Archivo de abril 30th, 2021

Europa a la conquista de la paz

La paz tiene su historia, como la guerra, y sin embargo se ha escrito mucho menos sobre aquella que sobre esta última. Incluso en los países de la Unión Europea, que se precian de vivir el periodo de paz más prolongado de su historia, las novedades bibliográficas sobre las guerras sobrepasan con mucho las que se ocupan de los aburridos y poco comerciales (desde el punto de vista editorial) periodos sin conflicto.

Por eso son de especial interés publicaciones como el último libro de Stella Ghervas, Conquering Peace. From the Enlightenment to the European Union (Harvard University Press, 2021), no solo por su temática sino por la ambición y el enfoque adoptado por su autora. Se trata, afirman los editores, de “una nueva y audaz mirada a la guerra y la diplomacia en Europa que rastrea la idea de un continente unificado en los intentos desde el siglo XVIII de diseñar una paz duradera”.

En palabras de la autora, profesora de Historia de Rusia en la Universidad de Newcastle y fellow de la Royal Historical Society:

“Este libro traza la historia –desde comienzos del siglo XVIII hasta nuestros días- de una cuestión profunda y preocupante: ¿cómo es posible prevenir futuras guerras garantizando las libertades de todos los estados? Plantear la pregunta en estos términos también implica aceptar que la guerra siempre ha sido parte de la vida y que uno puede verse obligado a aceptarla una y otra vez. Sin embargo, no quiere decir que esta sea una condición deseable. Los estados europeos elaboraron progresivamente una doctrina que no solo rechazaba el supuesto de que la guerra es inexorable, sino que también llegó a considerar la creencia en la inevitabilidad de la guerra como una profecía autocumplida. Esta doctrina afirmaba que una configuración internacional en la que todas las grandes potencias estaban convencidas de que los ejércitos permanentes fuertes eran la condición para la paz y la libertad nunca estaría en un estado de auténtica paz, sino que se hallaría siempre, en el mejor de los casos, en un estado de tregua armada – y siempre estaría presente el riesgo de que aquellas reiniciarían el círculo vicioso de una carrera de armamentos, que podría degenerar en otro conflicto, en destrucciones y en un empobrecimiento generalizado. Esta audaz teoría, nacida en el cambio de siglo, tenía como nombre original pax perpetua, o paz perpetua (tomando esta etiqueta de “perpetua” con fe, porque la paz obviamente nunca era eterna).

La esperanza de alcanzar la paz a través de la solidaridad política en Europa continuó como una humilde corriente, fluyendo sin detenerse a través de los siglos, o como una madre ‘vacía pero inagotable, dando a luz a mundos infinitos’. Esto no quiere decir que esta teoría fuera apoyada de forma inmediata o general; por el contrario, los promotores de la paz perpetua a menudo fueron ridiculizados, denigrados, y derrotados. Los imperios coloniales modernos de Europa impusieron a conciencia sus doctrinas marciales en ultramar, a menudo con aterrador ‘éxito’. Así que debemos lidiar con la evidente paradoja de que el continente que creó una amable concepción de la paz y llegó a rechazar todo imperio en Europa era, al mismo tiempo, el corazón de los imperios coloniales que conquistaron despiadadamente el mundo durante 500 años. Sin embargo, esta historia de la paz que cubre los tres últimos siglos revela el largo proceso hacia la comprensión de que la paz y la libertad eran alcanzables en Europa; de hecho, fueron alcanzadas en amplias regiones del continente, al menos por un tiempo. Además, los medios por los que muchos europeos se resistieron a la opresión imperial durante la primera mitad del siglo XX fomentó la comprensión generalizada de que los actos de conquista y de eliminación contra los no europeos también constituían crímenes contra la Humanidad – momento en que la gente retiró su apoyo a las guerras contra la independencia y dejó a los gobiernos nacionales poca elección que no fuera recortar los últimos magros presupuestos destinados a las empresas coloniales.

Este libro examina cinco momentos, cada uno con su propio espíritu, que ocurrieron poco después de grandes trastornos geopolíticos en la historia europea y que estuvieron marcados por la amenaza inminente de un imperio paneuropeo: el intento de Luis XIV de alcanzar la hegemonía en Europa (1701-1714); Napoleón y el imperio francés (1799-1815); los imperios germánicos en la Primera (1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945); y el dominio soviético sobre la mitad de Europa durante la Guerra Fría en las décadas anteriores a 1991. Esta periodización ilustra cómo el objetivo de la paz promovió la idea política de Europa (y su corolario de unificación) a través de la longue durée, mucho antes de que existiera un bloque europeo y antes incluso de la era de los estados-nación. También muestra cómo la evolución de Europa –cultural, económica e institucionalmente- dio forma al concepto de paz. Vista en esta perspectiva de largo alcance, la Unión Europea actual es simplemente el más reciente –y probablemente no el último- de muchos intentos de alcanzar la ‘idea de Europa’ como espacio de la paz política.

En el curso de su búsqueda de la paz, Europa tuvo que cuestionarse lo que sabía de sí misma e incluso –dados los efectos del colonialismo- la sinceridad de sus motivos. Pero Europa nunca fue simplemente la Santa Alianza, la Sociedad de Naciones, o la Comunidad Económica Europea; ni tampoco es hoy únicamente la Unión Europea. Estas instituciones eran simples avatares de un ideal abstracto de paz; como la forma femenina de Europa, son formas políticas mundanas a cuyo través se la percibía, y a veces se la adoraba, por parte de la propaganda oficial y de la prensa. Estas encarnaciones políticas sobrevivieron por cuanto estaban en armonía con ella y le eran fieles; tan pronto como perdieron esta conexión, se marchitaron y murieron. Los distintos intentos de líderes y opiniones políticos de estar en comunión metafóricamente con ese ideal de paz perpetua es lo que llamo “espíritu”, del francés esprit, como en esprit de corps. Uso esta palabra en su sentido colectivo como en ‘el espíritu de la Ilustración’ para un grupo de individuos; es un fenómeno social que impulsa una cierta idea o ideal.”

© Harvard University Press

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