Que se abran las fronteras


Cayó el Muro de Berlín, máximo exponente de la división geopolítica del mundo de ayer, y al poco se erigieron múltiples barreras, altas y sofisticadas, a lo largo de miles de kilómetros de fronteras: en América, en África, en Asia y de nuevo en Europa. No fueron construidas con el propósito de detener el avance de ejércitos enemigos, sino de impedir el tránsito de personas de a pie: en particular, de refugiados e inmigrantes. Les dificultan el acceso y, de hecho, algunas están regadas con su sangre, pero no llegan a ser realmente disuasorias. Los intentos de entradas prosiguen con igual o mayor intensidad. Las barreras se levantan, más bien, como iconos de la exclusión de los otros con la esperanza de tranquilizar así a los propios con la falsa imagen de un orden reconfortante. Pese a la apariencia contraria, son expresivos signos de la manifiesta incapacidad de los Estados para gobernar las dinámicas asimétricas desencadenadas por la globalización.

Esos muros y verjas que marcan fehacientemente sobre el terreno el trazado de las fronteras nacionales proliferan en medio de proclamas generalizadas de interconectividad global y a pesar de la anticipación virtual de un mundo sin fronteras. Las fronteras han visto profundamente redefinido su significado en un mundo altamente interdependiente y se han convertido para muchos efectos en una suerte de membranas transmisoras que facilitan los intercambios de bienes, capital e información, pero en absoluto en lo que respecta a los movimientos migratorios.

Las fronteras son una noción ciertamente compleja, pero lo que sí sabemos con certeza es que no todas son iguales ni son iguales para todos. ¿Por qué trasladarse desde Marruecos a España no puede ser tan hacedero como desde Francia a Italia? ¿Por qué para algunos moverse por el mundo no supone más que tomar un avión y sufrir como mucho las molestias derivadas de la formalidad del embarque y para otros implica tener que apostar literalmente el único capital que disponen: la propia vida?

Una misma frontera puede ser flexible o rígida, hermética o porosa. La barrera fundamental para la movilidad humana no es la frontera en sí, ni las vallas o alambradas que se coloquen. La barrera decisiva es la documentación que uno porte. Stefan Zweig dejó escrito en su autobiografía algo que él y muchos de sus contemporáneos centroeuropeos experimentaron en carne propia durante el período de entreguerras: “Antes el hombre sólo tenía cuerpo y alma. Ahora, además, necesita un pasaporte, de lo contrario no se lo trata como a un hombre”. Esa autobiografía lleva por título El mundo de ayer, pero describe el mundo de hoy. La nacionalidad de la que uno es titular representa la frontera definitiva que se interpone entre los habitantes de los países ricos y los países pobres, entre el Norte y el Sur.

Mientras que unos pueden desplazarse cómodamente por el mundo, para disfrutarlo como turistas o para hacer sus negocios, otros, los pobres, se arriesgan a moverse por él únicamente para poder seguir viviendo. Las fronteras son cruzadas de cualquier manera y a costa de lo que sea por quienes se rebelan contra la injusticia. Lo paradójico —o más bien lo trágico o lo injusto, díganlo como quieran— es que al tiempo que las desigualdades crecen, se les cierran las fronteras a quienes intentan escapar de la miseria.

El cierre de fronteras no es la solución a nada, es tan sólo el inicio de una espiral de nuevos problemas. La intensificación de los controles fronterizos y la multiplicación de obstáculos físicos provocan un incremento considerable de la inmigración clandestina, que a su vez produce una reacción desproporcionada por parte de los Estados receptores en el manejo punitivo de la inmigración económica (en el caso europeo, de la extracomunitaria). La rigidez en la política de fronteras es un efecto directo de la extensión de la obsesión securitaria que impregna no sólo la actual geopolítica sino también las políticas estatales. ¿Qué hacer con las fronteras?

Si durante mucho tiempo la supresión de las fronteras fue alentada por mentes habitualmente calificadas de utópicas y marginales, como podían ser los anarquistas, recientemente la idea se ha visto reavivada e impulsada por respetados promotores de la globalización neoliberal que, provistos de una ideología ultraliberal o liberal-libertaria, abogan por la libre circulación no sólo de las mercancías sino también, y de manera consecuente, de las personas en un mundo sin barreras. Lo cierto es que en torno a la deseabilidad y viabilidad de un mundo con fronteras abiertas se ha iniciado un amplio y animado debate que pugna por trascender el entorno académico y adentrarse en la esfera pública. El centro de la controversia no radica en la supresión de las fronteras políticas, sino más bien en su apertura o no para el paso de seres humanos.

Una política migratoria de puertas abiertas —o, en su defecto, la puesta en marcha de un sistema de alcance global que compense económicamente a la población de los países pobres por la opción de mantenerlas cerradas— configuraría un nuevo estado de cosas. Y ese nuevo escenario constituye no sólo un horizonte deseable, sino también una propuesta practicable sin menoscabo de la integridad de las naciones. Sin ingenuidad alguna, cabe preguntarse si de hecho no resulta mucho más utópica la opción opuesta propugnada desde posiciones autodesignadas como realistas. Y con esta pregunta no se alude exclusivamente al cierre completo de las fronteras, a la «inmigración cero» tan anhelada por algunos populismos chovinistas, sino también a la simple pretensión de mantener los flujos migratorios bajo el control de los Estados.

Ya va siendo hora de que se abra en serio el debate público sobre una política de apertura de fronteras y preguntarse si el balance costes/beneficios —políticos, económicos y, sobre todo, humanos— que provoca dicha política es más favorable o menos que el balance derivado de una política de contención absoluta de los flujos de personas.

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