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Fuente: Colaje Imágenes Google

Hace ya poco más de una década me invitaron a impartir un curso sobre filosofía y sociología de la ciencia en un curso de postgrado de un máster la Universidad Politécnica de Madrid. El contenido gustó mucho a la mayor parte de los alumnos (que no de los profesores). Muchos de ellos me preguntaban: ¿Y porque no nos han enseñado estas materias en la carrera? Ninguno(a) de ellos tenía la menor idea sobre que era el método científico y la filosofía de la ciencia. ¡Así nos va!   Pero, ¿y los científicos senior?.

Recomiendo vívidamente que los asiduos a esta bitácora que lean un libro muy breve (poco más de cien páginas) e ilustrativo que lleva por título ¿Que es esa cosa llamada ciencia?, ya descatalogado, y que podéis bajaros desde este enlace sin costo alguno. Si los sabios y eruditos sobre los que se basan los comentarios de este post lo hubieran hecho, tal debate no hubiera ocurrido. Pero ver también nuestras entradas incluidas en las categorías “Curso Básico de Filosofía y Sociología de la Ciencia” y “Curso Básico de Filosofía de la Tecnociencia”.

Se ha generado polémica por un artículo aparecido en la revista Nature que lleva por título: “La ciencia «disruptiva» ha disminuido, y nadie sabe por qué”. Empero, cabe preguntarse; ¿cuál es el significado de disruptividad en ciencia? Si nos atenemos a las investigaciones rompedoras  que marcan un antes y un después en la historia de la ciencia, “con mayúsculas” cabría mentar que resulta equivalente a  Cambios de paradigma, concepto que también describimos en nuestro post Los Cambios de Paradigma en Ciencia: Las Crisis y Revoluciones de Thomas Kuhn. Sin embargo, de la lectura del documento digital, como también de la crítica que os exponemos, no podemos obtener ninguna equivalencia entre tal propuesta y la denominada ciencia disruptiva. Un cambio de paradigma en ciencia tiene poco que ver con lo que actualmente denominan ciencia disruptiva. Este es el problema de ir inventando nuevos vocablos y a la postre utilizarlos porque se ponen de moda, así como del grave, inexplorado e inexplicable error de confundir la ciencia con la  Tecnociencia. Desde un punto de vista epistemológico se trata de una confusión gravísima y más aun el discutir acerca de un concepto tan rocambolesco, como confuso y confundente. Anticipemos también que tal disruptividad puede concernir al mundillo de la indagación, al de la innovación, o al social (que afecta a los ciudadanos). Se trata de perspectivas e impactos muy distpares. El artículo de Nature comienza señalando que “El número de artículos de investigación científica y tecnológica publicados se ha disparado en las últimas décadas, pero la «perturbación»/”impacto de esos documentos ha disminuido, según un análisis de cuán radicalmente los artículos se apartan de la literatura anterior”. Y saltan las alarmas de los ortodoxos con la praxis científica actual y los que ante ella mantenemos un pensamiento crítico.  Sin embargo, dado el caos reinante comencemos por entender el significado de disruptivo, ya que como observaréis concierne tanto más a la tecnología y la tecnociencia que a la ciencia con mayúsculas. Mal asunto como intentamos demostrar en este post, ya no sabemos clarificar/precisar ni de que hablamos, incluso ni en las consideradas mejores revistas.

Definición de disruptividad: “Disruptivo es un término que procede del inglés disruptive y que se utiliza para nombrar a aquello que produce una ruptura brusca. Por lo general el término se utiliza en un sentido simbólico, en referencia a algo que genera un cambio muy importante o determinante (sin importar si dicho cambio tiene un correlato físico). Por ejemplo: “La creación de la computadora personal fue algo totalmente disruptivo en la sociedad contemporánea”, “El ingreso de O’Hara fue disruptivo y dio vuelta el rumbo del partido”, “Muchos críticos consideran que este disco será el disruptivo que lleve al músico del plano local a la escena internacional”. Esta otra definición nos parece más neutra: “La palabra disruptivo se utiliza como adjetivo para hacer indicar a una ruptura brusca. Por otro lado, el término disruptivo hace referencia a algo que ocasiona un cambio determinante. La palabra disruptiva es de origen francés “disruptif” y del inglés “disruptive.

Según el motor de búsqueda Google se define la ciencia disruptivacomo una innovación que crea un nuevo mercado o que eventualmente puede interrumpir un mercado existente siendo capaz de desplazar de ese mercado a las principales empresas y productos. Esto se puede hacer aprovechando nuevas tecnologías y también desarrollando nuevos modelos de negocio y empleos”. Del mismo modo Wikipedia define “tecnología disruptiva comoTecnología disruptiva o innovación disruptiva es aquella tecnología o innovación que conduce a la aparición de productos y servicios que utilizan preferiblemente una estrategia disruptiva (del inglés disruptive, que produce un trastorno brusco) frente a una estrategia sostenible, a fin de competir contra una tecnología dominante, buscando una progresiva consolidación en un mercado​. Aunque inicialmente el término proviene de la economía, actualmente comienza a tener mucha importancia a la hora de plantear estrategias de desarrollo en los departamentos de I+D de muchas compañías. Aunque no necesariamente lo disruptivo tenga que estar asociado a la tecnología, por ejemplo, en un determinado sector puede aplicarse un modelo de negocio de otro sector generando una disrupción, sin que necesariamente se utilice una nueva tecnología.

Como podéis observar, nadie nos habla de la ciencia pura, sino en el mejor de los casos de la Tecnociencia, cuyos intereses, se encuentran dirigidos a la innovación tecnológica, que no a la ciencia propiamente dicha. Ya hablamos, entre otros post de este tema, tal como en el siguiente: ”Tecnociencia y Ciencia Disruptiva: La paradoja de los Grandes Equipos de Investigación“ La ciencia, sustituida por la malévola Tecnociencia, nos ofrece a la empresa indagadora un futuro distópico, y a las pruebas de los que suelen ser ortodoxos, y no se inmiscuyen en este tipo de críticas, me remito: “menuda empanada mental impregna a los tecnocientíficos actualmente”.  El objetivo principal de la ciencia estriba en mejorar/ampliar nuestro conocimiento del mundo, mientras que el de la tecnociencia, según los defensores de la Deep-Tech pivota sobre estos pilares: Gobierno, emprendedores, empresas, inversores y organismos públicos de investigación. Es decir, en el mejor de los casos estamos a la cola.

El post de Francisco Villatoro publicado en su blog (La Ciencia de la Mula Francis) cae, como el estudio ya aludido, en el mismo marasmo conceptual. No niego que Francisco ofrezca una información muy interesante, como desoladores algunos de los comentarios que recibió. Tampoco critico los contenidos de su blog. Soslayando tal empanada mental colectiva, coincido en parte con sus consideraciones técnicas, mientras en otros casos no.  No se trata de los índices utilizados por los autores, y menos aún en pensar que la Inteligencia Artificial ofrecerá soluciones, sino de una realidad palpable, al menos para todos aquellos que tenemos más experiencia (léase años) y conocimientos en filosofía y sociología de la ciencia (léase como profesor de estas materias). Ya lo hemos venido denunciando en este blog en multitud de ocasiones. Pensar que meros índices pueden dar lugar a mayor profundidad y objetividad, deviene en utopía.  Confundir ciencia con tecnociencia y pura tecnología, analizar conjuntamente artículos genuinamente científicos, con otros tecnocientíficos y de patentes, nos proporciona un pastiche indigerible. Y Con este material el “deep learning” (¡que asco de anglicismos!) solo puedo mostrarnos resultados indigeribles.

En un mundo ideal, la ciencia debería de estar desligada de presiones externas, mientras que la competitividad, la innovación etc. son malas consejeras. Efectivamente, como se apunta en el texto de Nature y Francisco, el “publica o perece” ha tenido consecuencias devastadoras en la creatividad científica cambiando calidad por cantidad y la publicidad, en gran medida. Lo mismo podríamos decir de nuestros políticos y empresarios tecnológicos, con su estúpida insistencia en defender que la ciencia debe volcarse en la innovación, siendo todo lo demás secundario.

Existe un estudio en suajili que no logro detectar en mis archivos, aunque este paper también sirve de ejemplo, que conforme incrementa al número de artículos también lo hace el de coautores que los firman, de tal modo, que también hay que ponderar debidamente la productividad teniendo en cuenta esta variable. Es decir, actualmente detecto abundantísimos artículos firmados por más de 20 e incluso treinta investigadores. ¿Cuántos de ellos han echado horas en tal indagación? ¿Cuántos realmente conocen sus contenidos?  Algunos defensores de este infame modo de proceder alegarán que, como la ciencia es hoy en día más multidisciplinar, y bla, bla, bla….. ¡Falso! Cabe recordar que en la década de los 90 del Siglo XX, la propia revista Nature, no permitía más que un número de coautores muy limitado como firmantes de una publicación, mientras que actualmente “parece ocurrir todo lo contrario”. Con vistas a ilustrar esta última sentencia, doy seguidamente cuenta de un de un ejemplo personal.

Conozco a un joven cubano del que he sido mentor durante diez años y al que aprecio muchísimo. Un buen día., allá en Cuba, le aceptaron para su publicación un manuscrito, pero debía pagar unos 200 dólares. Aunque el Decanato de su facultad intentó reunir lo que allí resulta ser una desorbitante cifra, finalmente no lo consiguieron. Mi joven amigo se encontraba muy triste, muy frustrado.  Se me ocurrió añadir su nombre “por una vez” y a modo de ONG a un artículo mío, ya que su contribución preliminar me pareció muy, muy interesante. Pocos años después ya desde otro país, intento devolvermelo “el favor añadiendo mi nombre” a otra contribución suya. Me negué en redondo explicándole que mi excepción con él se debía a las circunstancias e insistiéndole en que los investigadores no debemos incurrir en tal mala praxis científica. Seguidamente él me respondió que lo entendía, pero que en su departamento insistían en tal práctica, a la que denominaban hacer grupoera natural.   Y podría añadir mil casos como este, ya que los conozco a patadas. Y por lo que leo, parece ser ya una práctica desgraciadamente habitual y extendida en todo el mundo.  Resumiendo, los jóvenes doctorados alcanzan un numero de publicaciones tan abultado que ni los afamados jubilados de generaciones precedentes habrían logrado al ¡final de toda su exitosa vida laboral. Para más inri, en muchas notas de prensa publicadas para publicitar esos artículos de coautoría multitudinaria se añaden expresiones como, este estudio es fruto de la tesis doctoral en curso (o recientemente leída/difundida) de fulan@ de tal. ¿¿??.  Sin embargo, dados los obscenos cambios que ha generado la tecnociencia, un joven honesto que no incurra en tal mala praxis, jamás conseguiría un puesto estable en la mayoría de las instituciones y universidades científicas del mundo. Es decir, se extinguiría, o perecería. Y así él publica o perece y los hacedores de publicaciones salami, impelen a los jóvenes a   pensar que se trata de una praxis natural, cuando en realidad es execrable.  Dejemos el tema aquí porque tengo incontinencia y se me “escurren” tropecientas trampas más, de las que tengo constancia directa, que acaecen con toda» naturalidad ¿¿??.  Por lo tanto, la falta de disruptividad actual, debe ponderarse también teniendo en cuenta este salto disruptivo ¡valga la rebuznancia! , mpelido por la tecnociencia.

En lo que concierne a los índices, más de lo mismo. Recuerdo la contestación que directamente me ofreció Eugene Garfield, fundador del Instituto para la Información Científica (ISI), a mi pregunta (conferencia en el CSIC, década de los 90): ¿Considera usted que con el factor de impacto se puede valorar la carrera de un científico?.  La respuesta fue contundente y más o menos venía a decir: “Por supuesto que no (…) yo no lo haría jamás (…) tan solo hemos aportado una herramienta adicional (…). ya que existen muchas más artistas a la hora de valorar a un investigador (…), algunas, de hecho, intangibles”. Empero como las métricas son tan simples, tan cegatas (“no hace falta pensar más, como con la IA”), se han convertido en la quinta esencia a la hora de valorar la calidad científica de una carrera investigadora.   Francisco ha redactado un buen post, empero aun es joven, mientras que yo me jubilo ya. No me voy a agarrar al refrán de más sabe el diablo por viejo que por diablo, ya que resulta ramplón.  Ahora bien, desde finales de la década de los 70 del siglo pasado, cuando me incorporé como becario al CSIC, hasta la actualidad, he vivido varios cambios fundamentales que afectan a la carrera investigadora, a la indagación científica en general y  a la valoración de méritos. Por aquellos tiempos, muchas de las revistas eran nacionales y publicaban en la lengua materna del país. Cada uno tenía la suya en muchas disciplinas. Se pensará que este periodo “paleolítico” no daba lugar a muchos intercambios de ideas y relaciones. Yo mismo lo creía por aquel entonces (década de los 90), empero el tiempo demostró que me equivocaba rotundamente. En los congresos, por cartas, pidiendo separatas, etc., resultó que terminé percatándome que varios edafólogos españoles que no publicaron jamás en revistas de impacto eran bien conocidos en Europa. Craso error. ¡La insolencia de la juventud y/o de la ignorancia!  

Hace años estuve husmeando en los rankings oficiales de publicaciones, con vistas a conocer cuales eran los investigadores en general (no de mi especialidad) más citados del mundo. Quedé tan descorazonado que solo puedo decir que os invito a tal aventura. Ni Einstein, ni Darwin, ni Bohr, ni Watson y Crick, ni nadie que yo conociera. descubrir los patrones vosotros mismos. antes que lo haga la IA y al final nos intenten demostrar lo indemostrable. Por ejemplo, en aquel análisis observé que los trabajos más citados en/hasta aquel periodo, en muchos dominios del saber, eran de contenido metodológicos, incluyendo los que describen por primera vez una determinada instrumentación que consiguió una gran aceptación. Los criterios de la ciencia y de la tecnociencia son pues inconmensurables, le guste al establishment o no.

Sin embargo, en una era en donde la tecnología resulta ser de capital importancia para el desarrollo industrial de los países, nos negamos que le tecnociencia también es de capital importancia, si y solo si nos ayuda a mejorar la sociedad y sus ciudadanos, impidiendo el enorme modelo de negocio cuyos beneficios van a parar a manos de unas pocas empresas y sus creadores, sus creadores e inversores acaudalados. En este sentido, aunque desde una perspectiva de la propia tecnociencia, que en muchos aspectos no comparto, en el siguiente artículo editado en La Retina, la autora pone  el dedo en la llega de los males que aquejan a la tecnociencia: No más Zuckerbergs, Se buscan científicos para crear empresas “deep tech”. Empero el problema está ahí y no parece que exista voluntad política de resolverlo. Sin embargo, reiteramos por enésima vez que Los criterios de la ciencia y de la tecnociencia son pues inconmensurables. No se puede mezclar el agua con el aceite y esperar que unos índices resuelvan tal desaguisado. Tal inconmensurabilidad exige que existan rankings diferentes para la ciencia y la tecnociencia, que hoy por hoy, por mucho que intenten ocultarlo se encuentra en manos de multinacionales que tan solo buscan negocios, Deben pues segregarse y valorar por separado.   Y al no hacerlo, se producen resultados tan infumables como los textos que aquí mostramos. De hecho, si bien todo el mundo reconoce que la ciencia y la tecnología son actividades solapantes pero muy distintas, la frontera gris de la tecnociencia, disfrazada de ciencia, deviene en un campo de minas epistémico, dando lugar a que jóvenes investigadores ignorantes de las esencias de la ciencia confundan absolutamente todo. Por ejemplo,    

Si se observan. en uno de los comentarios al aludido post de Francisco pueden leer frases tan desgarradoras como la siguiente “En mi especialidad yo soy poco partidario de citar artículos fundacionales, porque suelen dejar bastante que desear. Por desgracia, hasta hace unos 20 años se publicaba prácticamente cualquier cosa en mi campo. El artículo más citado en mi sector, hoy en día probablemente ni siquiera podría ser publicado en revista Q4”. ¡sangrante! ¡Para echarse a llorar!

El sueño de cualquier joven que desee buscar en la ciencia una herramienta con vistas a contribuir al progreso de nuestro conocimiento del mundo, sin ataduras políticas y comerciales se encuentra, casi ineludiblemente destinado al fracaso a la hora de encontrar un trabajo estable, dados los criterios de valoración de la carrera investigadora y el azote de nuestros lideres políticos, que también consideran que el único fin de la ciencia es desarrollar nuevas tecnologías y que cuanto más papers mejor.  

Las bellas durmientes de la ciencia, según otro post de Francisco Villatoro, son artículos casi anecdóticos, en lo que se refiere a su número. Yo le diría que, a día de hoy, casi todas las propuestas exitosas de cambio de paradigma del pasado estarían destinadas a ser esas bellas durmientes (de hecho, algunas ya lo fueron en su época), así como que el progreso científico que habríamos alcanzado sería muy inferior al que disfrutamos/padecemos hoy. 

A hombros de gigantes”, resulta ser en la actualidad una reliquia del pasado, y si no retornen al concepto y las esencias del quehacer tecnocientífico. Muchos de los desarrollos tecnológicos actuales son fruto de científicos del pasado en búsqueda de la verdad (sea lo que sea). A veces los creadores de aquellos maravillosos estudios los formularon para otros fines o razones muy distintos. Empero sobre ellos, una ciencia incremental ha ido dando lugar a la tecnología que disfrutamos/padecemos actualmente.  Del mismo modo, hoy en día, tan solo los equipos más poderosos de los países más ricos, disponen de los recursos suficientes como para invertir en instrumentaciones muy onerosas, generando un sesgo geopolítico de gran calibre.

Resulta difícil de digerir que una ministra española de ciencia y tecnología, considere a Steve Jobs, como uno de los científicos visionarios de nuestra época. ¿Qué aportó Steve a la ciencia?

No obstante, tampoco voy a soslayar que, socialmente, la ciencia incremental puede dar lugar a cambios espectaculares, a veces bruscos, de paradigma social, como lo ha hecho la telefonía móvil. Imagínese que una persona de 1950 viera hoy en una ciudad a todo el mundo cotorreando, a un aparatito ¿Qué pensaría?

A modo de conclusión nos encontramos ante un debate ridículo, fruto del desconocimiento de la filosofía de la ciencia y un relajamiento de la ética que deberíamos todos defender.

Juan José Ibañez

Continua………….

Tecnologías de Primera y Segunda Generación (Un Riesgo Social en Ciernes)

(…) Resumiendo, los grandes equipos e instalaciones “en general” (hay investigaciones que efectivamente sí requieren este tipo de enormes entramados por necesidad) suelen tender a llevar a cabo hacen lo que Kuhn denominaría ciencia normal, mientas que los pequeños generarían algo más cercano a los cambios de paradigma. Se trata de cambios bruscos, rompedores que crean un punto de inflexión, es decir un antes y un después. Por el contrario, la tecnociencia tiende a promover, con sus urgencias y cortoplacismos, productos que tengan una gran aceptación en el mercado inmediatamente. Así pues, los primeros y actualmente despreciados grupos de investigación con tamaño reducido son en realidad el sustento casi indispensable de los segundos”

Atención, pregunta, ¿está disminuyendo la ciencia disruptiva?

Frenazo a la disruptividad (mi+d) 13 enero 2023

Un nuevo estudio indica que los descubrimientos científicos son cada vez menos rompedores. El estudio, publicado en la revista Nature y para el que se analizaron 45 millones de artículos y casi cuatro millones de patentes, midió cómo ha ido cambiando a lo largo del tiempo la forma en la que unos trabajos citan a otros. La principal conclusión del trabajo es que cada vez hay menos producción científica rompedora o disruptiva, es decir, que empuje a la investigación hacia nuevas áreas. Junto al artículo científico, Nature ha publicado un texto donde desgrana los principales hallazgos de la investigación. También han escrito sobre el tema muchos medios nacionales, como El PaísEl Español o El Periódico de España. También es interesante este artículo del investigador y divulgador científico Francisco Villatoro en su blog, La Ciencia de la Mula Francis.

La ciencia «disruptiva» ha disminuido, y nadie sabe por qué

La proporción de publicaciones que envían un campo en una nueva dirección se ha desplomado en el último medio siglo. Max Kozlov Revista Nature

El número de artículos de investigación científica y tecnológica publicados se ha disparado en las últimas décadas, pero la «perturbación»/”impacto de esos documentos ha disminuido, según un análisis de cuán radicalmente los artículos se apartan de la literatura anterior.1.

Los datos de millones de manuscritos muestran que, en comparación con la investigación de mediados del siglo XX, la realizada en la década de 2000 era mucho más probable que impulsara la ciencia hacia adelante gradualmente que desviarse en una nueva dirección y hacer obsoleto el trabajo anterior. El análisis de patentes de 1976 a 2010 mostró la misma tendencia.

«Los datos sugieren que algo está cambiando«, dice Russell Funk, sociólogo de la Universidad de Minnesota en Minneapolis y coautor del análisis, que se publicó el 4 de enero en Nature. «No tienes la misma intensidad de descubrimientos innovadores que alguna vez tuviste«.

Citas reveladoras

Los autores razonaron que, si un estudio era altamente disruptivo, sería menos probable que la investigación posterior citara las referencias del estudio y, en cambio, citaría el estudio en sí. Utilizando los datos de citas de 45 millones de manuscritos y 3,9 millones de patentes, los investigadores calcularon una medida de perturbación, llamada índice CD, en la que los valores oscilaron entre -1 para el trabajo menos disruptivo y 1 para el más disruptivo.

El índice promedio de EC disminuyó en más del 90% entre 1945 y 2010 para los manuscritos de investigación (ver ‘La ciencia disruptiva disminuye’), y en más del 78% de 1980 a 2010 para las patentes. La perturbación disminuyó en todos los campos de investigación y tipos de patentes analizados, incluso cuando se tuvieron en cuenta las posibles diferencias en factores como las prácticas de citación.

Los autores también analizaron los verbos más comunes utilizados en los manuscritos y encontraron que mientras que la investigación en la década de 1950 era más probable que usara palabras que evocaran la creación o el descubrimiento como «producir» o «determinar», lo realizado en la década de 2010 era más probable que se refiriera al progreso incremental, utilizando términos como «mejorar» o «mejorar».

«Es genial ver este [fenómeno] documentado de una manera tan meticulosa», dice Dashun Wang, científico social computacional de la Universidad Northwestern en Evanston, Illinois, que estudia la perturbación en la ciencia. «Miran esto de 100 maneras diferentes, y lo encuentro muy convincente en general».

Otras investigaciones2 ha sugerido que la innovación científica también se ha desacelerado en las últimas décadas, dice Yian Yin, también científico social computacional en Northwestern. Pero este estudio ofrece un «nuevo comienzo para una forma basada en datos para investigar cómo cambia la ciencia«, agrega.

La perturbación no es inherentemente buena, y la ciencia incremental no es necesariamente mala, dice Wang. La primera observación directa de las ondas gravitacionales, por ejemplo, fue revolucionaria y el producto de la ciencia incremental, dice.

Lo ideal es una mezcla saludable de investigación incremental y disruptiva, dice John Walsh, especialista en política de ciencia y tecnología en el Instituto de Tecnología de Georgia en Atlanta. «En un mundo donde estamos preocupados por la validez de los hallazgos, podría ser bueno tener más replicación y reproducción», dice.

¿Por qué la diapositiva?

Es importante entender las razones de los cambios drásticos, dice Walsh. La tendencia podría deberse en parte a los cambios en la empresa científica. Por ejemplo, ahora hay muchos más investigadores que en la década de 1940, lo que ha creado un entorno más competitivo y ha aumentado las apuestas para publicar investigaciones y buscar patentes. Eso, a su vez, ha cambiado los incentivos sobre cómo los investigadores realizan su trabajo. Los grandes equipos de investigación, por ejemplo, se han vuelto más comunes, y Wang y sus colegas han encontrado3 que los grandes equipos tienen más probabilidades de producir ciencia incremental que disruptiva.

Encontrar una explicación para el declive no será fácil, dice Walsh. Aunque la proporción de investigación disruptiva disminuyó significativamente entre 1945 y 2010, el número de estudios altamente disruptivos se ha mantenido casi igual. La tasa de disminución también es desconcertante: los índices de CD cayeron abruptamente de 1945 a 1970, y luego más gradualmente desde finales de la década de 1990 hasta 2010. «Cualquiera que sea la explicación que tenga para que la perturbación disminuya, también debe darle sentido a que se estabilice» en la década de 2000, dice.

Naturaleza 613, 225 (2023)

doi: https://doi.org/10.1038/d41586-022-04577-5

Referencias

  1. Park, M., Leahey, E. & Funk, R. J. Nature 613, 138–144 (2023).

Artículo Google Académico 

  1. Cowen, T. & Southwood, B. Preprint en SSRN http://doi.org/10.2139/ssrn.3822691 (2019).
  2. Wu, L., Wang, D. & Evans, J. A. Nature 566, 378–382 (2019).

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