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La sucesión ecológica y su efecto sobre la fertilidad del suelo y secuestro de carbono en ambientes mediterráneos

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Fuente: Colage Imágenes Google

Me intrigan muchas veces las políticas de las revistas de mayor prestigio, por cuanto abundan los artículos en ellas que las “desprestigian”. La noticia que os ofrecemos hoy lleva el pomposo título de “Cómo la edad del bosque afecta a la acumulación de carbono en el suelo”. Pues bien, para echar más leña al fuego, tras leer las primeras líneas de  nota de prensa, redactada por un noticiero  “español” me he visto obligado inmediatamente a recurrir a la revista leer, el resumen y traducirlo. Veamos la razón. El subtitular cuenta para nuestro asombro que “Los científicos del suelo han demostrado que cuanto más antiguo es el ecosistema, más nitrógeno y carbono se acumulan en él en todas las capas del suelo y en la basura”. ¿Basura?. Se supone que los redactores de este tipo de boletines electrónicos debieran, “al menos”, poseer algún mayor conocimiento del tema que los de la prensa en general, empero en este caso el “e-plumillas” se ha cubierto de basura. ¡Increíble!. Se refería a la hojarasca que cubre la superficie del suelo y entre la cual debiera esconderse. ¡Vergüenza patria!. Y cito tan solo lo de la basura, porque la nota resulta ser rebosante de errores (por ejemplo en donde pone roble debía haberse escrito “encinas). A pesar de todo, entre ella y el resumen traducido  del suajili al español-castellano podéis extraer conclusiones generales. Pero vayamos al grano, separando esta “paja mental” del redactor.

A lo largo de la historia, en los periodos de mayor penuria, se labraba hasta el límite de lo imaginable, en lugares inhóspitos y casa ineccesibles. Cuando llegaba un nuevo periodo de bonanza tales tierras eran abandonadas, como ocurre actualmente. Resulta archiconocido que con las labores agrícolas y la extracción de biomasa, el suelo pierde tanto nutrientes como carbono y nitrógeno. Del mismo modo al volverlo a abandonar a su suerte, es decir la revegetación natural, vuelven a incrementarse la cantidad de nutrientes, carbono y nitrógeno. Se trata del conocido proceso de la sucesión ecológica secundaria. Todo esto era bien conocido cuando comencé mi carrera investigadora allá en 1977. Ahora resulta que una revista de norme impacto publica un trabajo más entre miles, diciéndonos más de lo mismo. Si los autores lo hubieran enviado a una revista de suelos, posiblemente se lo hubieran rechazado por no aportar novedad alguna. El siguiente error mayúsculo deviene de generalizar a partir de un único caso concreto. Dependiendo de la naturaleza de las especies que intervienen en la sucesión ecológica secundaria, el impacto sobre el suelo puede ser bien distinto, aunque no debe discutirse el incremento del carbono y el nitrógeno (a no ser que la parcela cultivada fuera un huerto estercolado), en ausencia de otras perturbaciones. Por ejemplo, muchos viñedos mediterráneos son reemplazados durante tal sucesión por matorrales pirófilos y pinos, que también pueden serlo. En este caso, su devenir se encontraría en riesgo ya que son especies que propician la aparición y expansión de los incendios forestales. Todo ello resulta ser muy frecuente en los ecosistemas forestales bajo ambientes mediterráneos, como demostraron muchos autores, al menos durante los últimos 60 o 70 años, denominándolos paraclimax debidos a la acción recurrente del fuego. En este último caso, tras los incendios, el suelo se erosiona, perdiéndose a veces por completo. Así pues, ni incremento e nutrientes, C, y N, sino todo lo contrario. Afortunadamente, en el caso que nos ocupa, un encinar (que no un robledal), este se fue restableciendo, pasando por  un estadio intermedio al que denominamos maquis/maquia o garriga, según lares, autores y antojos.

Realmente estamos hablando de un proceso reconocido por los agricultores desde tiempos inmemoriales. Tras el cultivo, los nutrientes se van exportando, vía cosechas, y a menudo por el propio manejo del suelo. Por esta razón, dependiendo de su fertilidad intrínseca, solían ser abandonarlos durante uno o más años, con vistas a que fueran recuperando “naturalmente” o ayudados (barbecho semillado) parte de los nutrientes perdidos, carbono, nitrógeno y así recuperar/mejorar también la estructura edáfica. Tal práctica, con multitud de variantes es denominada en España  barbecho, aunque también ha sido denominada, más recientemente, como “descanso del suelo”.

Reitero que un estudio no hace doctrina, tanto más cuando en otras publicaciones no se alcanzan las mismas conclusiones. Todo ello me recuerda al propio abandono de tierras, muy usual en los ambientes mediterráneo de Europa, debido a la migración de la población rural hacia las ciudades. Pues bien, cabía esperar que tras dejar de ser cultivadas, en las parcelas la sucesión secundaria diera paso, a alcanzar los mismos resultados que en el estudio que analizamos hoy. Sin embargo los científicos se toparon con muchas sorpresas, como un aumento considerable de la erosión, los aludidos incendios e incluso la pérdida de biodiversidad cuando se trataba de pastos. No deseamos decir que en muchos casos, ocurriera el patrón mentado, sino que dependía de cada localidad y sus pasadas historias. Lo dicho, generalizar de la manera que hacen, los autores o el e-plumillas, convierte la verdad en medias verdades, lo cual en ciencia no deja de ser una falacia. Os dejamos con el material mencionado.

Juan José Ibáñez

Continúa…….

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