El agua como objeto transversal en la gestión de espacios protegidos. Reflexiones.

Probablemente los recursos naturales de mayor importancia, a nivel planetario, se concentren en aquellos territorios que, por diversas razones, la sociedad ha declarado “Espacio Natural Protegido” o “Área Protegida”, donde históricamente se han centrado los mayores esfuerzos en conservar los valores más singulares de la flora y la fauna.

Sin lugar a dudas, la pérdida de biodiversidad es un problema global que seguirá necesitando la atención de todos y todas, desde cualquier posición geográfica, nivel económico o ideología política. Sin embargo los programas, estrategias y acciones de conservación deberán ampliar cada vez las prioridades, para cubrir no sólo las necesidades de supervivencia de aquellas especies amenazadas o en peligro de extinción, sino la integridad de cada elemento que forma parte del entorno, incluyendo la manera en que interactúan con la sociedad.

El agua es uno de los recursos que tiene esa “doble función” de influir y determinar en la integridad ecológica de un espacio protegido, esté presente o no. El agua posee una marcada influencia para el desarrollo de la vida, interviene en la modificación del paisaje y en las tradiciones de los habitantes locales.

Muy pocos espacios naturales protegidos escapan a las bondades y/o limitaciones del agua como recurso, hecho que facilita la existencia de una amplia diversidad biológica manifestándose de múltiples maneras. En todo caso, el éxito en la efectividad de la gestión del agua como recurso garantizará la conservación de los valores asociados.

[José Luis Corvea Porras, IMDEA Agua]

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) establece para los espacios naturales protegidos 8 Categorías de Manejo que se diferencian entre si fundamentalmente por las cualidades y dimensiones de los objetos a conservar y su entorno. De estas categorías, sólo el caso de la Reserva Natural plantea un alto nivel de restricción al acceso público, considerándose que sus atributos se han conformado principalmente o exclusivamente por fuerzas no humanas y se degradarían o destruirían si se viesen sometidos a cualquier impacto humano significativo.

La influencia social en los espacios protegidos está marcada básicamente por los programas de uso público que en ellos se desarrollan y por la presencia de comunidades rurales que históricamente han convivido dentro o muy cerca de los recursos y ecosistemas que se conservan. En este sentido, incorporar a cada programa de gestión iniciativas, acciones y alternativas que permitan equilibrar la presión social sobre los territorios en protección constituye una opción que, para el caso de las aguas, deben insertarse como elemento clave.

Por otro lado, el agua no es un recurso pasivo o estático exclusivo del espacio protegido. Incluso puede ser invisible superficialmente y crear determinadas anomalías o singularidades en su dinámica subterránea. En su gestión como recurso, se debe tener en cuenta no sólo su presencia y calidad in situ, es necesario, además, conocer las zonas de aporte que inciden en el espacio protegido, las presiones de vertidos a las que puede estar sometido dicho espacio en su zona de amortiguamiento, y en general, la vulnerabilidad a la contaminación.

Se trata de poner en equilibrio los resultados científicos, los adelantos tecnológicos y las infraestructuras correspondientes con las demandas sociales y de la naturaleza, lo cual debe ser parte importante en los planes de gestión. De lo contrario, la conservación de la integridad ecológica de todos los valores que atesoran nuestros espacios protegidos, seguirán manteniendo cierto aspecto virtual, pues no escapan al efecto de las aguas.

Si bien la declaración de un espacio natural protegido obedece a una fiel representación de los valores más singulares de la naturaleza o al menos de aquéllos más representativos según el ecosistema de que se trate, es muy frecuente que la administración destine el mayor porcentaje de los recursos disponibles al conocimiento, monitoreo y conservación de ecosistemas y en especial, de aquellos valores de orden biológico, sean plantas o animales.

Numerosas experiencias se aplican en el mundo con diversos métodos para rescatar animales salvajes, restaurar bosques degradados, monitorear el estado de salud de especies vegetales amenazadas. Éstas se consideran prácticas comunes al personal que trabaja en un espacio protegido, y por supuesto, dichas actividades cuentan con su debida planificación, equipamiento, personal y presupuesto, lo cual estará muy bien planteado en los planes administrativos de gestión. Sin embargo es muy poco frecuente encontrar un objetivo de prioridad, explícitamente documentado y desglosado con su correspondiente plan de acciones, presupuesto y demás, relacionado con el recurso agua.

El agua en todas sus manifestaciones también constituye un objeto de conservación de alta prioridad y existe la posibilidad de otorgarle su condición de transversalidad, tanto en la planificación como en la ejecución de cada programa que se desarrolla en un espacio protegido. Es cuestión de aplicar el reconocimiento y el ejercicio de la planificación intencionada.

Independientemente de la metodología que se aplique para la elaboración de los documentos de planificación, la gestión debe estar enfocada a un grupo de programas muy básicos, donde es evidente la transversalidad del recurso agua:

Programas de Protección: agrupan todas las acciones que garantizan la vigilancia el control y protección de los principales valores. Por ello no sólo debe ser competencia de las autoridades gubernamentales. La administración del espacio protegido debe priorizar personal, equipamiento y presupuesto en el que explícitamente se identifiquen las acciones relacionadas con el control,  el uso y la reutilización del agua, así como la prevención de riesgos.

Programas de Manejo de Recursos: en este grupo se identifican las acciones para el manejo de especies, hábitats, comunidades, restauración paisajística, control de erosión, entre otras. Es un marco ideal para incluir en el mismo nivel de actuación, el manejo de los recursos hídricos y el patrimonio hidrológico en el que se incluyen infraestructuras y experiencias generadas por las tradiciones culturales locales.

Programas de Uso Público: pueden llegar a constituir la principal fuente de ingreso en la región donde se ubica el espacio protegido, por ello requiere una especial atención por parte de la administración y más aún en aquellos casos donde el recurso agua es el soporte fundamental, como son los humedales.

Se requiere de un ejercicio bien detallado de planificación y puesta en marcha de diferentes actividades. Puede que se priorice la economía de la región mediante la recreación y el turismo a partir de la observación de aves, excursionismo acuático u otro tipo de actividad donde se considere el recurso agua como un complemento necesario y no como el recurso principal. Cada actividad, ya sea de ecoturismo, información, educación e interpretación ambiental, debe asumir la presencia, influencia e importancia de la conservación del agua como factor clave y garantía de los procesos que ocurren en el entorno.

Programas de investigación científica y monitoreo: aún cuando sea muy evidente dirigir la prioridad de investigación a las especies “X” o a los hábitats “Y”, es muy poco probable que las relaciones con el recurso agua sean nulas, ya sea por su presencia o abundancia o por el contrario, la influencia y problemáticas derivadas de su escasez.

La mayoría de las administraciones de los espacios protegidos podrá carecer de los equipamientos y personal necesario para afrontar las investigaciones de rigor. Sin embargo, deben ser capaces de identificar problemas, amenazas o potencialidades, a las que destinar tiempo y presupuesto. Igualmente crearán las capacidades correspondientes para establecer convenios de colaboración con instituciones científicas que apoyen sus programas.

Programas de la administración: en términos de gestión, puede considerarse como el programa sombrilla. De él dependen las acciones dirigidas al desarrollo organizativo, físico e institucional del espacio protegido, la capacitación y el mantenimiento. Aquí el recurso agua, además de constituir un servicio necesario para el funcionamiento de la infraestructura administrativa, también debe tratarse como un elemento ambiental esencial para la conservación.

Por tanto, mediante este programa se identifican los componentes fundamentales que garantizarán el logro de los objetivos de gestión. Entre ellos: la plantilla necesaria, programas de capacitación y formación, mantenimiento de infraestructuras, sistema  de señalización, vías y equipos de comunicación y servicios que se ofertan. En este caso también el agua constituye un objeto de especial atención que no debe ser tratado solamente como elemento de consumo.

Los Planes Rectores de Uso y Gestión de los Espacios Protegidos tienen un alcance considerable que puede variar entre tres y cinco años, se trata de planificar la gestión de todo lo que debe ocurrir en un espacio en función de conservar y proteger determinados valores. Considerar el agua como objeto transversal de gestión, permite desde una práctica humana, otorgarle a este recurso el valor que por naturaleza le corresponde.

 

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El Perú posee en su área amazónica Areas Naturales Protegidas que concentran una de las más altas reservas de biodiversidad del planeta, y actualmente se encuentran amenzadas por la contaminación de los efluentes de los ríos que las atraviezan por la masiva e ilegal actividad de la minería artesanal del oro. En la región de Madre de Dios donde aun se encuentran poblaciones humanas de de No Contactados, los peces han registrado la contaminación por mercurio 500% mayores que los valores permitidos por la OMS para el consumo humano.
El futuro de las ANPs es inicierto si no abordamos con decisión este desafío.

Pedro Trillo
Océano Internacional
pedrotrillo@yahoo.es

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