“Movilidad” y “migración”

 

El efecto barrera que se atribuye a las fronteras depende del lado desde el que se las pretende cruzar. En un sentido puede ser un suplicio y en el sentido contrario la misma frontera puede ser un paso franco. Las diferencias relativas del nivel de vida entre países vecinos desempeña ahí un papel relevante. Y más decisivo aún que el origen del desplazamiento son ciertas propiedades sociales por las que son clasificados los individuos: el género, la etnia, la religión y, muy especialmente, la nacionalidad. Estos atributos no controlables por los individuos puede hacer también que el cruce de una misma frontera pueda ser un mero y llevadero trámite o convertirse en una extenuante carrera de obstáculos.

Los individuos se dividen así entre quienes son favorecidos por el destino o son víctimas de la calamidad: una supuesta simetría o, más bien, una perversa asimetría. La alta tasa de movilidad, una de las señas distintivas de los tiempos que corren, se distribuye de manera jerarquizada entre los distintos habitantes del planeta. Dicho aforísticamente: “las élites son cosmopolitas; la gente, local” (Castells 2000, 493). De hecho, por un lado, encontramos a los cosmopolitas o globalizados, que matan el espacio y viven en el tiempo, para quienes lo lejano es cercano (la distancia, p. ej., entre Nueva York y Ámsterdam no la marcan los más de cinco mil kilómetros que separan ambas ciudades, sino las siete horas del viaje en avión); y, por otro, a los provincianos o localmente sujetos, que matan el tiempo como pueden, para quienes lo cercano es lejano (piénsese en aquellos marginados sociales que moran a escasos metros de un inaccesible barrio de lujo) y así viven sin elección en un espacio acotado.

Para unos, un mundo globalizado significa una efectiva ampliación del espacio de sus vidas y para otros, una hiperreducción real de su radio de acción. La movilidad no significa en absoluto lo mismo para quienes toman el avión frecuentemente y para aquellos otros que cruzan las fronteras arriesgando la vida. Mientras que unos pueden moverse cómodamente por el mundo y disfrutarlo como turistas, otros, los pobres, se mueven por él únicamente para poder seguir viviendo. De este modo, como afirma Bauman (2001, 8), “la libertad de movimientos, una mercancía siempre escasa y distribuida de manera desigual, se convierte rápidamente en un factor de estratificación en nuestra época”.

En este contexto, el uso de las palabras en el lenguaje ordinario no es neutral y tiende a reproducir igualmente la estratificación social: el término movilidad se reserva para los miembros de las clases más favorecidas, la migración es patrimonio de los menos pudientes.

Esa lección de pragmática lingüística parece que la han aprendido muy rápidamente algunos políticos en España. Así, la actual ministra de Empleo, Fátima Báñez, ya se ha acogido a esta distinción lingüística para no tener que dar cuenta del  creciente éxodo forzoso de tantos jóvenes españoles en las últimas fechas: “Es verdad que muchos jóvenes, y no tan jóvenes, han salido de España en busca de oportunidades por la crisis; eso se llama movilidad exterior. La ministra además apuntó que esa movilidad lleva también aparejada la positiva noción de “intercambio”. Otros ya señalan que la actual emigración de jóvenes españoles responde al amplio fenómeno de la “internacionalización”, santo y seña de nuestra época. El objetivo que sobrevuela a esta manipulación del lenguaje es sembrar la idea de que la actual partida de desempleados españoles forma parte de un proceso en el que unos van y otros vienen de manera voluntaria.

Parece que vale cualquier pirueta verbal antes de aceptar la tozuda realidad de unos datos de desempleo que castiga a los jóvenes con tasas dramáticas que superan el 50%. ¿Qué dejamos entonces a la noción de “migración”? ¿Tanto cuesta reconocer los hechos?

Es curioso que ahora esa “movilidad exterior” a la que se ve forzada una parte de la ciudadanía española se atribuya a procesos de “intercambio” e “internacionalización”. Hace apenas unos años eran pocos los que hablaban en esos términos para referirse a esa otra movilidad que recibimos: a la in-migración. Entonces, ese mismo “intercambio”, pero en dirección inversa, era visto con desconfianza. No era inusual que en aquellos tiempos no tan remotos se hablase de invasión o de imposición cultural que había que rechazar, vigilar y castigar, constreñir y domeñar.

Las migraciones se encuentran sin duda vinculadas a las enormes desigualdades que se registran en el interior de los países y, sobre todo, entre los distintos países de nuestro planeta. Las migraciones son así reflejo de esas desigualdades y del legítimo afán que algunos individuos ponen en tratar de superarlas. Los migrantes no pueden ser por ello ni crimininalizados ni ignorados. Ni ahora ni antes. Y lo mismo da que sean emigrantes que inmigrantes.

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