La inmigración se ha convertido en un fenómeno global que afecta profundamente al núcleo sensible del poder político y de la convivencia social por su impacto en algunos de los elementos articuladores del Estado moderno, tales como la soberanía nacional, el sentido de laciudadaníao las formas culturales de la identidad colectiva. Si la primera se ha visto erosionada y la segunda ha sido cuestionada como mecanismo de inclusión social y marcador de la pertenencia política, la tercera se ha tornado mucho más compleja y plural. No acaba ahí la incidencia de las migraciones: también las bases normativas de la sociedad pueden verse afectadas y, por ende, la concepción de la justicia y del bienestar social. Europa, como uno de las regiones del planeta que mayor número de inmigrantes atrae, es un buen ejemplo de lo dicho.< ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />
“La inmigración y las migraciones que las hacen posible se han convertido en un elemento imaginario sin relación con lo que son realmente. Esta imagen deformada, manipulada hasta la histeria, ha arraigado profundamente en el inconsciente colectivo de las poblaciones de los países desarrollados. Desde hace al menos tres décadas, las opiniones públicas de esos países se han visto moldeadas cotidianamente por un discurso alarmista y paranoico, frente al «peligro», la «amenaza», la «invasión» y la «avalancha» que constituirían los hombres y mujeres migrantes. Todos esos nombres se utilizan de hecho como sustitutos de una categoría no confesada: la de enemigo. El migrante es en cierto modo la encarnación del enemigo. Esto es fácilmente comprobable en los textos oficiales de la Unión Europea y de la mayoría de los Estados miembros: la lucha contra la «inmigración clandestina, la droga, la criminalidad y el terrorismo» es una fórmula hoy común en el lenguaje para comparar así inmigración y formas de delincuencia. Como es moneda corriente la asimilación de la inmigración con la inseguridad, la violencia de los barrios periféricos, el miedo a los vecinos en los barrios pobres” (Sami Nair: Y vendrán… Las migraciones en tiempos hostiles, Planeta, Barcelona, 2006, págs. 13-14).
Estas líneas están extraídas de un libro claro, ameno y, sobre todo valiente, que resulta sumamente útil para entender las modificaciones del tejido humano de las sociedades europeas inducidas por el fenómeno migratorio. En una cuestión en donde la demagogia se impone a la argumentación, resulta de enorme interés la reflexionada llamada que el autor hace a la convivencia y al respeto de la dignidad humana. Merecen igual atención sus propuestas sobre la política de ciudadanía, las formas de organización de la movilidad (en lugar del caos de la inmigración ilegal) y la articulación de medidas de codesarrollo con los países emisores de emigrantes.
Los cambios tecnológicos y socioculturales inducidos por los procesos de globalización influyen sin duda en la naturaleza de las migraciones, dotándolas de un marcado carácter transnacional. De ahí que, como señala Bauböck (1998, 26), resulte ineludible “considerar la migración como un fenómeno genuinamente transnacional, no sólo en el momento de cruzar las fronteras, sino también con respecto a las filiaciones sociales resultantes”. A continuación se reproduce una interesante reflexión enviada porAntonio Álvarez del Cuvillo:
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Ahora que tan claramente se reflejan los nuevos flujos migratorios que desde África vienen a España, franqueando, desde la desembocadura del río Senegal hasta las Canarias, una distancia varias veces superior a la del estrecho de Gibraltar, en sustitución de éste tras lo acaecido en las vallas de Melilla el otoño pasado, conviene recordar la otra cara de la emigración española de hace 40 años, a través de la reciente y recomendable película “Un franco, 14 pesetas”, de Carlos Iglesias.
A raíz del mensaje de José Luis López de Lizaga Globalización, identidad e integración de los inmigrantes, publicado en este mismo blog (5.6.2006), se ha desarrollado una breve, pero interesante polémica con Ernesto Baltar sobre el modo de entender la forma de identidad colectiva que los inmigrantes despliegan al llegar a su nuevo país de acogida: ¿perviven los modos nacionales de identificación colectiva o se adoptan, más bien, nuevas formas? Para dirimir esta cuestión, ambos aluden a la terminología desarrollada por el filósofo alemán Jürgen Habermas. A continuación semuestran los mensajes intercambiados entre José Luis López y Ernesto Baltar:
España es desde hace siete años el país de la Unión Europea al que más inmigrantes llegan. En 2004, por ejemplo, a España llegó uno de cada tres inmigrantes a la Unión Europea. Así lo desvela un informe interno de las Naciones Unidas sobre movimientos de población, que destaca que los extranjeros han aumentado en cuatro años más del 304%, algo sin parangón en las naciones industrializadas. España es nueva en el club de los países receptores, aunque con una intensidad récord.
Este estudio, que fue presentado el pasado 25 de mayo a la División de Población del Departamento de Economía y Asuntos Sociales de la ONU, sitúa a España como vanguardia de los países de la «cuenca mediterránea que han pasado de ser importantes emisores de población emigrante a configurarse claramente durante la última década como países de destino de una parte creciente de la inmigración extracomunitaria».
Los técnicos de la institución recuerdan que España, con el 11% de la población comunitaria, «aporta el 23% del saldo migratorio neto de la Unión», por encima de otros países con mucha más población como Italia, que aporta el 21% de los recién llegados; Alemania, con un 16% del total; el Reino Unido, con un 10%, y Francia, con apenas un 6%.
El informe resalta el fuerte crecimiento de la inmigración en los últimos cuatro años. Según los datos de la ONU, en el 2000 la colonia extranjera ni siquiera llegaba al millón de personas (923.879 inmigrantes) -apenas el 2,3% de la población-, mientras que en el 2005 ya había 3,7 millones de personas extranjeras afincadas en el país, lo que representa el 8,5% de los residentes. «El aumento de la inmigración en España a lo largo de los últimos cuatro años ha sido del 304%», estima Naciones Unidas. [AÑADIDO DEL 26-07-2006: Si nos remitimos al avance del padrón municipal presentado el 25 de julio de 2006, la población empadronada en España sería de 44,39 millones a 1 de enero de 2006, de los cuales 3,88 millones son extranjeros, lo que supone el 8,7 por ciento del total]
Más inmigrantes, pero también más diversos, según la ONU. El año pasado, indica el informe, eran 53 los grupos nacionales con una representación superior a los 5.000 miembros, cuando cinco años antes sólo había 26 colonias con esta representatividad.
La población inmigrante está conformada mayoritariamente por jóvenes menores de 35 años, y según datos del Consejo Económico y Social (CES) los trabajadores extranjeros suponen ya el 9,3 por ciento de los afiliados a la Seguridad Social en España, pero apenas representan uno de cada cien pensionistas. Esto se traduce en que la aportación de los inmigrantes supone la salvación del sistema público de pensiones.
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Como ya se ha indicado en otro lugar de este blog, a inicios del 2005 solo el 20,8% de los extranjeros residentes en España procedían de la UE. Entre los inmigrantes extracomunitarios, el estudio indica que algo más de la mitad (54,1%) corresponden a Marruecos, Ecuador, Rumanía y Colombia, aunque se añade que se aprecian aumentos significativos en colectivos como el búlgaro o el boliviano, hasta ahora prácticamente desconocidos.
En términos absolutos, Cataluña es la comunidad autónoma con mayor número de inmigrantes empadronados, con 798.904, seguida de cerca por Madrid, con 780.752. A continuación aparecen la Comunidad Valenciana (581.985) y Andalucía (420.207). Cataluña, Madrid, la Comunidad Valenciana y Andalucía concentran más de dos tercios (69,2%) del total. Las autonomías con un mayor peso porcentual de población inmigrante son Baleares (15,9%), Madrid (13,1%), Comunidad Valenciana y Murcia (12,4%), Cataluña (11,4%) y Canarias (11,3%).
—- El fuerte aumento de la inmigración en España tiene por supuesto su reflejo en el mercado de trabajo: en el período comprendido entre 1994 y 2004 España sextuplicó su mano de obra extranjera. Más concretamente, tan sólo en seis años, la afiliación de inmigrantes a la Seguridad Social ha pasado de 452.000 en diciembre de 2000 a 1.848.494 en agosto de 2006. Las cotizaciones de los extranjeros a este organismo alcanzan aproximadamente un total de 21.000 millones de euros, desde 1999.
ACTUALIZACIÓN DE DATOS
A 1 DE MARZO DE 2007
Según datos del Instituto Nacional de Estadística, a 1 de enero de 2006, en España había 44.708.964 personas registradas en el padrón municipal, de las que 4.144.166, es decir, el 9,3%, eran extranjeros. Así las cosas, el número de españoles empadronados en 2005 aumentó en 186.878 (un 0,5%), mientras que el de extranjeros subió en 413.556 (un 11,1%).
El aumento de población más importante se produjo en la costa mediterránea, en Madrid y en Cataluña. Las zonas con menor crecimiento fueron las comunidades autónomas del interior y del norte del país. En concreto, Cataluña ganó 139.491 personas; Andalucía, 125.873; la Comunidad Valenciana, 114.459; y Madrid, 44.040. Por contra, Asturias sólo creció en 261 personas; Ceuta, en 585; Melilla, en 1.383; Extremadura, en 2.494; La Rioja, en 5.293; y Galicia, en 5.326.
La proporción de extranjeros residentes en España pasó ese año del 8,5% al 9,3%. Las regiones con mayor concentración de foraneos son Baleares (16,8%), la Comunidad Valenciana (13,9%), Murcia (13,8%) y Madrid (13,3%). Las de menor, Extremadura (2,5%), Galicia (2,7%), Asturias (2,8%), País Vasco (4%), Ceuta (4,1%), Cantabria (4,2%) y Castilla y León (4,2%).
Los extranjeros más numerosos son los marroquíes (563.012), seguidos de los ecuatorianos (461.310), los rumanos (407.159), los británicos (274.722) y los colombianos (265.141). Son los rumanos los que mayor incremento registraron en 2005 (89.793 inscritos más), seguidos de los marroquíes (51.718), los británicos (47.535), los bolivianos (41.855) y los italianos (20.414).
En los municipios de más de 10.000 habitantes, los seis con mayor porcentaje de extranjeros son alicantinos: Rojales, Teulada, Calpe, L’Alfàs del Pi, Jávea y Torrevieja, en los que más de la mitad de la población es foránea. En la primera localidad, el 56,8% de sus habitantes es de otro país comunitario (sólo el 12,7% es no comunitaria).
Actualización de datos. A 1 de enero de 2008 la población empadronada en España es de 46.063.511 habitantes, de los cuales 5,2 millones son extranjeros. El colectivo extranjero representa, pues, ya al 11,3% de la población total. Con respecto al padrón anterior, el número absoluto de habitantes aumentó un 1,9% y la población extranjera creció un 15,5%.
Un aspecto sorprendente del proceso de globalización, al menos en España (ignoro lo que sucede en Quebec), es que el flujo constante de emigrantes coincide con el refuerzo de los nacionalismos locales. Por ejemplo, hace unos años Marta Ferrusola, la mujer de Jordi Pujol (entonces presidente de la Generalitat) hacía en público unas declaraciones bastante bochornosas sobre los inmigrantes que llegan a Cataluña, y sobre el peligro que la emigración supone para la identidad local. Es obvio que estas opiniones no son infrecuentes. Creo que desde el punto de vista de la teoría política plantean una cuestión interesante e importante. ¿Es verdad que en un mundo globalizado económica y culturalmente las identidades locales tienden a difuminarse y a fundirse (o a transformarse y redefinirse en un nivel más abstracto, como sugiere, por ejemplo, el concepto de “identidad postnacional” de Habermas)? ¿No sucede, más bien, que en el seno de las sociedades multiculturales se tiende a subrayar las diferencias y los particularismos? Aparte de las razones históricas que las sustentan (en unos casos más que en otros, desde luego), ¿no son las nuevas identidades nacionales y regionales una reacción al proceso imparable de pérdida de identidad y de soberanía que trae consigo la globalización económica? Me parece que estas cuestiones son importantes cuando se discute el problema de la integración social de los inmigrantes.
“En el capítulo de las actitudes, lo que requiere la justicia es un cierto tipo de cultura pública que reconozca a los inmigrantes como miembros legítimos de la sociedad y los trate con respeto. Se podría aducir que esta situación queda resuelta con la concesión de la igualdad de derechos; no obstante, lo que está en tela de juicio aquí es el comportamiento de las personas, en especial de los funcionarios públicos, pero también los ciudadanos corrientes. El valor de la igualdad formal se reduce considerablemente si los representantes del Estado y el resto de la ciudadanía tratan al inmigrante como un intruso que no pertenece a la comunidad y que de algún modo ha adquirido una posición que es realmente inmerecida”.
(Joseph H. Carens: “La integración de los inmigrantes”, en G. Aubarell y R. Zapata, eds., Inmigración y procesos de cambio, Icaria, Barcelona, págs. 414-415)
Editor:
JUAN CARLOS VELASCO
Investigador del Instituto de Filosofía del CSIC
PROYECTO DE INVESTIGACIÓN
"Fronteras, democracia y justicia global - IUSFRONT" (PGC2018-093656-B-I00)
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Este weblog se presenta como una plataforma abierta y pública en donde reflexionar e intercambiar opiniones sobre el fenómeno migratorio en sus múltiples dimensiones.
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