Historia de la Ciencia, Racismo, Coeficiente Intelectual y el Tamaño del Cráneo Humano

La historia de la ciencia se encuentra repleta de episodios hilarantes que dejan constancia de lo efímero de las verdades científicas, pero también de tremendas atrocidades llevadas a cabo en su nombre. La ciencia nació y se desarrolló en occidente, de mano de las mentes preclaras de personajes de alta alcurnia y cráneos repletos de prejuicios racistas (la antropología de la época así lo atestigua).  Ayer pensaba redactar una anécdota, más que divertida, que acaba de sucederme antes de asistir a un Congreso Internacional en México. Habrá que dejarlo para mañana, aunque se encuentra relacionada con el contenido de este post. Considero que las narraciones que he extraído del ciberespacio hablan por sí solas de todo ello y mucho más.  Un ejemplo sería el respeto que merece un investigador en función de su nobleza y/o relaciones con el poder imperante. Habría mucho que decir en este sentido de Newton, pero otra vez será. Sin embargo, lo que voy a tratar hoy también forma parte de mi historia personal, y para mal. Comencemos: Érase una vez un niño (osease yo) bajito, de cabeza grande y corta inteligencia………….

 

 

 

Biopsia de Cuviar para conocer el tamaño de su cráneo.

Fuente:  Site philosophique de l’Académie de Lyon

 

El pequeño Juanjo estudiaba, aunque sacaba unas calificaciones escolares más bien mediocres. Por el contrario, su hermana era un prodigio. Nadie lo discutía. Todo ello generó en el “pequeñajo” un enorme complejo de inferioridad, que arrastró durante parte de su adolescencia. A los once años le hicieron un tes escolar con vistas a evaluar su inteligencia (CI: coeficiente intelectual). Días después, los profesores llamaron a sus padres para comunicarle que el enano y cabezón de Juanjo se encontraba en lo que ahora se denominaría “border line”, es decir que su talento se encontraba en el umbral (límite) para ser considerado normal o subnormal. Vamos, que el chaval era “corto de entendederas” Por el contrario, el que realizaron a su hermana ofreció unas cifras que la equiparaban con Napoleón. ¡Vaya Cruz! Y así creció “Juanjito”, taciturno y solitario, por cuanto en materia de deportes también era un desastre. Sus padres le obligaban a dar clases particulares para ver si podía avanzar algo en sus estudios. Juanjo escuchaba hasta la saciedad las alabanzas que recibía su hermana, mientras sus padres pensaban buscarle un estudio o trabajo que no le obligara a exprimir su precario cerebro. Si este “jovenuelo” hubiera nacido en la época del gran  Cuvier otro gallo hubiera cantado.

 

Pero un buen día, súbita e inesperadamente…….

 

A los quince años, y para sorpresa de propios y extraños, obtuvo la máxima calificación en un examen de química. A partir de aquel momento su CI debió mutar o ser abducido y reparado por unos extraterrestres piadosos. Un año después le volvieron a torturar con otro CI. Los docentes reclamaron la presencia de sus temerosos padres para anunciarles que…… era muy inteligente y que podía acceder a cualquier carrera que se le antojara. Todo cambió a partir de aquel momento, incluso en los deportes. Los sobresalientes y matrículas de honor rellenaron desde entonces su incipiente CV. Eso sí, spermeneció siendo cabezón  y bajito, lo cual no evitó que comenzara a tener éxito entre las adolescentes. Como veréis abajo, algunos defienden que los CI se mantienen a lo largo de toda la vida. ¡Vivir para ver y leer!.  

 

En la época del siglo XIX en la que vivió Georges Cuvier, los científicos pensaban que el tamaño de un cráneo resultaba ser un buen indicador de la inteligencia (si Juanjo hubiera nacido por aquellas épocas no hubiera sufrido trauma alguno, sino todo lo contrario). Y de aquí nace la historia hilarante que Stephen Jay Gould narra en su bestseller La falsa medida del hombre (eso he leído en Internet, aunque personalmente disfruté de tal  narración en otro volumen del mismo autor titulado “El Pulgar del Panda”). Jay se burlaba en el libro mentado de la obsesión de la raza aria por demostrar su supremacía, así como del machismo científico imperante que denostaba la inteligencia femenina (si la hermana de Juanjo hubiera vivido en la época del gran Cuvier……). Si recuerdo bien, era en ese mismo libro (aunque no estoy seguro) en donde Gay Gould denunciaba que en EE.UU. le seguían midiendo a los emigrantes el tamaño del cráneo o el CI a principios del siglo XX (No encuentro una descripción precisa en Internet). Si no daban la talla “pa casa”, que “pa tontos” ya había bastantes en el país.  De ahí la potencia científica de “USA Today”

 

En el primer texto que os adjunto queda palmariamente claro como la ciencia desbarra y se encuentra repleta de los prejuicios de sus practicantes. Algunos alegarán que se trata de un episodio de hace mucho tiempo. Veremos lo que dicen de nosotros, los científicos actuales, dentro de cien años. Seguro que más de lo mismo. La narración no tiene desperdicio y os amenizara un rato de ocio. Por el contrario, en el segundo texto, apreciaréis hasta que punto las relaciones entre el poder y algunos científicos determina el devenir de sus carreras, para bien y para mal. Ahora bien, en Internet si se explicita un caso semejante en el que Newton salió francamente beneficiado por los favores reales.  Sin embargo, el autor de estos párrafos desprecia a Cuvier por su idea de la evolución y el papel de los eventos catastróficos. Habría que recordar que tiempo después, Darwin haciendo un guiño a su amigo Charles Lyell, padre del uniformitarismo en geología, defendió una idea equivalente en la teoría evolutiva. Hablamos del gradualismo Pues bien, hoy sabemos que la evolución ha estado salpicada de grandes extinciones, seguidas de otras tantas radiaciones de nuevas especies, lo cual corrobora el papel del catastrofismo de Cuvier en detrimento del gradualismo darviniano. Por aquella época, si no recuerdo mal, poco o nada se sabía de las glaciaciones, por lo que encajó los datos en el conocimiento imperante. Tal hecho, no debe desmerecer su hipótesis, en ningún caso.  

 

Por el contrario, me apena la tercera crónica, extraída del blog la Lógica del Titiritero. El autor, basándose en una bibliografía sesgada defiende lo indefendible. No entraré al trapo otra vez sobre el determinismo genético y los test de inteligencia. De hecho, hasta los años setenta, los psicólogos norteamericanos aun trataban de discernir si la homosexualidad era una perversión o una enfermedad. La escuela anglosajona esta salpicada de lamentables casos en los que una rancia moral cristiana, mezclada con un palmario racismo subyacente, condiciona los resultados experimentales. ¿Será la ciencia republicana? Que a estas alturas le intenten dar lecciones a Jay Gould, con tales argumentaciones, es para tirarse de los pelos. Pero insisto, que cada cual piense lo que quiera. Yo, en este caso sigo a Gould. La inteligencia es como un músculo, si se ejercita se fortalece, en caso contrario…… Pueden existir rasgos heredables, no lo dudo, Sin embargo, el desarrollo y otros factores abientales (culturales) tienen tanto o más que decir al respecto. Existen a demás muchos tipos de inteligencia o aptitudes, de tal modo que uno puede ser muy brillante en ciertos aspectos y extremadamente torpe en otros. Insisto que los prejuicios son personales e incluso respetables per se, pero que no me vendan motos. Lo que me duele es que en aras de la ciencia se pueda condicionar el futuro de unos chavales con test nauseabundos y estadísticas de peor calaña. Mucha bibliografía científica defiende lo contrario de lo argumenta este autor. Si uno nace en una familia ilustrada, que te inculca el valor del esfuerzo y la cultura, todo es más fácil. En cualquier caso: a reírse un poco……….

 

Juan José Ibáñez

 

Cabezón, bajito y corto de entendederas

 

 

 

 

Sombreros anchos y mentes estrechas

¿Hasta qué punto el tamaño del cerebro está ligado a la capacidad intelectual del hombre?

El País. STEPHEN JAY GOULD 11/03/1984

 

Hace poco más de cien años, un grupo de científicos franceses dedicado a la antropología se enzarzó en un debate que, a través del tiempo, ha llegado a formular incluso determinadas incógnitas sobre el cerebro de Albert Einstein. Junto a los que desean un reposo definitivo para el cerebro del famoso físico, padre de la Teoría de la Relatividad, coexisten los que bucean en la capacidad craneal del hombre en busca de una relación inmediata con su intelecto.

 

En el año 1871, de febrero a junio, el fantasma del barón Georges Cuvier pareció planear por la Sociedad Antropológica de París. El gran Cuvier, el Aristóteles de la biología francesa (designación in modesta de la que no parecía guardarse), murió en 1832, pero la morada física de su espíritu permaneció viva en el debate protagonizado por Paul Broca y Louis-Pierre Gratiolet sobre si el tamaño del cerebro tiene algo que ver con la inteligencia de su propietario. En el primer asalto, Gratilote se atrevió a defender que no era posible conocer a los mejores y más brillantes por el tamaño de sus cabezas. (Gratiolet, monárquico impenitente, no era un igualitarista. Buscaba simplemente otras medidas para afirmar la superioridad del hombre varón europeo y blanco.) A ello, Broca, fundador de la Sociedad Antropológica y el más importante craneómetra (o medidor de cabezas) del mundo, replicó que “el estudio de los cerebros de las razas humanas perdería su principal interés y utilidad” si las variaciones de tamaño no contaran para nada”. Se preguntó Broca qué sentido tendría que los antropólogos dedicaran tanto tiempo a medir cabezas si los resultados no guardaran relación con lo que él consideraba la cuestión más importante de todas: el valor relativo de los diferentes grupos humanos. “De todas las cuestiones discutidas hasta ahora en la Sociedad Antropológica, ninguna tiene una importancia equiparables a la que estamos contemplando. (…) La gran importancia de la craneología ha tenido tal impacto entre los antropólogos que muchos de nosotros hemos abandonado otros aspectos de nuestra ciencia con el fin de dedicarnos casi exclusivamente al estudio, de los cráneos. ( … ) En estos datos confiamos descubrir alguna información relevante sobre el valor intelectual de las distintas razas humanas”.

 

Broca y Gratiolet se enzarzaron en una larga batalla que duró cinco meses y ocupó casi 200 páginas del boletín de la Sociedad. Los ánimos se exaltaron. En el calor de la contienda uno de los lugartenientes de Broca propinó el golpe más bajo: “He notado desde hace tiempo que, en general, aquellos que niegan la importancia intelectual del volumen del cerebro poseen cabezas pequeñas”. Al final, Broca salió vencedor indiscutible. Durante el debate, ningún dato fue más importante para Broca, ninguno analizado por más tiempo o discutido más vigorosamente que el cerebro de Georges Cuvier.

 

 

Las medidas de un sombrero

Los contemporáneos de Cuvier se maravillaban de su masiva cabeza. Un admirador llegó a afirmar que “confería a su porte un indudable cachet de majestuosidad, y a su rostro, una expresión de profunda meditación”. Por ello, a la muerte de Cuvier, sus colegas, en pro de la ciencia y de la curiosidad, decidieron abrir el gran cráneo. El martes 15 de mayo de 1832, a las siete de la mañana, un grupo de los principales inécticos y biólogos de Francia se reunió para diseccionar el cuerpo de Georges Cuvier. Se empezó por los órganos internos, y al no encontrar nada, particularmente notable se fijó la atención en el cráneo de Cuvier. “De esta forma”, escribió el médico responsable de la óperación, “nos dispusimos a contemplar el instrumento de su poderosa inteligencia”. Y sus expectativas no se vieron defraudadas. El cerebro de Georges Cuvier pesaba 1.830 gramos, más de 400 por encima de la media, y 200 gramos más que cualquier cerebro sano pesado con anterioridad. Informes sin confirmar y dudosas inferencias colocaban los cerebros de Oliver Cromwell, Jonathan Swift y lord Byron a la misma altura, pero Cuvier había proporcionado la primera evidencia directa de que brillantez y tamaño de cerebro van juntos. Broca se aprovechó del resultado y basó una buena parte de su argumentación en el cerebro de Cuvier. Pero Gratiolet continuó indagando hasta dar con un punto débil. En su pasmo y arrebato, los doctores habían olvidado conservar tanto el cerebro como el cráneo. Además ni siquiera habían informado de las medidas de éste. Buscando un sucedáneo, Gratiolet tuvo un momento de inspiración. “No todos los cerebros son pesados por los médicos”, afirmó, pero todas las cabezas son medidas por los sombrereros, y he logrado adquirir, de esta nueva fuente, una información que me atrevo a decir, no carecerá de interés para ustedes”. En pocas palabras, Gratiolet había encontrado algo casi grotesco en comparación con el cerebro del gran hombre: había hallado el sombrero de Cuvier. Y así fue como, durante dos sesiones, algunas de las mentes más preclaras de Francia cavilaron seriamente sobre el significado de un pedazo usado de fieltro.

 

El sombrero de Cuvier, informó Gratiolet, medía 21,8 centímetros de longitud y 18 centímetros de anchura. A continuación, había consultado a un tal M. Puriau, “uno de los sombrereros más inteligentes y mejor conocidos de París”. Puriau le comunicó que la mayor medida habitual de sombreros era de 21,5 por 18,5 centímetros. Aun que pocos hombres iban tocados con sombreros de este tamaño, las medidas de Cuvier no resultaban ser descomunales. Además, informó Gratiolet con evidente placer el sombrero era extremadamente flexible y “se había ablandado con el largo uso“. Probablemente cuando lo compró Cuvier no había sido tan grande. Además Cuvier poseía una cabellera particular mente espesa y crespa. “Esto parece demostrar claramente”, proclamó Gratiolet, “que si bien la cabeza de Cuvier era muy grande, su tamaño no era absolutamente excepcional o único” .Los oponentes de Gratiolet prefirieron seguir creyendo en los médicos y se negaron a dar mayor importancia a un pedazo de tela Más de 30 años después, G. Hervé volvió a interesarse por el tema del cerebro de Cuvier y descubrió que después de todo, la cabeza de Cuvier había sido, efectivamente, medida, aunque las cifras se habían omitido en el informe forense. El cráneo era realmente grande; afeitado, en la autopsia, de su célebre mata de pelo, su circunferencia máxima era sólo poseída por un 6% de “científicos y hombres de letras” (y encima medidas en vida y con pelo) y un 0% de sirvientes domésticos. Respecto al mal afamado sombrero, Hervé admitió su ignorancia, citando, sin embargo, la siguiente anécdota: “Cuvier tenía por costumbre dejar el sombrero sobre la mesa del vestíbulo de su casa. Ocurría a menudo que un profesor o un hombre de Estado se lo probaran. Indefectiblemente, el sombrero se hundía por debajo de sus ojos”.

 

En apariencia, esta historia parece ridícula. La imagen de los mejores antropólogos de Francia discutiendo apasionadamente sobre el significado del sombrero de un colega muerto podría dar pie a la inferencia sobre la historia más errónea y más peligrosa de todas: la idea de un pasado habitado por gente medio boba, de la evolución de la historia como un progreso y del presente como de un mundo ilustrado y sabio. En nuestro caso, un indicio de la importancia vital que para los antropólogos del siglo pasado tenía el cerebro de Cuvier se halla en la última línea de la cita anterior de Broca: “En estos datos confiamos descubrir alguna información relevante sobre el valor intelectual de las distintas razas humanas“. Broca y su escuela querían demostrar que el tamaño del cerebro, por su vinculación con la inteligencia, permitía resolver lo que ellos consideraban la cuestión principal de una ciencia del hombre -explicar por qué algunos individuos y algunos grupos tienen más éxito que otros; para este fin clasificaron al hombre según las convicciones de antemano que tenían de su valía: el hombre frente a la mujer, el blanco frente al negro, los genios frente a la gente común-, e intentaron demostrar las diferencias en el tamaño de los cerebros. Los cerebros de los hombres (literalmente, varones) eminentes constituían un vínculo esencial de su argumentación, y Cuvier era la crème de la crème. He aquí la conclusión de Broca: “En general, el cerebro es mayor en el hombre que en la mujer, en los hombres eminentes que en los hombres de talentos mediocres, en las razas superiores que en las inferiores. Si lo demás se mantiene igual, existe una notable relación entre el desarrollo de la inteligencia y el volumen del cerebro”

 

‘Cuanto más, mejor’

Confío en que nadie en la actualidad establezca un orden de razas y de sexos por el tamaño medio de sus cerebros. Sin embargo, persiste nuestra fascinación por la base física de la inteligencia (como debe ser), y en algunos sectores se mantiene la ingenua esperanza de que el tamaño u otro rasgo externo fácilmente medible consiga: captar toda su sutileza interna. En realidad, la expresión más burda del cuanto más, mejor -el uso de una cantidad fácilmente medible para evaluar inadecuadamente una cualidad mucho más sutil y esquiva-, todavía sobrevive entre nosotros. Y el mismo método que algunos hombres utilizan para juzgar el valor de sus penes o de sus automóviles continúa aplicándose a los cerebros. Este artículo estuvo inspirado por un informe sobre el destino del cerebro de Einstein. El cerebro de Einstein fue conservado para su estudio, aunque 23 años después de su muerte los resultados todavía no han sido publicados. Los restos que quedan -otros fueron mandados a distintos especialistas- reposan actualmente en el fondo de un frasco de vidrio guardado en una caja de cartón, que originalmente contuvo botellas de sidra, y albergado en una oficina de un pueblo de Kansas. Nada se ha publicado porque nada especial ha sido descubierto. “De momento todo está dentro de los límites normales de un hombre de su edad“, afirmó el propietario del frasco.

 

¿Acaso acabo de oír a Cuvier riéndose a carcajadas desde el más allá? ¿Se estará repitiendo el famoso proverbio de su tierra natal: plus ça change, plus c’est la même chose? La estructura física del cerebro debe manifestarse de alguna manera en la inteligencia, pero el mero tamaño o la forma externa es poco probable que tengan valor alguno. Por lo que sea, a mí me interesan menos el peso y las circunvoluciones del cerebro de Einstein que la casi certeza de que gente del mismo talento ha vivido y ha muerto en los campos de algodón y en las fábricas.

 

Adaptado de Natural history, y del libro La falsa medida del hombre, que acaba de publicar en España Antoni Bosch, editor. Stephen J. Gould es catedrático de Geología, Biología e Historia de la Ciencia en la Universidad de Harvard.

 

 

Blog Paleo Cuvier o la naturaleza del Genio; viernes 11 de agosto de 2006


El genio de Georges Cuvier es innegable, fue el padre de la anatomía comparada desligando a gran parte de la paleontología de la mitología. Aún así Cuvier fue un tipo con un vicio muy particular, aunque no se le conoce condición de mujeriego o de bebedor, sino algo que quizás muchos de nosotros nos hemos encontrado, CUVIER ERA UN PEDANTE!!!. A tal grado que sus estudiantes lo odiaban y famosa es la anécdota en la que aburridos de la degradación de la que eran objeto en clases, quisieron hacerle una broma (…) a monsieur Cuvier en medio de la noche ingresaron a su casa disfrazados de demonios de grandes cuernos y patas de cabra, quisieron hacerle creer que desde el más allá llegaba su juicio, aún en la somnolencia el siempre académico Cuvier se levantó y ante la figura del averno que se cernía ante él no atinó más que mencionar: “En todos mis años de trabajo de campo, jamás he conocido especie alguna de cuernos y pezuñas que sea carnívoro así que puedo seguir durmiendo”. Sin duda una respuesta como esa podía tan solo venir de Cuvier.

 

No pretendo insistir en la biografía del francés nacido en Borgoña y estudiante de la Universidad Caroline cerca de Stuttgart, Alemania. Sin duda su buena cuna apoyó su posición en el mundo científico, en donde además contó con la colaboración del propio Napoleón quien le enviaba personalmente las colecciones saqueadas por sus tropas por Europa.

 

Cuvier es el ejemplo de como tu condición puede colaborar al establecimiento de tus ideas en el ámbito científico, Cuvier como estudioso de los fósiles propuso como base para la existencia de estos registros que se contravenían con las preponderantes ideas de la Iglesia de las cuales él era creyente (aún cuando el mismo había presentado muchas especies ya extintas) la idea “catastrofista” es decir, extinciones periódicas en donde el “diluvio universal” habría sido el más reciente suceso. Claramente estas ideas eran falsas.

 

Al mismo tiempo un tipo de cuna humilde Jean Baptiste Lamarck, proponía uno de los primeros acercamientos a la EVOLUCIÓN la idea del “transformismo” la adquisición de caracteres en cada generación que eran heredados, aunque esta idea tampoco era del todo correcto aunque, era mucho más real que la idea de Cuvier, no fue aceptada producto del mismo Cuvier.

 

Lamentablemente aún cuando se encontraban en la misma Universidad, el pobre Lamark se quedaba ciego en auditorios de muy pocos alumnos en donde a baja voz hablaba de sus ideas, mientras que en el salón de al lado Cuvier lo ridiculizaba ante una contundente audiencia. Además, ante la condición de Lamarck, el cruel Cuvier no dudo en exacerbar su preponderancia al decirle “No hay más ciego que aquel que no quiere ver” ante las risas de sus colegas en clara alusión de la falsedad (al parecer de Cuvier) de las ideas de Lamarck, aún cuando, insisto, estas estaban mucho más cerca de la realidad.

 

El genio de Cuvier trascendió a través de las generaciones, siendo la base de la disputa de los cráneometristas (Sombreros anchos y mentes estrechas, El Pulgar del Panda, Stephen Jay Gould) cuando Paul Broca y Louis Pierre Gratiolet discutieron si el tamaño del cerebro influía en la inteligencia de las personas. No confiados de los datos obtenidos del cerebro del naturalista décadas antes cuando Cuvier murió, basaron sus deducciones en nada más que el sombrero de Cuvier, el cual argumentaba Broca que era conocido que cuando los colegas de Cuvier se lo calzaban, siempre este les quedaba grande. Sin duda en la obtención de datos para la ciencia no está todo dicho.

 

Cuvier estuvo equivocado en muchas cosas, sobre todo en su empedernido creacionismo fijista, más aún en su humor y chocante personalidad que avasallaba a alumnos y colegas, pero, de Cuvier podemos aprender dos cosas una buena y una mala. La buena primero: el genio invaluable de su validación del método científico sobre todo para la descripción de especies fósiles en comparación con las actuales, fundando la Anatomía Comparada Moderna y atribuyéndose el título del Aristóteles de la biología francesa. Y lo malo que aprendemos de Cuvier: por otra parte no importa tu genio, si hay alguien mejor que tú, por su condición social o valía jerárquica, sus ideas se impondrán a las tuyas no importa que tan equivocadas estén y esa es la lección que aprendió lamentablemente Lamarck. Sin duda, esos vicios en la ciencia moderna, aunque no niego su persistencia, se han podido ir erradicando.  Publicado por Roberto E. Yury Yáñez en 8/11/2006 11:01:00 PM

 

En el blog la Lógica del Titiritero puede leerse (Pablo Rodríguez Palenzuela):

¿Qué es lo que hace, pues, Gould a lo largo de su libro? Hacer una crítica demoledora y, en mi opinión, justificada de la infamante doctrina denominada Darwinismo Social, preconizada, entre otros por H. Spencer y F. Galton. El Darwinismo Social justificaba el racismo y las desigualdades sociales de la época victoriana basándose en un supuesto paralelismo con “la supervivencia del más fuerte”. Sin duda, esta doctrina constituyó un completo desastre intelectual y moral y sus argumentos eran bastante débiles desde el punto de vista científico. Gould tiene razón en su crítica en la mayoría de las cosas que dice sobre este punto (aunque no en todas, por ejemplo, se mofa de la correlación entre CI y tamaño del cráneo a pesar de que este es un hecho bien probado experimentalmente). Sin embargo, de aquí no sigue que la inteligencia no pueda ser (en parte) genéticamente heredable y que el estudio de esta cuestión implique necesariamente un posicionamiento ideológico, tal como afirma Gould repetidamente.

 

Aparte de ignorar la evidencia que no le conviene, Gould objeta el uso del CI empleando dos argumentos: 1) que el CI es demasiado simplista para captar el concepto de inteligencia; y 2) que el denominado factor g es un “constructo” matemático carente de significado biológico. Examinemos ambos argumentos por separado.

 

El test de inteligencia fue inventado por el psicólogo y educador francés Alfred Binet a principios del siglo XX. Su objetivo no era medir la inteligencia sino evaluar el desarrollo intelectual de los escolares. Para ello diseñó una batería de pruebas de dificultad creciente; la puntuación obtenida en estas pruebas se comparaba con la puntuación media que sacaban los niños de la misma edad, lo que permitía evaluar el adelanto o retraso en el desarrollo del niño, de aquí que se calculara como un ‘cociente’. Binet trabajó largos años buscando preguntas que tuvieran validez general para escolares de diversa procedencia y ambiente social. Sus fines eran prácticos y humanitarios: pretendía mejorar el sistema educativo. En aquella época era normal juntar en la misma aula escolares de edades muy diferentes y los que mostraban alguna anomalía en el desarrollo, por ejemplo, lo que hoy catalogaríamos como autistas o hiperactivos, eran frecuentemente catalogados como ‘imbéciles’ y privados de toda educación.

 

El test de inteligencia cayó en desuso en Europa, pero fue rescatado del olvido por psicólogos americanos, si bien con fines diferentes a los originales. El método fue adaptado y refinado por científicos de la Universidad de Stanford y desde entonces es conocido como el método ‘Stanford-Binet’. Curiosamente, uno de los fines para el que se utilizó fue para la organización del ejército americano durante las dos Guerras Mundiales. Las autoridades militares lo emplearon extensamente como uno de los criterios esenciales para asignar ‘destino’ a los soldados recién reclutados. Desde entonces, el test de inteligencia se ha convertido en una herramienta importante, tanto en la Academia como en Psicología de empresa. Prácticamente todo el mundo pasa por él en algún momento de su vida. No puede extrañarnos que el CI haya sido objeto de duras críticas. La primera, el hecho de no ser ‘culturalmente neutral’; esto es, que el tipo de preguntas favorezca a personas acostumbradas a realizar tareas similares, digamos de ‘papel y lápiz’ y de tipo abstracto. Por ejemplo, un estudio realizado con niños semi-abandonados en Brasil, los famosos ‘meninos da rua’, mostró que aunque éstos eran analfabetos y no sabían hacer cálculos aritméticos sobre el papel, tenían una gran capacidad para hacerlos ‘de cabeza’, pues se ganaban la vida vendiendo en puestos callejeros. Otro ejemplo; es sabido que hombres y mujeres tienden a puntuar de forma diferente en distintas pruebas, por esa razón el peso relativo de estas pruebas ha sido ‘ajustado’ para que la puntuación media sea la misma en ambos sexos. De aquí puede concluirse que el ‘peso’ relativo de las pruebas es, en cierto modo arbitrario.

 

En definitiva, el CI no lo es todo. Seguramente, muchas capacidades cognitivas humanas (inteligencia emocional, creatividad) se escapan a este índice. Y sin embargo, sería un error pensar que el CI es completamente inservible. Para empezar, constituye una medida estandarizada, sistemática y generalmente aceptada por los psicólogos. Tendrá limitaciones, pero nadie ha propuesto una alternativa mejor. El CI es el mejor indicador disponible para medir la capacidad cognitiva general de la población. Para seguir, el CI constituye un índice estable a lo largo de la vida del individuo y con una importante capacidad predictiva. Un amplio estudio (Deary et al., 2004) de una cohorte de 500 personas durante 68 años encontró una correlación de 0.66 entre los CIs de la misma persona medidos a los 11 y a los 79 años. Más importante aun es el hecho de que el CI constituye el mejor predictor conocido de éxito académico (Neisser et al., 1996) y uno de los mejores del éxito profesional (Schmidt and Hunter, 1998). Si el CI no vale para nada, tendríamos que pensar que nuestro sistema educativo tampoco. Además, existe una relación estadísticamente significativa entre el CI de una persona y los años que ésta vive (Whalley and Deary, 2001) (aunque las razones que explican esto último no están claras). Ninguna persona prudente afirmaría hoy día que el CI no tiene ninguna validez para medir la capacidad cognitiva de las personas.

 

El segundo argumento empleado por Gould tiene que ver con el empleo de una técnica estadística denominada “Análisis de Factores”. Los estudios en Psicometría han podido demostrar la existencia de un factor de inteligencia general, denominado g. Este factor no representa ninguna habilidad mental particular, es tan sólo un ente matemático que refleja el hecho de que las personas que puntúan alto en ciertas pruebas –digamos de habilidad verbal- también suelen puntuar alto en las demás pruebas. Esto refleja a su vez la existencia de una capacidad cognitiva general, la llamada ‘inteligencia general’ o, abreviadamente g. La existencia de este factor g tiene gran importancia para los científicos porque contribuye a ‘validar’ lo que miden los test de inteligencia. A pesar de los que diga Gould, el hecho de que capacidades mentales muy diversas y, en principio independientes, muestren una alta correlación, sugiere que g es algo real y constituye una herramienta valiosa. La existencia de g como ente matemático sugiere, aunque no demuestra, que este factor tiene una existencia real en los genes y en la estructura del cerebro. De modo que el problema de la “cosificación” del factor g, de la que se queja repetidamente Gould, difícilmente constituye un problema. Genuinamente, g es una hipótesis que habrá que contrastar. Tendrán que ser la Neurobiología y la Genética las que digan finalmente si g tiene un asiento en nuestro cerebro y nuestro genoma. Es posible que el concepto de “inteligencia” sea nebuloso, como afirma Gould, pero tanto los estudios sobre CI como el concepto de g lo hacen un poco menos nebuloso y más inteligible. Conviene destacar además que la existencia de este factor único, subyacente a todos los dominios cognitivos, constituye uno de los hallazgos más repetibles y repetidos en la historia de la Psicología.

 

La búsqueda de los genes que afectan a la inteligencia equivale a buscar los ‘genes de g’. A pesar de que a esta empresa se han dedicado un buen número de laboratorios de ‘primera’, los resultados están muy lejos de proporcionar una respuesta. Se ha encontrado un cierto número de genes candidatos tanto por asociación con retraso mental y demencia, como por asociación con inteligencia en personas sanas (en realidad, la asociación se estable con determinados alelos de genes que tienen polimorfismo). Entre los hallazgos más prometedores está el gen de la apoliproteína E (asociado a una forma de demencia), así como una asociación entre la dislexia y una región del cromosoma 6 (Plomin, 1999). Otros genes candidatos prometedores son un receptor colinérgico-muscarínico (Commings et al., 2003) y el gen de la catepsina D (Payton et al., 2003). Asimismo, hay pruebas de la asociación entre el gen que codifica la catecol-O-metil-esterasa y las capacidades cognitivas de tipo prefrontal/ejecutivo (Winterer and Goldman, 2003). Está claro que todavía no conocemos la base genética de la inteligencia, no obstante, es pronto para darse por vencido, ya que están surgiendo nuevas herramientas para estudiar el problema.

 

Existen buenas razones para creer que estos genes actúan de forma cuantitativa, esto es, que dicho carácter está determinado por un cierto número de genes, de los cuales coexisten diversas variantes en la población. El resultado es que los individuos no pueden clasificarse de acuerdo a distinciones de tipo blanco/negro, sino que el valor de la variable se distribuye de acuerdo con una curva normal. Estos genes cuantitativos (técnicamente QTL) deben ser los responsables de las variaciones observadas (o más correctamente, del componente genético de la misma). No debe descartarse que se produzcan descubrimientos espectaculares en este campo en un futuro próximo.

 

La cuestión de la heredabilidad de la inteligencia (o mejor dicho, del CI) ha sido objeto de un intenso estudio en las últimas tres décadas, realizado a través de proyectos de gran envergadura. A menudo, la recopilación de los datos requirió muchos años de esfuerzo continuado. En octubre de 1990 se publicó en la prestigiosa revista Science (Bouchard Jr. et al., 1990) un artículo que resumía las investigaciones de muchos años, el denominado ‘estudio de Minnesota’, y que significó el punto de inflexión en este campo. El estudio incluía 56 pares de gemelos idénticos criados aparte, a los que se había sometido a una extensa batería de pruebas, incluyendo la medida del CI. Éste se ha sumado a un buen número de estudios existentes, entre los que se debe destacar al Proyecto de Adopción de Colorado (Plomin and DeFries, 1983). A diferencia del estudio de Minnesota, éste último se basa en la comparación, durante un largo intervalo de tiempo, entre hijos biológicos y adoptados. Un artículo de revisión publicado en 1997 recogía un total de 212 estudios sobre esta materia (Devlin et al., 1997). Existe un amplio consenso entre los expertos con respecto a la alta heredabilidad del CI. Con todo, estas investigaciones no están exentas de posibles críticas y limitaciones, pero lo que no es admisible es ignorarlas.

 

La conclusión inescapable es que Gould hizo trampas y antepuso una ideología mal entendida a la honestidad intelectual. Admitir que el CI es, en parte, heredable y que éste tiene algo que ver con la inteligencia no significa adscribirse a una ideología racista ni de derechas, ni mucho menos abogar por la reducción de políticas sociales (más sobre esto en: http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2007/10/18/todos-somos-negros/) No quiero decir con esto que la totalidad de la obra de Gould, como paleontólogo y divulgador científico, carezca de valor. Eso es una historia diferente y requería un análisis diferente. Pero por la “La falsa medida del hombre” se merece un rapapolvo.

 

Prefiero callarme o tendría que blasfemar. Ya os he contado mi caso. Vosotros tendréis vuestra experiencia.

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Comentarios

Muy buen artículo. Me gustaría que me enviarán el test de CI para descargarlo en mi pc, para ver como voy.

Gracias

Emilio

Muy interesante;me gustaría conocer el test de CI.Opino que: a más entrenamiento más CI,y creo que el hombre usa muy poco de su cerebro,si me intriga por qué algunos usan un poco más sin necesidad de entrenamiento;pero creo que cualquier persona que se entrena adecuadamente,mejora su CI. Pablo.

En el fondo, el problema es que hablamos de LA inteligencia como de LA bondad, como algo general y en si. Inteligencia es variable y comprende muchas actividades especificas, como bondad también.
Las habilidades especificas no se correlacionan mucho entre si, no hay un factor g probado.
Siempre he admirado a los cientificos más por su amor a descubrir con qué mientes hacer el bien, que por su rendimiento.
¡Y no se mide “la” inteligencia en abstracto, sino un rendimiento!

[...] También ha sido recurrente en la historia el intento de relacionar variables como racismo o coeficiente intelectual con el adn o el tamaño o la estructura del cerebro. Ni qué decir tiene que la rotundidad con la [...]

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