La Futura Revolución Industrial y la Supremacía Cuántica: Ciudadanos a Temblar

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Computación cuántica. Fuente: Imágenes Google.

¿Computación Cuántica? ¿No sabéis lo que es?, animaros aún quedan plazas en ¡algunos másters!, de cuatro meses, y por el insignificante precio de 4.000 Euros, a pesar de que se deberán esperar muchos años para que salgan al mercado los primeros prototipos.  ¿Y eso de la próxima revolución industrial?, ¿nos beneficiará a todos los ciudadanos?. ¡ahhhh!, ¡que pregunta tan banal!… ¿Pero… acaso importa?.

Cuando explico a amigos y conocidos algunos de los aspectos más básicos de la mecánica cuántica, tales como la dualidad honda partícula, el entrelazamiento cuántico, el más que incierto destino del Gato de Schrödinger, etc., a menudo me contemplan obnubilados, creyendo que me burlo de ellos. Se trata de uno de los aspectos más llamativos y atrayentes de la mecánica cuántica. Ya están preparados, a mi pesar, para que cuando se mente algo “cuántico”, acepten cualquier afirmación por buena, aunque no entiendan absolutamente nada.

Sin duda alguna, la computación cuántica significará un gran éxito en lo que concierne al progreso de la ciencia y con indudables aplicaciones inmediatas en materia de tecnología. Este post no versará sobre los grandes beneficios que reportará este tipo de computación. Empero me pongo a temblar cuando se menta una nueva revolución industrial. La Primera Revolución Industrial en el Siglo XIX, efectivamente transformó buena parte la sociedad, pero a costa también de un enorme sufrimiento de la clase trabajadora. Eso, si, la burguesía y sus industrias florecieron, haciéndose de oro. Sin embargo, su nacimiento, dio paso a un enorme crecimiento demográfico, interminables horarios laborales, incluyendo a mujeres y criaturas (esclavismo), sueldos que tan solo permitían subalimentare, precariedad, falta de higiene, enfermedades, y un largo etc. ¡Qué se lo pregunten a los británicos! Al final del post podéis cercióranos por vosotros mismos con la lectura de unos breves fragmentos de un texto que os reproduzco, escrito por André Vela Bosqued. El vocablo revolución (la del siglo XIX) en manos de los más poderosos, es sorprendentemente semejante al que padece la mayoría de la población en estos momentos, es decir entrado el siglo XXI. Hay que cambiar todo para que unos pocos sigan acumulando poder y dinero. ¿Nosotros?: ¡a comprar y a callar!. Más aun, ¿No se pregona que el cambio climático surgoó a causa de la aquella revolución Industrial?.

Podemos hablar o no de una segunda revolución industrial, hacia finales del siglo XX, con los acuerdos del libre comercio que dieron paso a la Globalización Económica, junto con la entrada en escena de Internet, TICS, etc. No cabe duda que han cambiado la vida de los ciudadanos.  Y de paso, hemos devastado el planeta, y aumentado la depredación de los países ricos sobre los pobres, que ha venido ahora aderezada a la postre por la precariedad, empobrecimiento y sufrimiento de la población de los primeros, tras el crack económico iniciado a finales de la primera década del Siglo XXI. ¡Si1, se trata de eso que viene denominándose  crecientes desigualdades sociales. Permitirme que os narre una historia muy ilustrativa. En los albores de todo este entramado globalizante, que de eso se trata, de un globo que cuando se pinche “Dios nos coja confesados”, visioné la portada de uno de los numero de la Revista “investigación y Ciencia” (versión en español-castellano de la norteamericana “Scientific American”) una imagen idílica. Un joven se encontraba, a las orillas de una maravillosa playa caribeña en bañador, sentado sobre su toalla y bajo una sombrilla, con un ordenador portátil entre sus piernas y bebiendo un brebaje del tipo de los “Coco Loco”. Aquél artículo prometía que la globalización nos conduciría a una vida más placentera, sin horarios fijos, trabajando desde cualquier parte del mundo, y bla, bla, bla. La realidad ha constatado que efectivamente, tal delicia ocurre entre los más poderosos, una ínfima parte de la población. Sin embargo, el resto de los mortales, seguimos siendo un cero a la izquierda, como podréis ver al final de este post en el aludido texto de André Vela Bosqued.

Sin embargo, ahora las grandes compañías, nos vuelven a prometer otra fascinante segunda revolución industrial vía cúbits. A pesar de todo, ya sabemos que, tanto en materia de ciencia, como de investigación, pero también de márquetin, hay que seguir “innovando” “disruptivamente” a través de “emprendedores”, aconsejados por “”mentores”. Y con tal motivo se comienza a utilizar el tenebroso palabro de supremacía, no lo dudo, ya que barrunto que se refieren a la del KKK. Y como a muchos científicos les gusta ir de pitonisos por la vida, calculan que en un decenio o dos tal revolución cambiará el mundo. Los científicos no suelen ser buenos pitonisos, pero como veis las revoluciones industriales cambian la sociedad (“de algún modo”), pero  en lo concerniente al  bienestar de los seres humanos, miedo me dan. La tendencia obliga a reconsiderar si ¡todo tiempo pasado fue mejor!, aunque tampoco es exactamente cierto.

En las dos notas de prensa que os muestro abajo, se espetan muchas vaguedades, se habla de negocios, competencias,  apelando a tópicos de moda como eficiencia energética, cambio climático, ciberseguridad, posibles aplicaciones en biomedicina, principios éticos (¿para nosotros o para las partículas elementales?). No era necesario, ya que se sobreentiende que una computación tan veloz debería ayudar a resolver muchos problemas que, hoy por hoy, se encuentran fuera de nuestro alcance. Tres párrafos me llaman soberanamente la atención. Empecemos por la que más nos concierne, dado el tema de la bitácora: (i) (…) Un ejemplo: para fabricar fertilizantes se utiliza un proceso de fijación de Nitrógeno, que consume el 2 % de la energía mundial y que actualmente se hace mediante ensayo y error. “Creemos que esto se puede hacer de una forma más eficiente con computación cuántica, pero aún no hemos sido capaces”, afirma Boixo en conversación telefónica con EFE. El día que se logre el ahorro de energía será brutal”. Pues si no estais seguros de ser “capaces mejor callaros”, porque aquí la frase no afirma nada de nada; (ii) Pero también existen otros debates mucho más asequibles y a corto plazo en los la filosofía está presente, como en las implicaciones éticas de la revolución cuántica. En la era del Big Data y de la Inteligencia Artificial, en la que empresas privadas como Google mueven miles de millones de datos, tal poder de procesamiento ¿podría suponer un peligro en malas manos? «Hoy por hoy es una tecnología experimental que no tiene mucho que ver con el Big Data» (…) Hoy no pero: ¿y cuando entren en funcionamiento de la mano de las compañías privadas, que son las que están “partiendo el bacalao”?. Las noticias ya nos informan de que se trata de experimentos teóricos, ensayos, tecnología experimental, etc. Sin embargo cuando se comercialice…. ¡mama mía!; (iii) De momento, el equipo de Google está muy orgulloso no solo del logro, sino de su acogida en la sociedad. «Nos ha sorprendido que la gente ha entendido realmente cuál es el valor de este experimento. En los últimos dos o tres años yo tenía la duda de si se iba a comprender, pero creo que sí y de ahí su repercusión». A partir de aquí, solo queda mirar hacia delante. Creo que nos toman por idiotas. Reitero, una vez más, que es fácil de comprender que un ordenador que supere cientos o miles de veces la capacidad de cálculo de la supercomputación con hardware más sofisticado que disponemos hoy, puede revolucionar muchos aspectos de la ciencia, la tecnología y la sociedad. Empero, los seres humanos que no lo entiendan, con tal prodigiosa y futurista propaganda, quedarán fascinados; les parecerá maravilloso. No mezclemos el interés real, con el márquetin y la competencia empresarial. Pura Tecnociencia.

Fue pues un reciente experimento sobre la viabilidad de la supercomputación cuántica, la que ha constatado que no estamos tan lejos de alcanzar un objetivo perseguido durante mucho tiempo. Ahora bien, el lector avezado observará que los competidores en liza resultan ser algunas de las compañías tecnológicas más fuertes del mundo con poderosísimos medios a su alcance.  Resulta muy preocupante la falta de actores  públicos en materias que pueden “transformar nuestras vidas y sociedad? Los últimos ejemplos de varias de estas multinacionales constatan su perseverancia en materia de mala. ¿Quién controlará a los controladores?. Un estudio advierte del poder de las grandes empresas tecnológicas por su control de la comunicación y la cultura.

Resumiendo: las Revoluciones anteriores, fueron un paso de gigante para los poderes, a costa del resto de la humanidad (los trabajadores). ¿No pasará otra vez lo mismo? Probablemente sí, ya que el objetivo de las empresas es lucrarse y la de los políticos aprovecharse. Luego nos dirán que se ahorrarán millones de puestos de trabajo, que la sociedad envejece más etc., etc., por lo que nosotros seguiremos apretándonos el cinturón en una carrera diabólica para exprimirnos hasta dejarnos sin aliento. Hoy compiten entre grandes compañías intentando hacernos creer que al final el único objetivo es nuestro propio bienestar. Empero para que tal logro fuera cierto, mucho debería cambiar la gobernanza mundial. Y mientras la empresa privada sigue haciéndose con el control del mundo. Muy mal asunto. Os dejo ya con las notas de prensa/propaganda empresarial.

Juan José Ibáñez

Desde Quantico, Virginia, USA y Chamberí, Madrid

Continúa…….

El pronóstico de Google tras su hito cuántico: en 10 años habrá una segunda revolución industrial

Según el gigante tecnológico, su computadora ultramoderna había conseguido realizar en 200 segundos una operación que requeriría 10.000 años en una supercomputadora tradicional. Qué puede cambiar con esta tecnología

24 de noviembre de 2019

La supremacía cuántica podría traer “la segunda revolución industrial” en tan solo 10 años, según un científico de Google.

Después de que Google anunciara que había logrado la “supremacía cuántica”, y de que IBM cuestionara incluso hasta el término, la carrera por liderar esta tecnología se acelera con el reto de conseguir en “diez años” un ordenador cuántico sin errores, lo que provocará “una segunda revolución industrial”.

Así lo afirmó el informático Sergio Boixo (León, 1973), científico jefe del grupo de Teoría de Computación Cuántica de Google, quien participó en el equipo que anunció recientemente que había logrado la “supremacía cuántica”, es decir, había conseguido realizar en 200 segundos con una computadora cuántica una operación que requeriría 10.000 años en una supercomputadora tradicional.

Apenas trascendió este hito, IBM aseguró haber efectuado este cálculo con un ordenador tradicional en 2,5 días y con unos resultados más fiables. Además, su director de investigación, Darío Gil, cuestiona el término “supremacía”, ya que los ordenadores cuánticos no son algo supremo por un experimento sin aplicación práctica, en alusión al de Google.

Al margen de matices, el desafío por conquistar esta tecnología pasa por fabricar ordenadores sin errores, algo que, según Boixo, puede ocurrir “en unos 10 años”, cuando prevé que se produzca una “segunda revolución industrial”, que será más eficiente”, consumirá menos energía y tendrá un gran impacto en la lucha contra el cambio climático.

De momento, la computación cuántica está en fase experimental, pero se calcula que en 2024 ya pueda generar entre 2.000 y 5.000 millones de dólares anuales, en forma de ingresos y ahorro de costes para las industrias, según un reciente estudio de la consultora Boston Consulting Group (BCG).

Con computación cuántica, nos referimos al tipo de computación que aplica la lógica o los principios de la mecánica cuántica a la informática para procesar grandes cantidades o volúmenes de información y que permite resolver problemas de manera veloz.

A medida que esta tecnología madure, el ahorro avanzará y se calcula que en 2050 esta cifra se sitúe entre los 450.000 y 850.000 millones de dólares anuales.

La inversión en tecnología cuántica también crece, según ha recordado Boixo: EEUU ha anunciado hace poco un programa de inversión pública de 1.200 millones de dólares (1.085 millones de euros); Europa tiene otro de 1.000 millones de euros en 10 años y, países como China, están en esta carrera.

El beneficio más importante de la computación cuántica recae en industrias que requieran simulaciones de operaciones complejas, que necesitan una potencia informática que un ordenador al uso no les puede ofrecer.

Un ejemplo: para fabricar fertilizantes se utiliza un proceso de fijación de Nitrógeno, que consume el 2 % de la energía mundial y que actualmente se hace mediante ensayo y error. “Creemos que esto se puede hacer de una forma más eficiente con computación cuántica, pero aún no hemos sido capaces”, afirma Boixo en conversación telefónica con EFE. El día que se logre el ahorro de energía será brutal.

Una computadora cuántica y Sundar Pichai, el CEO de Google (Google)

Para hacerse una idea, Boixo se refiere a su reciente cálculo con un computador cuántico y defiende que un ordenador clásico requeriría al menos 10 millones de veces más energía.

Los fabricantes de automóviles y aviones aprecian las ventajas de esta tecnología, teniendo en cuenta que sus simulaciones son complejas. De hecho, empresas como Airbus ya están apostando por la computación cuántica para buscar soluciones, según el estudio de BCG.

Esta tecnología tendrá su aplicación también en medicina, ya que permitirá conseguir fármacos más eficientes y de una forma más rápida, al evitar las pruebas actuales de ensayo y error.

Los principales actores de la computación cuántica se han asociado para investigar en este campo. Así, entre otras, Google se han unido a Volkswagen para simular baterías de alto rendimiento, y Microsoft con Pacific Northwest National Laboratory para crear una herramienta que ayude a resolver problemas de química complejos.

Una computadora cuántica de Microsoft

IBM lanzó en octubre el ordenador comercial más potente del mundo, de 53 cúbits (bits cuánticos), mientras que Google cuenta con uno de 72 cúbits, que no está disponible para terceros.

Un ordenador tradicional trabaja con operaciones binarias basadas en dos estados, el 0 y 1 (bits), mientras que uno cuántico usa múltiples estados (cúbits) que permiten, a mayor número, más interacciones y operaciones complejas.

La reciente investigación de Google ha demostrado básicamente tres cosas: una, que la computación cuántica existe experimentalmente; dos, que se puede aplicar en sistemas complejos (de hasta 13 órdenes de magnitud más que antes), y tres, que es distinta de la clásica, que en cierto modo se parece más al ábaco, según Boixo.

(Por Belén Molleda para EFE)

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El informático, matemático y filósofo leonés, actual jefe científico de teoría de la computación del gigante de Mountain View, ha jugado un papel clave en uno de los hitos históricos de la computación

El 4 de octubre de 1957 la Unión Soviética lanzó al espacio el Sputnik 1, el primer satélite artificial. No tenía más función que demostrar que éramos capaces de poner un artefacto controlado en órbita, pero aún hoy debemos dar las gracias a aquella esfera con una suerte de «bigotes» que emitía un simple «bip bip»: se convirtió en la base de todas las telecomunicaciones actuales, desde internet al GPS. Sesenta y dos años después de aquella proeza, Google hacía oficial el 25 de octubre que había conseguido la supremacía cuántica con un sistema que lo «único» que hace es generar patrones en una serie de números aleatorios siguiendo una fórmula predeterminada. Puede parecer que esto no tiene ninguna aplicación práctica -si bien ya se han demostrado algunos usos en ciberseguridad-, aunque lo más sorprendente es que este equipo tarda apenas 200 segundos en realizar esta tarea, cuando el más potente de los superordenadores clásicos emplearía 10.000 años. Y esto, que hoy puede sonar tan ruso como el nombre del primer satélite, es la base de toda una revolución tecnológica. La de la computación cuántica.

Detrás de ella se encuentra el nombre de Sergio Boixo. «Hoy sigue siendo una ciencia experimental, pero será una revolución computacional en diez o veinte años», explica a ABC por teléfono desde Mountain View (California), la sede de Google en la que trabaja. Allí, este leonés ocupa el cargo de jefe científico de teoría de la computación cuántica del gigante tecnológico y él fue quien ideó la demostración práctica de que la promesa de esta tecnología disruptiva no era solo teoría. «Hace unos cuatro años que planteé la idea al equipo y fue aceptada. En enero de este año empezaron a llegar los primeros datos experimentales y vimos que todo cuadraba con la teoría. En mayo o junio por fin la teníamos lista. Pero ha sido un experimento muy complejo que ha llevado mucho tiempo y trabajo de colegas, tanto dentro como fuera de Google».

De bits y qubits

Pero según cuenta Boixo, en realidad para él todo empezó cuando escuchó siendo universitario acerca de un campo en ciernes llamado computación cuántica. «Era la teoría que contradecía a la tesis extendida de Church-Turing, algo que me parecía casi una locura y que no llegaría a ver nunca». La teoría de Church-Turing es la base con la que funcionan todos los ordenadores, cuyo lenguaje son los conocidos «bits»: unos y ceros que, dispuestos en complejos órdenes, dan las instrucciones precisas para que nuestra computadora o móvil pueda hacer desde simples operaciones matemáticas a mostrar vídeos de gatitos online. Sin embargo, la computación cuántica propone un método totalmente novedoso al copiar la forma en la que la naturaleza opera a escalas microscópicas, en el mundo de los átomos, donde las partículas pueden tener varios estados a la vez.

«En aquel momento, un profesor me pasó los primeros estudios», explica Boixo. Allí estaban por primera vez los ahora famosos «qubits», el lenguaje de la computación cuántica. Al contrario que los bits, los qubits pueden ser unos y ceros de forma simultánea, como las partículas cuánticas, por lo que el procesamiento de los datos aumenta exponencialmente. Esto hace posible que, en efecto, problemas que los ordenadores clásicos tardan 10.000 años en resolver, se clarifiquen en algo más de tres minutos. Pero en los noventa esto solo era una teoría sobre el papel.

«No dormía mucho»

Pasaron los años y Boixo siguió formándose en un camino casi predestinado hacia aquel ámbito «recién nacido»: estudió ingeniería informática en la Universidad Complutense, Matemáticas y Filosofía a distancia por la UNED. Simultaneaba carreras y trabajo. «No dormía mucho», asegura mientras se adivina una sonrisa en su cara. La relación de la informática y las matemáticas son evidentes, pero el de la filosofía puede costar algo más. Cuando se le pregunta, explica: «Nuestra física y química son cuánticas, pero en nuestro día a día ocurren cosas que no observamos según esta lógica». Se trata del viejo postulado del gato de Schrödinger, que está vivo y muerto a la vez dentro de una caja pero que solo se define cuando miramos dentro. «Ahí ocurre una transición que siempre ha sido objeto de estudio también desde la filosofía. La pregunta es cuál es el papel del observador, si lo que ve es real o una construcción para entender la realidad».

Pero también existen otros debates mucho más asequibles y a corto plazo en los la filosofía está presente, como en las implicaciones éticas de la revolución cuántica. En la era del Big Data y de la Inteligencia Artificial, en la que empresas privadas como Google mueven miles de millones de datos, tal poder de procesamiento ¿podría suponer un peligro en malas manos? «Hoy por hoy es una tecnología experimental que no tiene mucho que ver con el Big Data», tranquiliza Boixo. «Es mejor pensar acerca de qué van a significar los primeros procesadores cuánticos igual que lo que supusieron las primeras tarjetas gráficas: al principio sirvieron para vídeos y videojuegos, pero luego se vio que tienen muchas otras aplicaciones, como en la ciencia». Aun así, desde Google se han aplicado los mismos principios éticos que la multinacional ha utilizado para desarrollar otras tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial. «La premisa es solo crear aplicaciones beneficiosas para el ser humano».

La polémica con IBM

Google no es la única empresa privada que ha invertido en un campo experimental como el de la computación cuántica. IBM, Microsoft o Intel también han participado en la carrera por conseguir la supremacía cuántica. Incluso hay quien la ha negado. Es el caso de IBM, que fue muy crítica con Google antes incluso de que la revista «Nature» publicase el estudio final. El rival directo de los de Mountain View aseguraba que no se había logrado el hito de la supremacía cuántica ya que su superordenador clásico, Summit, era capaz de hacer el mismo cálculo en dos días y medio -con margen para hacerlo incluso más rápido- y que haría públicas las conclusiones en una revista de forma inminente, cuestión que, un mes después, aún no ha ocurrido. «Es bueno que todos hagamos propuestas, pero quiero recalcar que es importante realizar el experimento computacional y no solo hacer una propuesta en papel. Nosotros hemos hecho ambas cosas», se muestra tajante Boixo.

De momento, el equipo de Google está muy orgulloso no solo del logro, sino de su acogida en la sociedad. «Nos ha sorprendido que la gente ha entendido realmente cuál es el valor de este experimento. En los últimos dos o tres años yo tenía la duda de si se iba a comprender, pero creo que sí y de ahí su repercusión». A partir de aquí, solo queda mirar hacia delante. «El futuro es hacer una tecnología escalable, hacerlos más potentes y con menos errores. La meta es crear un ordenador cuántico universal tolerante a fallos, un sistema que tenga un millón de qubits -el de Google tiene 53- y una tasa de error cinco veces menor que la actual -que se sitúa actualmente en un 0,6%, pero se dispara al introducir nuevos qubits-. En realidad esto es un principio, no un fin». El principio de la era cuántica.

Las condiciones vitales de la clase obrera inglesa durante la Revolución Industrial

Por André Vela Bosqued Última actualización Nov 27, 2018

Por André Vela Bosqued

Durante la Guerra Fría se abrió un debate sobre los efectos positivos o negativos de la ya lejana Revolución Industrial. Los defensores de una hipotética postura positiva[1] (como Harold Clapham o Peter Ashton o H. Lindert) frente a aquella época argumentaban que el enorme crecimiento industrial se vio reflejado en los salarios reales de los trabajadores (!), además de que esta época de cambios sentó las bases para unas «mejores condiciones laborales». En cambio los pesimistas (críticos como Engels, Marx, Proudhon o incluso patéticamente moderados como Arnold Toynbee) no dudaban en señalar la realidad: las condiciones vitales eran paupérrimas. Aquella liberación que se suponía que otorgaban las máquinas sólo conseguía alienar al ser humano, ya que el trabajo se deshumanizaba de forma imparable, transformando al obrero en un sólo engranaje del sistema de producción y haciéndole perder todo contacto con el producto final; en consecuencia, señalaban que las crisis y las malas condiciones laborales eran causa de las incoherencias y contradicciones de la economía capitalista.

Los datos, descripciones e informes elaborados tanto por contemporáneos que vivieron la Revolución Industrial como por intelectuales del siglo XX hacen dudar del mitológico positivismo idealista de los defensores del sistema económico dominante, sin ninguna firmeza en sus bases ideológicas y sociales. Estos datos determinan que:

  • La jornada laboral era superior a las doce horas[2] (al menos hasta la década de 1880, en la cual se consiguió una reducción de la jornada a 10 horas, -avance  conseguido gracias al miedo de la burguesía a la fuerza y organización del movimiento obrero-). Las demandas de los sindicatos no fueron siquiera conseguidas hasta principios del siglo XX (jornada de 9 horas y un día de descanso)
  • Pese a que mayoría de los trabajadores eran o mujeres o niños (en el año 1839 la mitad de la clase obrera inglesa estaba conformada por mujeres y un 30% de los niños entre 10 y 15 años trabajaba) las mujeres cobraban la mitad y los niños un 60% menos que los hombres.
  • Los salarios reales eran muy bajos, ínfimos, y eran otorgados supuestamente para ajustar las necesidades básicas de la clase obrera según unos parámetros determinados por la voluntad del empresario. El salario no era suficiente para vivir de forma que un 40% de la clase obrera inglesa vivía en condiciones de elevada pobreza. La riqueza del empresario o capitalista aumentaba sin parar, ya que en medio siglo se cuadriplicó la demanda (en el caso del algodón) (….). Hay que subrayar obviamente las malas condiciones vitales derivadas de los ínfimos salarios. La clase obrera estaba hacinada y recluída en calles cercanas a las fábricas (sin alumbrado, sin basuras ni alcantarillado), vivían en su mayoría en casas comunitarias y su casa se componía como mucho, de una habitación individual. De hecho se crearon a finales del siglo XIX las “colonias industriales”, por iniciativa del empresario[5], barrios en los que habitaba el burgués o capitalista (en una mansión) , los altos cargos de la empresa (en casas individuales, más o menos grandes) y los obreros (en apartamentos pequeños, que eran mejor que los anteriores pero también estaban dotados sólo de una habitación). Estos barrios o suburbios, tenían, curiosamente en la mayoría de los casos Iglesia. Esta iniciativa es reflejo de lo que representaba el trabajo en la vida obrera. Aparecen estos barrios en la magnífica y maestral novela de Émile Zola “Germinal” (1885). No hay que olvidar ni la alta mortalidad (sobre todo causa de enfermedades infecciosas como el tifus o la tuberculosis) debida a la falta de higiene (sólo un 10% de los hogares obreros tenían agua potable y corriente), la subalimentación (dieta que a pesar de estar constituida por patatas, pan y gachas, requería el 70% de los ingresos individuales del obrero)[6] y a la falta de asistencia médica. Este ambiente paupérrimo hacía a la clase obrera caer en el alcoholismo o la prostitución, aunque (…).
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