Ciencia e Incultura Política: Investigación Traslacional

¿Porqué decir ciencia, innovación y desarrollo, cuando queremos decir economía, dinero y negocios?. ¿Qué diferencia existe entre un inventor y un científico?. Porqué crear constantemente vocablos nuevos para hablar de viejos problemas?. ¿Por qué los científicos deben cargar con el peso de la economía? ¿Por qué la vieja Europa se hunde irremisiblemente ante el avance de los dragones asiáticos? ¿Por qué el estado del bienestar de los países desarrollados se encuentra en peligro? Años y años con la misma cantinela, tanto por parte de las autoridades Españolas como de las igualmente incompetentes de la Unión Europea. ¡Habría tanto que contar……!

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Investigación transnacional Fuente: Translational Reserach Centre

Mientras políticos y compañías ofrecen un espectáculo deplorable, el ciudadano ve mermadas las conquistas sociales que tanto tiempo tardaron en conquistarse. Mientas los políticos se niegan a reducir sus suculentos salarios e incluso volar en segunda clase, y las multinacionales reparten indecorosos beneficios a costa de recortan sus plantillas, a los ciudadanos se les piden más y más, y más sacrificios. Pero a la clase media ya nos cuesta llegar a fin de mes. ¿Porqué hay tampoco corruptos de los dos primeros colectivos en la cárcel, si han sido responsables de la crisis financiara que padecemos? ¿Por qué los políticos dicen que vienen a servir al pueblo cuando a la postre “parece” que vienen a servirse del mismo?. Todas esas y muchas más preguntas nos hacemos los ciudadanos un tanto perplejos y/o desconcertados, cuando no enfurecidos.

Y en ese juego de rebuscar nuevos vocablos: “brotes verdes”, “globexidad, infoxicación” emerge el palabroinvestigación trslacional” que más o menos viene a decirnos que hay que acelerar la investigación con vistas a convertirla rápidamente en innovación y desarrollo. Aunque esta nueva y espuria etiqueta viene a aplicarse a la investigación clínica, en la práctica, lo es en cualquier otro ámbito de la tan cacareada I +D +i. Leyendo sobre este tema me he topado con mi viejo amigo “Juanito” (espero que no se moleste por mi atrevimiento). El es el autor de dos de las refrescantes noticias que os ofrecemos hoy. Juanito (guitarra en mano) y este impresentable servidor nos corrimos unas juergas de “madre y muy señor mío” durante los primeros cursos de nuestras carreras universitarias. Juan Lerma es actualmente director del Instituto de Neurociencias de Alicante. Vaya por usted maestro, ya que al margen de méritos profesionales, a la hora de redactar noticias en la prensa muestras un estilo bastante más refrescante que los habituales de los rotativos. A demás, llevas toda la razón. Ya os comenté en nuestro post “Tejido Industrial e Innovación en España” que este país adolece una serie de problemas histórico-estructurales, es decir heredados del periodo dictatorial precedente, de los que difícilmente podemos desprendernos. Ahora bien, también señalamos que España era la paradoja de la paradoja Europea. Debemos soportar a comisarios de la UE (como el del esloveno que recientemente ha sido reemplazado), cuyo discurso sobre el tema no difería en exceso del que pudiera deleitarnos un loro. Según este sabio, debemos adelantar a EE.UU :) Vamos a crear una estructura de investigación tecnológica que compita con el MIT (se le olvidada que EE.UU. alberga otros muchos centros tecnológicos de gran calidad, aunque con un poco menos de prestigio) :) . Empero el tiempo transcurre veloz, las crisis van y  vienen, mientras todos corremos más observando como nos adelantan los demás. En EE.UU. las cosas van algo mejor, pero las perspectivas tampoco son muy halagüeñas. Así, Juan Lerma también cuestiona la investigación transnacional, por cuanto: ”Antes de buscar curaciones… (Antes de curar, hay que estudiar… y mucho)”. Y tal frase resulta ser cualquier cosa menos trivial. Uno de los peores enemigos de la buena ciencia son las urgencias. Pero como nuestros políticos son poco ilustrados y carentes de imaginación, seguimos más o menos a la cola de Europa por mucho que por “cantidad” aquellos alardeen de que somos una potencia mundial. Y es que deben llegar muy cansados a sus casas, por lo que sus mentes tan solo digieren culebrones, programas “rosa” o tertulias en la que uno espera en vano que alguien espete algo novedoso (¡yo también quiero ser tertuliano porfa!, ya que ni tan siquiera uno debe ser guapo). Dicho de otro modo, si no se entiende su estructura y dinámica, resulta más que difícil redactar una nueva ley de la ciencia, que no repita los errores de la precedente (1986).

La buena ciencia, la que da lugar a descubrimientos relevantes, requiere creatividad y trabajo, pero también de un dilatado periodo de destilación que separe lo importante de lo irrelevante, y peor aun de la basura. O como dice el refrán “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Abajo encontrareis una magnifica noticia científica que lleva por título “Álvaro de Rújula: El verdadero descubrimiento sería no encontrar el bosón de Higgs”. Habría que recordar que cuando aquellos maravillosos locos de principios del siglo pasado  hablaban de partículas elementales, incertidumbres, gatos y complementariedades, nadie podía imaginar  que décadas después cerca del 80% del PIB de EE.UU., se basaría en sus disparatadas ideas. Pues eso amigos es la ciencia con “mayúsculas”. No confundamos los científicos con los denominados “inventores” en el pasado.

Cuando los políticos hablan de investigación trasnacional en sus cerebros reverberan los vocablos economía, finanzas y “pasta gansa para unos pocos. Sin embargo nadie parece dispuesto a decir la verdad. La globalización económica, con su deslocalización de empresas, se traduce en pérdida de puestos de trabajo en los países ricos, para ofrecer sueldos de miseria y condiciones insalubres de trabajo a los ciudadanos de los países eufemísticamente denominados en vías de desarrollo. Sin embargo, estos últimos no son unos descerebrados, ni mucho menos. Y nos lo están demostrando. Su momento parece haber llegado. Si a tal hecho se le añade la incorporación de China y la India al mercado de la globalización, la menestra esta servida. Durante años, han ido formando a sus investigadores en las mejores universidades del mundo. Las empresas en sus países (que no es lo mismo que decir de sus países) atesoran obra de mano muy barata y personal ya cualificado. Visto el negocio, numerosas multinacionales han trasladado parte de sus factorías allí, en donde no tienen que preocuparse de sindicatos, mantener el bienestar del ciudadano, cuidar la salud laboral, etc. ¡Negocio redondo!, para unos pocos, precariedad o miseria para el resto. Y el proceso continúa, al perecer inexorablemente.

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Ciencia tranlacional. Fuente Biotech Finances

Si uno se fija en los firmantes de las investigaciones en USA de las que hace eco la prensa, pronto comprenderá que en una buena parte de ella muchos de los coautores resultan ser investigadores asiáticos. Antaño, en gran medida, no regresaban a sus países de procedencia, pero ya no es así (o al menos en  menores proporciones). Las deslocalizaciones de las multinacionales (entre otras suculentas actividades) han ayudado a generar unos tejidos industriales en los denominados países emergentes, contra los que resulta difícil de competir en occidente si se desea mantener el bienestar social. Y como a los Estados desarrollados no les salen las cuentas, los ciudadanos ven mermados sueldos y derechos, cuando no pierden sus puestos de trabajo. Sin embargo, el problema se ha complicado hasta la saciedad debido a que haciendo gala de su denominación, muchas multinacionales han generado tal red de interrelaciones que al intentar poner algo de orden en algún lado, se generan serias instabilidades en otros. Las redes complejas son así de veleidosas. En consecuencia, parte del poder político va paulatinamente pasando a manos de los intereses económicos de tales corporaciones.  Pongamos tan solo unos ejemplos que sirvan como botón de muestra.

La farmaindustria, como toda empresa no ha nacido con vistas a resolver los problemas da salud pública, sino para amasar dinero. Y así mientras se nos informa de que “la píldora contra el parto precoz será prohibitiva” (varios miles de euros cuesta la dichosa pastillita, la prensa también recoge que “mueren más bebés en el parto que niños por sida y paludismo juntos”. Del mismo modo, mientras en mi ciudad el paro sigue aumentando también leemos que “el aire de Madrid empeora en 2011”. Empero en lugar de intentar subsanar este serio problema ambiental (y de salud pública), adoptando las medidas pertinentes, se solicita una moratoria a la UE para que no nos castiguen pecuniariamente. Eso sí, de cara a la galería  se prohíbe el tabaco, pero no el alcohol (Cortinas de Humo Contra la Intolerancia Social: Ahora a por el Alcohol, el Sobrepeso). Por otro lado, nuestras autoridades nos machacan los oídos con la productividad (y los suelos a ella ligada). Cada día uno debe trabajar más horas esforzándose por preservar  el mismo salario, cuando los médicos nos advierten de que las horas extra dañan nuestra salud (¿pero se siguen pagando las horas extra?, personalmente se me antoja una añorada reliquia del pasado?)

Más aun, mientras se nos induce a comprar aparatitos cada vez más sofisticados (a ser posible para recambiarlos cada año) para estar “a la última”, se nos oculta que las empresas los diseñan para que duren menos que un telediario (Las Miserias del Capitalismo: La Obsolescencia Programada, o el porqué vivimos en una Sociedad Anti-sustentable”). Por otro lado mientras las operadoras de telefonía e Internet no dejan de molestar a los clientes con sus fastuosas ofertas, resulta que, las juntas arbitrales de consumo están saturadas por las reclamaciones en contra de los proveedores de telecomunicaciones. Por su parte la empresa bombardea con noticias comerciales haciéndonos intentar creer que se trata de una ciencia milagrosa que cambiará los destinos del mundo (Dos empresas españolas descubren las claves de la nueva agricultura). Y así uno podría seguir “ad nausean”.

Como señala Juan Lerma, una de las misiones de le ciencia estriba en promover el progreso de la sociedad, pero no es el único. Y como “para ir deprisa debemos correr más despacio” tal obcecación en las investigaciones trasnacionales deviene en mera estulticia. La mentada estrategia puede ayudar para dar pequeños pasitos “pa” lante, nada más. Los progresos de la ciencia que cambian una sociedad, por su enorme calado, son de otra índole, como ya hemos mentado. Pues bien, resulta que se nos impele en sentido contrario salvo honrosas excepciones, cuyas iniciativas tampoco son adecuadamente explicadas al público. Este es el caso, por ejemplo, del “Gran Colisionador de Hadrones”. Como ya os comenté, al hablar del “Tejido Industrial e Innovación en España”, no se trata de que trabajemos en el beneficio de las multinacionales en un mundo globalizado. Ellos deben mantener sus propias plantillas de investigadores y tecnólogos. Los científicos que trabajamos para el Estado, recibimos el salario de los ciudadanos, aspecto que, al parecer, ha sido abducido por una amnesia generalizada que afecta a una buena parte de la comunidad científica. Como corolario, debiéramos tener como prioridad el bienestar de estos últimos. Empero en esta gran tela de araña, nada es lo que parece y nadie es lo que dice que ser. ¿Quien le pone el cascabel al gato?. Por no tener ya ni atesoramos intelectuales que puedan ofrecer alternativas de futuro más razonables. Eso si, cuando escuches a un político alegar “vengo a servir que no a servirme del pueblo” hazle una peineta.

Los científicos no son agentes comerciales que deban visitar a sus clientes para venderles las bondades de sus últimos productos. Tal actividad no es la tarea de un científico, por mucho que nuestras autoridades insistan en ello. Nosotros podemos ayudar a mejorar el tejido industrial, así como la competitividad de un país si se parte de una política científica vertebrada y la apuesta valiente de los empresarios. Empero la nueva ley de la ciencia más que corta se queda manca, y los empresarios no arriesgan, o por que no quieren, y/o por que no saben. ¿También deberemos desempeñar el papel de maestros en un colegio repleto de gandules?. Pues de ser así, dejemos los laboratorios y marchemos a una de esas afamadas escuelas de negocios.

Juan José Ibáñez

Algunas Noticias para la Reflexión

Antes de buscar curaciones… (Antes de curar, hay que estudiar… y mucho)

No hace falta convencer a nadie y menos a un científico de que, entre otras, una de las finalidades de la actividad científica es la de mejorar la calidad de vida del ser humano y contribuir al desarrollo cultural y económico de la sociedad. Dicho esto, es necesario denunciar la deriva en las políticas científicas tanto europeas como estadounidenses hacia la rentabilización de la ciencia.

FUENTE | El País Digital 17/03/2011

Esto acabará pasando factura, especialmente en nuestro país donde el sistema de ciencia, por mucho que haya crecido en las últimas décadas, es frágil y donde pequeñas perturbaciones pueden dar al traste con años de esfuerzo de miles de investigadores que gracias a su propio entusiasmo, su vocación, y naturalmente al incremento de presupuestario nacional, han sido capaces de situar a España en puestos impensables hace poco tiempo.

Anteriormente he denunciado de forma pública lo miope de tal medida pero como aún somos tan influenciables por lo que viene de fuera, me permito traducir la telegráfica “carta al director” del New York Times enviada por Moses Chao, un prestigioso investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York, titulada Antes de buscar curaciones y que resume con brevedad inusitada lo que muchos científicos de todo el mundo pensamos. Esta carta surge ante la publicación de una entrevista realizada por el NYT el 22 de Febrero a Richard J. Hodes, Director del National Institute on Aging, titulada El estudio del envejecimiento y el miedo a los recortes presupuestarios en la que aquel se queja de que para el 2010 solo han subido el presupuesto de su centro un 2% (22 millones de dólares).

Chao aclara que en esta entrevista se pasan por alto las razones del bajo incremento, diciendo: “un factor importante es el énfasis excesivo en la investigación llamada traslacional, que trata de traducir los hallazgos del laboratorio en aplicaciones clínicas, a expensas de la investigación básica. El impulso dado a los estudios traslacionales por los Institutos Nacionales de la Salud, el Congreso y nuestras universidades es miope y dañino.

Hace unos meses, en uno de los descansos de una reunión sobre la memoria y sus enfermedades, comentaba a un directivo de una empresa farmacéutica el notable avance producido en los últimos años en el conocimiento de los mecanismos básicos de la memoria y el aprendizaje. Con cierta sorpresa me respondió que a juzgar por lo que yo le revelaba, más de la mitad de los ensayos clínicos que se estaban llevando a cabo tenían un planteamiento erróneo. Esta es la misma impresión de Chao cuando dice en su carta al director: “Ni siquiera sabemos la función normal de las proteínas que causan enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. Por otra parte, varios ensayos clínicos recientes de medicamentos para la demencia no están basados en evidencias científicas sólidas. Antes de que podamos encontrar tratamientos racionales para estas enfermedades, se deben dirigir más recursos a los estudios básicos”. Y añado yo: ¿no hubiera sido mejor dedicar la enorme cantidad de dinero que cuestan algunos ensayos clínicos, claramente prematuros, a fomentar el conocimiento básico de cómo aprendemos y recordamos?

Es urgente que asumamos que lo fundamental es conocer, y que de ahí se derivan las aplicaciones (ahora denominadas traslaciones) de la Ciencia a la salud, la industria o la economía. Es igualmente urgente que asumamos que la investigación es un conductor intrínsecamente lento hacia la innovación. Por poner un ejemplo, el rayo láser fue descubierto en 1920 por Rudolf Landenburg y solo 40 años después se encontraron sus primeras aplicaciones industriales y médicas; 54 años después posibilita leer códigos de barras (primera aplicación comercial) y ya en 1998, 78 años después, se pudo emplear en oftalmología.

Por no hablar del led, cuyo descubrimiento data de los mismos tiempos y que está llamado ahora, no antes, a sustituir todo tipo de focos o lámparas incandescentes. También sería bueno asumir que hay que producir mucho conocimiento para obtener rentabilidades del mismo. Si examinamos el portafolio de patentes de la Universidad de Stanford, en la que se reflejan ni más ni menos que 7.400 patentes, solo 3 de ellas han tenido gran éxito (bigwinners). Una es la tecnología del DNA recombinante, con la que se pudo sintetizar insulina humana pura, un hito en la historia de la medicina. Pero fíjense, 3 de 7.400.

España ha pasado en pocos años de estar en el puesto treinta del ranking científico mundial al noveno. En poco más de 10 años, se ha multiplicado por 8 el número de patentes, aunque nuestra producción tecnológica esté por debajo de la producción científica. Pero entiendo yo que por más que se estruje la teta, no se obtendrá más leche de la que la vaca es capaz de producir. Tal vez, eso pasa con la ciencia y la tecnología española: para aumentar la traslación no hay más remedio que potenciar la ciencia básica. Y que cada uno haga su trabajo; lo demás es un parto contra natura cuyo fruto es impredecible.

Autor: Juan Lerma, (director del Instituto de Neurociencias de Alicante, CSIC-UMH, y presidente electo de la Sociedad Española de Neurociencias (SENC))

Europa pincha en ciencia

Robert-Jan Smits: O España invierte en I+D o se estancará

La patente europea consuma la postergación del español en la UE

3 comentarios
Alicia | 17/03/2011

Totalmente de acuerdo con Juan Lerma.

Es muy bonito y esperanzador cuando vemos un avance científico o una aplicación. Lo que habría que destacar cuando esto ocurre, es el gran trabajo que ha habido previamente en comprender el funcionamiento y el mecanismo básico. Hacer las cosas sin comprender el previo funcionamiento y las bases nos llevara a nada.

Apoyen la ciencia básica, dará sus frutos, y sobre todo den len tiempo.

Jesus del Mazo | 17/03/2011  madrid, España

Totalmente de acuerdo con Juan Lerma.

Tal vez el problema deriva de la dinámica política en relación con la Ciencia. Es decir, en cada periodo de legislatura los políticos de turno quieren ponerse alguna medalla mediática cara al electorado sobre “descubrimientos” o “avances tangibles”. Hace años que algunos de nosotros llevamos pidiendo un “Pacto Nacional por la Ciencia” que hiciera que la I+D estuviera por encima de los cambios políticos y por tanto las medallas mediáticas serían en todo caso para el conjunto de nuestra sociedad. La ciencia y su desarrollo no se vería sometida a vaivenes coyunturales ni en su concepción ni en su financiación como estamos padeciendo. Y desde luego la investigación básica seria el pilar del progreso y las posibilidades de traslación. De donde no hay, no se puede sacar, dice un clásico adagio español…

Teresa | 17/03/2011

Totalmente de acuerdo con el mensaje. Es muy conveniente incentivar las aplicaciones del conocimiento básico, pero no se debería de hacer con prisas si no se tienen aún datos rigurosos, sin las debidas cautelas, y si es sólo con pretensión de hacer negocios cuanto antes. Ciencia sí, tecnología también, y ambas con conciencia.

Una no tan nueva ley de la ciencia

Permítanme que empiece esta tribuna con una anécdota personal: cuando yo trabajaba de investigador en lexicografía griega en un instituto del CSIC, la gente me preguntaba con frecuencia que para qué valía la lexicografía griega, y yo contestaba indefectiblemente que, a mí al menos, me valía para pagar la hipoteca, lo cual era rigurosamente cierto. La actividad investigadora puede valer, en efecto, para muchas cosas, pero su razón de ser es una y solo una: se trata de aumentar el conocimiento, es decir, se trata de explorar terrenos insuficientemente explorados para dar a conocer hechos o fenómenos no conocidos anteriormente por nadie, y de intentar construir con ellos nuevas explicaciones de la realidad.

FUENTE | El País Digital; 30/03/2011

Concretamente, en los ficheros del Diccionario Griego Español del CSIC quedan decenas de palabras, hasta entonces desconocidas, que yo fui sacando de la paciente lectura de papiros griegos, palabras que no figuraban en ningún diccionario hasta entonces publicado y que pueden contribuir, modestamente, a ampliar el conocimiento existente sobre una lengua y una cultura de la antigüedad.

Los que nos dedicamos a la investigación científica tenemos muy claro que el objetivo principal de la ciencia es, precisamente, aumentar sin más el conocimiento humano y nos resulta por ello muy extraño que una ley llamada de “la ciencia, la tecnología y la innovación” no lo contemple como tal entre los 13 objetivos que enumera en su artículo 2.

Lo más parecido que este artículo 2 dedica a la curiosidad investigadora o a la excelencia científica es cuando dice que el objetivo que persigue la ley es “fomentar la investigación científica y técnica en todos los ámbitos del conocimiento, como factor esencial para desarrollar la competitividad y la sociedad basada en el conocimiento, mediante la creación de un entorno económico, social, cultural e institucional favorable al conocimiento y a la innovación”.

Observen ustedes que este farragoso párrafo repite hasta tres veces la palabra “conocimiento”, pero siempre en función de la competitividad y la innovación, y no como objetivo primordial y autónomo de la actividad de los científicos.

Las leyes no son políticamente neutrales; todas se construyen desde una ideología o unas creencias. Pues bien, esta ley está basada en la creencia, carente de evidencias empíricas, de que la ciencia es un requisito indispensable para que exista innovación y de que, de su adecuado cultivo, se deduce necesaria, secuencial y linealmente una mayor competitividad empresarial.

Relean la cita textual del desaliñado artículo 2 y díganme si el legislador no está convencido de que la ciencia es la antesala de la innovación y de su parienta, la competitividad. Pues bien, esa creencia es falsa o, al menos, no se sostiene en evidencias empíricas: como mínimo hasta Louis Pasteur (1822-1895), la ciencia y la innovación siguieron caminos ortogónicos y en diferente plano, o sea, dicho de una manera menos pedante, que nunca se encontraron en toda la historia. Existieron innovaciones que podemos calificar de tecnológicas desde, como mínimo, el primer hombre del Neanderthal, y gracias a eso, nuestra especie sobrevivió a la dura “competitividad” frente a otras alimañas y se dedicó a henchir la tierra con ahínco.

En paralelo y mucho tiempo después, empezaron a surgir individuos que se preguntaban por las causas de las cosas (felix qui potuit rerum cognoscere causas, feliz quien pudo conocer las causas de las cosas que dice un inspirado verso de Virgilio); individuos que averiguaban, o creían averiguar, que el sol y la luna no eran dioses olímpicos, sino rocas incandescentes, como Anaxágoras; que el sol no giraba alrededor de la tierra, sino al revés, como Copérnico; que las manzanas no se caían desde los árboles porque sí, como Newton; que los animales no fueron creados todos al mismo tiempo, como Darwin, y otros múltiples descubrimientos, escasamente útiles para quienes hacían barcos, molinos, tejidos, armas, salazones y encurtidos, máquinas de vapor y otros artilugios, pero que sí servían para despoblar el mundo de fantasmas, supersticiones y mitos, y para iluminarlo con hipótesis, teorías y datos, comprobados mediante experimentos reproducibles.

La nueva ley se aferra, a estas alturas, a una nueva superstición y a un nuevo mito: que la competitividad empresarial y la innovación tecnológica proceden directamente del trabajo de los científicos, sobre cuyas débiles espaldas hacen recaer la responsabilidad de mejorar la balanza comercial y de reducir el paro. Ahí es nada.

La nueva ley, por otra parte, persiste en esa suficiencia, no siempre justificada, y esa pertinaz desconfianza que se da en Madrid hacia las Comunidades Autónomas, a las que se pretende recurrir, como de compromiso, para que bendigan una política científica ya elaborada sabiamente en el ministerio de tutela: la llamada Estrategia Nacional de Ciencia y Tecnología (ENCYT), de la que se ocupa el artículo 7.2 de esta LCTI, debería escribirse más bien con M, porque de nacional tiene más bien poco, y con una M el acrónimo podría interpretarse, con mayor propiedad, como ministerial. El órgano que crea la ley en el artículo 8 como responsable de esa ENCYT rezuma desconfianza hacia el Estado de las autonomías que resulta ser el Estado constitucional.

¡Cuán lejos del equivalente órgano alemán, el Consejo de la ciencia (Wissenschaftsrat), creado en 1957 mediante un modesto decreto del canciller Konrad Adenauer y que ha venido funcionando impecablemente desde entonces! ¿Por qué no ha adoptado nuestro legislador ese bien contrastado modelo?

Los artículos 12 a 32, dedicados a la política de personal, entran en unos detalles que a este servidor de ustedes, que no sabe ni entiende de leyes, le parecen frecuentemente más propios de decretos u órdenes ministeriales que de una ley, pero no aspiro a tener mejor criterio jurídico que los centenares de legisladores que se han ocupado del asunto y me limito, por tanto, a expresar mi extrañeza ante tantas minucias.

Esos prolijos artículos, por lo demás, se dedican casi exclusivamente al personal funcionario, olvidando exitosas experiencias de regímenes contractuales que vienen utilizando ICREA en Cataluña, Ikerbasque en el País Vasco o CNIO en Madrid y que sitúan por ello a la nueva ley más en el siglo pasado que en el actual.

El artículo 25 hace extensiva la estructura organizativa del personal científico del CSIC a los demás organismos públicos de investigación, lo que nos llena de alegría, pero dura poco la alegría en casa del pobre, porque la Adicional Octava nos dice, como quien no quiere la cosa, que “en ningún caso esta reorganización podrá ocasionar incremento del gasto público”, lo que constituye lisa y llanamente un imposible: si el CIEMAT, INIA, IGME, ISCIII, IEO, INTA e IAC adoptan el modelo de los tres cuerpos científicos del CSIC, eso tiene un coste fácilmente cuantificable y quizá no demasiado elevado pero, en cualquier caso, superior a cero.

Los organismos públicos de investigación (OPI) que he mencionado en el párrafo anterior son los únicos a los que la nueva ley considera tales OPI, como si el Observatorio Astronómico Nacional, por poner un ejemplo, no fuese un organismo público en el que, por cierto, se hace una investigación en radioastronomía internacionalmente reconocida. Se conoce que el Ministerio de Fomento no debe haber aceptado que su OPI fuese regulado por otro ministerio, igual que le puede haber ocurrido al Ministerio de Defensa con su Marañosa y no pocas instituciones más, que se quedan fuera de las estipulaciones de esta ley que, por lo tanto, ni siquiera es capaz de regular todo el sistema público de I+D dependiente de la Administración General del Estado.

La gran novedad de esta ley, la aportación que todos estábamos esperando, que es la creación de una Agencia Estatal de Investigación, creada en el artículo 45, recibe asimismo su adecuada rebaja en la Adicional Duodécima que nos advierte de que “la creación de la Agencia se realizará sin aumento del gasto público y no se financiará con créditos del presupuesto financiero del Estado”. Crear órganos nuevos sin dotarlos de fondos para sus funciones, no sé lo que piensan ustedes, pero a mí me parece algo mágico.

Es posible que algún lector que haya llegado hasta aquí pregunte: ¿por qué no advirtieron ustedes al legislador de esas carencias y limitaciones en el momento procesal oportuno, para evitar que la ley saliera tan mejorable?

Pues bien, el legislador fue advertido, de viva voz y por escrito, de manera repetida, en reuniones discretas y en encuentros públicos, pero se ve que, o bien los científicos no hemos sabido explicarnos bien, o el legislador ha seguido la política del Daddy knows better (papá sabe muy bien lo que tiene que hacer).

Autor:   Javier López Facal (Profesor de Investigación del CSIC)

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1 comentario
Santiago Merino | 30/03/2011  Madrid, España

¡Magnífico artículo! La realidad es que se está desperdiciando otra oportunidad de ‘actualizar’ la ciencia en España. Lástima.

Álvaro de Rújula: El verdadero descubrimiento sería no encontrar el bosón de Higgs

(Este señor sí habla de ciencia)

Entrevista a Álvaro de Rújula, ex director del Departamento de Física Teórica del CERN. Es un físico elegante donde los haya. Irónico, incisivo, de mirada y lengua penetrantes.

FUENTE | ABC Periódico Electrónico S.A. 04/04/2011

Su trabajo no es, ni ha sido, el de manejar las enormes máquinas con las que la Ciencia escruta el origen de la materia y del Universo, sino el de predecir lo que esas mismas máquinas van descubriendo poco a poco sobre la naturaleza íntima de las cosas. Como buen físico teórico, su mejor arma es el cerebro, y durante años ha estado al frente del pequeño grupo de colegas (físicos teóricos como él) en el CERN, el gran laboratorio europeo de Física de Partículas, el lugar en el que se espera que se produzca, de forma inminente, uno de los mayores descubrimientos científicos de la era moderna: la razón, y el origen, de que la materia tenga masa.

Pregunta: ¿De qué estamos hechos exactamente?

Respuesta: Todos estamos hechos de tres tipos de partículas: electrones, y otras dos que son el quark up y el quark down. Quizás no se note, pero es evidente que es así. Si estamos aquí sentados tranquilamente, eso quiere decir que no estamos flotando por el aire. Y para eso hay dos motivos: el primero es que estamos inmersos en algo que no se ve, pero que existe, que es el campo gravitatorio de la Tierra, que es el que tira de nuestra masa y nos sienta en la silla; y el otro es que tenemos masa. ¿Y por qué tenemos nosotros, y las partículas elementales que nos componen, esa propiedad que se llama masa? Pues resulta que no la tenemos porque sí, sino por una razón que podríamos llamar “ambiental”. Las partículas elementales tienen masa porque están sumidas en otro campo, que tampoco se ve y al que llamamos el campo de Higgs, y que permea el vacío por completo.

P. El vacío como tal, pues, no existe…

R. Si vaciamos esta habitación hasta que nos parezca que no queda nada, seguirá habiendo dos cosas: el campo gravitatorio y el campo de Higgs. Si nos alejamos de la Tierra, el primero se irá haciendo más débil y desaparecerá. Pero vayamos donde vayamos en el Universo, no importa lo lejos que sea ni lo vacío que parezca, el segundo, el campo de Higgs, seguirá estando ahí. El vacío no es la nada. Y de eso estamos hechos todos, de partículas que sufren la influencia de ese vacío, en el sentido de que es él quien les da la masa. Esa es, precisamente, la hipótesis que queremos comprobar.

P. ¿Por qué las partículas de las que estamos constituidos no parecen seguir las mismas leyes físicas que observamos a nuestro alrededor?

R. Las estructuras de la naturaleza son variadísimas. Sin embargo, las leyes fundamentales de la naturaleza y los constituyentes elementales de la materia de la que estamos hechos son ambos sorprendentemente simples. Lo que es complicado es combinar estos ladrillos de las innumerables formas posibles. Pero cualquier estructura, por diferente que nos parezca, está construida con esas pocas y sencillas leyes.

P. Hay muchas partículas que sólo se manifiestan en determinados rangos de energía, y otras que, sin embargo, son más estables, como las que forman la materia sólida. Los físicos las van “descubriendo” en sus laboratorios a medida que son capaces de generar colisiones más y más energéticas. ¿Existe un límite al número de partículas que pueden, o pudieron, existir? ¿O siempre será posible seguir encontrando nuevas? ¿Cuántos son, en total, los constituyentes del Universo en que vivimos?

R. Hay dos tipos de constituyentes. Unos que se manifiestan sobre todo como materia, por ejemplo los electrones y los quarks. Estos tienen la propiedad particular de que si los vamos metiendo en una caja, llega un momento en que la caja se llena y ya no caben más. Y luego hay otras partículas que se manifiestan más bien como fuerza. Por ejemplo la fuerza electromagnética se transmite por medio de partículas de luz que llamamos fotones. Al contrario de las otras, cuantas más de estas partículas metamos en una caja, más fácil será ir metiendo las siguientes. Pues bien, del primer tipo de partículas, las que no caben todas en el mismo sitio, hay tres estables, que son el quark up, el quark down y el electrón (estos dos últimos forman los protones y los neutrones). El electrón, además, tiene un primo, que es el neutrino, que tiene un papel muy importante en el funcionamiento del Sol. Así que hay cuatro partículas importantes para que luzca el Sol, para hacer una paella, para enamorarse… todo eso lo puedes hacer con sólo cuatro partículas.

P. Pero además de eso hay más…

R. Si, las cosas son como son, y no como nos gustaría que fueran. En la naturaleza existen otras dos copias de esa familia de partículas que acabamos de describir. La única familia que es estable es la que está formada por el electrón, el quark up, el quark down y el neutrino. Las copias son casi iguales, solo que pesan más y son inestables, es decir, se desintegran en las anteriores. Y hay una tercera copia. Creemos que sabemos la razón por la cual tienen que existir estas tres familias. Y es que a pesar de que dos de estas tres familias de partículas son inestables, necesitamos las dos familias extra para que el mundo sea tal y como lo vemos.

P. ¿Por qué se necesita tanta variedad de partículas cuando sólo estamos hechos de unas pocas?

R. El motivo es el siguiente: si sólo hubiera una, o dos, familias de partículas, la materia y la antimateria se comportarían de un modo absolutamente idéntico. Pero el hecho de que haya tres familias permite que exista una pequeña diferencia entre materia y antimateria. La antimateria es igual que la materia, pero con carga eléctrica opuesta. Si nos fijamos bien en el Universo, veremos que hay muchísima radiación, muchísima luz, y sólo un poquito de materia. Si las contamos, encontraremos que hay unas diez mil millones más de partículas de luz que de materia. Y no hay antimateria. No hay antiestrellas, ni antigalaxias, ni antiplanetas…

P. ¿Y cómo sabemos que una galaxia distante no está hecha de antimateria?
R. Lo sabemos porque al principio de su existencia, el Universo no tenía galaxias y era una sopa continua de partículas. Y ya sabemos que en esa época no había antimateria para construir esas antigalaxias de las que estamos hablando. Para eso habría tenido que existir desde el principio una gran cantidad de antihidrógeno. Cuando la materia se encuentra con la antimateria, ambas se aniquilan mutuamente. Si hubiera habido antihidrógeno en el origen, y por alguna razón no se hubiera tocado con el hidrógeno “normal”, veríamos los “agujeros” que separan ambas sustancias. Y si se hubieran tocado, entonces veríamos que se aniquilan. Por lo tanto sabemos que el Universo actual no tiene antimateria. En el principio, en el Universo hubo tanto materia como antimateria, pero ambas se aniquilaron mutuamente dando origen a muchas partículas de luz. Sobró sólo un poco de materia ordinaria (una partícula por cada diez mil millones de partículas de luz) y con esa poca materia se construyó todo lo que hoy podemos ver.

P. Es decir, que estamos hechos de la escasa cantidad de materia ordinaria que sobró tras esa aniquilación mutua inicial…

R. En efecto. Y resulta que esas tres familias de partículas que hemos descubierto, con sus pequeñas diferencias, fueron las que marcaron la evolución del Universo hasta convertirlo en lo que vemos hoy. Este tipo de ideas fueron premiadas con el Nobel el año pasado. La debilidad de mi argumento, sin embargo, es que sabemos que esta propiedad que distingue materia y antimateria no es la misma que produjo la diferencia original entre materia y antimateria al principio de la existencia del Universo. De forma que tiene que haber algún otro tipo de materia, más inestable e inaccesible de la que conocemos, que es la que produjo la asimetría que observamos en la actualidad.

P. ¿Se refiere a la materia oscura?

R. Hay algunas teorías que dicen que se trata de la materia oscura, pero ninguna es tan convincente como para que pueda responder que sí.

P. De la masa total del Universo, sólo un 4% corresponde a la materia ordinaria, cerca de un 20% a la materia oscura y el 76% restante a algo misterioso y casi desconocido que los físicos han llamado “energía oscura”. ¿Significa eso que sabemos mucho menos de lo que pensamos, y que la inmensa mayor parte de lo que es el Universo está aún por conocer?

R. Sí, así es… Resulta que el problema más profundo de la Física de partículas, y también de la Cosmología, que estudia el Universo en su conjunto, tiene que ver con el vacío. Y a pesar de todas nuestras hipótesis, no podremos estar seguros de nuestras ideas hasta que encontremos el bosón de Higgs, la partícula responsable de la masa de todas las demás partículas. Pero el rol principal en esta cuestión lo juega el vacío.

P. ¿Puede explicar por qué?

R. El Universo no solo está en expansión, sino que está en expansión acelerada (es decir, cada vez se expande más rápidamente). Y eso se debe, pensamos, a la energía oscura. Pero la energía oscura es, precisamente, la densidad de energía del vacío, de manera que es el vacío quien juega el papel más importante, y también el peor entendido, en esta cuestión… Los cálculos realizados para predecir la energía del vacío dan resultados que son 54 órdenes de magnitud mayores que los observados, y esa es la mejor aproximación que tenemos…

P. Una aproximación que deja mucho que desear…

R. No, al contrario, es muy bueno tener una teoría que funciona tan disparatadamente mal, porque quiere decir que algo grande se nos está escapando, y eso implica a su vez que los actuales experimentos, tanto en Cosmología como en Física de partículas, tienen un potencial enorme, porque claramente hay algo gravísimo y muy profundo que aún no hemos entendido…

P. ¿Podría la teoría de cuerdas dar por fin una respuesta a esta cuestión?
R. Yo soy escéptico. En Ciencia avanzamos a base de ir descartando las teorías falsas y aproximándonos a las verdaderas, que nunca lo son del todo, pero que constituyen buenas aproximaciones a la realidad. Y para que una teoría sea interesante de verdad, tiene que incluir la manera de poder demostrar lo contrario, es decir, tiene que tener alguna predicción que sea falseable. La teoría de cuerdas no hace ninguna predicción falseable, y por lo tanto tiene un estatus en la Ciencia que es diferente al del resto de las teorías. Tiene un estatus más “místico”, por decirlo de alguna forma. Y en ese sentido, es una teoría floja como tal. Hace un tiempo se pensaba que podría ser la teoría del todo, pero últimamente se ha descubierto que aplicando lo que sabemos de la teoría de cuerdas al vacío, sale como resultado que hay, como mínimo, diez elevado a quinientos vacíos distintos… Y eso es una estimación muy a la baja. Es decir, que como mínimo habría diez elevado a quinientas leyes de la Naturaleza diferentes, y eso empieza a ser una teoría muy poco predictiva. Así que la teoría de cuerdas no está en el mejor de sus momentos.

P. ¿Existe la posibilidad de que algunas partículas estén viajando en el tiempo?
R. Teóricamente esa posibilidad existe, pero en la práctica es totalmente imposible de realizar, porque no hay suficiente energía en todo el Universo para construir el aparato adecuado. Sería posible curvar el Universo (como se hace con una hoja de papel) de forma que dos puntos distantes acaben por tocarse y las partículas pasen de un lado a otro a través de un agujero de gusano (una especie de agujero negro en forma de tubo), pero eso, en la práctica, no se puede construir.

P. Vayamos al bosón de Higgs…

R. Bien. Hemos llegado a la conclusión de que el vacío es una sustancia, un campo fundamental que permea todo el Universo. Y si se sacude un campo fundamental, como es el vacío, entonces las vibraciones de ese campo, que son las partículas o cuantos, aparecen. El bosón de Higgs es la partícula del vacío, igual que el fotón es la partícula, o cuanto, de los campos electromagnéticos. Aunque la partícula desaparezca, aún queda su campo, que lo impregna todo.

P. Para encontrar el Higgs, los físicos exploran en sus colisionadores de partículas lo que sucede a distintos niveles de energía. Se van explorando “parcelas” diferentes, y descartando las que están vacías… Parece que no quedan ya muchas por comprobar… ¿Cuándo se encontrará por fin el bosón de Higgs?

R. La parcela en la que estamos actualmente es suficiente. Cuando el LHC funcione al doble de su energía actual durante algunos años, y eso es sólo una cuestión de tiempo, entonces podremos demostrar que existe la partícula, o que no existe en absoluto. Si no aparece en esta “parcela” es inútil seguirla buscando en otras, porque en otros rangos de energía diferentes el bosón de Higgs deja de tener su rol y ya no tendría sentido.

P. Es decir, que si existe, tiene por fuerza que estar en el lugar en el que ahora se le está buscando…

R. Así es.

P. ¿Me puede decir en una sola frase qué pasaría si lo encontramos y qué si no lo encontramos?

R. Lo peor que puede pasar es que lo encontremos y no encontremos nada más, ninguna otra cosa sorprendente.

P. ¿Cómo qué?

R. Como la supersimetría, la materia oscura, las dimensiones extra… Si encontramos el Higgs y nada más, entonces habremos aprendido algo que ya está en los libros, y ese no es el escenario más interesante. Los físicos casi preferimos equivocarnos a no equivocarnos. Pero si no lo encontramos, entonces sí que será un descubrimiento importantísimo, comparable a cuando Michelson y Morley intentaron detectar el movimiento de la Tierra en el eter y se encontraron con que no había eter…

P. ¿Está diciendo que el verdadero descubrimiento sería no encontrar el bosón de Higgs?

R. El verdadero descubrimiento sería no encontrar el Higgs, y tampoco nada que lo sustituya. Entonces sí que habríamos hecho un gran hallazgo, y tendríamos que ir a los políticos y decirles: “Eureka, no hemos descubierto nada, esto es un éxito fabuloso”. Si lo descubrimos, estaremos constatando algo que ya sospechábamos. Si no, estaríamos ante algo completamente nuevo y fascinante.

P. En los medios se está vendiendo la idea de que encontrar el Higgs es algo fundamental, casi una obsesión sin la que el resto de la Física no tendría sentido…
R. Es exactamente al contrario, el gran descubrimiento sería no encontrarlo. Hay que seguir buscándolo con el objeto de no encontrarlo.

P. En cualquiera de los dos casos, ¿cómo repercutirá este descubrimiento en la vida de las personas?

R. Bueno, en primer lugar, se tomarán más en serio sus dietas alimenticias, ja, ja, ja… en lugar de en calorías, se medirán en bosones, ja, ja, ja… No, hablando en serio, el descubrimiento no tiene por qué tener ninguna consecuencia práctica inmediata. Desde que investigadores del CERN descubrieron una forma eficaz de que los ordenadores se comuniquen entre sí hasta la explosión de la web sólo pasó un año… pero nadie estaba buscando eso en concreto. Es decir, que las posibles consecuencias prácticas de encontrar, o no, el bosón de Higgs son totalmente inesperadas. Sabemos que siempre hay consecuencias tecnológicas aseguradas, pero no sabemos cuáles…

P. ¿Habrá dinero suficiente para seguir investigando a buen ritmo? ¿Cómo está afectando la crisis al CERN?

R. El CERN lleva ya afectado desde hace unos veinte años. Ya desde entonces se redujo el personal desde 3.800 personas a 2.300, de forma que cada vez hacemos las cosas con menos gente y, por lo tanto, no solo peor, sino que también muchísimo más despacio. Lo que no ha sucedido todavía es que alguno de los veinte países miembros haya dejado de pagar su cuota debido a la crisis. No lo ha hecho ni Portugal, entre otras cosas porque la cantidad de presupuesto dedicado al CERN es mínima. España contribuye con algo más de cuarenta millones de euros al año. Y como hay cuarenta y tantos millones de españoles, al final resulta que cada uno pagamos cerca de un euro al año por el CERN, lo que es una cantidad mínima. Pagamos muchísimo más por otras cosas que tienen muchos menos resultados.

Autor:   José Manuel Nieves

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Una OTAN contra las enfermedades raras

Ahora que vamos despacio la Ley de la Ciencia Por Juan Lerma

El Parlamento español acaba de aprobar, prácticamente por unanimidad, la Ley de Ciencia, la Tecnología y la Innovación (LCTI). La norma que ha salido tras el trámite parlamentario difiere en varios aspectos del borrador que entró, y es fácil admitir que en algunos aspectos ha sido mejorada.

FUENTE | El País Digital; 06/04/2011

Tendremos que escuchar muchas opiniones al respecto, pero antes que nada permítanme comentar una anécdota personal que le pasó al que suscribe en el aeropuerto de Madrid con ocasión de la visita a un foro donde se iba a discutir sobre el borrador de la susodicha ley. En ese aeropuerto coincidí con un ilustre colega y al comentarle el propósito de mi visita a la capital, me espetó: “¡Ah!, la ley de la ciencia, una porquería”. Ante lo cual le pregunté si la había leído. Me dijo que no, pero que todo el mundo decía que era una porquería. Así que esperemos que quien opine al respecto al menos se la haya leído y no se deje llevar “por lo que dice todo el mundo”. Naturalmente esto no se aplica a mi admirado amigo Javier López-Facal, que ¡vaya si se la ha leído! (ver EL PAÍS del 29 de marzo; comparto numerosas de sus apreciaciones).

Querámoslo o no, la LCTI establece el marco jurídico en el cual habrá que diseñar las estrategias generales de la investigación científica y el desarrollo tecnológico en nuestro país para los próximos años, tratando de adaptarse al contexto actual del Sistema Español de Ciencia y Tecnología, que es obviamente diferente del que existía cuando se aprobó la anterior ley de la ciencia, en 1986, y que tan buenos resultados ha dado para la organización racional de nuestro sistema.

Hay muchos aspectos a comentar, tal vez criticar, y no es cuestión de hacerlo en un breve artículo como este. Hay que admitir, sin embargo, que el énfasis de la nueva ley se sitúa en la transferencia del conocimiento al sistema productivo; es decir, la famosa innovación. Por ello se articulan medidas en un intento de rentabilizar la actividad científica y situarla en motor de la economía a medio y largo plazo. Ojalá que ello ocurra sin menoscabo de la fuente de conocimiento, la investigación fundamental. Además, trata de estimular la participación de la iniciativa privada en el conjunto del sistema, que en España está muy por debajo de los países desarrollados. Si todos estos objetivos se consiguen o no, será cuestión de analizarlo cuando la ley se desarrolle y pase un tiempo. Pero ojo, todos seremos responsables de ello, para lo bueno y para lo malo.

La comunidad científica española ha experimentado un notable incremento desde 1986. Por ello, la ley define en su título II la carrera científica y técnica tantas veces reclamada, que basada en méritos pueda ser predecible. Tal vez este es el punto que más debate suscita. Una crítica radical que la ley ha recibido es que no acaba con la carrera funcionarial y establece una carrera contractual de una vez por todas. Es verdad, pero a menudo no se citan las causas de por qué esto no ha podido ser así o ha tenido que ser de otra manera. Muchos científicos estamos convencidos de que la carrera funcionarial no es el mejor modelo para el desarrollo de la ciencia y que muchas de las medidas garantistas que las leyes en defensa de los trabajadores presentan no son de estricta aplicación en la actividad científica, donde la única bandera que ha de flamear es la de los méritos que llevan a la excelencia. Méritos que son bastante fáciles de evaluar y que en general devienen de la dedicación y el trabajo productivo del científico. ¿Pero quién no entiende que esto ha de ser así y busca sistemas garantistas propiciando la funcionarización de todos los trabajadores de la ciencia? Pues está claro y hay que decirlo: esta es una visión claramente arraigada y defendida por los distintos sindicatos, que posiblemente haya impedido una ley más progresista en estos aspectos. Asumiendo que los agentes sociales tienen su peso legislativo y que hay que respetar su opinión, compartida o no, veamos cómo la nueva ley resuelve el asunto en un intento de contentar a todos, a riesgo de no convencer a nadie.

En primer lugar, mantiene los diferentes niveles funcionariales con cambios mayormente de maquillaje. Sin gran novedad en este apartado; seguimos igual. Las novedades son que, por una parte, reconoce, aunque tímidamente, las peculiaridades del régimen del personal investigador (dejando, por ejemplo, sin aplicación la Ley Caldera, que ha traído en jaque a universidades y OPI en el desarrollo de los proyectos de investigación) y define tres modalidades contractuales para universidades y OPI. Por un lado, el “contrato predoctoral”, que no beca, para aquellos que deseen realizar una tesis doctoral. Gran avance, pues desaparecen las becas y otorga estatus de trabajador al estudiante que realiza tareas de doctorado. Por otro, se crea la figura del “contrato de acceso” al sistema. Este garantiza a los investigadores con doctorado y, creo yo, a los que acrediten cierta experiencia y méritos, cinco años al mando de un proyecto científico. Es formalmente equivalente al programa Ramón y Cajal, de bondades innegables. La actividad durante este tiempo, tras ser sometida a evaluación, otorga al contratado la posibilidad de participar con méritos añadidos en los procesos selectivos de personal fijo y/o funcionarial que las universidades y OPI puedan convocar. Además, se define la figura del “investigador distinguido”, que permite la contratación directa de investigadores destacados para desarrollar labores convenidas. Igualmente un gran avance porque posibilita la incorporación al sistema de personalidades científicas de relevancia o el reconocimiento (que bien podría ser) de investigadores con tareas singulares.

Ante estas figuras y modos, cabe destacar las reacciones de asociaciones, sindicatos y demás. Por una parte, se ha dicho que “el Gobierno debería darse cuenta de que al despedir a un investigador de un proyecto en el que llevaba inmerso tantos años [refiriéndose al contratado en acceso], lo único que hace es tener pérdidas millonarias, ya que todo lo invertido no servirá para nada si al cabo de cierto tiempo ese trabajador es despedido”. Razón llevan, pero esto no exonera del acatamiento a la evaluación de la labor realizada. Sería mucho más perjudicial para el sistema incorporar a personas que ciertamente no acreditasen un nivel, simplemente por el hecho de haber tenido uno de estos contratos. Esto sí que supondría pérdidas millonarias para el Estado -que no para el Gobierno- porque eternizaría los salarios y colapsaría las plantillas (precisamente por el dichoso sistema funcionarial irreversible). Rectificar a tiempo es de sabios y más vale una vez colorado que cien amarillo. Así que el paso automático a la categoría de fijo no está justificado si no se acredita cierto nivel de excelencia. Lamentable es que haya que “tragar” con los que ya estamos, pero, por Dios, no perpetuemos el sistema.

La principal solución que proponen colectivos como la Plataforma de Investigación Digna (PID) [me pregunto cuál es la investigación indigna] y la Confederación de Sociedades Científicas (COSCE) es “la creación de una ley que resuelva los principales problemas de fondo que existen en el mundo de la ciencia en España”. ¡Pues naturalmente! Sin embargo, “los problemas de fondo” son diferentes para los distintos colectivos, que defienden a veces cosas diametralmente opuestas: desaparición de los científicos funcionarios, independencia de gestión y contratos con evaluación periódica (COSCE); contratos estables -o plazas de funcionario- para todos los que superen su evaluación durante los cinco años de contrato (PID); garantía de continuidad en aras de la estabilidad laboral desde el inicio de la carrera y gestión participativa y controlada (sindicatos). Difíciles de asumir las declaraciones del portavoz del PP para los asuntos de Ciencia, Gabriel Elorriaga: “los contratos de acceso no van a cambiar la situación precaria en la que se ven inmersos los grandes talentos científicos que tenemos. En esta ley se les debería garantizar su continuidad al frente de un proyecto transcurridos cinco años y no es así”, a las que no veo más explicación que un afán electoralista. Así que, por favor, pongámonos de acuerdo y no defendamos una cosa y la contraria. A lo mejor lo que falta es claridad de ideas por parte de todos, porque la LCTI no puede garantizar que no haya recortes presupuestarios (como algunos echan en falta en la misma), no es su cometido; ni puede garantizar plazas para todos, sería una torpeza. En este sentido, sería mejor promulgar el tan reclamado Pacto de Estado por la Ciencia entre los distintos partidos. Pero claro, esto sería pillarse los dedos y, como dicen en mi pueblo, no es lo mismo llamar que salir a abrir.

En definitiva, no habría que ser tan pesimista, pues el pesimismo lleva a la melancolía. Aprovechemos lo que tiene de bueno esta ley y asumamos que, dada la situación y el peso de los agentes sociales, es la que se puede tener. Luchemos por salir adelante y si hay que plantear una nueva ley en unos años, pues se plantea. Lo que no podemos hacer es desmotivar a nuestros jóvenes dibujando horizontes apocalípticos que en realidad solo están en la mente de algunos, los de siempre. Para tamaña irresponsabilidad, que conmigo no cuenten.

Autor:   Juan Lerma (Director del Instituto de Neurociencias de Alicante (CSIC-UMH) y Presidente electo de la Sociedad Española de Neurociencia (SENC)

Una ley de ciencia poco ambiciosa

Una no tan nueva ley de la ciencia

La píldora contra el parto precoz será prohibitiva

Los partos prematuros son la primera causa de mortandad infantil en el mundo desarrollado. El mes pasado, cuando el Gobierno norteamericano aprobó el primer medicamento para evitarlos, la comunidad médica lo celebró, porque suponía la posibilidad de prevenir 10.000 nacimientos precoces en Estados Unidos cada año.

FUENTE | El País Digital 13/04/2011

La alegría duró poco: hasta que la farmacéutica K-V, que goza del monopolio de comercializar el medicamento durante siete años, propuso un precio inicial por embarazo de 30.000 dólares (20.800 euros). Tras recibir presiones del Gobierno, ese precio se rebajó a unos 9.700 euros.

El medicamento es la hidroxiprogesterona, o 17P, una hormona producida durante el embarazo. En 2003, el New England Journal of Medicine publicó un estudio que demostraba que al inyectárselo a 463 embarazadas con partos prematuros previos, solo un 36,3% había alumbrado antes de 37 semanas. Los científicos recomendaban comenzar a administrar la progesterona una vez cada semana a partir de las 16 o 20 semanas de gestación.

El estudio se había realizado en el Instituto Nacional de Salud, un centro de investigación del Gobierno norteamericano. La 17P, sin embargo, se había sintetizado por primera vez a mediados de los años sesenta, y se había recetado para tratar dolencias como el cáncer de útero.

Tras la publicación del estudio, y como el medicamento no se fabricaba desde los noventa, muchas boticas comenzaron a comercializar dosis de 17P. Suelen preparar los medicamentos con las composiciones detalladas por el médico, sin controles del Gobierno. El precio de una inyección de 17P no superaba normalmente los 20 dólares (13 euros). Hasta que K-V decidió fabricarlo. En febrero, compró la licencia para vender 17P a la farmacéutica Hologic, por 200 millones de dólares (138 millones de euros). Luego sometió al medicamento a diversas pruebas, con unos costes de investigación de 50 millones de dólares. Solicitó permiso para comercializarlo con el nombre Makena, por la vía permitida por la Ley de Medicamentos Huérfanos.

Esa ley ofrece un incentivo a las farmacéuticas para que fabriquen medicamentos para tratar enfermedades poco comunes. Muchas veces, los laboratorios no invierten en su investigación porque no se venderán en grandes cantidades. Por eso, el Gobierno ofrece esas licencias, válidas por siete años, durante los cuales se le otorga a esa empresa el monopolio de una sustancia. Médicos, aseguradoras y pacientes apoyaron a K-V. La alegría duró poco: a principios de marzo, K-V reveló que el precio de Makena sería de 1.500 dólares (1.040 euros) por dosis. “Ya debiéramos haber esperado este tipo de comportamiento de una farmacéutica como K-V”, explica la doctora Jennifer Gunter, madre de bebés prematuros, que ha tratado su experiencia en el célebre libro The Preemie primer. “Lo que ha provocado el enfado de pacientes y médicos es que antes de que K-V comercializara el medicamento, este ya se fabricaba en boticas. Nunca hubo dificultades para obtenerlo. Lo escandaloso es que, gracias a un estudio financiado por el Gobierno, una farmacéutica privada trate de cobrar un precio exorbitante”.

Junto con el aumento de precio -del 7.500%-, K-V comenzó a enviar cartas certificadas a las boticas para que abandonaran inmediatamente la sintetización de 17P. Aquello provocó algo insólito: el Gobierno, el Congreso, las aseguradoras, los médicos y los pacientes se unieron para detener a la farmacéutica. El senador Tom Harkin, de Iowa, dijo que “el comportamiento de K-V es escandaloso”. Finalmente, la Casa Blanca se ha visto obligada a actuar.

La FDA, la agencia con competencias farmacéuticas del Gobierno federal, emitió un comunicado el 30 de marzo admitiendo que había cedido la licencia a K-V “porque Makena es una dosis estéril inyectable y, en el caso de que hubiera riesgo de contaminación, hay más garantías de seguridad con un producto regulado”. “Aun así, un farmacéutico con licencia puede sintetizar un medicamento usando ingredientes que son componentes de otros medicamentos aprobados por la FDA”, añadía. “No tenemos la intención de multar a las farmacias que sintetizan la hidroxiprogesterona”.

El Gobierno le retiró la exclusividad a K-V, permitiendo a las boticas vender el medicamento al precio anterior. La farmacéutica respondió hace dos semanas, reduciendo el precio de cada dosis de Makena a 690 dólares (480 euros). La reducción es del 55%, pero el precio por embarazo aún se estima en 9.700 euros (6.700 euros). Previamente, era de 280 dólares (194 euros) por toda la gestación. Ha servido de poco. El de 690 dólares es un precio que muchos padres no están dispuestos a considerar si hay otras opciones al alcance.

Autor:   David Alandete

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