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“Asesinando la ciencia”, “la ciencia ha perdido su corazón”. Premios Nobel contra el sistema actual de promoción científica

No son frases mías sino de un recientemente laureado Premio Nobel, si bien otros científicos de renombre le apoyan, como otra legión silenciosa de investigadores. ¿Por qué tal masa silenciosa no levanta la voz? Por la simple razón de que si lo hicieran, serían echados de la academia, alegándose que son profesionales frustrados cuyas indagaciones no atesoran la calidad suficiente como para ser publicadas en revistas de vanguardia. Sin embargo a Randy Schekman, o el también afamado investigador Peter Lawrence, no se les puede achacar de ser malos investigadores, precisamente. Y es que no existe otra manera de denunciar este deplorable asunto que tragar las injusticias primero, alcanzar la fama y luego denunciar al sistema, ya que de no ser así nadie te escucharía. La conjura de los necios del sistema (que también son legión) se encarga de velar por preservar unos procedimientos caciquiles y arbitrarios. Empero el empeño de  Randy Schekman fracasará, a no ser que la mayor parte de los científicos comenzaran una rebelión contra un sistema que no tiene razón de ser, pero que se afana en perpetuarse tanto por las editoriales, como los gobiernos y numerosos colegas a los que el futuro de la ciencia no les importa un bledo. A estos últimos colegas solo les interesa su propia fama y gloria. Eso si, nada que ver con Indiana Jones, sino todo lo contrario. Los estándares actuales de valorar la actividad científica inducen a que para los jóvenes el objetivo sea publicar frenéticamente, más que indagar en temas interesantes, desnaturalizando la genuina naturaleza de la investigación con mayúsculas. Paupérrima forma de educar a las futuras generaciones, aunque así se perpetua el sistema.

Más aun no es lo mismo publicar en una revista muy especializada (menos lectores aunque más interesados) que en una de las famosas revistas con un gran factor de impacto. Suele olvidarse que en el seno de las distintas disciplinas, sus practicantes publican de promedio más artículos (papers) en unas que en otras, examinándolos a todos con el mismo baremo. Tampoco se tiene en cuenta que el número de científicos que abordar diferentes materias resulta ser muy dispar, por lo que un artículo excelente en una puede recibir menos citaciones que los mediocres en otras. Del mismo modo se oculta que bajo el anonimato muchos los ¿objetivos referees? valoran el trabajo de sus colegas conforme a sus propios y egoístas intereses, según apoyen, compitan o estén en desacuerdo con la perspectiva que defienden ellos. Las modas son otro cáncer que lo adultera todo, por cuanto los papers de un tema en candelero, tienen más facilidad de salir a la luz triunfalmente (por intrascendentes que sean) que aquellos que abordan otras materias que, en un determinado momento interesan menos, por la razón que sea, con independencia de la calidad de las investigaciones. De ahí por ejemplo que en las ciencias ambientales, con harta frecuencia, suela añadirse forzadamente en la actualidad, la coletilla del “cambio climático”.

Tampoco es lo mismo que un artículo sea enviado por investigadores de un centro o universidad poco conocido que de otro de gran prestigio, a la hora de ser publicado, aun si sus contenidos son los mismos. Y así podríamos seguir ad nauseam.

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Los sacerdotes de la ciencia y su papel en el engranaje de la actividad indagadora. Fuente: Gizmodo

Casi todos los investigadores sufrimos este tipo de afrentas vaivenes, que suponen un ataque a la integridad y objetividad de la ciencia con mayúsculas. Eso sí, los que aceptan las sucias reglas del juego sin rechistar devorarán draconiana y darvinianamente a los que defienden la búsqueda de procedimientos más objetivos y honestos, tanto para la promoción científica como en lo concerniente a la diseminación de los resultados. Mienten los entrevistados en nombre de las revistas de prestigio (ver notas de prensa abajo) cuando alegan que defienden numantinamente la investigación de vanguardia, con independencia del significado que den a “estos palabros”. Lo que realmente les interesa a las revistas es que se bajen sus publicaciones (más dinero, mejor posicionamiento en el ranking de los “Journals”), dependiendo tal hecho de las mentadas modas. Raramente retiran del mercado estudios que a la postre resultan ser refutados, como debiera ser una de sus prioridades con vistas a no confundir a los lectores (separar el grano de la paja). Así por ejemplo, Randy comenta que: “Y lo que quizá es peor, no ha retirado las afirmaciones de que un microorganismo es capaz de usar arsénico en su ADN en lugar de fósforo, a pesar de la avalancha de críticas científicas”. Vean sino mi post sarcástico que edite sobre este tema un par de días después de que la revista en cuestión diera una rueda de prensa anunciando a bombo y platillo las conclusiones de una indagación que no tenían ni pues ni cabeza.  La Semana que unos Científicos Dijeron que Podían Cambiar el Mundo ¿De la Fusión Fría a la Teletransportación del DNA?.

Guardo con cuidado pruebas de las afrentas que personalmente he sufrido de todo ello, mientras que otros amigos han prometido proporcionarme las suyas. Tengo la idea de publicar un libro en el que se muestren palmarias evidencias de todo ello. Hierra Randy al tomar la decisión de que desde ahora, los miembros de su equipo no publicarán en las revistas de la mayor fama en su materia de investigación, ya que les llevará al ostracismo y restará oportunidades de seguir investigando en otras instituciones, conseguir proyectos, promocionarse profesionalmente, etc.

Resumiendo, la sociedad ha perdido sus valores éticos y el estado actual de la ciencia es un reflejo de ello. Tan solo una revolución colectiva más que improbable, o un cambio de prioridades de los gobiernos podría redirigir la investigación científica por los derroteros que nunca debió abandonar.

Estamos lo que, por amar la ciencia, deseamos un sistema más limpio y menos restrictivo frente aquellos que consideran que cualquier ataque al sistema es una afrenta contra toda la clase científica. Nauseabundo corporativismo que lo pudre todo. Veamos pues las notas de prensa y aplaudamos a Randy, aunque sea por su protesta testimonial.   

Juan José Ibáñez

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