El verdadero “efecto llamada”
Desde hace un par de años, la información sobre el tema migratorio tiene un sesgo diferente al que era habitual. Las noticias que en esta materia más han atraído la atención de los medios de comunicación y, con el tiempo, también del Gobierno, no han sido las relativas a los graves impactos de la crisis sobre la población inmigrada, sino las que tienen que ver con el aumento de la emigración. Proliferan las informaciones que resaltaban que, por primera vez en muchos años, salen de España más personas que las que se instalan.
¿Hasta cuándo llamar “migrante” a una persona que vive aquí habitualmente?
Por Ester Massó Guijarro
Considero pertinente avanzar en la revisión, ya en curso desde hace décadas, del lenguaje que usamos en torno a la migración tanto en el panorama científico-social contemporáneo como en los debates en la esfera pública. Esta revisión estaría inspirada por el afán del superar el nacionalismo metodológico* en favor de enfoques como el transnacionalismo migratorio. Estoy aludiendo al hábito de catalogar a ciertas personas como “migrantes” de manera permanente. Dicho de otro modo, al hecho de nombrar como “migrantes”, un adjetivo verbal que refiere a aun gerundio (en proceso), a personas que viven en un determinado contexto nacional, que efectivamente migraron en un momento dado del tiempo (es decir, viajaron, se trasladaron de su origen, con todo lo que ello implica), pero que ahora están aquí ya instalados.
Europa debe apostar por la hospitalidad
“Salvemos la hospitalidad”: dar la mano al diferente no puede ser un delito.
El proyecto de construcción europea, asentado en algo tan olvidado como la ética y los valores fuertes, ha dado paso al economicismo más craso, ayuno de valores que no sean el culto a un imposible crecimiento ilimitado o a una competitividad que descohesiona y fragmenta. Así nos va.
En la “Europa de los mercaderes”, que no conoce otro indicador de felicidad humana que el PIB, se produjo ya en época de vacas gordas un auténtico blindaje del bienestar. Se montó una prolija red de control, seguridad, y muros; unas veces mediante tecnología punta y acuerdos (SIVE, Frontex), otras mediante técnicas más groseras y visibles como el hormigón, la concertina y el alambre de espino.
Por eso no debería sorprender la nueva vuelta de tuerca que se pretende dar al art. 318 bis del Código Penal español. Una nueva perversión del Derecho. Normas inicialmente pensadas para la protección de las personas envueltas en los flujos migratorios (trata de seres humanos y tráfico de inmigrantes) se vuelven contra quienes dicen defender y contra quienes les socorren por móviles estrictamente humanitarios. La ayuda humanitaria y altruista a los sin papeles pretenden que sea delito o, si se quiere, que sea más delito que antes.
Fronteras más que simbólicas
Por Silvia Marcu y Juan Carlos Velasco
Recientemente se ha publicado un amplio reportaje fotográfico titulado “Las fronteras olvidadas” (El País Semanal, 2 de diciembre de 2012), obra de Guillermo Altares y Valerio Vincenzo, en donde se da cuenta de la desaparición de las viejas aduanas que existían antes de la conformación de la Unión Europea y que desaparecieron llevándose consigo viejos conflictos que hasta hace poco parecían insuperables. Seguir leyendo »
Todos somos migrantes
Los árboles tienen raíces; los hombres y las mujeres, piernas. Y con ellas cruzan la barrera de la estulticia delimitada con alambradas, que son las fronteras; con ellas visitan y en ellas habitan entre el resto de la humanidad en calidad de invitados (Steiner 2011, 76).
En el Día Internacional de las Personas Migrantes*
El hecho de que haya un día para los migrantes es una buena ocasión para pararse a reflexionar un momento sobre una situación que es constitutiva del ser humano.
Migrantes – o hijos o nietos o bisnietos de inmigrantes - somos todos. Todas las regiones del mundo se ven afectadas por movimientos migratorios en expansión, bien sea por la entrada, por el tránsito o por la salida.
Si mira uno a su alrededor y piensa un poco, se encuentra con un montón de personas que han migrado, que se han desplazado en algún momento de su vida, para estudiar fuera, encontrar un trabajo en la capital, establecerse en otros lugares y conocer nuevas culturas… En ello no hay distinción por razones de nacionalidad, color de la piel, género, religión… Forma parte de la condición humana. Seguir leyendo »
Migraciones y diversidad cultural (2): algunos retos
La idea de la separación de grupos, núcleo del sombrío panorama que nos pintan ciertos autores declaradamente anti-multiculturalistas, o la algo más elaborada de «sociedades paralelas», carecen del necesario fuste como para tomárselas en serio. Con todo, el sentido dual de la pertenencia que poseen muchos migrantes transnacionales contemporáneos suponen un firme desafío tanto para el nacionalismo como para el multiculturalismo. El multiculturalismo mantiene sin cuestionar la noción de pertenencia primaria, esto es, la idea de que los individuos están vinculados fundamentalmente a una comunidad cultural determinada, a la que prestarían la lealtad básica. Y es ese presupuesto el que se ve cuestionado por el fenómeno del transnacionalismo migratorio. Muchos migrantes viven hoy simultáneamente en dos culturas y en dos sociedades. Mantienen un conjunto de prácticas, relatos, valores y lealtades tanto con su familia y su lugar de origen como con su nuevo país. Expresan identidades compartidas y movilizan representaciones colectivas híbridas.
Migraciones y diversidad cultural (1): algunas tendencias
Con el asentamiento de un número significativo de inmigrantes se reabren en las sociedades de acogida viejos debates sobre la convivencia y la tolerancia intercultural. Con los flujos migratorios, especialmente con los de carácter internacional, tiende a aumentar la diversidad étnico-cultural en los países receptores. Aunque no son el único factor de diversificación cultural e identitaria en las sociedades contemporáneas, pues lo son también los mass media, los productos culturales globalizados o el turismo de masa, las migraciones suponen de ordinario la reorganización de las fronteras de los grupos étnico-culturales (fijadas mediante procesos de autodefinición y heterodefinición) y de su distribución geográfica. Afectan no sólo a su grado relativo de concentración y dispersión, sino también a la vinculación afectiva que sus miembros mantienen con un determinado territorio (una vinculación supuestamente exclusiva), así como a su grado de mestizaje con otros grupos. De este modo, las migraciones ejercen una notable influencia en la conformación de las identidades colectivas y las lealtades políticas.
Migraciones, desigualdad y movilidad social
En un mundo desigual en el que las enormes diferencias de renta entre países son bien conocidas, el fenómeno de la emigración no es una casualidad, ni un accidente, una anomalía o una curiosidad. Es sencillamente una respuesta racional a las grandes diferencias en el nivel de vida (Milanovic, 2012, 144).
Migrar de un país a otro posibilita que los individuos puedan saltar las categorías nacionales que constituyen la clave de la desigualdad en el mundo. El lugar de nacimiento representa a este respecto un factor realmente decisivo: “El accidente de haber nacido en un país pobre y no en uno rico es un determinante tan arbitrario del propio destino como el accidente de haber nacido en una familia pobre antes que en una familia rica del mismo país” (Nagel 2008, 174).
¿Existe un derecho a inmigrar?
La posibilidad de decidir dónde vivir es un aspecto fundamental de la libertad humana. Esta afirmación resulta completamente evidente cuando el destinatario es uno mismo. Nadie se negaría este elemental derecho a sí mismo. Sin embargo, no se procede siempre de la misma manera cuando se trata de aplicarlo a los demás. Entonces valen mil distingos. Un despropósito que a lo largo de los últimos tiempos no ha hecho sino agravarse, de modo que la distancia entre la teoría y la práctica acaba resultando abismal. No hay más que remitirse a las pruebas.
La libre circulación de las personas, así como la libertad de residencia, es un derecho humano básico y, sin embargo, la forma concreta en que está regulado adolece de un grado tal de asimetría que raya con el absurdo. Un rasgo visible incluso en el texto normativo más significativo sobre los derechos humanos, la Declaración Universal de 1948 (DHUD), cuyo artículo 13 proclama: “1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado. 2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”.
Libertad de circulación y desigualdades globales
La libre circulación de personas se ha convertido en un codiciado factor de distinción y estratificación social. La alta tasa de movilidad humana, una de las señas distintivas de los tiempos que corren y signo elocuente de la creciente interdependencia de todos los países, tiende de hecho a distribuirse de manera piramidal y asimétrica. En un planeta con tremendas disparidades en ingresos, recursos y oportunidades, no todos pueden permitirse – ni les está permitido – el lujo de ser cosmopolitas; es más, el común de los mortales, la mayoría de quienes habitan el planeta, tienen limitadas severamente sus posibilidades de movimiento. Para otros, sin embargo, el cruce de fronteras únicamente implica una sencilla formalidad. Los Estados emplean de manera diferenciada o selectiva la institución de las fronteras y esta práctica acaba plasmándose en un doble régimen de circulación de los individuos.
Migraciones y corrupción del lenguaje
Existe una clara tendencia a dramatizar sobre la magnitud real de los flujos migratorios, aunque para ello se incurra en una deliberada negligencia y en una injustificable frivolidad. Al respecto, resulta sumamente ilustrativo el análisis del modo en que los medios de comunicación abordan las noticias relacionadas con la inmigración. Tanto el enfoque elegido, como el diseño de presentación y las estrategias discursivas se encuentran lejos de las exigencias mínimas de objetividad.
El caso de las 25.000 personas llegadas a Italia entre febrero y mayo de 2011,esto es, desde el comienzo de la revolución democrática en Túnez y el inicio de la guerra civil en Libia, resulta representativo de una forma muy peculiar de abordar estas cuestiones. Ya a fecha de 9 de marzo la portada del diario El País, con foto incluida, titulaba: “Las oleadas migratorias por las revueltas árabes desbordan Italia”. Aunque en el interior de la información se precisaba que “Italia ha recibido desde enero a 8000 refugiados”, se había sucumbido de nuevo al síndrome imperante de mostrar firmeza ante la invasión de inmigrantes ilegales.
Crisis capitalistas y mujeres altruistas: para (re)pensar las migraciones
Según un estudio realizado en la Universidad de las Islas Baleares (coordinado por Lucrecia Burges), en los presentes tiempos de crisis resulta curioso reparar en que las remesas enviadas por mujeres se mantienen más constantes y elevadas que las remitidas por hombres a sus familias en sus lugares de origen. Además, la marcada perspectiva de género de dicha investigación iluminó la cuestión sobre qué tipo de motivaciones y destinaciones auspiciaban las remesas enviadas por uno u otro género (en el caso que nos ocupa, mujeres y hombres). Según el enfoque filosófico-moral empleado por la mencionada investigadora, las remesas “femeninas”, por así decir, estaban impulsadas en una mayor medida por motivaciones de tipo puramente altruista y no tanto por el cumplimiento de obligaciones contractualistas o por un puro interés personal. Dicho de otro modo: las mujeres mandan más dinero a sus países de origen en tiempos de crisis y lo hacen de un modo más altruista que sus contrapartes masculinas.
En busca de un lugar bajo el sol
Por Víctor Granado Almena (Universidad Complutense de Madrid)
Sobre el derecho de migración en un mundo globalizado.-
El exilio, entendido ampliamente, siempre ha sido considerado en un sentido doble y antagónico: como experiencia traumática y pérdida del lugar (tanto geográfico como simbólico) al que uno pertenece, y como experiencia positiva que permite la posibilidad de un nuevo comienzo. De alguna forma ambas miradas sobre la realidad del desplazamiento se tiñen de tonos distintos según se aspire a la tranquilidad y la seguridad del hogar o a la universalidad y novedad del cosmos.
Esta mirada bifronte sobre el desplazamiento exige que una reflexión equilibrada sobre éste deba tener en cuenta tanto el deseo de las personas concretas a abandonar su lugar de origen como su deseo a preservar ese lugar y a protegerse de las circunstancias que le impelen a abandonarlo. El derecho de migración debería recoger ambos deseos a la hora de exponer y defender el derecho de todos los seres humanos a desplazarse libremente y a pertenecer a una comunidad política. Ese derecho a pertenecer a una comunidad política, es decir, a ser un sujeto de derecho en todo lugar se dispone como estrato superior jerárquico capaz de legitimar ambas concreciones de sí mismo. De esa forma sería compatible reivindicar tanto el derecho a desplazarse libremente como el derecho a permanecer en la comunidad política de origen al colocarse ambos derechos como instancias de ese derecho a pertenecer a una comunidad política o derecho de membresía.
Un buen paso, pero insuficiente
Sobre el derecho al voto de los inmigrantes extracomunitarios.-
Es difícil resistirse a mostrar satisfacción por el hecho de que casi medio millón de inmigrantes extracomunitarios residentes en España podrán ejercer por primera vez el derecho de sufragio. Lo podrán hacer en las próximas elecciones locales del 22 de mayo si previamente han satisfecho el requisito de inscribirse en el censo electoral. Muchos son los que han pugnando desde hace tiempo para que se dieran pasos en esta dirección y que ahora ven colmadas en parte sus legítimas expectativas.
Sin embargo, existe poco espacio para la complacencia si mantenemos una mirada más amplia y tenemos presentes a todos aquellos que se quedan fuera de esta conquista. En ellos puede que crezca la sensación de agravio comparativo y que además esa sensación no sea injustificada. Seguir leyendo »
¿“Integrar con”?: la paella valenciana y el mafe senegalés
Según el Plan Estratégico de Ciudadanía e Integración 2007-2010, aprobado por el gobierno español, lo que se busca en las diferentes comunidades autónomas españolas con respecto a las personas migrantes es la integración “con”, no la integración “de”. Es decir, a buen entendedor, que las personas migrantes y las personas “nacionales” o ciudadanas españolas se co-integren, y no tanto la procura de una integración de las y los migrantes, ya que en ello se podría incurrir de nuevo en un acto de dominación o sumisión cultural más o menos subrepticias, en una anulación de las culturas de origen, etc.
Para lograr la integración “con”, esa formulación tan amable que yo entiendo como una co-integración, una de las estrategias desarrolladas por las comunidades autónomas son los cursos de cultura, civismo y lengua, inspirados en parte en los llamados contratos de integración que vienen desarrollando países como Austria u Holanda (no tanto contratos per se, lo que serían si se pudiera elegir, como imposiciones disfrazadas – vergonzosas cláusulas de adhesión – para poder aspirar al arraigo, siguiendo a Ángeles Solanes). Seguir leyendo »









