Identidad y política – Consideraciones filosóficas (II)


“El punto de partida de esta aproximación, que llamaré «afiliación plural», es el reconocimiento del hecho de que todos tenemos identidades múltiples, y que cada una de estas identidades puede llevar a la preocupación y a demandas que se complementan significativamente o compiten seriamente con otras preocupaciones y demandas que surgen de otras identidades” (Amartya Sen)

Por Fernando Bayón
(continuación del post anterior y comentario a su vez del post titulado La identidad y sus riesgos políticos)

 

Hoy, las redes de pertenencia son, a efectos sentimentales, sociales, económicos, laborales, familiares, culturales, etc., extraordinariamente porosas, mestizas y abiertas -para bien o para mal, es decir, el carácter abierto de estas redes genera simultáneamente promesas y angustias, esperanzas e inseguridades-. Las redes de pertenencias se presentan hoy, como afirma Amartya Sen, como «afiliaciones plurales». Esto las vuelve imposibles de ser ni recogidas “en” ni resumidas “por” ninguna categoría identitaria cerrada, que se empeñe en la vieja retórica inmunitaria y proteccionista, que insista en doblar el mundo en un horizonte de lo propio y auténtico (mi fe, mi etnia, mi lengua, mi estatus, mi formación, mis prejuicios) y un desierto de lo extranjero e inauténtico. Entre el foro y lo foráneo.

Zygmunt Bauman, bien conocido por los lectores de estas páginas, ha bautizado estas identidades que ya no son coágulos “esenciales” de formas cerradas de pertencia sino redes muy mezcladas, hechas de conciertos tácticos “hasta nueva fecha”, de sintonías provisionales con los otros “listas para ser removidas a petición de cualquiera de las partes”, de acuerdos frágiles que ni nacen de un fondo metafísico indubitado ni pueden remtirise a una verdad última que los fundamente por completo… a esas nuevas inserciones frágiles, a esas nuevas formas débiles de pertenencia, que exigen asunción de riesgos, que exigen familiaridad con el peligro, que exigen en esa misma medida creatividad y mesura, responsabilidad y flexibilidad, Bauman la llama ‘identidades líquidas’.

Forma parte de las tareas principales de la filosofía política ser capaz de proponer y debatir nuevas categorías de lo político en que la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos partan de la asunción de la contingencia, del desenmascaramiento de esas posiciones de interés (la identidad nacional es una de ellas) que se quieren hacer pasar por necesidades esenciales e intocables para así poder imponerse al margen de la crítica y en un régimen de inmunidad al debate. Precisamente las migraciones son un fenómeno extraordinariamente adecuado para reflexionar sobre cómo el pensamiento político puede producir nuevas pertinencias de sentido social sin incurrir en las viejas y tópicas impertinencias de la violencia autodefensiva. Las migraciones saturan de diferencia hábitats que se querían protegidos en base a su valor “natural”. El riesgo de verdad reside antes bien en creer que nuestros marcos sociales de pertenencia son algo así como una “Naturaleza”, algo parecido a una bioesfera de la identidad que reclame para sí una lógica inmunitaria frente a cuerpos extraños y patógenos. Roberto Esposito ha recordado en alguno de sus libros más comentados cómo a veces no caemos en la cuenta de que todos somos fruto de un error inmunitario. Que todos fuimos extraños en otro cuerpo. Y que, si finalmente nacimos, fue gracias a que “otro cuerpo” olvidó aniquilarnos. Todos somos hijos de un silencio inmunitario. Vivimos porque la violencia autodefensiva de otra identidad se reprimió debidamente.

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