La Agricultura Moderna: Alimento y Veneno para el Hombre y la Biosfera

Hace menos de 48 horas que edité el post Agricultura Ecológica versus Agricultura de Conservación. Prefiero omitir aquí las razones que dieron lugar a tal contribución. El tipo de debate subyacente se me antoja de lo más desagradable. Sin embargo, me encuentro en la obligación de alertar a los ciudadanos, como administrador de una bitácora destinada a la divulgación científica de mi opinión personal, pretendiendo modestamente que sea lo más correcta posible. Empero la objetividad en estado químicamente pura no existe. Somos humanos. Hoy os mostraré tres testimonios más de otros tantos expertos que nos advierten de lo que se esconde bajo el concepto de agricultura de conservación. Estos proceden de los lugares más variados del mundo. ¿Estamos alimentándonos, o ingiriendo veneno que a la postre también degrada toda la biosfera?

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Los herbicidas arrojados desde los aviones causan graves problemas de salud a los agricultores de muchas regiones del mundo. Fuente: LaLeva.org

 

Obviamente, la respuesta debería ser ¡las dos cosas a la vez! Ayer (sábado 27 de marzo de 2010) cenaba con mi hermana y mi pareja, junto a tres amigos (un experto de biodiversidad del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino; una fitopatóloga española y un fitopatólogo y experto en biología molecular aterrizado del mundo anglosajón). Las dos primeras dudaban si mi reacción en el primer post frente a lo que viene denominándose agricultura de conservación fue excesiva. Empero cuando comenzamos a charlar con los otros tres comensales sus temores se disiparon. Previamente, había hablado por la mañana con mi maestro y mentor Antonio Bello Pérez (del que he reproducido con anterioridad varios artículos de divulgación, publicados con antelación en la más que recomendable revista en acceso abierto Agropalca). Ya sabía que iba a estar de acuerdo con mis tesis, por cuanto, en gran parte, son las suyas. Me recomendó que leyera una traducción que realizaron al alimón el y otro afamado experto en agricultura ecológica que lleva a cabo su actividad profesional en una universidad estadounidense. Se trata de la primera noticia que os reproduzco del número de Agropalca, editado en Enero-Marzo 2009. Apareció publicada por otra autoridad “yanqui” (enero de 2009) en el New York Times (Un proyecto agrario para los próximos cincuenta años). Su testimonio, así como posicionamiento, me permite soslayar la labor de entrar en detalles. La agricultura de conservación, es “más de lo mismo” respecto a la considerada actualmente más convencional, si es que esta no lo es ya. Del mismo modo, el autor defiende los paisajes agrarios diversificados con la presencia de especies perennes (árboles y setos) y sin transgénicos. Se trata de cuestiones que venimos defendiendo en este blog desde todos los puntos de vista: una versión moderna y mejorada (si cabe) de las tradicionales dehesas contemporáneas. 

También, esta mañana, otro de los contertulios de anoche, me envió un correo electrónico con otra noticia, aparecida hoy domingo (28 de Marzo de 21010) en el rotativo Público y que lleva por título “Lo que nos llevamos a la boca”. Os lo reproduzco abajo. Tampoco resulta necesario apuntalarla con comentarios adicionales. Los datos que ofrece acerca de los transgénicos y el herbicida de marras son más que contundentes.

El incesante incremento del uso de organismos moidicados genéticamente en agricultura-fuente-isaaa 

La extensión de los cultivos transgénicos en el mundo. Fuente: ISAAA

Finalmente, leyendo hoy el boletín de mi+d,  topé con otra nota de prensa que ayer publicó el Rotativo “El País: “El agua contaminada causa más muertos que cualquier guerra”. Hablamos de la opinión de la Organización de las Naciones Unidas. No debe extrañaros el titular. Cierto es que las valoraciones sobre este tipo de estadísticas siempre deben estar sujetas a un análisis prudente. Sin embargo, tras casi cinco años de blogger, si puedo defender ante cualquiera, con datos en la mano, que la contaminación ambiental causa, efectivamente, más muertes anuales que cualquier otro desastre natural y las guerras que azotan a este desolado mundo que estamos legando a nuestros sucesores. Sin embargo, este última noticia omite, o al menos no explicita con claridad, que las aguas contaminadas que devastan la salud del planeta emergido y convierten a nuestros océanos en cloacas proceden principalmente de tres fuentes distintas, aunque parcialmente acopladas: (i) las residuales de las megaurbes de los siglos XX y XXI; (ii) los agroquímicos de la agricultura moderna, y (iii) de otras fuentes más variadas relacionadas con nuestra agresiva tecnología y consumo desorbitado, siendo las dos en cualquier caso primeras dominantes. Como veis no he tenido que escarbar en los archivos, evidente palmaria que no defiendo nada novedoso.

Y finalmente permitirme que exprese mi opinión personal, avalada por las notas de prensa que abajo reproduzco y otras múltiples lecturas. “Creo” que aun soy habitante de un país democrático, pero también que las libertades ciudadanas alcanzadas tras décadas de lucha se encuentran en franco retroceso. Unio llega a temer expresarse libremente sin sufrir represalias. Se nos está vendiendo por “verde” puro veneno, y por “sustentable” lo insustentable, poor no decir insalubre. Y termino aquí mi discurso, por cuanto estos textos son claros, contundentes y avalados por autoridades científicas y la propia ONU. La agricultura ecológica, hoy por hoy, deviene en la única alternativa al problema de una producción agraria limpia y sostenible, siendo lo demás juegos de artificio espetados por poderes fácticos con muy mala leche. Esta es mi opinión y la de otros muchos expertos.

¿Qué debemos pensar cuando los defensores de los transgénicos nos acusan de estar “mal educados” en lo que concierne a las bondades de estos productos? Omito mi réplica por no blasfemar. Y finalmente un consejo al blogger cuyo post ha dado lugar a mis dos últimos: “zapatero a tus zapatos”, o por lo menos se claro.

 

Juan José Ibáñez    

 

 

Un proyecto agrario para los próximos cincuenta años

Agropalca

Las tormentas intensas del último mes de junio, que son poco frecuentes en las áreas cerealistas de Iowa, EEUU, causaron efectos catastróficos de erosión del suelo, donde se formaron cárcavas de hasta 60 metros de ancho. Pero aún peor es el daño a largo plazo que se produce bajo condiciones normales de lluvia debido a los arrastres por escorrentía y a la erosión superficial de las tierras de cultivo con escasa cobertura vegetal o desnudas, así como por la degradación causada por actividades industriales y tecnologías no relacionadas con la actividad agrícola o el medio ambiente.

Cuando se usa y se abusa del suelo de esta forma, éste se vuelve tan poco renovable como el petróleo, aunque se le puede considerar mucho más valioso, ya que a diferencia del petróleo, el suelo no tiene sustituto tecnológico y carece de amigos poderosos en los despachos del gobierno.

La agricultura se ha llevado a cabo con excesiva frecuencia mediante un abuso y despilfarro insostenible del suelo, desde que los primeros agricultores destruyeron la cubierta protectora del suelo junto con las raíces de las plantas perennes. Diversas civilizaciones se han destruido a sí mismas al destruir sus tierras de cultivo. Esta pérdida irremediable, de la que nunca se ha hablado suficiente, se ha agravado con las enormes áreas de monocultivo y con la continua exposición de la superficie del suelo que propicia el modelo de agricultura que se lleva a cabo en la actualidad.

En relación con el problema de la pérdida de suelo, la industrialización de la agricultura ha añadido el problema de la contaminación por productos químicos tóxicos, que en la actualidad está presente universalmente en nuestras tierras de cultivo y cursos fluviales. Parte de esta toxicidad está relacionada con las prácticas generalizadas de mínimo laboreo. No deberíamos envenenar nuestros suelos para evitar que se pierdan.

La agricultura industrial ha transformado nuestro modelo alimentario, haciéndolo totalmente dependiente de los combustibles fósiles, al mismo tiempo que aplica “soluciones” tecnológicas alternativas en lugar de potenciar el trabajo y la actividad humana, lo que ha desplazado prácticamente la cultura agraria tradicional (con todas sus imperfecciones) que en el pasado dependía de sistemas de producción agrarios familiares, asistidos por las comunidades rurales.

Es evidente que nuestro modelo actual de agricultura no es sostenible, por lo que nuestro suministro de alimentos tampoco lo es. Tenemos que recuperar la salud ecológica de los paisajes agrarios, así como la estabilidad económica y cultural de nuestras comunidades rurales.

Durante los últimos 50 o 60 años hemos vivido con el convencimiento de que mientras tengamos dinero tendremos comida, lo cual es falso. Si seguimos con nuestra agresión a la tierra y a las prácticas tradicionales agrarias que nos han permitido hasta ahora obtener alimentos, veremos disminuir el suministro de los mismos, y nos enfrentaremos a un problema mucho más complejo que el fracaso de nuestra teoría económica. Los gobiernos no podrán proporcionarnos alimentos sólo mediante subvenciones de cientos de billones de dólares a los sectores agrarios.

Cualquier recuperación urgente plantea, sobre todo, un aumento sustancial de la superficie dedicada a plantas perennes. La forma más inmediata de hacerlo es volver a las rotaciones de cultivos, donde se debe incluir, el heno, los pastos y el pastoreo de animales.

Pero es necesario una respuesta más profunda si queremos seguir comiendo y, al mismo tiempo, preservar nuestras tierras. De hecho, en los últimos 30 años se han estado realizando investigaciones en Canadá, Australia, China y Estados Unidos que proponen para un futuro próximo el poder introducir cultivos perennes en los principales sistemas cerealistas, como son el trigo, arroz, sorgo y girasol. Al incrementar el uso de mezclas de cereales con plantas perennes se puede proteger el suelo y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, así como el uso de combustibles fósiles y la contaminación tóxica.

Ello supondría un incremento en el secuestro de carbono, a la vez que la acumulación de agua y de nutrientes en el suelo sería mucho más eficiente. Además, incrementando el cultivo de plantas perennes y el pastoreo, habría más posibilidades de crear empleo con la actividad agraria, a condición de que los agricultores y ganaderos fuesen retribuidos con un precio justo por su trabajo y su producción.

Los agricultores creativos y los consumidores de todo el mundo ya están llevando a cabo muchos de los cambios necesarios para la producción y comercialización de alimentos. Pero también necesitamos una política agraria nacional basada en principios ecológicos. Precisamos un proyecto agrario para los próximos 50 años que trate de resolver fundamentalmente los problemas de pérdida, degradación y contaminación de suelo, la destrucción de las comunidades rurales, y nuestra dependencia de los combustibles fósiles.

Todo esto es, sin duda, una cuestión política, pero que está mucho más allá de la política agraria a la que estamos acostumbrados. Se trata de un problema tan próximo a cada uno de nosotros como lo es nuestro propio estómago.

Wes Jackson & Wendell Berry (*)

Publicado: 4 de enero de 2009. The New York Times

(*) Wes Jackson es experto en genética vegetal y Presidente de The Land Institute en Salina, Kansas; Wendell Berry es agricultor y escritor de Port Royal, Kentucky. http://www.nytimes.com/2009/01/05/opinion/05berry.html. A 50-Year Farm Bill.

Traducido y adaptado con la colaboración de un equipo coordinado por Antonio Bello Pérez, Dpto. Agroecología, Centro de Ciencias Medioambientales, CSIC, CSIC, Madrid & Rodrigo Rodríguez Kábana, Auburn University, Auburn, Alabama, EEUU.

 

Lo que nos llevamos a la boca

 

Público.es 28 Mar 2010

GUSTAVO DUCH

Si atendemos a los comunicados de, por ejemplo, la Asociación Médica de EEUU, deberíamos asegurarnos de que cada uno de nosotros y nosotras estemos bien lejos de la exposición a los pesticidas. Según dicen, “existe incertidumbre acerca de los efectos de la exposición prolongada a dosis bajas de pesticidas. Los sistemas de supervisión actuales son inadecuados para definir los riesgos potenciales relacionados con el uso de pesticidas y con enfermedades relacionadas con pesticidas. (…) Teniendo en cuenta esta falta de datos, es prudente limitar la exposición a pesticidas y usar los pesticidas químicos menos tóxicos o recurrir a alternativas no químicas”. Pero caminamos en el sentido contrario, porque, además de la exposición directa que sufren muchas personas, por ejemplo, trabajadoras y trabajadores agrícolas, todos, poco o mucho, acabamos tragando alguna clase de pesticidas transportados por los alimentos que contienen transgénicos, cuando tenemos –como recomienda la asociación– una alternativa, mejor dicho, un derecho, muy sencillo: disponer de comida libre de transgénicos.

En la actualidad, dos de los transgénicos más extendidos llegan, aunque sea en bajas dosis o como residuos, a nuestros platos. Soja bañada de un pesticida llamado glifosato y maíz que incorpora una toxina letal para los insectos. La soja –no la confundamos con la usada en la alimentación asiática– nos llega desde el cono Sur de Latinoamérica y especialmente de Argentina, y su rasgo transgénico la hace inmortal a dicho pesticida; por lo tanto, se le riega y se le riega con esa sustancia. Aunque aquí no consumimos esa soja directamente, es la base de la alimentación de nuestra ganadería intensiva y un ingrediente importante de la comida industrial, donde la encontramos en forma de lecitina en la bollería, las salsas, las papillas, etc. ¿Y qué ocurre con los seres humanos que entran en contacto directo con el glifosato, como ocurre en muchas poblaciones de esas regiones? Los datos empíricos son claros: malformaciones embrionarias, enfermedades dérmicas, respiratorias y aumento de casos de cáncer. Y en el laboratorio, cuando se estudia con animales, hay ya numerosos y rigurosos estudios muy preocupantes que han determinado, por ejemplo, que el glifosato puede inhibir el cese de la reproducción de una célula en ensayos sobre el erizo de mar; que la aplicación de glifosato sobre fuentes de agua con anfibios en desarrollo destruía el 70% de la biodiversidad de anfibios y el 86% en renacuajos; que hay una estrecha relación entre Linfoma No Hodgkin (un tipo de cáncer) y el glifosato; y, por último, los más conocidos estudios dirigidos por el doctor Gilles-Eric Seralini, de la Universidad de Caen en Francia y asesor de la Comisión Europea, que demuestra en unos trabajos publicados en la revista Scientific American que tal sustancia produce la muerte de las células embrionarias, placentarias y del cordón umbilical, dando origen a malformaciones, teratogénesis y tumores.

El mismo Dr. Seralini alerta, en un reciente estudio publicado en International Journal of Biological Science, sobre qué le pasa a los animales de experimentación alimentados con maíz con las toxinas Bt antes mencionadas: a los tres meses en los análisis de sangre encuentra un aumento de grasa en sangre, de azúcar y problemas de riñones y de hígado. Este maíz, aunque sólo está aprobado para alimentar ganado, lo tenemos más cerca. En España hay 100.000 hectáreas dedicadas al cultivo de maíz transgénico. La contaminación de este maíz a los cultivos convencionales o ecológicos para el consumo humano está demostrada. Saquen ustedes la conclusión.

Y ahora la Comisión Europea ha aprobado un nuevo cultivo transgénico, la patata. Al igual que el maíz y la soja (mayoritariamente de Monsanto, al igual que el glifosato requerido) se trata de un cultivo para usos industriales y piensos. Basf, propietaria de la frankenpatata, aspira a ganar unos 20 millones de euros al año. La modificación genética, esta vez, no tiene que ver con pesticidas, se trata de hacer más aprovechable su almidón, pero lleva, como alertan las organizaciones ambientalistas, genes resistentes a los antibióticos. ¿Y para qué le sirven en este caso? En el campo para nada. Sólo son utilizados como marcadores para localizar los genes modificados en los laboratorios. Pero, en cambio, si entran en la cadena alimentaria favorecerán la creación de resistencia de las bacterias a esos antibióticos. Y perderemos un recurso médico.

Estas son algunas de las hipótesis de los efectos sobre nuestra salud. Pero me queda uno. Miren, a medida que los transgénicos avanzan, desaparecen las pequeñas fincas productoras de alimentos diversos y de calidad. La soja arruina a las chacras y tambos y en Argentina han de recurrir entonces a alimentarse de carne producida intensivamente, siempre menos saludable que la producida extensivamente, sin nada más que sol y hierba. Y en España el avance del maíz significa la desaparición del pequeño hortelano y hortelana, y nos queda comer lechugas y tomates (porque no hay mucha más variedad) producidos bajo plásticos con mucha química encima.

¿Son los transgénicos la solución contra el hambre? Si no están destinados para el uso humano, está claro que no. Y si cuando nos los comemos nos pasa como a los ratoncitos, ¿por qué no se prohíben? Nuestra mesa está gobernada por Monsanto, Basf y compañía.

 

Gustavo Duch es editor de la revista ‘Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas’. Autor de ‘Lo que hay que tragar’

 

El agua contaminada causa más muertos que cualquier guerra

Piense en toda el agua de desecho que sale de su casa desde que se levanta: el agua con jabón de la ducha, el de la cisterna tras orinar o defecar, el agua con detergente de la lavadora, el que además lleva la grasa de la vajilla… Multiplique por los miles de millones de hogares en el mundo. Añada el agua de cada comercio, fábrica o cultivo. ¿A dónde va?

 

FUENTE | El País Digital 28/03/2010

En los países desarrollados, hay depuradoras que tratan la mayoría del agua de desecho antes de verterlo en ríos, lagos o mares. Pero en los países en vías de desarrollo, se calcula que el 90% de estas aguas se vierten directamente sin depurar. El problema es tal que cada año mueren más personas por enfermedades relacionadas con el agua contaminada que por cualquier forma de violencia, incluidas las guerras, según un informe de la ONU. Anualmente, fallecen 1,8 millones de niños menores de cinco años por esta causa, uno cada 20 segundos. Las víctimas de estas dolencias ocupan la mitad de las camas de los hospitales de todo el mundo.

En el Día Mundial del Agua el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP, en sus siglas en inglés) alerta de que sin una actuación urgente para mejorar la gestión de estos residuos -dos millones de toneladas de desechos, que contaminan 2.000 millones de toneladas de agua diariamente-, la situación empeorará. Su impacto no afecta sólo a la salud de millones de personas, sobre todo de los más pobres. También golpea los ecosistemas marinos -245.000 kilómetros cuadrados de zonas marinas muertas, según la UNEP-, y el clima, por las emisiones de metano que contribuyen al calentamiento global.

Se estima que la población mundial actual, unas 6.000 millones de personas, superará los 9.000 millones en 2050, la mayoría concentradas en áreas urbanas de países en desarrollo, cuyas infraestructuras de saneamiento ya son inadecuadas. “Necesitamos ser más inteligentes sobre nuestra forma de gestionar las aguas residuales“, dice Achim Steiner, director de UNEP. “Las aguas residuales matan a la gente, literalmente“.

La solución no es fácil, pero puede también suponer una oportunidad de desarrollo. UNEP, en su informe Sick Water (Agua enferma), hace un llamamiento a los Gobiernos a emprender acciones urgentes con un “enfoque multisectorial”, con una gestión basada en los ecosistemas y una visión a largo plazo, en la que la educación y la innovación juegan un papel fundamental. La gestión debe implicar al sector público y al privado, a escala local, nacional y transfronteriza, con soluciones “social y culturalmente apropiadas, así como económica y medioambientalmente viables en el futuro”.

Autor:   C. J.

Y otro más sobre plaguicidas y retraso mental de los niños:

 Pesticide Chlorpyrifos Linked to Childhood Developmental Delays

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