El Premio

Oswald Avery  descubrió que en el ADN se guarda la información genética que nos hace únicos y que con todas sus virtudes y defectos la recibimos de nuestros progenitores y la trasmitimos a nuestros descendientes. Todos diríamos que un descubrimiento así es para que le dieran el premio Nobel, nada menos que ha hecho posible que se descubra lo que falla en multitud de enfermedades genéticas graves, que son hereditarias y en su mayoría esperan todavía una cura. Pero eso no ocurrió. Como en otros casos en los que los premios han provocado polémicas, es muy poco probable que lleguemos a conocer las razones por las que a Avery no se le otorgó el Nobel. Se han dado varias explicaciones, desde las de tipo personal que remiten a su comportamiento poco convencional hasta la posible oposición de un adversario científico, Einar Hammarsten, que dudaba de sus resultados.

El Premio, una película de intrigas y espías alrededor del Nobel. La acción sucede en Estocolmo y gira alrededor de una trama de espías y secuestro en la que intervienen varios premios Nobel que asisten a la ceremonia de presentación del premio. En la vida real los entresijos de los Premios Nobel casi superan a la ficción.

Las controversias del Nobel
El Nobel no siempre ha acertado al elegir los premiados. En los premios no científicos la controversia puede considerarse que se debe a gustos, opiniones e incluso a discrepancias o conveniencias políticas. El Nobel de literatura en 2016, concedido a Bob Dylan es un ejemplo muy reciente, y entre los premios de la paz las polémicas son muy frecuentes, casi tanto como los consensos. Pero parecería que en las disciplinas científicas los premios deberían obedecer a criterios menos conflictivos. Eso sería así si hubiese un robot que además de evaluar los méritos de los candidatos con absoluta objetividad pudiese obtener información prospectiva sobre lo que ocurrirá en el futuro. Con la intención de dar la máxima objetividad posible a las decisiones de la Academia Sueca, una compleja red de consultas a distintos niveles interviene en la concesión del Nobel. Se actúa sobre propuestas justificadas con detalle realizadas por académicos y profesores universitarios de diversos países, aunque mayoritariamente escandinavos, que se someten además a numerosos expertos para su evaluación. Los procedimientos se mantienen secretos durante cincuenta años.

Dejemos aparte premios de tan difícil justificación como el que otorgado en 1948 a Paul Müller por descubrir el DDT, el insecticida de catastróficos efectos medioambientales. En el momento de su concesión parecía muy acertado premiar un descubrimiento que prometía eliminar las plagas de insectos y las enfermedades como la malaria que propagaban, pero al cabo del tiempo se revelaron sus efectos nocivos en el ambiente y en la salud. O el otorgado al año siguiente a António Egas Moniz por el procedimiento de la lobotomía, que aplicada a pacientes con esquizofrenia les pacifica hasta el punto de convertir en lo que algunos han considerado como casi zombis a un buen número de ellos.

La Academia Sueca evalúa las novedades con parsimonia.
En el caso de Werner Arber, a quien se concedió el premio en 1978, su trabajo, publicado al iniciarse los sesenta, no tenía en principio mayor interés práctico. Junto a Daisy Dussoix, descubrió cómo algunas bacterias pueden atacar los virus que las invaden, llamados bacteriófagos (devoradores de bacterias) detectando que su ADN se ha sintetizado fuera de ellas mismas. Las bacterias montan un sistema de ataque que degrada el ADN del invasor. Por otro lado el ADN de los virus que por puro azar escapan a la destrucción y se reproducen en un reducido número de esas bacterias adquieren una impronta que les salva de la destrucción si vuelve a atacar alguna bacteria igual a la que les sirvió para reproducirse. En tal caso su ADN no es reconocido como de un origen extraño sino como propio. En la tramoya del proceso intervienen unas enzimas, las nucleasas de restricción, que cortan el ADN por lugares específicos, siempre por el mismo sitio dentro de una secuencia de bases propia para cada tipo de enzima. No fue hasta quince años más tarde que Arber fue premiado con el Nobel. En ese momento la tecnología de las enzimas de restricción había trascendido los laboratorios de investigación y se había aplicado extensamente permitiendo el nacimiento de la manipulación genética en el tubo de ensayo, el germen de la Ingeniería Genética y del desarrollo espectacular que ha tenido la Biología Molecular en los avances de todo tipo, incluidas las aplicaciones médicas que contribuyen más cada día en la mejora de la salud. El premio, compartido ese año con Daniel Nathans y Hamilton O. Smith, no careció de polémica, ya que el trabajo de Arber se había hecho con la contribución de Dussoix, quien se sintió marginada.

CRISPR, una técnica para el futuro.
En la actualidad hay un descubrimiento que ocupa los titulares de las noticias médicas casi a diario, se basa también en un mecanismo de inmunidad de las bacterias descubierto recientemente por Francis Mojica y conocido por unas crípticas siglas, CRISPR. Mediante CRISPR se puede modificar la información contenida en los genes y corregir errores que pueden originar enfermedades hereditarias. Comúnmente es lo que utilizando una mala traducción del inglés se llama “edición genética” que en castellano debiera llamarse “corrección génica”. ¿Por qué no se ha concedido ya el Nobel al descubrimiento del sistema CRISPR? El premio, que específicamente quiere distinguir a los resultados que revolucionan el paisaje científico, no parece favorecer a la ciencia básica, no hasta que, como en el caso de Arber se ven los beneficios de su aplicación. Un Nobel a CRISPR podría ser un premio compartido con quienes han potenciado sus aplicaciones para conseguir la corrección génica en células de animales y plantas. Y aquí puede haber un problema. Las investigadoras Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier que han desarrollado la aplicación de CRISPR, ya premiadas en 2015 con el Premio Princesa de Asturias que no reconoció a Mojica, están rodeadas de un litigio que disputa los derechos de patente que previsiblemente se generarán. Su patente describiendo el uso de CRISPR en el tubo de ensayo fue solicitada en 2012 por la Universidad de California en Berkeley. Siguiendo un procedimiento más rápido se concedió en 2014 otra patente sobre CRISPR al Instituto Broad del MIT y Harvard. Esta patente basada en el trabajo de Feng Zhang extendía la aplicación de la técnica de Doudna y Charpentier haciéndola posible para su uso en aplicaciones médicas.

Se ha dicho que Doudna y Charpentier son lo suficientemente jóvenes como para que no pase nada si esperan a recibir el premio más adelante, pero la controversia sobre los derechos de patente, una mina para un ejército de abogados, es posible que no ayude mucho a la Academia Sueca para tomar una decisión. Se presenta además otro problema, y es que los Nobel se conceden a un máximo de tres personas. Con las disputas sobre la patente se introduce un componente político porque para quedar bien tanto con la Universidad de Berkeley como con la de Harvard y el MIT, dos instituciones muy potentes, el posible premio dejaría fuera a Mojica, el investigador que en 1993 hizo el descubrimiento básico.

Aunque el Nobel no se concede como reconocimiento a una institución ni a un país, sino a los méritos de los científicos premiados, también el apoyo de colegas y organizaciones científicas juega en la trastienda un buen papel. El que desde 1906, cuando Santiago Ramón y Cajal lo recibió, no se obtenga un premio Nobel por un trabajo científico desarrollado en España debería llevarnos también a reflexionar sobre la capacidad de nuestro país para financiar y apoyar socialmente a los investigadores.

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