Fronteras más que simbólicas

Por Silvia Marcu y Juan Carlos Velasco

 

Recientemente se ha publicado un amplio reportaje fotográfico titulado “Las fronteras olvidadas” (El País Semanal, 2 de diciembre de 2012), obra de Guillermo Altares y Valerio Vincenzo, en donde se da cuenta de la desaparición de las viejas aduanas que existían antes de la conformación de la Unión Europea y que desaparecieron llevándose consigo viejos conflictos que hasta hace poco parecían insuperables.

Acompañando el reportaje, José Ignacio Torreblanca firma un artículo titulado “El ejemplo de Europa” en donde celebra que Europa haya sido capaz de superar el tiempo de las fronteras. Mejor que las palabras, las fotografías muestran “fronteras que languidecen, fronteras oxidadas, fronteras olvidadas, fronteras abandonadas, fronteras de las que nadie se acuerda”. Para quienes disfrutan del privilegio de la ciudadanía europea, ciertamente nunca fue tan accesible cruzar de un país a otro dentro de Europa.

No obstante, tanto en el reportaje como en el artículo, se obvian algunas cuestiones no resueltas. No se menciona la última frontera de la UE, situada entre Rumania-Moldavia y Ucrania, que entraña memorias, heridas y sueños parcialmente cumplidos, y cuyos ciudadanos pugnan por formar parte de Europa.

Tampoco se menciona la frontera simbólica, levantada por las políticas europeas en el ámbito jurídico, que dejan fuera del espacio de libre movilidad laboral a miles de ciudadanos rumanos y búlgaros en países comunitarios, como Reino Unido o Alemania, sin dejar de señalar la moratoria aplicada en el mercado de trabajo español, que les sitúa en una tierra de nadie.Por ello, en tiempos difíciles debemos señalar que y no olvidar que las fronteras han de ser “derribadas” por completo, y contempladas más que nunca como puente y apertura, que tengan el valor de unir sin discriminación alguna a los 27 países y al conjunto de ciudadanos que forman parte de la UE.

Es cierto que, con todo, las fronteras han desaparecido para millones de europeos, que gozan de libertad de circulación en el interior de la UE. Sin embargo, las fronteras no han desaparecido, tan sólo se han desplazado a los confines externos de esta original unidad política. Eso lo saben bien los ciudadanos extracomunitarios, que se topan con la Fortaleza Europa, de cuyo control se ocupa Frontex, una agencia comunitaria especializada en el control de las fronteras exteriores de la EU y dotada cada vez con mayores recursos.

Si como afirma Torreblanca, las fronteras son “un monumento al fracaso, una celebración de la estupidez, una representación de la incapacidad de muchos seres humanos de convivir pacíficamente, a pesar de sus diferentes orígenes, valores y creencias”, ¿qué razones hay para seguir manteniendo las fronteras exteriores de Europa?

 

Silvia Marcu, investigadora del CSIC, es autora del artículo “Fronteras de cristal de la inmigración” (Arbor, 2010)

 

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