Fronteras y desigualdades globales

Cuando se contemplan los actuales procesos migratorios desde una perspectiva global, uno no puede dejar de pensar que el escenario óptimo sería aquel en el que todas las personas pudieran satisfacer sus necesidades básicas en su lugar habitual de residencia y no se vieran impelidas a tener que emigrar. Al fin y al cabo, tan básico como el derecho a poder emigrar es el derecho a no tener que emigrar.

 


Pero la realidad de nuestro mundo se parece poco a ese escenario ideal. Son muchas, demasiadas, las personas que no pueden atender las necesidades más primarias en su propio país y menos aún seguir sus planes de vida. Ante ese panorama, cabe preguntarse si los Estados más prósperos y seguros están legitimados a restringir la libertad migratoria que le asiste a cualquier ser humano.

En un mundo estructuralmente interdependiente, pero cuyos habitantes disfrutan de manera desigual de los bienes comunes, los ciudadanos de los países ricos poseen unas responsabilidades frente a los países más desfavorecidos que tendrían que traducirse en medidas de compensación redistributiva. Una primera opción para cumplir con esos deberes sería desplazar recursos – empezando por el dinero – allá donde están las personas más necesitadas. Sin embargo, es fácil observar que no existe voluntad de poner en marcha esta opción, que para muchos sería la más cómoda, excepto en casos aislados y de limitada efectividad.

En este contexto, que es el que conforma nuestro mundo, una segunda opción sería permitir que las personas puedan desplazarse allá donde están los recursos y el dinero. Una vez desechada la primera opción, la apertura de fronteras – el abrirse al mundo en vez de replegarse sobre los propios confines – se presenta como un modo efectivo de asumir las responsabilidades ante los más desfavorecidos del planeta.En vez de quedarse cruzados de brazos y ver cómo crece el resentimiento, ya va siendo hora de que poner sobre la mesa esta opción y preguntarse si el balance costes/beneficios — políticos, económicos y, sobre todo, humanos — que provocaría dicha apertura es más o menos favorable que el balance derivado de una política de contención de los flujos migratorios.

Lo cierto es que cada vez son más los Estados – no sólo España en las fronteras de Ceuta y Melilla o Estados Unidos en su larga frontera con México – que en sus lindes territoriales erigen muros y/o elevadas vallas, reforzadas con afiladas concertinas, que acaban adquiriendo la misma inquietante apariencia tan característica de las cárceles de alta seguridad. Esas fronteras, fortificadas con la vana justificación de impedir actos delictivos, apenas pueden ocultar su función de barreras frente a quienes huyen de la miseria, las guerras, las tiranías o las catástrofes naturales.

Aunque la génesis de los flujos migratorios es habitualmente multicausal y los diversos factores desencadenantes se encuentran estrechamente entrelazados, la desigualdad entre los distintos países desempaña un papel destacado, que se ve reforzado aún más cuando confluyen situaciones de violencia bélica o se hacen patentes los efectos del cambio climático. A ello se une el hecho de que, como consecuencia del avance de la globalización en las comunicaciones y en los transportes, las personas son cada vez más conscientes de las diferencias de rentas entre los países – que en lo que respecta a los salarios por trabajos similares se convierten en una brecha abismal – y que los costes de emigrar sean cada vez más accesibles para un número creciente de personas. Todo ello ejerce un poderoso magnetismo sobre quienes buscan otro lugar donde sobrevivir con cierta holgura y un mínimo de dignidad.

No hay duda de que poner sobre la mesa la posibilidad de abrir las fronteras desafía la complacencia y nos hace conscientes de que las actuales políticas restrictivas en materia migratoria no sólo suponen la negación de la libertad de movimiento, sino que resultan esenciales para mantener desigualdades injustas a nivel global. Y dado que las fronteras representan dispositivos esenciales para la reproducción de las desigualdades globales más persistentes (que en absoluto son productos del azar ni resultado de una dinámica natural), la resistencia a abrirlas es una manera de mantener sin cambios un mundo injusto. La creciente inestabilidad generada por tales desigualdades no asegura, sin embargo, la continuidad del actual estado de cosas, tan beneficioso para quienes pertenecen a los países más prósperos.

[Este artículo ha sido publicado previamente en el diario El Correo en la edición del 27 de mayo de 2017]

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