permanente de avances, descubrimientos y experiencias. Por tanto, la pregunta con la que abrimos esta entrada no deja de ser retórica.

Cuando terminamos nuestros estudios universitarios, ahora de Grado, antes diplomaturas o licenciaturas, se nos supone un saber, un conjunto de conocimientos capacitantes para ejercer una profesión. Al menos eso parece que se pretende, que esa es la intención de la dedicación al estudio y la práctica durante cuatro años. Sin embargo, hay un comentario repetido entre muchos estudiantes de distintas disciplinas. Ahora parece que la obtención de un título universitario sería un primer paso, al que ha de seguir el concurso en un máster si se quiere aspirar a, ya sí, un puesto de trabajo, de mayor o menor calidad.

Esta podría ser la situación de los egresados de las escuelas y facultades de Fisioterapia. Así lo recoge Tomás Gallego, para nosotros eximio profesor, al que hemos aludido en otras ocasiones en esta bitácora. Lo hace en una de las páginas de la revista “30 Días de Fisioterapia”, publicada por el Colegio de Fisioterapeutas de Madrid en este mayo. Hace una recomendación a los recién titulados, que no es otra que hay que ser crítico con la formación posgrado que se pretende. Quizá porque este potencial cliente de tanta oferta formativa es el más vulnerable e impresionable. No podemos sino manifestar acuerdo con esa idea central de su discurso. Lo hemos dicho aquí en distintas ocasiones. Y ahora que una nueva hornada de fisioterapeutas saldrá al mercado laboral, nos parece buen momento para recordarlo. (más…)

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CENTROS DE APOYO O MEDIA ESTANCIA, POR FAVOR

El paciente ha sido intervenido recientemente. Eran previsibles inconvenientes derivados de su condición de persona que vive sola. Sí, tiene familia, hijos, pero viven a unos pocos kilómetros y, además, trabajan en jornada completa. Nada fuera de lo común. El médico responsable habla con el fisioterapeuta que sube a planta y le solicita un informe para un centro de apoyo. 

La estructura de la pirámide poblacional es seguro uno de los factores que hace que eso de los centros de recuperación o de apoyo sea familiar a muchos de los que trabajan en los hospitales de agudos. Por ello también muchas personas de lo común habrán oído hablar de esos sitios cuando por familiares, vecinos o amigos han conocido el caso de fulanita o menganito. Sin embargo, nos resulta extraño como incluso entre muchos profesionales  se desconoce la finalidad y características de este tipo de establecimientos sanitarios.

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CARTA ABIERTA A “EL CLÍNICO”

Espero que los lectores que siguen a este escribidor poco prolífico, los visitantes fortuitos de esta bitácora y los responsables de los blogs de Madrimasd me permitan unas cuantas palabras de carácter personal, alejadas de cualquier pretendido o pretencioso tono científico. Me gustaría dirigirme, hoy sí en primera persona, a unos cuantos profesionales que nos han hecho más llevadera la desdicha sobrevenida allá por el mes de mayo.

Se veían las nieves, resistentes aún a este condenado cambio climático, en las cumbres de la Sierra de Madrid. Sin esperarlo, con la mente puesta ya en unas próximas y comprometidas vacaciones, una desgraciada fractura abierta de pierna, de consecuencias que estaba muy lejos de atisbar, irrumpió en la vida de quien me dió la vida. Diligentes, competentes, los profesionales del SUMMA prestaron su atención, su alivio y, nada esperado en esas circunstancias, su comprensión. Nos propusieron el Hospital Clínico para el traslado, aceptamos tras algún titubeo. Al fin y al cabo era el hospital de referencia de toda la vida. Un poco más tranquilos, Servicio de Urgencias, personal de enfermería y aparecen esos médicos jóvenes y piensas que serán los MIR del turno de sábado por la tarde, de cuya competencia no quieres dudar, pero esperando que tras esas puertas haya algún adjunto avezado. Son momentos de sufrimiento, llamadas, llanto escondido, algún reproche y mucha, mucha incertidumbre. Por fin, “la operamos esta misma tarde”. Alivio. Incertidumbre de nuevo.

Tras unas horas la operación sale bien, pero hay que atender a las circunstancias propias de un hueso añoso y fragmentado. Pasa a la Unidad de Reanimación, o URPA , como allí la llaman. Le das la mano, muchos besos, “todo va a salir bien”, y tratas de que no aparezca la lágrima que la inquiete. Pasa a planta, y te quedas con la enferma, no se debe quedar sola cuando siente, y siento, otra dosis de incertidumbre. Comienza esa primera etapa de ingreso, heridas frescas, rutina hospitalaria: comidas, curas, cuñas. Aparecen visitas, distintos médicos, con pijamas de distintos colores, con informaciones varias, a veces muy parcas. Otras, pausadas, detalladas, concretas, como las del geriatra, Mora. Llega la lucha por la aceptación de la independencia perdida, la aceptación de la ayuda para lo más simple e íntimo. Y aparece la reflexión de un profesional que, como este fisioterapeuta escribidor, ha pasado al otro lado. Escudriñas en tus actos y en los de “tus compañeros”, los cuidados cotidianos toman otra dimensión, las palabras de ánimo y de cariño hacia tu ser querido las ves a 72 puntos. Y aparece un enfermero, pongamos que se llama Sergio. Mirada limpia, cuidado sereno, te cuenta, te explica, y está muy predispuesto a ayudar.

Alta, dependencia, soledad, cuidados ajenos, espera, y más, más incertidumbre. Semanas, varias consultas, “vamos a esperar un poco más para apoyar”, “esa herida hay que vigilarla”. Seis semanas,  y apoya, anda, nos lo dice Antonio, se apellida Urda. Se ha levantado, te ha dado la mano, y te enseña la radiografía con explicaciones de cómo va ese hueso añoso.  Te das cuenta de la importancia de esos gestos. Pero la herida sigue regulín. Debes ver al que sabe de eso, otro médico, el cirujano plástico. Te recibe pronto, se llama Rubén. Y cuando ya no estás busca un momento para telefonearte, que vayas en dos días que quiere adelantar las pruebas porque, otra vez, la tienen que operar. Es mayor, su tejidos, sus arterias aguantan menos una cirugía de colgajo. Te lo explica, lo dibuja, sabe que soy fisioterapeuta porque se lo dijo el traumatólogo, y algo entenderé. Otra vez a quirófano, otra vez la maldita incertidumbre. (más…)

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FORMADORES, ¿GRATIS?

Muchos profesionales sanitarios, mayoritariamente los que trabajan en centros de atención especializada, participan en la formación de sus futuros colegas. Los hacen bajo distintas figuras, con y sin remuneración, con y sin reconocimiento explícito. Es algo normalizado, poco cuestionado, quizás porque nos sentimos deudores de los que de la misma forma estuvieron antes formándonos a nosotros.

Esto ocurre tanto en formación pregrado como posgrado. Nos interesa, ahora, sobre todo la primera. Se da en todas las profesiones pero hablaremos de la que conocemos un poco, la Fisioterapia. En el código deontológico del Colegio de Fisioterapeutas de la Comunidad de Madrid, en su artículo 26,  se dice “el fisioterapeuta ha de contribuir a la formación profesional de los estudiantes de fisioterapia, ofreciendo su experiencia y sus conocimientos a las necesidades de su aprendizaje”. Nada más lejos de nuestra intención cuestionar la filosofía que subyace a ese encargo. Creemos que no es otra que la de compartir el saber y la experiencia como contribución a la sociedad y a la profesión. Esto está incrustado en la génesis de las disciplinas sanitarias.

Para los que estudiaron en la universidad pública lo dicho puede tener sentido.  Se les formó en centros con la participación de sus trabajadores y, en justa reciprocidad con su contribución y con la de la sociedad que los pagaba con sus impuestos, se les pide ahora que no eludan esa responsabilidad. En el caso de la universidad privada este argumento se debilita a no ser que se tome la formación como algo inherente al puesto, sin más consideración.

Ya hemos escrito sobre la docencia en las prácticas en el pasado y dejamos clara nuestra opinión (1-2). Fue hace ocho años, en un contexto distinto, el de la antigua Diplomatura de Fisioterapia, que dio paso al actual Grado. En el asunto de la formación, selección, evaluación, valoración de los formadores podrían haberse producido cambios aunque dudamos si tienen alguna trascendencia real en el quehacer cotidiano de tutores y profesores. En cuanto a la remuneración la situación parece similar. Decíamos entonces que “se puede ser profesor vinculado, con  reconocimiento legal, derechos laborales y retribución salarial. Se puede ser tutor de prácticas, con asignación dineraria no reglada y con un reflejo curricular de reconocimento discrecional. O se puede estar obligado a acoger alumnos en el puesto de trabajo sin ningún tipo de contraprestación”.

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